Revelación carmesi
Revelaciones tras el Lente y un Vals Inesperado
El balcón este de la Fundación Fitzgerald ofrecía una vista privilegiada de los jardines iluminados, pero para Murasaki Shikibu, la belleza del paisaje era secundaria frente a la urgencia de la misión. El aire nocturno, aunque fresco, no lograba disipar el calor que emanaba de la cercanía de Dazai. Se sentía como si estuviera caminando sobre una cuerda floja, equilibrándose entre su deber profesional y el torbellino de irritación y afecto que ese hombre provocaba en ella.
—Atsushi, Kyoka, mantengan sus posiciones en los flancos inferiores —ordenó Dazai a través del comunicador, su voz perdiendo toda la teatralidad habitual para adoptar ese tono de mando frío que rara vez mostraba—. No intervengan a menos que vean un intercambio físico. Murasaki necesita claridad visual.
Murasaki ya estaba trabajando. Con movimientos fluidos y precisos, extrajo su cámara Leica personalizada, una joya de la ingeniería que ocultaba bajo su abrigo de noche. Sus dedos largos y elegantes acariciaron el dial de enfoque con una ternura que nunca le mostraría a Dazai.
—Ahí —susurró ella, encuadrando a un grupo de tres hombres que conversaban cerca de una fuente de mármol—. El hombre del traje gris marengo. Su lenguaje corporal es demasiado rígido para alguien que supuestamente está disfrutando de una fiesta de gala.
El clic del obturador fue casi inaudible, pero para los oídos de Murasaki, resonó como un trueno. Inmediatamente, cerró los ojos y activó su habilidad: "Historia de Genji".
En su mente, la fotografía cobró vida no como una imagen estática, sino como un torrente de fragmentos psíquicos. Vio destellos de codicia, el sudor frío de la traición y un nombre que se repetía como un mantra: *Mimic*. La migraña no tardó en aparecer, un clavo al rojo vivo hincándose directamente detrás de su ojo izquierdo. Soltó un gemido ahogado, tambaleándose ligeramente.
—¿Qué ves, mi querida fotógrafa? —preguntó Dazai, rodeándola con un brazo de manera aparentemente casual, manteniendo la fachada de un esposo devoto ante cualquier espectador curioso—. Recuerda que, para el resto del mundo, estamos celebrando nuestro tercer aniversario de bodas. Podrías intentar parecer un poco más enamorada y un poco menos como si quisieras vomitar sobre mis zapatos.
—Si parezco enferma es porque tu sola presencia es patógena, Dazai —replicó ella entre dientes, aunque se dejó sostener—. El hombre del traje gris es un intermediario. No sabe para quién trabaja realmente, pero espera un maletín con códigos de acceso a los muelles. La información está cifrada en microfilmes ocultos en... en relojes de pulsera.
Murasaki se presionó las sienes. El esfuerzo de procesar la psique de un criminal mientras intentaba ignorar el perfume de sándalo y misterio de Dazai era agotador.
—Buen trabajo —murmuró Dazai, y por un segundo, su mano apretó su cintura con una calidez genuina—. Atsushi, el objetivo lleva la información en el reloj. Procedan con precaución cuando se mueva hacia las sombras. Kyoka, asegúrate de que nadie interrumpa el "accidente" que Atsushi va a provocar.
—Entendido, Dazai-san —la voz de Atsushi sonó decidida a través del auricular.
Murasaki intentó incorporarse, pero el mundo dio una vuelta violenta. La ligirofobia y la migraña eran una combinación cruel. En el interior del salón, el bullicio de la fiesta parecía haber aumentado de volumen. Las risas agudas de las mujeres de la alta sociedad y el tintineo constante de los cubiertos contra la porcelana se filtraban a través de las puertas de cristal como agujas eléctricas.
—Debemos volver a entrar —dijo ella, recuperando su máscara de frialdad—. Si nos quedamos aquí fuera demasiado tiempo, sospecharán. Un matrimonio feliz no se esconde en la oscuridad a menos que esté planeando algo... indecente.
—Oh, Murasaki, ¿estás sugiriendo que planeemos algo indecente? —Dazai le dedicó una sonrisa maliciosa, sus ojos brillando bajo la luz de la luna—. Podríamos saltarnos la misión y buscar un lugar más privado. Un suicidio doble bajo las estrellas suena tan poético...
—Si vuelves a mencionar el suicidio, te juro que te ahogaré en la fuente de chocolate del buffet —amenazó ella, aunque su voz carecía de su fuerza habitual debido al dolor—. Camina, idiota.
Entraron de nuevo al salón principal. El resplandor de los candelabros hirió los ojos negros de Murasaki. Se sentía expuesta, frágil, y el ruido era una marea que amenazaba con ahogarla. Justo cuando cruzaban cerca de una mesa de servicio, un camarero tropezó ligeramente.
Una copa de cristal fino cayó al suelo, estallando en mil pedazos con un sonido seco y cortante. *¡CRASH!*
Para Murasaki, el sonido no fue pequeño. Fue una explosión. Sus hombros se encogieron violentamente y un escalofrío recorrió su columna. Se quedó paralizada, con la respiración entrecortada, sus manos temblando visiblemente mientras intentaba no cubrirse los oídos frente a todos los invitados. La ligirofobia no era algo que pudiera controlar con lógica; era una respuesta visceral de su sistema nervioso.
Dazai, que nunca le quitaba la vista de encima a pesar de su apariencia despreocupada, reaccionó antes de que nadie notara su crisis. Se colocó frente a ella, bloqueando la visión del cristal roto, y tomó sus manos frías entre las suyas, que estaban cubiertas por las vendas pero resultaban extrañamente reconfortantes.
—Murasaki, mírame —dijo, su voz bajando a un registro profundo y magnético que actuaba como un ancla—. No escuches el salón. Escucha solo mi voz. Estamos en un libro, ¿recuerdas? Tú eres la autora y yo soy solo un personaje molesto que no deja de interrumpir tus párrafos. Tú tienes el control.
Murasaki clavó sus ojos negros en los de él. El dolor de la migraña y el terror del ruido empezaron a retroceder, reemplazados por una irritación familiar pero salvadora.
—Eres un personaje pésimamente escrito —logró decir ella, su voz aún temblorosa—. Lleno de clichés y con un arco de redención inexistente.
—¡Qué dura eres! —Dazai soltó una risita suave, aliviado al ver que el color regresaba a las mejillas de la mujer—. Pero al menos soy el protagonista de tu historia esta noche.
En ese momento, la orquesta, situada en un estrado de madera pulida al fondo del gran salón, cambió de ritmo. El director de la banda levantó la batuta y las primeras notas de una melodía melancólica y clásica comenzaron a flotar en el aire. Era "It's Been a Long, Long Time". Las trompetas suaves y el piano crearon una atmósfera de nostalgia que pareció silenciar mágicamente el resto de los ruidos molestos de la fiesta.
Dazai arqueó una ceja, una chispa de algo antiguo y tierno cruzó su mirada. Extendió una mano hacia ella con una reverencia impecable, digna de un príncipe caído.
—¿Me concedería esta pieza, Madame Shikibu? —preguntó, sin rastro de su habitual burla—. Dicen que el baile es la mejor forma de pasar desapercibido en una gala. Y además, la música ahogará cualquier otro ruido que te asuste.
Murasaki miró la mano extendida. Sabía que aceptar significaba entrar en el juego de Dazai, un juego donde las líneas entre la misión y la realidad eran peligrosamente delgadas. Miró a su alrededor; Atsushi y Kyoka estaban cumpliendo su parte, moviéndose como sombras entre la multitud. Estaban seguros por ahora.
—Bailas como un pato mareado, Dazai —insultó ella por puro instinto, pero terminó colocando su mano sobre la de él—. Intenta no pisarme. Estos zapatos cuestan más que tu vida, aunque eso no es decir mucho.
Dazai la guió hacia el centro de la pista. La rodeó con un brazo, pegándola a su cuerpo de una manera que no era necesaria para el baile, pero que ella no rechazó. Murasaki apoyó una mano en su hombro, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela del esmoquin. Comenzaron a moverse al ritmo lento de la canción.
—*Kiss me once, then kiss me twice...* —tarareó Dazai muy cerca de su oído.
—Cállate —susurró ella, aunque cerró los ojos, dejándose llevar por el balanceo—. Tienes una voz horrible.
—Eres tan cruel, Murasaki. Y sin embargo, aquí estás, bailando con el hombre que más detestas en el mundo.
—Te detesto porque eres un desperdicio de talento —dijo ella, abriendo los ojos para mirarlo con una intensidad que lo dejó mudo por un segundo—. Porque hablas de la muerte como si fuera un regalo, cuando hay personas que... que darían lo que fuera por verte respirar un día más. Eres un egoísta, Osamu Dazai.
El uso de su nombre de pila fue como un golpe físico para él. La sonrisa de Dazai vaciló. Por un breve instante, la máscara del payaso de la Agencia se desmoronó, dejando ver al hombre que había visto demasiada oscuridad y que, sin embargo, encontraba en esa mujer de cabello morado una luz que no sabía cómo manejar.
—Si muero, te dejaría mi colección de libros de autoayuda —bromeó él, tratando de recuperar el terreno perdido, pero su voz sonó quebrada—. Y mi cámara. Aunque ya sé que no la quieres.
—No quiero tus cosas —respondió ella, apretando los dedos sobre su hombro—. Quiero que dejes de buscar el final. Mi habilidad me permite ver la psique de los demás, Dazai. Nunca te he tomado una foto porque me aterra lo que pueda encontrar en la tuya. Me aterra ver que, quizás, ya no queda nada que salvar.
Dazai se detuvo en medio de la pista, aunque la música seguía fluyendo a su alrededor. Los demás invitados se movían como manchas de color borrosas. Él la miró con una seriedad devastadora.
—Hay algo —dijo él en un susurro—. Hay una sola cosa que me mantiene atado a este mundo ruidoso y absurdo.
Murasaki contuvo el aliento. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera sentirlo a través de su vestido.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es? —preguntó, tratando de mantener su tono sarcástico, aunque sus ojos negros brillaban con una vulnerabilidad que no podía ocultar.
Dazai se inclinó, rozando con sus labios el lóbulo de su oreja, enviando una descarga eléctrica por todo el cuerpo de Murasaki.
—El deseo de ver qué expresión pondrás mañana cuando vuelva a pedirte un suicidio doble —respondió él, volviendo a su tono juguetón—. Tu odio es lo más vivo que he sentido en años, Murasaki. No podría dejarlo atrás tan fácilmente.
Murasaki lo empujó levemente, aunque no se separó de su abrazo.
—Eres un idiota integral —le espetó, aunque una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios—. Un idiota, un payaso y un pésimo bailarín.
—Pero soy *tu* idiota esta noche —replicó él, volviendo a guiarla en el vals.
La música de "It's Been a Long, Long Time" llegó a su clímax. En ese momento, el comunicador de Dazai emitió un pitido doble.
—Dazai-san, tenemos el reloj —la voz de Kyoka fue clara y concisa—. El intercambio fue interceptado. Estamos saliendo por la puerta de servicio.
Dazai no dejó de bailar de inmediato. Aprovechó los últimos compases de la canción para dar un giro elegante a Murasaki, cuya cabellera morada voló como una bandera de seda bajo las luces de la gala.
—Misión cumplida —anunció él, su rostro volviendo a la máscara de eficiencia—. Pero creo que todavía me debes esa cena en un lugar silencioso. Y esta vez, yo elijo el vino.
Murasaki exhaló un suspiro de alivio, sintiendo que la migraña finalmente cedía. Se ajustó el guante de seda y recuperó su postura de matrona refinada de la Agencia, aunque sus ojos aún guardaban el calor del baile.
—Solo si prometes no intentar asfixiarte con las servilletas —dijo ella, caminando hacia la salida con paso firme—. Y Dazai...
Él se detuvo y la miró, curioso.
—Gracias —murmuró ella, tan bajo que casi se pierde en el eco de la orquesta—. Por el ruido. Por ayudarme con el ruido.
Dazai se quedó un momento parado en medio del salón, viendo cómo la silueta elegante de Murasaki se alejaba. Se tocó el pecho, justo donde el corazón latía con una vitalidad que solía resultarle ajena.
—De nada, mi amada fotógrafa —susurró para sí mismo, antes de salir corriendo tras ella con su habitual energía caótica—. ¡Espera, Murasaki! ¡He oído que en el restaurante tienen un postre que es para morirse, literalmente! ¡Podríamos probarlo juntos!
—¡Ni lo sueñes! —resonó el grito de ella desde el pasillo, seguido de un insulto refinado que hizo que Dazai sonriera como un niño que acaba de recibir el mejor de los regalos.
La noche aún era joven en Yokohama, y mientras tuvieran misiones que cumplir y bailes que compartir, la muerte tendría que seguir esperando su turno. Porque para Dazai Osamu, el mundo era un lugar un poco menos insoportable si Murasaki Shikibu estaba allí para insultarlo con elegancia.