Revelación carmesi
Danza entre Balas y Sándalo
El ambiente en el salón de la Fundación Fitzgerald se había vuelto extrañamente denso, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Mientras las últimas notas de la melodía anterior se desvanecían, Murasaki sintió una punzada, pero esta vez no era su migraña. Era su instinto. Sus ojos negros, grandes y agudos, recorrieron el salón con la precisión de un obturador.
—Dazai —susurró ella, tensando los músculos de su espalda mientras se mantenía pegada a él en lo que parecía un abrazo íntimo—. No mires ahora, pero tenemos compañía poco amistosa. Cuatro puntos cardinales.
Murasaki, fingiendo que reajustaba el peinado en la nuca de su compañero, señaló con un movimiento casi imperceptible de sus ojos. En los cuatro costados del salón, hombres vestidos con trajes oscuros, cuya elegancia resultaba demasiado forzada para ser natural, se habían posicionado bloqueando las salidas de emergencia y las escaleras principales. Sus manos no buscaban copas de champán, sino que permanecían ocultas bajo las solapas de sus chaquetas.
—Vaya, vaya —murmuró Dazai, cuya sonrisa no flaqueó ni un milímetro, aunque su mirada se volvió gélida—. Parece que la "asociación de admiradores de tu belleza" ha decidido interrumpir nuestra cita. Qué falta de modales.
—No es momento para tus estupideces —siseó ella, sintiendo el sudor frío del miedo, no por las armas, sino por el estruendo inminente—. Son profesionales. Están esperando una señal.
Atsushi y Kyoka, desde sus posiciones, también se habían percatado. Murasaki vio a Atsushi tensarse cerca de una columna, con la mano rozando su comunicador. Sin embargo, antes de que alguien pudiera dar una orden, la orquesta comenzó a tocar una melodía vibrante y conocida: "Can't Take My Eyes Off You". El ritmo era alegre, casi irónico para lo que estaba a punto de suceder.
—Murasaki, ¿confías en mí? —preguntó Dazai de repente, tomándola con firmeza por la cintura.
—Te detesto con cada fibra de mi ser, Dazai —respondió ella, clavando sus uñas en el hombro del esmoquin—. Eso debería responder a tu pregunta.
—Perfecto —rio él.
En el preciso instante en que la voz del cantante imaginario en la mente de todos llegaba al primer estribillo, los hombres de negro sacaron subfusiles compactos. El pánico estalló, pero antes de que el primer grito de los invitados pudiera llenar el aire, el primer disparo resonó.
*¡RAT-TAT-TAT!*
Murasaki apretó los dientes, cerrando los ojos por un segundo ante el impacto del ruido. Pero Dazai no la dejó derrumbarse. Con un movimiento fluido y potente, la hizo girar sobre sus talones. El primer ráfaga de balas pasó a escasos centímetros de donde ella había estado parada, destrozando una columna de mármol y un jarrón de cristal.
—¡Izquierda! —gritó Dazai, llevando el ritmo de la música.
Bailaban. No era un baile de salón convencional; era una coreografía de supervivencia. Dazai utilizaba la inercia de los giros para mover a Murasaki fuera de la línea de fuego, aprovechando los ángulos muertos de los tiradores. Ella, a pesar del terror que le provocaban los disparos, mantenía su elegancia. Su largo cabello morado se desplegaba como un abanico de seda en cada vuelta, ocultando por momentos la trayectoria de las balas que se incrustaban en el suelo.
—¡Maldito suicida, nos van a acribillar! —exclamó Murasaki, recuperando el aliento mientras Dazai la inclinaba en un "dip" dramático justo cuando una bala trazaba una línea de fuego sobre sus cabezas.
—¡Pero qué forma tan glamurosa de morir sería esta! —exclamó Dazai con una alegría maníaca—. ¡Bajo los reflectores, con la mejor fotógrafa de Japón en mis brazos! ¡Es casi romántico!
—¡Si morimos aquí, te mataré en el infierno! —le gritó ella, aunque sus pies seguían el ritmo de los de él con una sincronía asombrosa.
Murasaki aprovechó un giro para sacar su cámara pequeña. Con un movimiento rápido, tomó una fotografía del tirador más cercano. El destello del flash distrajo al hombre un segundo, el tiempo suficiente para que ella activara su habilidad.
—"Historia de Genji" —murmuró.
La migraña la golpeó como un mazo, pero la información fluyó: el hombre tenía un tic en el dedo derecho; dispararía tres veces antes de que el arma se encasquillara por un defecto en el cargador.
—¡Dazai, el de las diez en punto! —advirtió ella, apoyando su cabeza en el pecho de él para mitigar el ruido de las detonaciones—. ¡Va a fallar el tercer tiro, es nuestra oportunidad!
Dazai no necesitó más. En el momento en que el arma del asesino se trabó, Dazai lanzó a Murasaki hacia una cobertura segura detrás de un piano de cola y, con una agilidad que desafiaba su apariencia desgarbada, se lanzó hacia adelante. No usó un arma; usó el entorno. Un mantel de seda, una bandeja de plata que voló como un disco mortal y, finalmente, su toque anulador.
Mientras tanto, Atsushi y Kyoka entraron en acción. El chico tigre se movía como un rayo blanco entre las mesas, desarmando a los matones con una fuerza bruta pero controlada, mientras Kyoka, con la precisión de una sombra, neutralizaba a los que intentaban flanquear a Murasaki.
Murasaki estaba agachada detrás del piano, respirando con dificultad. El ruido era ensordecedor: gritos, disparos, madera rompiéndose. Se cubrió los oídos con las manos, sintiendo que el mundo se desmoronaba. Pero entonces, sintió una mano cálida sobre las suyas.
Levantó la vista. Dazai estaba allí, arrodillado frente a ella, despeinado y con una pequeña mancha de sangre en la mejilla que no era suya. La música seguía sonando, extrañamente imperturbable, llegando a la parte final: *"I love you, baby, and if it's quite all right..."*
—Ya casi termina, Murasaki —dijo él, y por primera vez en toda la noche, no había sarcasmo en su voz. Solo una preocupación profunda y silenciosa—. Los ruidos fuertes se han ido. Solo quedamos nosotros.
Murasaki soltó un sollozo que se transformó en un insulto a medio camino.
—Eres un imbécil —dijo ella, agarrándolo por las solapas del esmoquin y tirando de él hacia abajo—. Me has arruinado el peinado, mi vestido está lleno de polvo de mármol y casi me da un infarto por tu culpa.
—Pero estás viva —sonrió Dazai, acariciando con el pulgar la mandíbula de la mujer—. Y admitamos que ha sido el baile más emocionante de tu vida.
Murasaki lo miró fijamente. Sus ojos negros, todavía empañados por el dolor de la migraña, buscaron algo en el fondo de los ojos cafés de Dazai. Vio la oscuridad, sí, pero también vio esa chispa de terquedad que lo mantenía a su lado. Lo amaba. Lo amaba tanto que le dolía más que cualquier ruido o cualquier migraña. Le aterraba que un día él decidiera que el baile se había acabado y la dejara sola en el silencio.
—Si vuelves a ponerme en una situación así —amenazó ella con voz temblorosa—, yo misma te tomaré esa foto que tanto quieres y me aseguraré de que tu psique sea analizada por cada estudiante de psicología de la ciudad. Serás un caso de estudio sobre la estupidez humana.
Dazai soltó una carcajada limpia, una que resonó más fuerte que cualquier disparo.
—Eso suena como un destino peor que la muerte. Me encanta.
Se pusieron en pie mientras la policía militar comenzaba a entrar en el salón. Atsushi y Kyoka se acercaron a ellos, luciendo cansados pero ilesos.
—Murasaki-san, ¿está bien? —preguntó Kyoka, acercándose a su mentora con una mirada de preocupación genuina.
Murasaki se sacudió el polvo del vestido violeta con una elegancia recuperada a la fuerza. Se alisó el cabello morado y miró a la niña con una suavidad que solo reservaba para ella.
—Estoy bien, Kyoka. Solo necesito un lugar oscuro, un té muy fuerte y que alguien silencie a Dazai por las próximas setenta y dos horas.
—¡Eh, qué cruel! —protestó Dazai, caminando hacia la salida con las manos en los bolsillos—. Y yo que pensaba que después de esquivar balas juntos, finalmente me dejarías ver tu colección privada de fotografías.
—En tus sueños, desperdicio de vendas —replicó ella, aunque no se alejó de su lado mientras caminaban hacia la salida.
Al salir del edificio, el silencio de la noche de Yokohama los recibió. Murasaki respiró hondo, cerrando los ojos para disfrutar de la ausencia de estruendo. Sintió la presencia de Dazai a su lado, una constante caótica pero necesaria. Sabía que mañana él volvería a bromear con el suicidio y ella volvería a insultarlo para ocultar su miedo, pero por esta noche, el baile había sido suficiente para mantener a ambos anclados a la vida.
—Dazai —llamó ella antes de subir al coche de la Agencia.
—¿Sí, mi amada fotógrafa?
—No bailas tan mal —confesó ella en un susurro casi inaudible, antes de subir al vehículo y cerrar la puerta con la elegancia de una reina.
Dazai se quedó parado bajo la luz de una farola, con una sonrisa que no era para nadie más que para él mismo. Se tocó el hombro, allí donde ella lo había sujetado con tanta fuerza, y por un momento, la idea de la muerte le pareció algo sumamente aburrido comparado con la posibilidad de volver a irritar a Murasaki Shikibu al día siguiente.