rencarnando en bokuno hero academia
Sinfonía de Poder y el Despertar de las Reinas
La luz del alba se filtraba por las persianas del apartamento de Kairo, dibujando líneas de sombra sobre el mapa táctico de Musutafu que había proyectado mentalmente la noche anterior. No necesitaba papel ni pantallas; su memoria, agudizada por la presencia de Albion, era un archivo impecable. Se levantó con un movimiento fluido, sintiendo cada fibra de sus músculos en perfecta armonía. Diecinueve años y su cuerpo ya estaba alcanzando el pináculo de lo que un humano —o algo más que un humano— podía lograr.
— Hoy el aire se siente diferente, Albion —dijo Kairo mientras se colocaba su ropa deportiva de color gris oscuro—. Hay una tensión en la ciudad que no proviene de los villanos comunes.
— *Es la anticipación, compañero* —la voz del Dragón Desvaneciente resonó con un eco metálico y profundo—. *Tu encuentro con esa mujer, Selene, ha movido los hilos del destino. Los ojos de las facciones están sobre ti, y los héroes de este mundo no tardarán en notar que hay un depredador alfa caminando entre sus ovejas.*
Kairo salió de su apartamento y se dirigió al campus universitario. El entrenamiento de baloncesto de esa mañana fue, para él, un ejercicio de contención. Mientras sus compañeros de equipo jadeaban y sudaban para mantener el ritmo de sus pases, Kairo se movía como un fantasma entre ellos. No usaba su fuerza bruta; usaba la geometría. Cada ángulo, cada rebote, cada finta estaba calculada para humillar al oponente sin que este supiera siquiera cómo había ocurrido.
— ¡Maldita sea, Nagi! —exclamó el escolta titular, un joven con un Quirk de velocidad en las piernas, mientras veía cómo Kairo le robaba el balón por quinta vez consecutiva—. Es como si supieras dónde voy a estar antes que yo mismo.
Kairo se detuvo en la línea de tres puntos y lanzó el balón con una elegancia gélida. El esférico entró sin tocar el aro.
— No es que sepa dónde vas a estar —respondió Kairo, dándose la vuelta sin mirar el resultado del tiro—. Es que te obligo a ir a donde yo quiero que estés. Aprende la diferencia y quizás algún día dejes de correr en círculos.
El capitán del equipo lo observó desde la banda. Kairo sabía que su liderazgo silencioso estaba empezando a generar fricciones, pero no le importaba. Su objetivo en la universidad no era la gloria deportiva, sino el acceso a la red de información y los contactos que los hijos de las élites locales poseían.
Al terminar la sesión, mientras se duchaba, Kairo sintió una perturbación en el flujo de energía del edificio. No era la energía errática de un demonio renegado, sino algo más refinado, casi gélido. Se vistió rápidamente y salió al pasillo, encontrándose con una figura que destacaba incluso en el entorno académico.
Era una mujer de una belleza gélida y aristocrática, con el cabello de un blanco níveo que recordaba a las alas de Albion y ojos de un azul tan profundo que parecían pozos de hielo. Vestía el uniforme de una universidad de élite cercana, pero su postura gritaba autoridad.
— Kairo Nagi —dijo ella, su voz era como el cristal rompiéndose—. He oído que en esta cancha juega alguien que no pertenece a este mundo.
Kairo se apoyó contra la pared, mirándola con una curiosidad analítica. Podía sentir el poder emanando de ella; no era un Quirk común. Era una mezcla de magia antigua y una voluntad de hierro.
— Tienes un nombre y una presencia interesantes —replicó Kairo, dejando que un destello de sus ojos azul grisáceo la desafiara—. Pero no suelo dar autógrafos a desconocidas, por muy hermosas que sean.
La mujer entrecerró los ojos. El aire a su alrededor pareció enfriarse varios grados.
— Me llamo Frostine von Bismarck —se presentó, dando un paso hacia él—. Mi familia ha custodiado los secretos de las artes gélidas en Europa durante generaciones. Vine a Japón buscando el rastro de una energía que, según las profecías de mi casa, dividiría el cielo. Y aquí estás tú, oliendo a sudor y a... dragón.
Kairo soltó una pequeña risa, una que no llegaba a sus ojos.
— Así que una heredera europea —dijo él, enderezándose—. Dime, Frostine, ¿has venido a intentar "custodiarme" a mí también? Porque si es así, has hecho un viaje muy largo para terminar decepcionada.
— Vine a evaluar si eres una amenaza o un aliado —respondió ella, ignorando el tono burlón—. El mundo de los héroes es una fachada que se desmorona. Mi familia sabe que los Dones son solo la punta del iceberg. Si tú eres realmente el portador de la División, entonces el equilibrio que All Might protege es una broma de mal gusto.
Kairo se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Frostine no retrocedió, aunque una fina capa de escarcha empezó a cubrir el suelo bajo sus pies. Kairo levantó una mano y, con una lentitud deliberada, rozó el aire cerca de su cuello.
— El equilibrio es para los débiles, Frostine —susurró Kairo, su voz cargada de una autoridad que hizo que la mujer contuviera el aliento—. Yo no busco mantener el mundo como está. Busco rediseñarlo. Los héroes juegan a ser salvadores en un teatro de marionetas. Yo soy el que va a cortar los hilos.
— ¿Y qué te hace pensar que no te detendré antes? —preguntó ella, aunque su voz flaqueó ligeramente ante la intensidad de la mirada de Kairo.
— Porque en el fondo, tú también estás cansada de las reglas —Kairo sonrió, una expresión de confianza absoluta—. Una reina como tú no debería estar escondida en las sombras de una casa noble europea. Deberías estar al lado de alguien que pueda ofrecerte el mundo entero, no solo un castillo de hielo.
Antes de que ella pudiera responder, un estruendo sacudió el edificio. Una explosión en la entrada principal de la facultad de deportes levantó una columna de humo negro.
— Parece que tus admiradores y los míos se han puesto de acuerdo para interrumpirnos —dijo Kairo, su expresión volviéndose fría como el acero—. Quédate aquí si tienes miedo de ensuciar tu uniforme.
— No me des órdenes, dragón —replicó Frostine, y en sus manos empezaron a formarse lanzas de hielo translúcido—. Veré de cerca si tus palabras tienen el peso de tu poder.
Kairo corrió hacia la zona del conflicto. Al llegar, se encontró con una escena de caos. Un grupo de villanos, liderados por un hombre cuyo cuerpo parecía estar hecho de metal líquido, estaba atacando a los estudiantes. No eran delincuentes comunes; sus movimientos eran coordinados, tácticos.
— ¡Entréguenlo! —gritó el líder de metal líquido—. ¡Sabemos que el "Blanco" está aquí! ¡El Maestro lo reclama!
Kairo caminó hacia el centro de la plaza, su presencia atrayendo todas las miradas. Los estudiantes corrían despavoridos, pero él avanzaba con una calma que resultaba antinatural.
— ¿El Maestro? —preguntó Kairo, deteniéndose a diez metros del líder—. Espero que tenga mejores modales que sus recaderos. Estás interrumpiendo mi día de estudio.
— ¡Ahí estás! —el villano lanzó un látigo de metal afilado hacia el cuello de Kairo.
Kairo ni siquiera parpadeó.
— **[DIVIDE]** —la voz de Albion resonó con un poder que hizo temblar el pavimento.
El látigo de metal, que viajaba a una velocidad supersónica, perdió la mitad de su masa y velocidad en un instante. Kairo lo atrapó con la mano desnuda, sintiendo el calor de la fricción, y con un tirón seco, arrastró al villano hacia él.
— Mi turno —sentenció Kairo.
Un estallido de luz blanca envolvió su cuerpo. No era el Balance Breaker completo, sino una manifestación parcial de su armadura. El guantelete blanco brillaba con una intensidad cegadora. Con un movimiento que combinaba la técnica de un boxeador de élite y la fuerza de un dragón, Kairo conectó un puñetazo en el centro de la masa metálica del enemigo.
— **[DIVIDE]** —**[DIVIDE]** —**[DIVIDE]**
Con cada golpe, el villano se volvía más pequeño, más débil, su energía siendo absorbida por las gemas azules de la armadura de Kairo. El hombre de metal soltó un grito de agonía mientras su forma se colapsaba, incapaz de mantener su estructura molecular ante el robo masivo de energía.
— Es inútil —dijo Kairo, observando cómo el resto de los villanos retrocedían con terror—. No podéis ganar una pelea de desgaste contra la División. Cuanto más lucháis, más fuerte me hago yo. Es una ecuación matemática simple.
En ese momento, una lluvia de estacas de hielo cayó del cielo, empalando a los villanos restantes contra el suelo sin matarlos, pero inmovilizándolos con una precisión quirúrgica. Frostine descendió desde la azotea, rodeada de un aura de escarcha majestuosa.
— Te has dejado a unos cuantos —dijo ella, aterrizando al lado de Kairo—. Tu estilo es... un poco tosco para alguien que presume tanto.
Kairo la miró de reojo y sonrió.
— Se llama eficiencia, Frostine. No necesito adornos cuando el resultado es la victoria absoluta.
La escena fue interrumpida por la llegada de los héroes profesionales. Esta vez no era solo Aizawa; también estaban Present Mic y un par de héroes de la agencia local. Se quedaron paralizados ante la visión: dos jóvenes, rodeados de villanos derrotados, emanando una presión que superaba a la de muchos veteranos.
— ¡Eh, vosotros! —gritó Present Mic—. ¡Bajad las armas! ¡Uso ilícito de Quirks en propiedad pública!
Kairo suspiró y la armadura desapareció de su brazo. Miró a Frostine y le hizo una seña con la cabeza hacia un callejón lateral.
— No tengo tiempo para dar explicaciones a los funcionarios del gobierno —dijo Kairo—. ¿Vienes o vas a dejar que te interroguen sobre tu visado?
Frostine guardó silencio por un segundo, mirando a los héroes y luego a Kairo. Había algo en el joven de cabello plateado que la atraía de una forma que no podía explicar, una gravedad que la obligaba a seguirlo.
— Odio los interrogatorios —respondió ella, siguiéndolo hacia las sombras.
Minutos después, en la azotea de un edificio que dominaba la universidad, Kairo y Frostine observaban cómo los héroes se llevaban a los villanos y acordonaban la zona.
— Esto es solo el principio, ¿verdad? —preguntó Frostine, su tono ahora más serio.
— El mundo de los héroes es una cáscara vacía —dijo Kairo, mirando hacia el horizonte donde se alzaba la silueta de la Torre de la U.A.—. Los villanos como esos son solo síntomas. La verdadera enfermedad es la debilidad de un sistema que depende de un solo hombre, All Might. Cuando él caiga, y caerá, habrá un vacío. Y yo estaré allí para llenarlo.
Kairo se giró hacia ella. La luz del sol poniente bañaba su rostro, dándole un aire casi divino.
— Frostine, te lo dije antes y lo digo en serio. No busco seguidores. Busco iguales. Mujeres que tengan la visión y el poder para gobernar este nuevo mundo a mi lado. Selene ya está moviendo piezas en el submundo. Tú tienes el linaje y el poder elemental. Juntos, podemos hacer que incluso los Dioses de este mundo se arrodillen.
Frostine sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con su poder de hielo. Por primera vez en su vida, se sentía pequeña ante alguien, pero al mismo tiempo, sentía que su potencial finalmente era reconocido.
— ¿Un harem de reinas para un Rey Dragón? —preguntó ella con una sonrisa desafiante—. Es una propuesta muy arrogante, Kairo Nagi.
— La arrogancia es solo una palabra que los mediocres usan para describir la confianza de los superiores —respondió Kairo, acercándose a ella hasta que sus frentes casi se tocaron—. No acepto un "no" por respuesta, porque sé que en el fondo, tú ya has elegido.
Frostine no se apartó. En ese momento, en lo alto de Musutafu, se selló el primer pacto de lo que el mundo conocería más tarde como el Círculo del Blanco.
— *Bien hecho, compañero* —comentó Albion en la mente de Kairo—. *La escarcha y el desvanecimiento... una combinación letal. Pero recuerda, el Dragón Rojo también está despertando en algún lugar de este tablero. Y él no vendrá solo.*
— Que venga —pensó Kairo, mientras Frostine colocaba una mano sobre su pecho, aceptando tácitamente su lugar a su lado—. Para cuando el Rojo aparezca, yo ya habré conquistado el corazón de este mundo. Y no habrá lugar para nadie más en mi trono.
Esa noche, Kairo no volvió a su apartamento. Se quedó con Frostine, discutiendo estrategias, compartiendo secretos sobre la verdadera naturaleza del poder que ambos poseían. Kairo le enseñó cómo la División podía potenciar incluso su hielo, absorbiendo el calor del ambiente para crear una zona de cero absoluto.
Mientras la ciudad dormía bajo la falsa seguridad de sus héroes, Kairo Nagi terminaba de colocar la primera gran pieza en su tablero de ambiciones. Ya no era solo un renacido buscando sobrevivir; era un arquitecto del destino, un hombre que estaba empezando a reunir a las mujeres más poderosas de la creación para formar un imperio que ni el cielo ni el infierno podrían ignorar.
— La próxima vez que nos vean —susurró Kairo al oído de Frostine antes de despedirse—, no nos llamarán estudiantes. Nos llamarán leyendas.
Y en la oscuridad de la noche, las alas de luz blanca de Albion se desplegaron por un breve instante, un presagio del cambio que estaba por venir. El juego de los héroes había terminado. El juego de Kairo apenas comenzaba.