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Rey de las hadas

Ecos en el panteón y cantos de roble

El humo del incienso aromático flotaba en densas espirales por la vasta cámara de mármol en las profundidades de la sede del Gremio, en Orario. Diez años antes de que cierto joven de cabellos blancos pusiera un pie en las calles adoquinadas del laberinto, la ciudad vivía una era de transición amarga y tensa. Con la estrepitosa caída de las familias Zeus y Hera un lustro atrás, el vacío de poder aún resonaba como una campana rota. Facciones emergentes se disputaban los distritos comerciales, y los dioses menores buscaban con desesperación cualquier recurso que pudiera elevar su estatus por encima de la mediocridad.

En el centro del salón, postrado sobre una rodilla y con las vestiduras aún desgarradas, se encontraba el dios que había osado cruzar las fronteras orientales. Sus capitanes, con vendajes empapados en ungüentos curativos que apenas aliviaban las punzadas causadas por las cuchillas doradas, permanecían en silencio tras él, cabizbajos y humillados.

Frente a ellos, en las sombras de un estrado elevado, una figura inmóvil descansaba sobre un trono austero. El dios Urano, anciano eterno y pilar silencioso del mundo superficial, mantenía los ojos cerrados, escuchando el reporte con la inmutabilidad de una cordillera. A su lado, envuelto en una túnica negra y con el rostro oculto tras una máscara, el hechicero Fels tomaba notas en un pergamino encantado.

—¡Es un insulto a la soberanía de los cielos! —vociferó el dios menor, golpeando el piso de piedra con el puño cerrado—. ¡Ese ser alado no porta el *Falna* de nadie! ¡No rinde culto a ninguna deidad! Derrotó a doscientos soldados en un parpadeo con una magia que desafía los cantos, una magia que no consume maná como la nuestra. Y lo peor de todo… tiene en su poder a docenas de hadas silvestres de alto calibre. ¡Es un monopolio ilegal de recursos mágicos fuera de la jurisdicción del Gremio!

Urano no se movió. Su voz profunda resonó como un trueno subterráneo que silenció de inmediato los lamentos del quejoso.

—Dijiste que se llamó a sí mismo Harlequin.

—¡Sí! ¡Un título ridículo! ¡El "Rey de las Hadas", se atrevió a proclamarse! —escupió el dios, buscando apoyo en los ojos de los escasos representantes de otras familias presentes en la antesala—. Urano, debes emitir una sanción oficial. Debe catalogarse a ese bosque como territorio hostil y autorizar una expedición punitiva. Con las fuerzas de la Familia Loki o de Freya, podríamos arrasar con esa madera y…

—Silencio —interrumpió Urano con una calma tan pesada que el aire pareció densificarse—. Te adentraste en tierras vírgenes con mercenarios armados buscando capturar criaturas libres para enriquecer tus arcas. Fuiste derrotado por violar los límites de un dominio que no te pertenece y ahora vienes a suplicar que otros peleen la guerra que tú provocaste.

—¡Pero él desafía el orden divino!

—El orden divino no rige sobre las raíces de lo primordial —replicó Urano, abriendo lentamente sus ojos cargados de eras—. Harlequin no es un advenedizo. Su presencia en esta tierra es previa a la construcción de Babel. Antes de que selláramos el Arcanum y decidiéramos descender a convivir con los mortales, el Gran Árbol ya respiraba. Retírate de mi vista. No habrá sanción, ni habrá expedición del Gremio. Si alguna Familia decide cruzar esa frontera, lo hará bajo su propio riesgo y costo.

El dios menor palideció, apretó los dientes con una furia impotente y, tras una reverencia forzada y torpe, salió de la sala arrastrando a sus hombres heridos.

En la penumbra que quedó tras el eco de sus pasos, la figura encapuchada de Fels dio un paso al frente.

—Lord Urano… ¿es prudente ignorarlo? —preguntó el hechicero con su voz metálica y espectral—. La noticia no tardará en esparcirse por las tabernas de la ciudad. El rumor de un árbol colosal en el este y de hadas con capacidades arcanas sin necesidad de bendición despertará la codicia de muchos. Especialmente de aquellos que aún no comprenden la verdadera fuerza de la era antigua.

Urano volvió a cerrar los ojos, exhalando un suspiro que pareció mover los cimientos del laberinto inferior.

—Harlequin siempre ha sido un custodio paciente, Fels. Pero su paciencia es como un lago profundo: cuando se agota, desata una corriente que no distingue entre mortales y deidades. Deja que los necios cometan sus errores. El mundo pronto recordará por qué las hadas jamás necesitaron de nuestros templos.

***

A cientos de leguas de la ruidosa y caótica metrópoli de Orario, el silencio del bosque oriental poseía una cualidad casi sagrada.

El Gran Árbol Sagrado había crecido con una rapidez asombrosa en los últimos meses. Su copa ahora se extendía como una cúpula esmeralda que cubría valles enteros, y sus raíces maestras comenzaban a formar puentes naturales sobre los ríos cristalinos que alimentaban la región. El polen dorado flotaba perpetuamente en el aire, otorgando una vitalidad inagotable a la flora circundante.

King flotaba plácidamente a unos metros de altura, recostado sobre el almohadón verde que formaba su Lanza Espiritual Chastiefol. Sus cuatro alas translúcidas brillaban bajo los rayos del sol matutino mientras mordisqueaba una manzana silvestre con expresión pensativa. A su alrededor, las hadas volaban de un lado a otro tejiendo telas encantadas y cuidando los viveros de hierbas curativas.

Una perturbación sutil en la red del bosque hizo que King abriera un ojo.

—¿Cheryl? —llamó con voz perezosa pero perfectamente audible.

El hada de cabellos plateados apareció al instante entre las ramas, flotando a su lado con una expresión que mezclaba la sorpresa y la cautela.

—Majestad —dijo inclinando la cabeza—. La barrera occidental ha sido rozada de nuevo. Pero no son monstruos del Calabozo, ni mercenarios con antorchas.

—Lo sé —respondió King, incorporándose lentamente en posición de loto mientras el almohadón lo sostenía—. No huelen a codicia ni a fuego. Huelen a cansancio… y a lágrimas de savia seca.

—Son elfos, mi señor —explicó Cheryl con suavidad—. Cerca de un centenar. Provienen de las regiones lejanas del norte. Familias enteras, ancianos y niños, escoltados por unos pocos guerreros que apenas pueden mantenerse en pie. Dicen haber viajado durante meses siguiendo el canto del viento.

King suspiró levemente y frotó su nuca. Conocía bien la tragedia de los elfos de este continente. A diferencia de las hadas, que permanecían ligadas al espíritu mismo del bosque, los elfos habían intentado convivir en ciudades y aldeas que a menudo sucumbían ante el avance de las hordas de monstruos o el fuego de las guerras provocadas por los dioses. Sabía que hacía algunos años, un gran incendio desatado por calamidades subterráneas había reducido a cenizas uno de sus mayores asentamientos ancestrales, dejando a miles de ellos sin raíces a las que aferrarse, vagando como parias orgullosos pero desamparados.

—Vamos a recibirlos —dijo King. Con un suave aleteo de sus cuatro alas, se desplazó hacia el límite exterior de la bruma encantada.

En el linde donde los árboles normales daban paso a la vegetación luminosa del Árbol Sagrado, se agolpaba una comitiva desgarrada. Los elfos, tradicionalmente altivos y pulcros, lucían ropas rasgadas por la maleza y armaduras de cuero agrietadas por el clima inclemente. Al frente del grupo, un elfo anciano de cabello blanco como la nieve y ojos de un verde apagado se apoyaba en un báculo de madera de roble común. Al ver descender a la imponente figura de King, flanqueado por varias hadas de aspecto radiante, el anciano cayó de rodillas, seguido de inmediato por el resto de su gente.

—Gran soberano del bosque… —pronunció el elfo con la voz quebrada por la fatiga—. Mi nombre es Galathiel. Hemos caminado desde que las cenizas consumieron nuestro hogar ancestral en las tierras altas. Escuchamos el rumor imposible de un Árbol Sagrado que volvía a alzarse bajo los cielos, y creímos que la locura del dolor nos engañaba. Pero es real… el maná en el aire es el mismo que cantaban nuestros abuelos.

King descendió hasta tocar la hierba con las puntas de sus botas. Miró a los niños elfos que se escondían tras las faldas de sus madres, observándolo no con miedo, sino con una veneración pura y dolorosa.

—Los elfos suelen ser criaturas orgullosas —dijo King con tono sereno—. Desprecian mezclarse con otras razas y miran con recelo a quienes no comparten su linaje. ¿Por qué buscar refugio bajo el dominio de un hada?

Galathiel alzó el rostro, dejando ver las arrugas marcadas por el pesar.

—Nuestro orgullo ardió con los árboles de nuestros padres, majestad. No venimos a exigir tierras ni a buscar sirvientes. Venimos porque no podemos vivir lejos de la tierra viva. Si nos permite levantar nuestras chozas a la sombra de sus ramas, juramos lealtad a la corona del Árbol. No somos guerreros de primer nivel, pero nuestras manos conocen el arte de cultivar la madera y nuestras voces saben rogar a la tierra para que sane sus heridas.

King contempló el bosque a sus espaldas. Las hadas eran seres mágicos extraordinarios, pero su naturaleza era voluble, aérea y juguetona; la labor de cultivar y cuidar el suelo requería una paciencia terrenal que los elfos dominaban a la perfección.

—Levántense —ordenó Harlequin, y con un suave movimiento de su mano, la habilidad *Disaster* envió una corriente de energía revitalizante a través de la hierba.

Las flores silvestres brotaron alrededor de los pies descalzos de los refugiados, y el cansancio acumulado durante semanas de caminata comenzó a disiparse de sus extremidades como una niebla evaporada por el sol. Varios ancianos sollozaron abiertamente al sentir la calidez del suelo bendecido.

—En este reino no hay siervos ni amos feudales —continuó King—. Si deciden quedarse, cuidarán de este bosque como si fuera su propia sangre. A cambio, ningún peligro de la superficie ni de las profundidades los tocará mientras yo respire.

—¡Por el Árbol Sagrado! —exclamó Galathiel con una reverencia profunda, a la que se unieron todos los presentes en un coro de agradecimiento que conmovió incluso a las hadas más reservadas.

El asentamiento de los elfos trajo consigo una transformación inesperada pero bienvenida.

Durante las semanas siguientes, los recién llegados demostraron con creces su valía. Con una afinidad natural hacia las plantas y mediante antiguos rituales de canto elfo, comenzaron a trazar senderos de tierra fértil alrededor de los ríos. Plantaron brotes de árboles milenarios rescatados de su hogar perdido y cantaron melodías armoniosas que se entrelazaban con los vientos mágicos de las hadas.

Aunque su magia no poseía la potencia devastadora ni la purificación absoluta que King había presenciado cuando el icor divino tocó las raíces, el esfuerzo conjunto de los elfos tuvo un impacto tangible: el miasma subterráneo que ascendía desde las profundidades del continente fue filtrado con mayor rapidez. La tierra circundante se volvió más dócil, los frutos del bosque maduraban con mayor dulzura y la barrera protectora del reino se ensanchó varias leguas más hacia el horizonte.

Harlequin observaba estos avances con genuina satisfacción. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que no solo estaba defendiendo un territorio, sino construyendo un verdadero hogar para los desamparados por el capricho del mundo exterior.

Sin embargo, la paz en este continente nunca duraba demasiado.

Apenas un mes después de la llegada de los elfos, las raíces maestras volvieron a vibrar con un ritmo pesado y metálico. King, que descansaba en la rama más alta del Gran Árbol, abrió los ojos de inmediato. Su mirada castaña se dirigió hacia la llanura meridional.

A través de la niebla ilusoria del linde, un destacamento armado avanzaba a paso firme. No eran mercenarios andrajosos como los de la última vez. Esta fuerza vestía armaduras de placas relucientes con el emblema de un martillo y una balanza dorada. Eran más de trescientos soldados bien pertrechados, acompañados por magos con túnicas ceremoniales y varios carruajes de transporte reforzados con hierro negro.

Y al frente de la comitiva, montado sobre una bestia domesticada de pelaje níveo, cabalgaba un dios.

Era una divinidad de aspecto pulcro, con cabellos dorados peinados hacia atrás y una capa carmesí que caía sobre su hombro. En su mirada no había la lascivia vulgar del dios anterior, sino algo mucho más peligroso: la fría e inquebrantable arrogancia de la burocracia divina que se cree dueña de la justicia universal.

Cheryl y Galathiel llegaron volando y corriendo respectivamente hacia el claro central, donde King ya flotaba esperando.

—Majestad —dijo Galathiel con evidente pavor—. Es la Familia de Lord Dike, un dios menor asociado al comité judicial de las regiones limítrofes de Orario. Tienen acuerdos comerciales con el Gremio y suelen actuar como ejecutores de la ley divina en las fronteras.

—¿Ley divina? —repitió King con una media sonrisa amarga—. Qué concepto tan conveniente tienen los dioses para justificar la invasión.

—Traen órdenes de captura, mi señor —añadió Cheryl, apretando su báculo—. Mis hermanas exploradoras escucharon sus proclamas. Exigen que entreguemos a los elfos por considerarlos "fuga ilegal de mano de obra tributaria" y demandan la inspección total del Árbol Sagrado bajo los estatutos de seguridad continental.

King descendió lentamente. Su almohadón verde se desvaneció en partículas de luz dorada, y la imponente figura de la Lanza Espiritual Chastiefol ocupó su lugar a su lado, flotando en un ángulo amenazante.

—Quédense aquí —dijo Harlequin. Su voz había perdido toda pizca de somnolencia, tornándose grave y resonante—. Protejan a los niños. Parece que en este mundo es necesario repetir las lecciones varias veces para que los inmortales las entiendan.

Con un solo aleteo de sus cuatro alas colosales, King cruzó el cielo en un estruendo de viento mágico, apareciendo en los límites del bosque en una fracción de segundo.

El ejército invasor se detuvo en seco al ver descender al Rey Hada. Los aventureros de vanguardia, curtidos en batallas contra monstruos de Nivel 4, apretaron con nerviosismo las empuñaduras de sus espadas al sentir la presión que emanaba de aquel ser. El aire se volvió tan pesado que a muchos les costaba respirar.

El dios del martillo y la balanza, sin embargo, desmontó con una compostura ensayada y dio varios pasos hacia adelante, sosteniendo un pergamino sellado con cera púrpura.

—¿Eres tú el llamado Harlequin? —preguntó la divinidad con voz potente y teatral—. Soy Dike, emisario de la voluntad de los cielos y garante de los tratados fronterizos de la gran Orario. Hemos recibido informes de que este bosque opera fuera de las ordenanzas del Gremio, acogiendo fugitivos y acumulando recursos arcanos sin tributo ni supervisión.

King flotaba a tres metros del suelo, cruzado de brazos, mirándolo con un desdén tan absoluto que la compostura del dios comenzó a resquebrajarse.

—Te escucho, dios de la balanza —dijo King con frialdad—. Pero te advierto que mi paciencia con los de tu clase tiene un límite muy estrecho.

Dike frunció el ceño, molesto por la falta de sumisión en el tono del hada.

—¡Modera tus palabras ante una deidad! —exclamó un comandante a su lado, un guerrero fornido que portaba un hacha descomunal imbuida en magia—. ¡Lord Dike te ofrece una salida pacífica! Entréganos a los elfos que han huido de sus obligaciones territoriales, permite que el Gremio establezca un puesto de control en torno a ese árbol y acepta el bautismo del *Falna* para que tus hadas sirvan legalmente como vanguardia médica bajo el patrocinio divino. Si aceptas, se te otorgará el rango de protector vasallo. Si te niegas… serás considerado un insurgente contra la civilización.

King dejó escapar una risa baja, cargada de una ironía que heló la sangre de los soldados más cercanos.

—¿Protector vasallo? —King miró fijamente al dios Dike a los ojos—. He visto caer imperios enteros mientras ustedes jugaban a los dados en sus templos celestiales. Conocí a héroes que podían partir montañas con un suspiro y jamás osaron hablarme con semejante arrogancia en mi propia casa. ¿Y vienes tú, con trescientos hombres armados y un trozo de papel sellado, a imponerme tus leyes artificiales?

Dike levantó la mano, haciendo brillar una chispa de poder divino retenido en la punta de sus dedos.

—¡El mundo pertenece a los dioses, Harlequin! ¡Los mortales y los espíritus existen para enriquecer la era que hemos descendido a forjar! ¡No toleraremos un reino independiente que no reconozca la autoridad del cielo! ¡Capitanes, tomen posiciones y preparen los sellos de oricalco!

Los trescientos soldados dieron un paso al frente, levantando escudos y preparando cánticos mágicos que iluminaron la planicie con círculos de invocación de diversos colores.

King ni siquiera descruzó los brazos. Solo sus ojos cambiaron, pasando de un castaño sereno a un dorado resplandeciente que reflejó la furia primordial de la naturaleza herida.

—Parece que no aprenden —murmuró.

El Rey Hada extendió una sola mano hacia el cielo despejado.

—Lanza Espiritual Chastiefol, Forma Dos: *Guardian*.

La lanza dorada a su lado estalló en una masa colosal de musgo denso y compacto que creció a una velocidad aterradora, tomando la forma de un oso gigantesco de pelaje verde oscuro. Con un rugido que hizo temblar las colinas circundantes y dispersó las nubes más bajas, el coloso vegetal cayó pesadamente sobre la tierra justo entre el ejército y los linderos del bosque.

El impacto provocó una onda expansiva de viento y tierra que arrojó a la vanguardia de escuderos por los aires como muñecos de trapo.

—¿¡Qué demonios es eso!? —gritó el comandante del hacha, tratando inútilmente de cortar con su arma el brazo del guardián. El filo de su arma mágica rebotó contra el pelaje de musgo como si hubiera golpeado una montaña de caucho impenetrable.

Sin necesidad de moverse de su sitio, King controló los movimientos de la bestia con un simple pensamiento. *Guardian* barrió el frente del ejército con un manotazo demoledor que pulverizó las formaciones enemigas sin matar a un solo hombre, pero desarmándolos y lanzándolos en desbandada hacia la llanura exterior.

Los magos intentaron liberar sus hechizos, pero antes de que pudieran pronunciar la última línea de sus cánticos, King movió dos dedos hacia el suelo.

—*Disaster*.

Las raíces subterráneas del Gran Árbol respondieron al instante. La tierra bajo los pies del contingente militar se abrió en grietas precisas de las que brotaron zarcillos gruesos y flexibles. En cuestión de tres segundos, las armas de los trescientos soldados fueron arrancadas de sus manos y despedazadas por la fuerza vegetal; las piernas de los aventureros fueron aprisionadas contra el fango, inmovilizándolos por completo sin romperles un solo hueso, pero dejándolos totalmente indefensos.

El dios Dike se quedó inmóvil, observando con pavor absoluto cómo todo su ejército caía anulado sin que su oponente hubiera recibido un solo rasguño ni hubiera ejecutado un solo conjuro formal.

King descendió flotando hasta quedar a la altura del rostro del dios. A su lado, *Guardian* se disolvió de nuevo en la forma afilada y amenazante de Chastiefol, cuya punta reluciente se posó suavemente sobre el pecho del dios, atravesando la tela carmesí de su túnica hasta rozar su piel con un filo helado.

—Dime, deidad de la balanza —dijo King con una voz tan suave que parecía el susurro de las hojas secas, pero cargada de una amenaza implacable—. ¿Pesa mucho tu justicia ahora?

El dios tragó saliva, sintiendo el goteo frío del sudor bajando por su sien. Podía sentir el pulso de la lanza: no era un arma hecha por herreros mortales ni bendecida por el *Falna*. Era una extensión del árbol del mundo, un artefacto capaz de drenar su ser espiritual si Harlequin así lo decidía.

—Tú… no puedes desafiar al panteón para siempre —tartamudeó Dike, intentando desesperadamente aferrarse a los restos de su orgullo—. Tarde o temprano, las familias mayores vendrán. Vendrá Freya. Vendrá Loki. ¡Ellos tienen aventureros de Nivel 6 y 7 capaces de matar dragones milenarios!

King sonrió con una frialdad que heló el corazón del dios.

—Que vengan —respondió el Rey Hada—. He visto a los titanes de la antigüedad caer en el olvido, y este bosque seguirá en pie mucho después de que ustedes se cansen de su juego mortal y regresen a sus nubes vacías. Pero grábate bien esto, Dike: esta es la última advertencia que doy a los dioses de Orario. La próxima vez que un inmortal cruce mi frontera exigiendo tributos o encadenando a mi gente… no me limitaré a desarmar a sus soldados.

La punta de Chastiefol brilló con una intensidad esmeralda, y una sola gota de sangre divina brotó del pecho del dios, cayendo sobre la hierba. Al instante, la tierra a sus pies floreció con una fuerza descomunal, confirmando de nuevo ante los ojos de King el poder del néctar celestial.

—Recoge a tus hombres y vete —sentenció Harlequin, retirando la lanza con un movimiento seco—. Dile a Orario que el Rey de las Hadas no rinde cuentas a nadie. Quien busque refugio en este bosque encontrará un hogar. Quien busque conquista, solo encontrará su propio final.

Las raíces soltaron a los soldados atrapados. Desesperados, magos y caballeros tropezaron unos con otros para ayudar a su dios a montar de nuevo en su bestia, huyendo despavoridos hacia el sur sin mirar atrás ni una sola vez.

King permaneció suspendido en el aire, observando cómo la polvareda de su retirada se perdía en la lejanía de las planicies áridas.

A su espalda, las hadas y los elfos salieron cautelosamente de la espesura, vitoreando el nombre de su monarca con cánticos que resonaron por todo el valle. Galathiel lloraba de rodillas al ver que, por primera vez en siglos, una autoridad superior había defendido a su pueblo sin exigirles su libertad a cambio.

King suspiró, transformando a Chastiefol en su mullido almohadón verde y dejándose caer sobre él con un bostezo perezoso.

—Qué agotador es lidiar con los dioses —murmuró para sí mismo, acomodando los brazos detrás de la nuca mientras flotaba de regreso hacia la sombra del Gran Árbol Sagrado—. Diez años… tal vez pasen diez años más antes de que entiendan. Pero no importa cuánto tarden. Este bosque no retrocederá jamás.

El viento sopló entre las hojas eternas, llevando su juramento a través del continente, mientras el santuario del Rey Hada continuaba floreciendo, firme, desafiante y libre de las ataduras del cielo.

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