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Revelación carmesi

Espejos, mentiras y el arte de la persistencia

La luz del mediodía se filtraba sin piedad a través de las cortinas de seda de la habitación, iluminando cada mota de polvo y cada imperfección con una honestidad que Murasaki Shikibu encontraba sencillamente insultante. De pie frente al espejo de cuerpo entero de su tocador, la fotógrafa de la Agencia analizó su reflejo con la misma mirada crítica y despiadada con la que solía examinar una fotografía mal expuesta.

—Un desastre —murmuró para sí misma, pasando una mano por su largo cabello morado—. Un absoluto y total desastre.

Sus ojos negros, habitualmente agudos y dominantes, se veían cansados, rodeados por unas sombras violáceas que ni el mejor de sus correctores podría ocultar por completo. El camisón de seda estaba ligeramente arrugado y su cabello, aquel que solía ser su mayor orgullo y que caía como una cascada de obsidiana teñida, estaba enredado en nudos rebeldes debido a la noche de fiebre y migraña. Se sentía hinchada, pálida y, por primera vez en su vida, desprovista de esa elegancia refinada que era su marca personal ante el mundo.

—"Historia de Genji" debería haberme advertido que analizar tu psique me dejaría con el aspecto de una mujer que ha sobrevivido a un naufragio —siseó hacia el aire, aunque sabía perfectamente que no estaba sola.

Desde el marco de la puerta, apoyado con una indolencia que rayaba en lo artístico, Dazai Osamu la observaba. Ya no llevaba el esmoquin de la gala, sino su habitual camisa blanca y sus pantalones oscuros, aunque se había quitado la gabardina. Sus vendas asomaban por el cuello y las muñecas, y su sonrisa era de esas que Murasaki encontraba particularmente peligrosas: suave, genuina y carente de cualquier rastro de burla.

—¿Naufragio? —preguntó Dazai, dando un paso hacia el interior de la habitación con la ligereza de un gato—. Si esto es un naufragio, entonces me declaro oficialmente un marinero perdido que no desea ser rescatado.

Murasaki se giró hacia él, frunciendo el ceño y cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto que solo sirvió para acentuar sus curvas bajo la seda fina.

—No empieces, Dazai. Mírame. Estoy hecha un asco. Tengo ojeras, mi cabello parece un nido de cuervos y mi piel tiene el color del papel pergamino viejo. Ni siquiera me he puesto el labial. Si Kyoka me viera así, pensaría que me han reemplazado por un espíritu maligno.

Dazai se acercó más, ignorando las protestas de la mujer. Se detuvo justo detrás de ella, permitiendo que sus reflejos se encontraran en el cristal del espejo. Él era más alto, una figura desgarbada pero elegante que contrastaba con la sofisticación natural de Murasaki.

—Mientes —dijo él en un susurro, inclinando la cabeza para que su aliento rozara la oreja de ella—. Los espejos son herramientas útiles para la vanidad, pero son ciegos ante la verdadera belleza. Yo no veo ojeras, Murasaki. Veo las marcas de una mujer que fue lo suficientemente valiente como para mirar al abismo y no parpadear.

Murasaki sintió un calor súbito subir por su cuello, pero se obligó a mantener la fachada de desdén.

—Eso es lo más cursi y estúpido que has dicho en toda la semana, y eso que la competencia es reñida.

Dazai no se amilanó. Con una lentitud deliberada, extendió sus manos vendadas y las posó sobre los hombros de Murasaki. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto envió una descarga eléctrica a través de la piel de ella. Comenzó a masajear sus hombros con una suavidad inesperada, deshaciendo los nudos de tensión que el estrés de la misión —y de la revelación psíquica— habían dejado allí.

—Eres mi hermosa musa, Murasaki —continuó él, ignorando su insulto—. Siempre lo serás. Incluso si estuvieras cubierta de barro o vestida con harapos, seguirías teniendo esa mirada que me hace sentir que el mundo merece ser observado a través de tu lente. Para mí, este "desastre" que ves es la imagen más perfecta que he tenido el privilegio de contemplar.

Murasaki se puso roja, un carmín intenso que contrastaba violentamente con su cabello morado. Trató de apartarse, pero Dazai la sujetó con firmeza, aunque sin brusquedad, obligándola a mirarse a través de sus ojos.

—Dazai, para... —balbuceó ella, sintiendo que su corazón comenzaba a martillear contra sus costillas—. Estás siendo... insoportablemente afectuoso. Es asqueroso. Eres un cursi redomado.

—¿Cursi? —Dazai soltó una risita baja y vibrante—. Quizás. Pero es una cursilería necesaria. Después de todo, alguien tiene que recordarte que tu valor no reside en la perfección de tu peinado, sino en la intensidad de tu alma. Además... —Se inclinó más, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a lavanda y cansancio que emanaba de ella—, me gusta mucho más esta versión de ti. Es real. Es mía.

Murasaki sintió que sus rodillas flaqueaban. El contacto de los labios de Dazai contra su piel, justo donde el pulso latía con fuerza, era una tortura deliciosa. Sus manos, que hace un momento estaban cruzadas en señal de defensa, ahora buscaban inconscientemente los brazos de él para sostenerse.

—Eres un manipulador —logró decir ella, aunque su voz carecía de cualquier autoridad—. Usas esas palabras para desarmarme porque sabes que no puedo defenderme cuando tengo migraña.

—No es manipulación si es la verdad —replicó él, subiendo sus besos por la línea de su mandíbula hasta llegar a la comisura de sus labios—. Podría pasarme el resto del día enumerando cada detalle de este "desastre" que tanto adoro. ¿Quieres que hable de cómo tus ojos brillan incluso cuando estás agotada? ¿O de cómo este camisón te queda mucho mejor que cualquier vestido de gala de Fitzgerald?

Murasaki cerró los ojos, dejando escapar un suspiro que fue mitad queja y mitad rendición. El afecto de Dazai era como una marea; podías intentar construir diques de sarcasmo e insultos, pero al final, siempre terminaba inundándolo todo.

—Dazai... —murmuró ella, girando la cabeza para encontrar sus labios.

El beso fue breve pero cargado de una ternura que la dejó sin aliento. Dazai la abrazó por la cintura, pegándola a su cuerpo, y por un momento, el mundo exterior —la Agencia, los criminales, el ruido de Yokohama— dejó de existir. Solo estaban ellos dos en esa habitación bañada por el sol, rodeados de espejos que ya no importaban.

Sin embargo, el instinto de preservación de Murasaki, forjado tras años de lidiar con el egocentrismo maníaco de Dazai, regresó de golpe cuando sintió que las manos de él empezaban a vagar con un poco más de libertad de la cuenta por su espalda.

Abrió los ojos y, con un movimiento ágil, le puso una mano en el pecho para crear distancia.

—Ya es suficiente de sentimentalismos por hoy —dijo ella, recuperando su tono mordaz, aunque sus mejillas seguían encendidas—. Si sigues así, voy a terminar con diabetes antes de que se me pase la migraña.

Dazai puso una expresión de cachorrito abandonado, esa que sabía que irritaba a Kunikida pero que a Murasaki siempre le causaba una mezcla de risa y ganas de asfixiarlo con una almohada.

—¡Pero Murasaki-san! ¡Estaba justo en medio de mi declaración poética! ¡Mi corazón está rebosante de amor y devoción!

—Tu corazón lo que está es rebosante de tiempo libre, que es muy distinto —replicó ella, dándose la vuelta para buscar un peine y empezar a trabajar en su cabello—. Dime una cosa, Osamu... ¿Acaso no tienes trabajo que hacer? ¿O es que Kunikida-san ha decidido de repente que la Agencia puede funcionar sin su detective más perezoso y molesto?

Dazai se congeló por un milisegundo, una sombra de culpa cómica cruzando su rostro.

—Bueno... técnicamente... —empezó a decir, rascándose la nuca—, Kunikida mencionó algo sobre unos informes de la gala. Y sobre un caso de contrabando en los muelles. Y creo que gritó algo sobre "quemar mi horario de trabajo si no aparecía en diez minutos".

Murasaki levantó una ceja, mirándolo a través del espejo con una sonrisa de victoria.

—Eso fue hace dos horas, ¿verdad?

—Dos horas y media, para ser exactos —admitió él con un suspiro dramático—. Pero, ¿cómo puede un hombre concentrarse en informes aburridos cuando su musa está sufriendo en soledad? ¡Sería una traición a mis principios!

—Tus únicos principios son evitar el trabajo y buscar formas creativas de molestarme —sentenció ella, señalando la puerta con el peine—. Fuera de aquí, Dazai. Ve a la Agencia antes de que Kunikida venga personalmente a derribar mi puerta. No necesito más ruidos fuertes hoy, gracias.

Dazai hizo un puchero, pero al ver la determinación en los ojos de Murasaki, supo que la sesión de mimos había terminado oficialmente. Caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y la miró una última vez.

—Me voy, me voy... pero que conste que lo hago solo para salvar la integridad física de tu puerta.

—Vete ya —le espetó ella, aunque su tono era mucho más suave de lo que pretendía.

—¡Ah! Una última cosa —dijo Dazai, guiñándole un ojo—. El té que te hice sigue en la cocina. Tómalo antes de que se enfríe. Y no te preocupes por el espejo, Murasaki. Él no sabe lo que dice. Yo soy el único que tiene la perspectiva correcta sobre ti.

Con un gesto de despedida teatral, Dazai desapareció por el pasillo. Murasaki escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose y, finalmente, el silencio regresó a su apartamento.

Se quedó quieta un momento, con el peine a medio camino del cabello. Miró de nuevo su reflejo. Seguía viendo las ojeras, seguía viendo el cansancio y el desorden. Pero, de alguna manera, el peso de su propia autocrítica se sentía más ligero.

Se pasó el peine con cuidado, deshaciendo los nudos con una paciencia que no tenía antes. Se miró los labios, todavía un poco hinchados por el beso, y no pudo evitar que una pequeña sonrisa, una de verdad, apareciera en su rostro.

—Cursi —susurró para sí misma, aunque esta vez no sonó como un insulto.

Caminó hacia la cocina y encontró la taza de té tal como él había dicho. Estaba tibia, con el aroma a bergamota todavía presente. Bebió un sorbo y sintió que el calor se extendía por su cuerpo, calmando los últimos ecos de la migraña.

Murasaki Shikibu era una mujer de lógica, de análisis psíquico y de realismo fotográfico. Sabía que Dazai Osamu era un hombre peligroso, un enigma envuelto en vendas y una fuente constante de jaquecas. Pero mientras se terminaba el té en la soledad de su cocina, entendió que no importaba cuántas veces se viera "hecha un desastre" frente al espejo; siempre habría un idiota de ojos castaños dispuesto a mentirle —o a decirle la verdad más profunda de todas— para recordarle que, en su mundo de sombras, ella era la única imagen que merecía ser conservada para siempre.

Dejó la taza en el fregadero y, con paso renovado, se dirigió al baño para empezar su rutina de belleza. Después de todo, si iba a ir a la Agencia más tarde para regañar a Dazai por su pereza, tenía que asegurarse de lucir lo suficientemente imponente como para que sus insultos tuvieran el impacto adecuado.

Porque así era su relación: un baile eterno entre el desprecio refinado y el amor desesperado, una fotografía que nunca terminaba de revelarse del todo, pero que ambos estaban dispuestos a seguir capturando, un día a la vez.