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Respira

Entre el asfalto y las estrellas de neón

El silencio en el pequeño apartamento de Brooklyn era una ilusión frágil, una capa de barniz sobre una realidad que crujía por los cuatro costados. Sawyer sentía que cada centímetro de su cuerpo había sido pasado por una prensa hidráulica. La sangre se había secado en sus muslos, pegando la tela de sus pantalones a la piel, y el útero, ahora vacío de los cuatro inquilinos que lo habían estirado hasta el límite de lo humano, se contraía con espasmos residuales que le robaban el aliento. A su lado, en el nido improvisado de toallas frente al radiador, los cuatrillizos dormitaban en un equilibrio precario, moviendo sus pequeñas manos como si todavía buscaran el espacio que ya no compartían.

Pero el problema no era el agotamiento físico ni el dolor que le subía por la columna como una descarga eléctrica. El problema era Lucy.

La niña estaba sentada en el borde del sofá, con los ojos desorbitados y las mejillas encendidas por una fiebre emocional que el monitor cardíaco denunciaba con un pitido errático y acelerado. Sus manos pequeñas se aferraban a los bordes de su manta, y su respiración, siempre dependiente de la cánula de oxígeno, sonaba como el silbido de una tetera a punto de estallar.

—Papi, el corazón me hace ruido —susurró Lucy, mirándolo con una angustia que a Sawyer le dolió más que el propio parto.

—Es solo la emoción, pecosa —respondió James, intentando que su voz no sonara como si acabara de salir de una zona de guerra—. Has visto nacer a cuatro bandidos en el salón de casa. Hasta a John Locke se le saltarían los tornillos con algo así.

—No puedo cerrar los ojos. Si los cierro, el ruido se hace más fuerte. —La niña empezó a temblar, y el monitor emitió una alarma de taquicardia que cortó el aire como un cuchillo.

Sawyer supo que no tenía elección. Si Lucy no se calmaba, su corazón, ese órgano imperfecto y valiente que apenas se mantenía en funcionamiento, acabaría por rendirse ante el estrés. Necesitaba sacarla de allí, romper el ciclo de tensión que flotaba en el ambiente cargado de olor a hierro y fluidos. Pero no podía dejar a los recién nacidos solos.

Con un gruñido de puro dolor, Sawyer se puso en pie. Sus piernas temblaron, y por un momento pensó que se desplomaría sobre la alfombra, pero apretó los dientes hasta que sintió el sabor de la sangre en las encías. Se puso una camisa limpia, ignorando el hecho de que apenas podía mantenerse erguido, y caminó hacia la puerta de la vecina.

Martha abrió al segundo toque, envuelta en una bata de lana. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el estado de Sawyer: pálido, sudoroso y con la mirada de un hombre que ha regresado del infierno.

—¡James! Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado? —exclamó la mujer, mirando por encima de su hombro hacia el interior del apartamento.

—Han llegado, Martha. Los cuatro —dijo Sawyer con una voz ronca—. Necesito un favor. El último, lo juro. Lucy está teniendo una crisis. Si no la saco de aquí para que respire aire fresco y se distraiga, su corazón no va a aguantar. ¿Puedes quedarte con los pequeños? Solo una hora. Están dormidos. Si alguno llora, dales un poco de agua con azúcar, no tengo nada más ahora mismo.

La anciana, viendo la desesperación en los ojos azules del rubio, no hizo preguntas. Se limitó a asentir y a entrar en el apartamento de Sawyer con la eficiencia de quien ha criado a media docena de hijos propios.

—Vete, James. Cuida de esa niña. Yo vigilaré a los cachorros.

Sawyer no perdió el tiempo. Regresó al salón, envolvió a Lucy en su abrigo más grueso y preparó el tanque de oxígeno portátil, asegurándose de que la batería estuviera cargada. La cargó en brazos, sintiendo cómo el peso de la pequeña presionaba su vientre dolorido, y salió al pasillo frío de Brooklyn.

—¿A dónde vamos, papi? —preguntó Lucy, hundiendo la cara en el cuello de Sawyer.

—A ver las luces, nena. Nueva York nunca duerme, y hoy nosotros tampoco vamos a hacerlo.

Al salir a la calle, el aire gélido de la noche les golpeó la cara. Para Sawyer, fue como un bautismo. El frío ayudó a entumecer el dolor de sus caderas y a despejar la niebla de su mente. Caminó con paso lento, cojeando ligeramente, alejándose de la calle Hoyt hacia las avenidas más iluminadas. Brooklyn a esas horas era un cuadro de sombras y luces de neón reflejadas en los charcos de nieve derretida.

—Mira allí, Lucy —dijo Sawyer, señalando un cartel publicitario gigante que parpadeaba en la esquina—. ¿Ves ese vaquero? Se parece un poco a mí, ¿verdad? Solo que él tiene los dientes más limpios.

Lucy dejó escapar una risita débil, y Sawyer sintió que el nudo en su pecho se aflojaba un milímetro. Siguieron caminando. El esfuerzo físico era una agonía para él; sentía que cada paso era una apuesta contra la gravedad, pero se negaba a detenerse. Necesitaba que Lucy viera que el mundo seguía girando, que a pesar del caos en su salón, el universo seguía siendo un lugar vasto y lleno de distracciones.

—Papi, ¿los bebés van a estar bien? —preguntó ella después de un rato, observando cómo el vapor de su respiración se mezclaba con el del tanque de oxígeno.

—Son duros como piedras, igual que tú —respondió James, deteniéndose frente al escaparate de una juguetería cerrada. Las luces de seguridad iluminaban trenes eléctricos y muñecas de porcelana—. Han nacido en Brooklyn, en el piso de un mecánico que no sabe ni freír un huevo. Si sobreviven a eso, pueden con cualquier cosa.

—Son muy pequeños. Caben en mis manos.

—Sí, pero crecen rápido. Pronto estarán corriendo por la casa, robándote los juguetes y haciéndote la vida imposible. Vas a tener que ser la jefa, ¿sabes? La capitana del barco.

Lucy se quedó pensativa, mirando su reflejo en el cristal. El color estaba empezando a volver a sus mejillas, y el ritmo de su respiración se había estabilizado. El paseo estaba funcionando. El mundo exterior, con su ruido de taxis a lo lejos y el silbido del viento entre los edificios, estaba ganándole la batalla a la ansiedad de la niña.

—¿Crees que mamá los está viendo desde el cielo? —preguntó Lucy de repente.

Sawyer se tensó. No solía hablar de Mia, ni de la isla, ni de las mujeres que habían pasado por su vida como tormentas tropicales. Se sentó en un banco de madera cubierto por una fina capa de escarcha, manteniendo a la niña bien apretada contra su pecho para compartir el calor corporal.

—No sé mucho sobre el cielo, pecosa —admitió, mirando hacia las nubes bajas que ocultaban las estrellas—. Pero si hay alguien ahí arriba mirando, espero que tenga palomitas, porque nuestra vida es mejor que cualquier película que pongan en los cines de la calle Fulton.

—Yo creo que sí nos ven. Y creo que los bebés tienen alas invisibles. Por eso pesaban tanto en tu tripa, porque las tenían dobladas.

Sawyer soltó una carcajada que terminó en un quejido de dolor al sentir la presión en sus músculos abdominales.

—Alas, ¿eh? Eso explicaría por qué me daban tantas patadas. Estaban intentando despegar antes de tiempo.

Se quedaron en silencio un largo rato, observando cómo un camión de la basura hacía su ronda nocturna. Para cualquier transeúnte, Sawyer era solo un padre joven y rubio, un poco desaliñado, abrazando a su hija enferma en una noche de invierno. Nadie podría imaginar que ese hombre acababa de dar a luz a cuatro niños en una alfombra, ni que llevaba en su sangre los restos de una isla mística que desafiaba las leyes del tiempo y el espacio.

—Papi, tengo sueño —murmuró Lucy finalmente, cerrando los ojos contra el hombro de Sawyer.

—Esa es la señal que esperaba, capitana.

Sawyer se levantó del banco con una lentitud extrema. El dolor era ahora un zumbido constante, una vibración que le recorría los huesos. Cada fibra de su ser le suplicaba que se tumbara allí mismo, en la acera, y se dejara cubrir por la nieve. Pero el peso de Lucy era su ancla. Volvió sobre sus pasos, recorriendo las calles que empezaban a despertarse con los primeros camiones de reparto.

Al llegar al portal, tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Sus manos estaban entumecidas por el frío, y el esfuerzo de subir las escaleras se le antojó una montaña más alta que cualquier pico de la isla. Cuando finalmente entró en el apartamento, el calor lo recibió como una bofetada.

Martha estaba sentada en la mecedora, con dos de los bebés en brazos, alimentándolos con una paciencia infinita. Los otros dos descansaban en la cuna improvisada, envueltos en mantas limpias.

—Se ha dormido —susurró Sawyer, dejando a Lucy en su cama con una delicadeza infinita. Le quitó los zapatos y ajustó la cánula de oxígeno. El monitor ahora marcaba un ritmo constante y tranquilo. El peligro inmediato había pasado.

—Tú también deberías dormir, James —dijo la vecina, levantándose para poner a los bebés en su sitio—. Estás gris. Si te mueres ahora, ¿qué voy a hacer yo con cinco niños? No tengo edad para esto.

—No me voy a morir, Martha. Soy demasiado testarudo para darle ese gusto al de arriba.

Cuando la mujer se fue, Sawyer se quedó solo en la penumbra del salón. Se acercó a los cuatrillizos y los observó uno a uno. Eran perfectos, a pesar de las circunstancias. Tenían esa fragilidad milagrosa que te hacía querer protegerlos de hasta el aire que respiraban. Se dejó caer en el suelo, junto a ellos, porque ya no tenía fuerzas ni para llegar a su propia cama.

—Bienvenidos al mundo, pequeños estafadores —susurró, sintiendo cómo las lágrimas, por fin, acudían a sus ojos—. Espero que os guste Brooklyn, porque es lo único que tengo para daros. Eso, y un padre que no sabe cuándo rendirse.

Apoyó la cabeza en el suelo, cerrando los ojos. El dolor seguía ahí, la incertidumbre sobre el dinero para las medicinas de Lucy seguía ahí, y el misterio de su propio cuerpo seguía siendo una sombra que lo perseguiría siempre. Pero mientras escuchaba la respiración acompasada de sus cinco hijos, James "Sawyer" Ford supo que, por primera vez en toda su vida, había ganado una partida sin tener que hacer trampas.

El sol empezó a asomar por el horizonte de cemento, tiñendo de naranja los tejados de Brooklyn. Era un nuevo día, y Sawyer, el hombre que una vez pensó que no merecía nada, lo tenía todo.