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Rey de las hadas

El pulso de la madera y el néctar divino

El dosel de hojas esmeralda filtraba la luz de la mañana, transformándola en un manto de suaves destellos que danzaban sobre las aguas cristalinas del lago recién nacido. En torno a la ribera, pequeñas viviendas tejidas con ramas vivas comenzaban a cobrar forma sin necesidad de derribar un solo tronco. Las hadas de este continente cantaban al unísono mientras moldeaban la madera con su propia magia; sus voces, cargadas de una resonancia armónica que manipulaba la estructura celular de los sauces y robles, levantaban hogares etéreos en perfecta simbiosis con la naturaleza.

Harlequin observaba la escena suspendido a pocos centímetros del agua, con las piernas cruzadas sobre el suave almohadón verde en el que solía reposar Chastiefol. Sus cuatro alas relucían con destellos tenues, batiendo con una cadencia hipnótica que apenas alteraba la superficie líquida.

Habían transcurrido tres días desde la expulsión de aquel dios menor y su partida de mercenarios. La tranquilidad había retornado a los dominios del Árbol Sagrado, pero en la mente de King la paz nunca era sinónimo de distracción. Gobernó un reino que ardió por descuidos ajenos; conocía con desgarradora exactitud el precio de bajar la guardia.

Cheryl descendió flotando hacia él con ligereza, sus alas batiendo como fragmentos de cristal iluminado. Llevaba en las manos un cuenco de corteza pulida repleto de bayas silvestres imbuidas en maná.

—Majestad —dijo inclinando la cabeza con una sonrisa afable—. La barrera occidental ha quedado completamente anclada a las raíces secundarias. Las hermanas que dominan el canto de viento han dispuesto las corrientes para que cualquier paso no autorizado disperse una niebla ilusoria. Nadie podrá acercarse a menos de diez leguas sin quedar desorientado.

King asintió lentamente, tomando una de las bayas con calma.

—Bien hecho. Pero no dependan únicamente del viento, Cheryl. Los aventureros de rango alto en este mundo poseen sentidos que desafían la lógica mundana. Vi a los exploradores de Hera seguir el rastro del maná a través de pantanos donde ni los sabuesos podían respirar. Asegúrense de que las raíces enreden la tierra misma. Si el suelo no les da la bienvenida, sus pasos pesarán como plomo.

—Así se hará —respondió ella, admirada por la previsión de su rey—. Es asombroso cuánto sabe sobre las tácticas de los seguidores divinos. Apenas podemos concebir que alguien haya caminado junto a los héroes de la antigüedad sin someterse a ellos.

King masticó la fruta con lentitud, saboreando el dulzor silvestre. Una sombra nostálgica cruzó sus ojos castaños.

—No caminé junto a ellos por devoción, Cheryl, sino por precaución. Cuando Zeus y Hera reinaban sobre Orario con una fuerza que parecía inquebrantable, comprendí que los dioses no son guías desinteresados. Son espectadores caprichosos que necesitan que el escenario arda para no aburrirse. Y cuando la obra no sale como ellos esperan, simplemente dejan que el telón caiga sobre quienes creyeron en sus promesas.

El Rey Hada miró en dirección al sur, hacia la línea invisible donde, a cientos de kilómetros de distancia, se alzaba la colosal aguja de la Torre de Babel. Suspiró.

—Esa torre blanca… se vanaglorian de que sella el abismo. Pero es una tapa podrida colocada sobre una herida abierta. El Calabozo sigue respirando debajo, y la codicia de los dioses alimenta su vientre cada vez que envían a miles de jóvenes a morir en la oscuridad solo para ver hasta qué piso pueden llegar.

Cheryl bajó la mirada con cierta inquietud.

—¿Cree que vendrán por nosotros desde la gran ciudad? El dios que huyó amenazó con denunciarnos ante el Gremio.

—Vendrán —afirmó King con una serenidad desarmante—. No de inmediato. Ese dios menor tardará semanas en lamerse las heridas y justificar ante sus pares cómo doscientos mercenarios fueron desarmados por un solo individuo sin bendición celestial. Pero cuando el rumor llegue a oídos de Urano o de las familias que ostentan la corona de Orario… la curiosidad será inevitable.

Harlequin descendió un poco más y extendió la mano derecha. A su llamado, una pequeña raíz emergió de la orilla del lago, enroscándose dócilmente alrededor de su dedo como un cachorro saludando a su amo. El rey canalizó una mínima fracción de su poder, y a través de ese enlace, percibió el pulso vital de todo el territorio.

El Árbol Sagrado crecía con rapidez, pero la tierra de este continente era distinta a la de Britannia. Allí, la magia fluía con pureza virginal; aquí, las venas de la tierra estaban sutilmente contaminadas por el aliento del Calabozo. Era una ponzoña invisible para los mortales e incluso para la mayoría de los elfos, pero el Gran Árbol la sentía. Sus raíces trabajaban sin descanso para filtrar la corrupción, consumiendo una cantidad desmesurada de energía vital en el proceso.

King frunció el ceño con levedad. Recordó el rastro de la escaramuza en el linde del bosque.

Cuando expulsó a la deidad intrusa, unas gotas de su icor divino habían salpicado el fango tras la presión ejercida por el filo de Chastiefol. En aquel momento, King había proclamado con arrogancia fingida que la sangre celestial marchitaría sus flores. Sin embargo, horas después, al inspeccionar el lugar a través de la red subterránea del bosque, se topó con una anomalía desconcertante.

Las raíces que absorbieron aquellas escasas gotas no habían muerto. Todo lo contrario. Habían mutado en una madera más densa que el diamante, rebosante de un brillo plateado que irradiaba un maná tan puro y concentrado que tres brotes cercanos florecieron de inmediato con el poder curativo de una poción de grado supremo.

La sangre de los dioses… no era veneno para el Árbol Sagrado.

Ambos compartían un origen que rozaba lo primordial. El árbol no la repudiaba; la devoraba con una sed ancestral. Era el catalizador más potente que jamás hubiera presenciado, capaz de acelerar siglos de crecimiento en cuestión de lunas y purificar el miasma subterráneo de un solo golpe.

King cerró los ojos y apartó el dedo de la raíz con un movimiento seco, disipando el contacto.

«No», se reprendió a sí mismo con severidad interna. «Ese no es el camino».

Él era Harlequin, el guardián de su gente, no un carnicero hambriento de poder. No se convertiría en un monstruo que diera caza a los inmortales solo para acelerar el florecimiento de su jardín. Había visto a suficientes tiranos perder el alma en el intento de justificar atrocidades bajo el estandarte del bienestar de su pueblo.

Pero la realidad era pragmática y fría. Si los dioses no entendían la diplomacia del aislamiento; si decidían enviar a sus campeones más formidables para arrancar a las hadas de sus hogares y utilizarlas como herramientas mágicas; si forzaban su mano y amenazaban con quemar la tierra que tanto le costaba reconstruir… no vacilaría.

No saldría a cazar dioses por capricho, pero si un dios osaba presentarse como su enemigo en el campo de batalla, King no se contendría. Su sangre alimentaría las raíces de su reino antes de permitir que una sola hada volviera a conocer las cadenas.

—Cheryl —llamó con voz firme, rompiendo el hilo de sus pensamientos.

—¿Sí, majestad?

—Reúne a los tejedores y a los magos de rango alto en el claro principal. Es momento de estructurar la defensa del bosque no solo como una muralla estática, sino como un organismo vivo. Si los dioses de Orario quieren asomarse a nuestras tierras, deben comprender que aquí las reglas de su juego no tienen valor.

El hada asintió de inmediato, dando media vuelta en el aire y apresurándose hacia el asentamiento mientras dejaba tras de sí una estela de polvo resplandeciente.

King se incorporó lentamente. El almohadón se desvaneció, convirtiéndose en partículas de luz que volvieron a concentrarse en la gran lanza plateada que flotaba a su lado. Con un movimiento elegante de sus cuatro alas, se elevó hacia el cielo abierto, sobrevolando la majestuosa corona del Gran Árbol.

Desde esa altura, la perspectiva era imponente. Los límites de su bosque ya abarcaban varias leguas a la redonda, una mancha de verdor vivo que contrastaba de forma salvaje con las planicies áridas y los caminos transitados por las caravanas lejanas. Sin embargo, hacia el sur, el horizonte continuaba manchado por esa sensación opresiva: la corrupción subterránea de Babel, cuya influencia trataba constantemente de infiltrarse en las venas del continente.

—Creen que por sellar la entrada con mármol y templos el peligro ha desaparecido —murmuró King para sí, acariciando el mango flotante de Chastiefol—. Qué ingenuos son.

De repente, una fluctuación en el viento del norte atrajo su atención.

No provenía de las fronteras terrestres, sino del espacio aéreo, justo en el borde de la barrera de niebla ilusoria que Cheryl y los suyos custodiaban. King entrecerró la mirada. Su agudeza visual, potenciada por su naturaleza de hada suprema, perforó la distancia en un instante.

No eran mercenarios humanos. Eran criaturas aladas, aberraciones que habían emergido de alguna fisura cavernosa exterior: un enjambre de Wyverns menores, atraídos por la densa concentración de maná puro que el Árbol Sagrado emitía hacia el firmamento. Bestias del Calabozo que vagaban por la superficie, corrompidas por la sed de devorar magia viva.

—Majestad —resonó la voz alarmada de Cheryl desde el claro inferior—. ¡Monstruos en el cuadrante norte! ¡Están intentando descender en picado sobre los huertos medicinales!

Varias hadas jóvenes ya se elevaban apresuradamente, conjurando con rapidez ráfagas de viento cortante y esferas de relámpago púrpura. Sus ataques eran precisos y potentes, equivalentes al bombardeo de un escuadrón de magos de élite de Nivel 3. Uno de los Wyverns chilló de dolor cuando un rayo le perforó el ala, precipitándose en espiral hacia las copas de los árboles, pero las bestias eran demasiadas y su furia irracional las hacía ignorar el daño.

King no se inmutó. No había pánico en sus facciones, solo la implacable frialdad de un monarca que protege su hogar.

—Quédense abajo —su voz no necesitó elevarse; resonó directamente en los oídos de todas las hadas del valle con un tono reconfortante pero indiscutible—. No gasten su magia en alimañas errantes.

King descendió ligeramente en el aire, colocándose entre el enjambre de bestias y su pueblo. Los monstruos rugieron al divisar a la solitaria figura alada, abriendo sus fauces cubiertas de baba corrosiva mientras se lanzaban en una formación de embestida coordinada.

Harlequin no desenvainó ningún arma; simplemente movió la mano izquierda con gracia aristocrática, señalando al grupo de bestias con dos dedos extendidos.

—Lanza Espiritual Chastiefol, Forma Cuatro: *Sunflower*.

En una milésima de segundo, la lanza flotante se descompuso en una ráfaga dorada y renació como un colosal brote vegetal suspendido en el cielo. La planta gigantesca floreció al instante, revelando una corola luminosa con forma de girasol cuyos pétalos irradiaban una cantidad de energía solar tan abrumadora que el cielo entero se tiñó de un dorado resplandeciente.

Los Wyverns apenas tuvieron tiempo de frenar su avance, cegados por la intensidad del astro artificial que había surgido ante ellos.

—Desaparezcan —sentenció King con calma.

La corola de *Sunflower* concentró la luz en su núcleo y desató una andanada de rayos solares puros.

El estruendo fue ensordecedor. Columnas de luz ardiente atravesaron el cielo como lanzas divinas, vaporizando la carne, las escamas y los huesos de los monstruos en el momento exacto del impacto. No hubo cenizas, ni restos orgánicos que cayeran sobre el bosque; los rayos desintegraron por completo a la docena de criaturas en una fracción de segundo, dispersando la energía remanente en forma de una cálida brisa que nutrió las copas de los árboles en lugar de dañarlas.

La gigantesca flor se disolvió en filamentos de luz dorada que regresaron dócilmente hacia King, reagrupándose en la forma de su lanza antes de volver a adoptar la apariencia de su mullido almohadón verde.

Abajo, el silencio era absoluto. Las hadas observaban el firmamento con la boca entreabierta, sus ojos llenos de un asombro reverencial. Sabían que su rey era poderoso, pero presenciar la aniquilación instantánea de una amenaza aérea de tal calibre sin que él hubiera derramado una sola gota de sudor o pronunciado un largo conjuro desafiaba todo lo que conocían sobre los límites del poder en este mundo.

King descendió flotando con parsimonia, posándose a escasa distancia de sus súbditos, quienes inclinaron la cabeza con una mezcla de gratitud y devoción sincera.

—Las barreras son funcionales contra ojos curiosos —dijo King, mirando a los líderes de los tejedores—, pero el miasma del exterior seguirá atrayendo a las bestias sin raciocinio. Necesitamos acelerar la maduración del Árbol Sagrado. Solo su presencia plena podrá proyectar un santuario infranqueable que purifique la tierra en un radio de cincuenta leguas.

—Haremos lo que sea necesario, majestad —respondió Cheryl, con la voz temblorosa por la emoción—. Duplicaremos los cantos y canalizaremos nuestra magia hacia las raíces más profundas.

—No se exijan hasta el agotamiento —la reprendió King con suavidad, mostrando esa calidez casi paternal que contrastaba tanto con su letalidad en combate—. Un gobernante que exprime la fuerza de su gente para acelerar sus planes no es mejor que los dioses que tanto critico. Iremos al ritmo adecuado. Yo me encargaré de soportar el peso de las raíces maestras.

El Rey Hada se recostó contra su almohadón flotante, acomodando los brazos tras la cabeza con ese aire despreocupado que tanto desconcertaba a quienes no comprendían la inmensidad de su poder.

Sin embargo, mientras cerraba los ojos para sentir cómo el viento acariciaba su rostro, una idea persistía en los confines más profundos de su conciencia.

La barrera resistiría por ahora. El bosque crecería paso a paso. Pero los hilos del destino en este mundo siempre convergían hacia el mismo punto. Más temprano que tarde, algún dios cegado por la arrogancia o la codicia cruzaría la línea del no retorno. Intentarían arrebatarle su reino. Intentarían doblegar a sus hadas bajo el yugo de un *Falna* forzado.

Y cuando ese día llegara, King ya no se limitaría a desarmar tropas con advertencias piadosas.

«Si insisten en traer su divinidad a mis dominios para destruirlos», pensó Harlequin con una serenidad inquebrantable, «entonces su propia inmortalidad servirá como abono para el árbol que juré proteger».

El Árbol Sagrado susurró entre las hojas, como si hubiera escuchado el juramento de su monarca, y sus ramas se alzaron un poco más hacia el firmamento, firmes, invictas y eternas.

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