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Ritmo

Frecuencias Compartidas y Dulces de Medianoche

El reloj de la pared del laboratorio de sonido marcaba las ocho y diez de la mañana. Dyrroth, sentado en su silla ergonómica de cuero negro, tamborileaba los dedos sobre la superficie de la consola de mezclas. Sus ojos, rodeados por unas ligeras ojeras que delataban una noche de poco sueño y mucho procesamiento de datos, estaban fijos en la puerta cerrada. Había dicho ocho en punto. Odiaba la impuntualidad casi tanto como odiaba que Alucard intentara usar el pedal de distorsión en una balada.

Justo cuando estaba a punto de convencerse de que Yin se había olvidado o se había quedado dormido tras su entrenamiento matutino, la puerta se abrió de golpe.

— ¡Ya llegó el ritmo y el desayuno! —exclamó Yin, entrando con la funda del bajo a la espalda y una caja de cartón grasienta en la mano derecha.

Dyrroth ni siquiera se giró, aunque el rincón de su boca hizo un amago de movimiento.

— Llegas tarde. Diez minutos en términos de producción musical son una eternidad de samples perdidos.

— Oh, vamos, Dyrroth, no seas así —dijo Yin, dejando la caja de donuts sobre la mesa auxiliar, peligrosamente cerca de unos cables de fibra óptica—. El club de artes marciales tuvo una emergencia con un saco de boxeo roto. Además, tuve que pelear por los últimos donuts de chocolate. No querrías que trajera de fresa, ¿verdad?

Dyrroth soltó un suspiro, girando finalmente su silla. Sus ojos recorrieron a Yin: llevaba el pelo revuelto, el uniforme mal puesto y esa sonrisa radiante que parecía emitir su propia luz. Era irritante. Era agotador. Y, por alguna razón que Dyrroth se negaba a analizar, era lo único que le había quitado el sabor amargo a su café frío de la mañana.

— Saca esa madera de aquí y conéctala a la interfaz —ordenó Dyrroth, señalando el cable jack de alta gama que ya tenía preparado—. Y no toques los donuts hasta que hayamos ajustado los niveles. No quiero grasa en mis faders.

Yin asintió con entusiasmo, sacando su bajo con una reverencia exagerada. Mientras se conectaba, Dyrroth cargó el proyecto en el que había estado trabajando. En la pantalla, una maraña de ondas de sonido de color púrpura y azul se extendía como una arquitectura digital compleja. Era una pista de música electrónica industrial, pesada, con sintetizadores que sonaban como metal retorcido, pero le faltaba un corazón. Le faltaba algo que la anclara a la realidad.

— Escucha primero —dijo Dyrroth, poniéndose sus auriculares y dándole otros a Yin—. Es el prototipo "Abismo 04".

Yin se colocó los cascos y cerró los ojos. La música empezó: un pulso electrónico constante, frío y preciso. Era como caminar por una fábrica abandonada bajo la lluvia. Era técnica pura, hermosa en su frialdad, pero a medida que avanzaba, Yin sintió la soledad que emanaba de cada nota. Dyrroth no solo componía música; estaba construyendo paredes de sonido para mantener a la gente fuera.

Cuando la pista terminó, Yin se quedó en silencio un momento.

— Es increíble, Dyrroth. De verdad. Pero... suena como si estuvieras gritando en una habitación donde nadie puede oírte.

Dyrroth apartó la mirada hacia los monitores, sus dedos ajustando un ecualizador innecesariamente.

— Es una pista de atmósfera, Yin. No necesita ser un himno de estadio.

— No, no es eso. Es que está demasiado limpia —replicó Yin, colgándose el bajo y ajustando el volumen—. Necesita un poco de... suciedad. De esa que te hace vibrar el pecho.

Sin esperar permiso, Yin empezó a tocar. No fue una línea de bajo convencional. Empezó con una nota larga, profunda, dejando que la vibración del instrumento llenara el vacío de la habitación. Luego, empezó a seguir el ritmo del sintetizador, pero añadiendo síncopas, pequeños saltos que rompían la rigidez de la pista de Dyrroth.

Dyrroth frunció el ceño, preparándose para soltar un comentario mordaz sobre cómo estaba arruinando la estructura, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta. El bajo de Yin no estaba destruyendo la canción; la estaba despertando. Era como si el color estuviera volviendo a una fotografía en blanco y negro.

— Sube el canal tres —murmuró Yin, concentrado, sus dedos moviéndose con una agilidad que contrastaba con su apariencia despreocupada—. Deja que Lieh se asome un poco.

Dyrroth, casi por instinto, obedeció. Deslizó el fader hacia arriba, integrando el bajo orgánico con sus sintetizadores sintéticos. La habitación empezó a vibrar. La conexión era instantánea. Sus ojos se encontraron a través del reflejo de la pantalla del ordenador. Por un instante, no eran el príncipe del Abismo y el recipiente de Lieh; eran simplemente dos frecuencias encontrando una armonía imposible.

Pasaron las horas. El sol subió en el cielo, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire del laboratorio. Se olvidaron de los donuts, de las clases y del festival de bandas. Solo existía el "click" del metrónomo y la búsqueda del sonido perfecto.

— ¡Eso es! —gritó Yin tras una toma especialmente intensa—. ¡Ese acorde ha sonado como si el mundo se estuviera rompiendo!

Dyrroth se echó hacia atrás en su silla, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus mejillas tenían un ligero tinte rosado, producto de la excitación creativa.

— Ha sido... aceptable —dijo, aunque su tono era mucho más suave que de costumbre—. Has conseguido que el sintetizador no suene tan estéril. Supongo que tu "ruido" tiene un propósito después de todo.

Yin se rió, dejando el bajo a un lado y estirando los brazos por encima de la cabeza.

— Admítelo, Dyrroth. Hacemos un buen equipo. Tú pones el cerebro y yo pongo el alma.

— Yo tengo alma, idiota —replicó Dyrroth, aunque sin convicción mientras abría finalmente la caja de donuts—. Simplemente la mantengo en un formato comprimido para que no ocupe demasiado espacio.

Se quedaron en un silencio cómodo, compartiendo los donuts de chocolate. Dyrroth comía con una elegancia casi aristocrática, mientras que Yin tenía una mancha de azúcar glas en la mejilla.

— ¿Sabes? —dijo Yin de repente, mirando la pantalla donde sus ondas de sonido se entrelazaban—. Melissa y Ling creen que eres un tipo aterrador. Que si alguien entra aquí sin permiso, lo conviertes en un archivo MP3 y lo borras.

Dyrroth enarcó una ceja.

— No es una mala idea. Me ahorraría muchas interrupciones.

— Pero yo sé la verdad —continuó Yin, acercándose un poco más en su silla, invadiendo de nuevo el espacio personal de Dyrroth—. Solo eres alguien que tiene miedo de que alguien más escuche lo que realmente tiene que decir. Por eso te escondes detrás de todas estas máquinas.

Dyrroth dejó el donut a medio comer en la caja. La atmósfera en la habitación cambió, volviéndose más densa.

— No me escondo, Yin. Simplemente no hay nadie que valga la pena que escuche. La mayoría de la gente en esta academia busca fama, o aplausos, o simplemente pasar el rato. Yo busco la verdad en el sonido. Y la verdad suele ser solitaria.

Yin extendió la mano. Por un momento, Dyrroth pensó que iba a tocarlo como la noche anterior, pero Yin simplemente le quitó la mancha de chocolate que él mismo tenía cerca de la comisura de los labios. El contacto fue breve, pero eléctrico.

— Pues ahora me tienes a mí —dijo Yin con una seriedad que rara vez mostraba—. Y yo no voy a ninguna parte. Mi bajo siempre va a estar ahí para seguir tu ritmo, aunque intentes perderte en el ruido.

Dyrroth sintió un nudo extraño en el pecho, algo que no podía ecualizar ni eliminar con un filtro de paso alto. Miró a Yin, a sus ojos dorados llenos de una determinación inquebrantable, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que no necesitaba estar a la defensiva.

— Eres un problema, Yin —susurró Dyrroth, desviando la mirada hacia la consola—. Un problema técnico persistente que no puedo solucionar.

— Los mejores sonidos suelen venir de los problemas técnicos —respondió Yin, volviendo a su tono alegre—. ¿Te acuerdas de cómo se inventó la distorsión? Alguien rompió un amplificador por accidente. Tal vez nosotros seamos eso. Un accidente glorioso.

Dyrroth soltó una pequeña risa, un sonido genuino que rara vez alguien escuchaba.

— Un accidente que va a suspender matemáticas si no nos vamos ahora mismo. El ensayo general del festival empieza en una hora en el escenario principal.

Yin saltó de su silla, guardando su bajo a toda prisa.

— ¡Cierto! ¡Melissa me matará si llego tarde al ensayo de "Los Renegados"! Pero espera... ¿vendrás a vernos? No desde la mesa de mezclas, sino... ya sabes, ¿a apoyarnos?

Dyrroth se puso en pie, ajustándose la corbata deshecha y recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus ojos brillaban de una manera distinta.

— Tengo que supervisar el sistema de sonido del escenario principal. Si vuestro bajo suena mal, tendré que intervenir para que la reputación de la academia no caiga por los suelos.

Yin le guiñó un ojo mientras caminaba hacia la puerta.

— Te veré allí, "jefe de sonido". Y asegúrate de ponerme mucho retorno. Quiero oír cada nota de lo que creamos hoy.

Cuando Yin salió, el laboratorio se sintió repentinamente demasiado grande y demasiado silencioso. Dyrroth miró el proyecto en la pantalla. Guardó el archivo bajo un nombre nuevo: "Disonancia Perfecta".

Caminó hacia el espejo del rincón y se arregló el cabello. Por un momento, se permitió sonreír. Yin tenía razón en algo: el caos era agotador, pero cuando se compartía con alguien que sabía llevar el ritmo, se sentía un poco menos como el fin del mundo y un poco más como el comienzo de una canción que no quería que terminara nunca.

Al salir del laboratorio, Dyrroth no se puso los auriculares. Por primera vez en meses, dejó que el ruido de los pasillos, las risas de los estudiantes y el eco de los instrumentos afinándose lo envolvieran. Ya no necesitaba protegerse del sonido del mundo, porque ahora tenía una melodía propia grabada en la memoria, una que llevaba el nombre de un chico impulsivo con un bajo al hombro.

El Festival de Bandas estaba a punto de empezar, y aunque Dyrroth seguía prefiriendo la soledad de sus sintetizadores, sabía que sus dedos estarían buscando constantemente esa frecuencia baja y cálida que solo Yin sabía tocar. Era una colaboración que no estaba en el programa oficial, pero que ya estaba resonando en el corazón de ambos.