Respira
La sinfonía del dolor y el acero
El agua caliente se filtraba a través de sus pantalones vaqueros, empapando la alfombra desgastada del pequeño salón. Sawyer se quedó inmóvil un segundo, con la mano aferrada al pomo de la puerta y la otra sosteniendo la mochila de oxígeno de Lucy. El pánico, ese viejo conocido que solía esconder bajo una capa de sarcasmo y cinismo, asomó la cabeza. Treinta y ocho semanas. Cuatro vidas presionando contra sus costillas, reclamando su salida al mundo con una violencia que le recordaba a las tormentas eléctricas de la isla.
—¿Papi? ¿Por qué estás mojado? —preguntó Lucy, tirando de su manga con curiosidad inocente.
Sawyer forzó una sonrisa, aunque el sudor ya le perleaba la frente y el labio inferior le temblaba. No podía ir al hospital. Un parto de cuatrillizos en una clínica privada de Nueva York, sin seguro médico y con su historial, significaría una deuda de seis cifras. Significaría que el fondo para el trasplante de válvula de Lucy desaparecería en una noche de anestesia y luces fluorescentes. Y si iba a un hospital público, los servicios sociales harían preguntas sobre su fisiología, sobre cómo un hombre podía cargar con vida en su vientre, y acabarían separándolo de su hija. No podía permitirlo.
—No es nada, pecosa —gruñó, soltando la puerta y retrocediendo hacia el sofá—. Solo... solo se ha roto una tubería. Escúchame bien, Lucy. Necesito que seas la niña más valiente de Brooklyn, ¿de acuerdo? No vamos a ir al médico grande todavía. Vamos a quedarnos aquí.
—Pero dijiste que iríamos... —La pequeña empezó a toser, un sonido seco que hizo que el corazón de Sawyer diera un vuelco.
—He cambiado de opinión. Los Ford no necesitan hospitales. Vamos a hacer un fuerte aquí mismo. —Sawyer se dejó caer en el suelo, incapaz de mantenerse en pie por más tiempo. El peso de su vientre era una masa sólida y ardiente que parecía querer partirle la pelvis en dos.
Se arrastró hasta el armario de los suministros, jadeando. En la isla había visto a Claire dar a luz, había ayudado a Juliet, había entendido que el cuerpo humano era capaz de horrores y milagros a partes iguales. Pero esto era diferente. Eran cuatro. Cuatro corazones latiendo al unísono con el suyo. Se quitó la camisa térmica, revelando la inmensa curvatura de su abdomen, tenso como la piel de un tambor y surcado por venas azules que palpitaban con cada contracción.
—Lucy, ve a por las toallas limpias. Todas las que encuentres. Y trae tu oso, el que tiene el parche. —Sawyer intentó que su voz no flaqueara—. Vamos, muévete, soldado.
La niña, acostumbrada a los juegos de supervivencia que su padre inventaba para distraerla de su enfermedad, obedeció con paso vacilante, arrastrando su cánula de oxígeno tras ella. Sawyer aprovechó ese momento para morder un trapo y ahogar un grito. La siguiente contracción lo dobló por la mitad. Sentía que los huesos de su cadera se estaban separando físicamente. No era un dolor sordo; era un incendio forestal arrasando sus nervios.
—Maldita sea... —siseó, escupiendo el trapo—. Jacob, si me estás mirando desde donde sea que te estés pudriendo, esto no tiene ninguna gracia.
Se acomodó contra la base de la cama de Lucy, buscando el ángulo que le permitiera mayor apertura. Sus manos, endurecidas por el aceite de motor y las llaves inglesas, temblaban mientras preparaba un pequeño kit improvisado: agua oxigenada, hilo de pescar que guardaba para emergencias y unas tijeras que había hervido esa misma mañana por puro instinto.
Lucy regresó con un montón de toallas desparejadas y se sentó a su lado, con los ojos muy abiertos. El monitor de su corazón emitía un bip-bip constante que servía de metrónomo para la agonía de Sawyer.
—Papi, ¿te duele mucho? —preguntó ella, acariciando el hombro de su padre.
—Solo un poco, nena. Como cuando te das un golpe con la esquina de la mesa —mintió él, apretando los dientes mientras sentía la cabeza del primero encajarse profundamente—. Escucha, voy a necesitar que me des la mano muy fuerte, pero no te asustes si grito un poco, ¿vale? Es parte del truco de magia.
—Vale. Soy valiente.
—La más valiente de todas —susurró Sawyer, justo antes de que una ola de presión insoportable le robara el aire.
El primer niño no se hizo esperar. Fue una lucha de veinte minutos que pareció durar una eternidad. Sawyer sentía que sus pulmones colapsaban, que no había espacio para el oxígeno. Cada vez que empujaba, el rostro de Lucy era lo único que lo mantenía cuerdo. Si él se rendía, si perdía el conocimiento, ella se quedaría sola en ese apartamento frío. Ese pensamiento era más poderoso que cualquier epidural. Con un rugido que hizo vibrar las ventanas, el primer pequeño emergió al mundo.
Sawyer, temblando violentamente, lo tomó entre sus manos. Era pequeño, muy pequeño, pero su llanto era fuerte y decidido. Un niño. Rubio, como él.
—Mira, Lucy... —jadeó, limpiando al bebé con una de las toallas—. Este es... este es el primer forajido.
—Es muy arrugado —dijo Lucy con una sonrisita, olvidando por un momento su propia fatiga.
Pero no había tiempo para celebraciones. El cuerpo de Sawyer volvió a tensarse. El segundo estaba justo detrás. El proceso se convirtió en un borrón de sudor, sangre y esfuerzo sobrehumano. El segundo fue una niña, seguida casi de inmediato por el tercero, otro varón. Sawyer se sentía vacío, exhausto, como si su propia esencia se estuviera drenando en el suelo de Brooklyn. Sus manos estaban cubiertas de sangre y fluido, pero se obligaba a seguir moviéndose, cortando los cordones con una precisión mecánica nacida de la pura necesidad de supervivencia.
—Falta uno... —susurró, apoyando la cabeza contra la pared. Sus ojos se cerraban, el agotamiento era una marea negra que amenazaba con arrastrarlo—. Solo uno más...
—Papi, no te duermas —dijo Lucy, su voz sonando más débil ahora. El esfuerzo de estar despierta y el ambiente cargado estaban pasando factura a su corazón—. Los bebés están llorando.
Sawyer abrió los ojos de golpe. Lucy estaba pálida. El monitor cardíaco de la niña empezó a pitar con una frecuencia más rápida. Ella necesitaba su medicina, necesitaba su descanso, y él todavía tenía una vida atrapada dentro de su cuerpo.
—No me duermo, pecosa. No me voy a ninguna parte.
El cuarto bebé era el más grande de todos. Sawyer sintió que se desgarraba por dentro. El dolor ya no era algo que pudiera gestionar; era una entidad física que lo devoraba. Se agarró a la estructura metálica de la cama de Lucy con tanta fuerza que el metal crujió. Empujó con lo último que le quedaba, con la rabia de quien ha sido estafado por la vida una y otra vez y se niega a perder la última apuesta.
Cuando el cuarto llanto, un grito agudo y potente, llenó la habitación, Sawyer se desplomó hacia atrás. Cuatro. Dos niños y dos niñas. Estaban allí, envueltos en toallas viejas sobre la alfombra, moviéndose débilmente. Sawyer respiró hondo, sintiendo por primera vez en meses que sus pulmones tenían espacio. Pero no podía descansar.
—Lucy... —dijo, estirando el brazo para alcanzar el frasco de pastillas de la mesita de noche—. Toma... bebe un poco de agua.
Con un esfuerzo que le arrancó lágrimas de los ojos, Sawyer se incorporó. Sus músculos gritaban, su pelvis se sentía como si hubiera sido golpeada por un mazo, pero se obligó a gatear por el suelo para limpiar a los recién nacidos y asegurarse de que respiraban bien. Los acomodó a todos en el nido de toallas cerca del radiador, que apenas emitía un calor tibio.
—¿Son todos nuestros? —preguntó Lucy, que ya se había tomado su medicación y miraba a las cuatro pequeñas criaturas con asombro.
—Todos nuestros, nena. Un ejército entero para cuidarte.
Sawyer se arrastró hacia el sofá y logró subir a Lucy a su lado. Luego, uno a uno, fue subiendo a los bebés. Sus brazos temblaban tanto que temía soltarlos, pero la adrenalina seguía corriendo por sus venas como ácido. Cuando finalmente estuvieron todos agrupados —Lucy apoyada en su pecho y los cuatro recién nacidos acomodados en el hueco de sus brazos y sobre sus piernas—, Sawyer cerró los ojos y dejó escapar un sollozo largo y silencioso.
—Lo hemos conseguido —susurró al techo desconchado—. Lo hemos conseguido, pecosa.
—Papi, tienes mucha sangre —dijo la niña, ya medio dormida.
—Es pintura de guerra, nena. Solo pintura de guerra.
Sawyer miró a su alrededor. El apartamento era un desastre. Sangre, toallas sucias, el olor metálico del parto mezclado con el de la grasa de motor que siempre impregnaba su piel. Mañana tendría que levantarse. Tendría que limpiar todo antes de que Martha viniera. Tendría que encontrar la manera de alimentar a cuatro bocas más y seguir pagando el tratamiento de Lucy. El taller no sería suficiente. Quizás tendría que volver a usar su ingenio de otra manera, quizás tendría que llamar a viejos contactos que había jurado olvidar.
Pero mientras sentía el calor de los cinco niños contra su cuerpo, James Ford sintió algo que no había sentido ni siquiera en la isla, ni siquiera cuando pensaba que el destino tenía un plan para él. Sintió paz. Una paz violenta y costosa, ganada a pulso contra la biología y la pobreza.
—Mañana... —murmuró, sintiendo cómo el sueño finalmente lo vencía—. Mañana buscaremos un nombre para cada uno. Pero hoy... hoy solo vamos a dormir.
Afuera, la nieve de Brooklyn seguía cayendo, cubriendo la ciudad con un manto blanco que silenciaba el ruido del tráfico y las sirenas. Dentro de aquel piso humilde, un hombre que una vez no creyó en nada más que en sí mismo, acababa de dar vida a un nuevo mundo, solo para asegurarse de que el corazón de su hija no dejara de latir. Sawyer apretó a Lucy contra sí, sintió el movimiento de los cuatrillizos y, por primera vez en años, no tuvo miedo del futuro. Porque el futuro, por muy pesado y doloroso que fuera, estaba allí mismo, respirando contra su pecho.