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Ritmo

Sintonía de Sombras y Luces Neón

El escenario principal de la Academia del Amanecer era un monstruo de metal, cables y luces LED que palpitaba en el centro del campus. El aire olía a laca para el cabello, ozono y a ese aroma metálico que desprenden los amplificadores cuando se calientan demasiado. Para la mayoría de los estudiantes, era el clímax de meses de esfuerzo; para Dyrroth, era un rompecabezas de frecuencias que debía dominar.

Desde su posición en la plataforma de control elevada, Dyrroth observaba el caos con una mirada analítica. Sus manos se movían sobre la superficie táctil de la nueva consola digital, ajustando los limitadores para evitar que la energía desbordante de los grupos escolares quemara los altavoces. Pero, aunque sus ojos escaneaban los niveles de ganancia, su atención estaba anclada en un punto específico del escenario: el lugar donde un bajo eléctrico descansaba sobre un soporte, esperando a su dueño.

— Te ves más tenso de lo habitual, y eso que normalmente pareces un cable a punto de romperse —comentó una voz femenina a su lado.

Dyrroth no necesitó girarse para saber que era Melissa. La baterista de "Los Renegados" estaba allí, jugueteando con sus baquetas y luciendo un atuendo que era una explosión de parches, imperdibles y actitud rebelde.

— El sistema de monitoreo está dando problemas en el lado izquierdo —respondió Dyrroth con voz monótona, fingiendo interés en una gráfica de ondas—. Si vuestro guitarrista, el que se cree un prodigio, decide dar otro de sus saltos innecesarios, podría desconectar un cable de alimentación.

Melissa soltó una carcajada seca y golpeó suavemente el borde de la mesa de mezclas con una baqueta.

— Ling sabe lo que hace. Pero quien realmente te preocupa es el otro, ¿verdad? El que te trajo donuts esta mañana.

Dyrroth se tensó. Sus dedos se detuvieron sobre un fader.

— No sé de qué hablas. Solo me aseguro de que el sonido sea perfecto. Es mi trabajo.

— Claro, "tu trabajo" —se burló Melissa, dándose la vuelta para dirigirse a las escaleras—. Por cierto, Yin está en el camerino trasero. Dice que tiene un problema con la clavija de entrada y que solo el "genio del sonido" puede arreglarlo. Yo que tú iría antes de que intente arreglarlo él mismo con cinta aislante y optimismo.

Dyrroth soltó un gruñido entre dientes, pero en cuanto Melissa desapareció de su vista, dejó la consola en modo automático y bajó de la plataforma. Caminó por el área de backstage, esquivando a estudiantes de teatro y miembros del staff que corrían de un lado a otro. Al llegar al pequeño espacio asignado a "Los Renegados", encontró a Yin sentado en una caja de transporte, peleándose con un destornillador y su bajo.

— Si sigues apretando ese tornillo, vas a hundir la placa en la madera, idiota —dijo Dyrroth, cruzándose de brazos desde la entrada.

Yin levantó la vista y su rostro se iluminó al instante, borrando cualquier rastro de frustración.

— ¡Dyrroth! Sabía que vendrías. Melissa dijo que estabas demasiado ocupado siendo importante, pero yo sabía que no me dejarías tirado con un equipo defectuoso.

— He venido para evitar que destruyas un instrumento que cuesta más que tu sentido común —replicó Dyrroth, acercándose y arrebatándole el destornillador.

Se arrodilló frente a Yin. La cercanía era abrumadora en el espacio reducido del camerino. Dyrroth podía oler el aroma cítrico del jabón de Yin y sentir el calor que emanaba de su cuerpo tras el calentamiento previo al show. Con movimientos precisos y expertos, Dyrroth ajustó la entrada del jack, asegurando la conexión con una facilidad que hizo que Yin soltara un suspiro de admiración.

— Eres como un mago, pero con cables en lugar de varitas —comentó Yin en voz baja, observando las manos de Dyrroth.

— Es solo lógica aplicada, Yin. Algo de lo que careces —respondió Dyrroth, pero no se puso de pie de inmediato. Se quedó allí, con la mano aún rozando la madera fría del bajo, muy cerca de las piernas de Yin.

Yin se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre sus rostros. El ruido del festival exterior parecía filtrarse como un zumbido lejano, dejando un vacío íntimo entre ellos.

— ¿Estás nervioso? —preguntó Yin.

Dyrroth soltó una risa amarga, sin mirarlo.

— ¿Yo? Yo no soy el que tiene que subir ahí fuera a que cientos de personas lo juzguen. Yo solo controlo las sombras.

— Pero las sombras son las que hacen que la luz destaque —dijo Yin, y su tono era inusualmente serio—. Hoy, cuando toque esa parte de la canción... la que arreglamos esta mañana... quiero que sepas que la estoy tocando para ti. No para el jurado, ni para los fans. Solo para el chico que está detrás de la mesa de mezclas.

Dyrroth sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del auditorio. Levantó la vista y se encontró con los ojos dorados de Yin, que brillaban con una honestidad tan pura que resultaba dolorosa.

— Si fallas una sola nota, me encargaré de que el eco te persiga hasta los dormitorios —amenazó Dyrroth, aunque su voz carecía de su habitual frialdad.

— No fallaré. Tengo al mejor productor del mundo cuidándome las espaldas.

Yin extendió el puño, esperando un choque. Dyrroth lo miró con desdén durante un segundo eterno, antes de suspirar y chocar su propio puño contra el de Yin, un contacto rápido que dejó una estela de electricidad en sus nudillos.

— Vete ya. El show empieza en cinco minutos.

Dyrroth regresó a su puesto de control justo cuando las luces del auditorio se apagaban. Un rugido de expectación surgió de la multitud. En la oscuridad, vio las siluetas de "Los Renegados" tomando sus posiciones. Melissa se sentó tras la batería, Ling ajustó su guitarra con una elegancia gélida, y Yin... Yin se colocó en el centro, con el bajo colgado bajo y una postura que irradiaba una confianza salvaje.

Dyrroth se colocó los auriculares, aislándose del mundo exterior para concentrarse únicamente en lo que salía por los canales de audio.

— Probando, uno, dos —susurró la voz de Yin a través del micrófono, llegando directamente a los oídos de Dyrroth—. ¿Me oyes, príncipe?

Dyrroth no respondió verbalmente, pero subió el volumen del canal de Yin un par de decibelios por encima de lo recomendado. Fue su respuesta silenciosa.

La música estalló.

"Los Renegados" no eran una banda escolar común. Eran una fuerza de la naturaleza. El estilo de Ling era técnico y afilado como una cuchilla, mientras que Melissa golpeaba los parches con una violencia rítmica que obligaba a todos a mover los pies. Pero el alma del sonido era Yin. Su bajo no solo marcaba el tiempo; llenaba el espacio con una calidez vibrante que unía todos los elementos disonantes.

Desde la mesa, Dyrroth trabajaba como un director de orquesta invisible. Sus dedos bailaban sobre los controles, esculpiendo el sonido en tiempo real. Cuando Ling se lanzaba a un solo frenético, Dyrroth comprimía las frecuencias para que no opacaran la sección rítmica. Cuando Melissa hacía un redoble, él realzaba los bajos del bombo para que el suelo del auditorio temblara.

Pero entonces, llegó el momento. La canción cambió de ritmo. Ling y Melissa bajaron la intensidad, dejando un espacio vacío, un silencio expectante que el público no sabía cómo llenar.

Era el turno del solo de Yin. El pasaje que habían pulido juntos esa misma mañana.

Dyrroth cerró los ojos. En la pantalla de su mente, podía ver las ondas de sonido antes incluso de que se produjeran. Yin empezó a tocar. No era el sonido agresivo de antes; era algo fluido, melódico y profundamente emocional. Era una conversación entre el bajo y los sintetizadores ambientales que Dyrroth había pregrabado para acompañarlo.

En ese momento, la conexión fue total. Dyrroth movía los filtros de frecuencia en sincronía con los dedos de Yin. Era como si estuvieran tocando el mismo instrumento, a pesar de estar a treinta metros de distancia. El sonido envolvía el auditorio como una marea, una mezcla perfecta de la precisión digital de Dyrroth y la pasión orgánica de Yin.

El público estaba hipnotizado. No había gritos, solo un silencio reverente roto por la vibración de las cuerdas. Yin, en el escenario, tenía los ojos cerrados, una sonrisa pequeña y satisfecha en los labios. Sabía que Dyrroth estaba allí, capturando cada matiz, elevando su música a un nivel que nunca habría alcanzado solo.

Cuando la canción terminó con un estallido de energía final, el auditorio explotó en aplausos y vítores. "Los Renegados" se despidieron, exhaustos pero eufóricos.

Dyrroth se quitó los auriculares, sintiendo el sudor frío en su nuca. Sus manos temblaban ligeramente. Nunca antes se había sentido así tras una producción. No era solo la satisfacción del trabajo bien hecho; era algo más profundo, una sensación de plenitud que lo asustaba.

Media hora después, tras haber apagado los equipos y asegurado la consola, Dyrroth bajó al área de carga. El festival continuaba fuera, con fuegos artificiales y música pop, pero él prefería la tranquilidad de las sombras de los muelles de carga.

— ¡Sabía que te encontraría aquí! —la voz de Yin resonó en el callejón.

Apareció corriendo, todavía con la adrenalina del concierto reflejada en su rostro. Sin previo aviso, se lanzó sobre Dyrroth, rodeándolo con un abrazo que casi lo deja sin aire.

— ¡Lo hicimos, Dyrroth! ¡Ha sonado increíble! ¡Toda la escuela está hablando de ese solo!

Dyrroth intentó forcejear, pero la fuerza de Yin era superior. Finalmente, se rindió y dejó que el otro lo abrazara, aunque mantuvo los brazos rígidos a los costados por un momento antes de permitir que una de sus manos descansara, casi por accidente, en la espalda de Yin.

— No ha estado mal —logró decir Dyrroth, con la voz apagada por el hombro de Yin—. Supongo que tus dedos no son tan torpes como pensaba.

Yin se separó lo justo para mirarlo a los ojos, pero no rompió el contacto de sus manos sobre los hombros de Dyrroth.

— Admitelo. Te ha gustado. Te ha gustado sentir ese "ruido" en tus máquinas.

Dyrroth desvió la mirada, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareciera en su rostro.

— Me ha gustado la forma en que el bajo cortaba el aire. Pero no te acostumbres. Mañana volveré a borrar tus archivos si te pones demasiado sentimental.

Yin soltó una carcajada y, de repente, el ambiente cambió. La euforia del concierto dio paso a una calma cargada de tensión. Estaban solos, iluminados únicamente por los carteles de neón lejanos y la luz de la luna que se filtraba entre los edificios de la academia.

— Dyrroth —susurró Yin, acortando la distancia—. Gracias. Por creer en mi música incluso cuando yo no sabía cómo hacerla sonar bien.

— No he hecho nada que no fuera mi obligación técnica —mintió Dyrroth, sintiendo que su corazón latía a un ritmo que ninguna máquina podría procesar.

Yin no respondió con palabras. En su lugar, se inclinó y presionó sus labios contra la mejilla de Dyrroth. Fue un beso rápido, cálido y lleno de una promesa silenciosa. Antes de que Dyrroth pudiera reaccionar, Yin ya se estaba alejando, caminando hacia atrás con esa sonrisa traviesa que siempre lograba desarmar al príncipe del Abismo.

— ¡Nos vemos mañana en el laboratorio, "jefe"! ¡Y esta vez yo elijo los donuts!

Dyrroth se quedó allí, de pie en la oscuridad, con la mano tocando el lugar donde los labios de Yin habían rozado su piel. El frío de la noche ya no parecía tan intenso. El ruido del festival, que antes le resultaba molesto, ahora sonaba como una banda sonora necesaria.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia los dormitorios, sintiendo que algo en su interior se había desajustado de forma permanente. No era un error, ni una frecuencia parásita. Era una nueva melodía, una que no podía controlar con faders ni ecualizadores.

— Idiota —murmuró para sí mismo, pero su voz no tenía veneno.

Esa noche, mientras la Academia del Amanecer celebraba el fin del Festival de Bandas, un productor de sombras y un músico de luz descubrieron que, a veces, la música más hermosa nace de la disonancia más absoluta. Y que, por mucho que intentaran negarlo, sus corazones ya habían empezado a latir en el mismo compás.