Volver al resumen

Revelación carmesi

El Semáforo en Rojo y el Reflejo de la Verdad

—Murasaki, mi flor de loto temperamental, tienes prohibido terminantemente poner un pie fuera de este santuario hoy —declaró Dazai, deteniéndose justo antes de cruzar el umbral de la puerta principal—. Tus ojeras son adorables, pero Kunikida se desmayaría si ve que la mujer más elegante de Yokohama ha sido derrotada por una migraña.

Murasaki, apoyada en el marco de la puerta de su estudio con una taza de té vacía en la mano, arqueó una ceja con su habitual aire de superioridad, aunque la palidez de su rostro traicionaba su estado.

—No necesito que un holgazán profesional me dé lecciones sobre responsabilidad laboral, Dazai —replicó ella, tratando de infundir veneno en sus palabras—. Si no voy, la Agencia se sumirá en un caos de archivos mal organizados y fotografías desenfocadas.

—¡Oh, qué poca fe tienes en tus compañeros! —Dazai se llevó una mano al pecho, fingiendo una herida mortal—. Yo me haré cargo de todo. Convenceré a Kunikida de que estás en una misión secreta de espionaje fotográfico en... no sé, ¿el fondo del mar? Además, tengo el presentimiento de que hoy seré el empleado del mes.

—Serás el empleado del mes el día que los cerdos vuelen y tú decidas que la vida es preferible a un puente alto —bufó ella, aunque una pequeña parte de su corazón se ablandaba ante la insistencia de él—. Vete ya, antes de que cambie de opinión y te obligue a limpiar mi colección de lentes con un cepillo de dientes.

Dazai sonrió, una de esas sonrisas que no llegaban a los informes de la Agencia pero que Murasaki había aprendido a leer como un libro abierto. Se acercó a ella con una rapidez felina y, antes de que la fotógrafa pudiera lanzar un sarcasmo preventivo, la tomó por la barbilla y le robó un beso rápido, dulce y cargado de una promesa silenciosa.

—Vendré a verte a la hora de la comida —susurró él contra sus labios, sus ojos castaños brillando con una luz inusualmente cálida—. Traeré algo que no sea veneno, lo prometo. Descansa, Murasaki. Es una orden de tu detective favorito.

Sin esperar respuesta, Dazai se dio la vuelta y salió al pasillo del edificio, tarareando una melodía alegre mientras agitaba la mano en el aire.

Murasaki se quedó allí, estática, con el sabor del sándalo y el té todavía en los labios. Cerró la puerta con un clic suave y se apoyó contra la madera, dejando escapar un suspiro largo que parecía llevarse consigo los restos de la tensión de la noche anterior. El silencio del apartamento la envolvió, pero ya no era un silencio pesado; se sentía como una tregua.

Caminó lentamente hacia el baño, con la intención de lavarse la cara y quizás intentar dormir un par de horas más. Sin embargo, al pasar frente al gran espejo del pasillo, se detuvo en seco.

—Pero qué... —murmuró, acercándose al cristal.

Allí estaba ella. La mujer que siempre exigía perfección, la fotógrafa que analizaba las sombras más oscuras de la psique humana, estaba mirando su propio reflejo con una expresión que no reconocía. Sus ojos negros no tenían el brillo gélido del juicio, sino una suavidad líquida. Pero lo más alarmante era su boca. Sus labios estaban curvados en una sonrisa pequeña, tonta y absolutamente delatadora. Era la expresión de una mujer profundamente enamorada, una imagen que "Historia de Genji" nunca habría necesitado analizar porque era demasiado evidente.

—Mírate nada más —se recriminó en voz alta, tocándose las mejillas calientes—. Pareces una colegiala que acaba de recibir una carta de amor en lugar de una mujer refinada que trata con el hombre más peligroso de la ciudad. Eres patética, Murasaki Shikibu.

Se cubrió el rostro con las manos, pero la sonrisa no desapareció. El recuerdo del beso de Dazai, de su tacto vendado y seco sobre su piel, y de la vulnerabilidad que él le había mostrado anoche, actuaban como un bálsamo contra su orgullo. Odiaba amarlo. Odiaba que él fuera la única razón por la que su pulso se aceleraba de esa manera. Pero, sobre todo, le aterraba lo mucho que disfrutaba de ese odio.

—Si se entera de que puse esta cara, no me dejará en paz durante décadas —suspiró, finalmente apartándose del espejo para buscar refugio en sus sábanas, sintiéndose extrañamente ligera.

Mientras tanto, a varias manzanas de allí, Osamu Dazai caminaba por las concurridas calles de Yokohama como si estuviera flotando sobre el asfalto. No era su habitual caminata lánguida y melancólica; sus pasos tenían un rebote rítmico, casi infantil. Su gabardina ondeaba al viento y sus manos, metidas en los bolsillos, jugueteaban con un par de monedas mientras tarareaba a pleno pulmón una de sus canciones favoritas sobre el suicidio doble, aunque esta vez la letra parecía carecer de su habitual carga nihilista.

—¡Qué día tan espléndido para estar vivo! —exclamó para sí mismo, ganándose miradas confusas de los transeúntes—. El sol brilla, los pájaros cantan y Murasaki no me ha lanzado ningún objeto punzante en los últimos treinta minutos. ¡Es un récord!

Dazai se sentía invencible. La sensación de haber sido aceptado por ella, con todas sus sombras y sus vendas, era un narcótico más potente que cualquier droga que hubiera probado en sus días en la Mafia. El hilo rojo que ella mencionó... ese pensamiento lo hacía sentir una calidez en el pecho que casi le resultaba incómoda, pero maravillosamente real.

Llegó a una de las intersecciones más grandes del distrito comercial. El tráfico de Yokohama fluía como un río de metal y rugidos de motor. Dazai, sumido en sus pensamientos sobre qué tipo de comida llevarle a Murasaki para impresionarla —quizás algo de ese restaurante francés que ella mencionaba con desdén pero que secretamente adoraba—, ni siquiera miró hacia arriba.

—Murasaki tiene razón, soy un idiota —rio entre dientes, recordando la expresión de ella esa mañana—. Pero soy su idiota. Y eso es más de lo que cualquier otro hombre en este planeta puede decir.

Dazai dio un paso hacia el paso de cebra, con la mente a kilómetros de distancia, visualizando la sonrisa de la fotógrafa cuando viera el postre que pensaba comprarle. Su pie golpeó el asfalto justo cuando el semáforo para los peatones cambiaba a un rojo intenso y prohibitivo.

A su derecha, un camión de reparto que venía a gran velocidad para aprovechar el final de la luz verde no mostró signos de frenar. El conductor, distraído con un albarán, no vio la figura de la gabardina arena que se adentraba en su trayectoria.

Dazai seguía tarareando, con la mirada perdida en el horizonte de los edificios, completamente ajeno al chirrido de los neumáticos que empezaba a sonar a pocos metros de él.

—Un pequeño regalo para mi musa... —murmuró Dazai, justo antes de que el sonido del claxon y el grito de una mujer en la acera rompieran su burbuja de felicidad.

En ese instante, el tiempo pareció ralentizarse. Dazai giró la cabeza lentamente, sus ojos castaños encontrándose con los faros masivos del camión que se cernía sobre él como un juicio final. En cualquier otro momento de su vida, Dazai habría recibido ese impacto con una sonrisa de bienvenida, agradeciendo al destino por finalmente concederle el descanso que tanto buscaba.

Pero no hoy.

En milésimas de segundo, la imagen de Murasaki en el espejo de su mente —despeinada, sarcástica, con esa sonrisa estúpida que él sabía que ella estaba ocultando— lo golpeó con más fuerza que cualquier vehículo.

—¡Maldición! —exclamó Dazai, su instinto de supervivencia, ese que solo despertaba cuando ella estaba involucrada, se activó como un resorte.

Con una agilidad que recordaba a sus días más oscuros en la Port Mafia, Dazai se lanzó hacia adelante, realizando una pirueta desesperada sobre el asfalto. El camión pasó rozando la punta de sus zapatos, el aire desplazado por la velocidad casi le arranca la gabardina. El estruendo del metal y el frenazo brusco llenaron el aire, seguidos de un silencio sepulcral por parte de los testigos que se habían quedado petrificados en la acera.

Dazai rodó por el suelo y terminó sentado en la acera opuesta, con el cabello revuelto y un rasguño en la mejilla, pero milagrosamente intacto. Se quedó allí un momento, respirando agitadamente, sintiendo el corazón martillear contra sus costillas con una violencia desconocida.

—Eso... —jadeó, limpiándose un poco de polvo del hombro—, eso ha estado demasiado cerca.

El conductor del camión bajó pálido, gritando disculpas y maldiciones por igual, pero Dazai solo levantó una mano para calmarlo. Se puso en pie, sacudiendo su ropa con una calma que no sentía.

—¡Oiga, fíjese por dónde va! —gritó un anciano desde la esquina—. ¡Casi se mata, joven!

Dazai soltó una carcajada nerviosa que pronto se convirtió en una risa auténtica, aunque algo temblorosa. Se miró las manos; estaban temblando. No de miedo a la muerte, sino de miedo a lo que habría pasado si no volviera a ver a Murasaki esa tarde.

—Tienes razón, abuelo —dijo Dazai, ajustándose el cuello de la camisa—. Casi cometo el error más grande de mi vida. Y no me refiero a morir, sino a dejar que ella tenga la última palabra sobre mi funeral. Me mataría si me muero así de patéticamente.

Se dio la vuelta y continuó su camino, pero esta vez se detuvo en cada esquina, esperando pacientemente a que el semáforo estuviera en verde, e incluso entonces, mirando a ambos lados dos veces. La imprudencia suicida de Dazai Osamu acababa de encontrar su límite: la promesa de una comida con la mujer que lo amaba.

Mientras tanto, en el apartamento, Murasaki se había quedado dormida con una mano sobre el lugar donde Dazai se había sentado en su cama. En sus sueños, no había migrañas ni ruidos fuertes, solo el clic rítmico de su cámara capturando la sombra de un hombre que, por fin, había decidido que el mundo era un lugar lo suficientemente interesante como para no cruzar la calle con los ojos cerrados.

Dazai llegó a la Agencia media hora más tarde. Kunikida ya estaba de pie junto a su escritorio, con una vena hinchada en la frente y el reloj en la mano.

—¡Dazai! —rugió el idealista—. ¡Llegas tarde por cuadragésima vez este mes! ¿Dónde está Murasaki? ¡Ella nunca llega tarde!

Dazai se dejó caer en su silla con un suspiro dramático, pero con una chispa de vida en los ojos que Kunikida no pudo ignorar.

—Está en una misión de vital importancia, Kunikida-kun —dijo Dazai, abriendo un informe con una diligencia inaudita—. Una misión llamada "descanso preventivo contra idiotas como yo". Y en cuanto a mí... bueno, digamos que hoy he tenido un encuentro cercano con el destino y he decidido que prefiero el té de Murasaki a las puertas del infierno.

Kunikida parpadeó, confundido por la falta de resistencia de su compañero.

—¿Te has golpeado la cabeza? —preguntó, ajustándose las gafas.

—Algo así —rio Dazai, empezando a escribir con una rapidez sorprendente—. Pero no te preocupes. A la hora de la comida me iré, tengo una cita con una fotógrafa muy temperamental que me debe un insulto por cada minuto que pase vivo. Y pienso cobrarlos todos.

Por primera vez en la historia de la Agencia, Dazai Osamu trabajó sin quejarse, motivado por el hilo rojo que lo unía a un apartamento silencioso donde una mujer de cabello morado empezaba a despertar, esperando el sonido de su llave en la cerradura. El semáforo en rojo había sido una advertencia, pero el reflejo en el espejo de Murasaki era la única señal que Dazai necesitaba para seguir adelante.