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Ritmo

Ecos de Familia y el Peso del Legado

El laboratorio de sonido se había convertido en el único lugar de la Academia del Amanecer donde el tiempo no parecía regirse por las campanas de las clases. Sin embargo, esa tarde, la burbuja de aislamiento de Dyrroth fue perforada no por el entusiasmo ruidoso de Yin, sino por un golpe rítmico, firme y autoritario en la puerta. Un golpe que no pedía permiso, sino que anunciaba una presencia.

Dyrroth no tuvo que girarse para saber quién era. El perfume a sándalo y metal limpio, junto con la presión casi tangible de una autoridad natural, solo podía pertenecer a una persona en toda la institución.

— La administración me dijo que te encontraría aquí, hermano —dijo Silvana, entrando en la habitación con la elegancia de quien camina por un salón de trono en lugar de un estudio lleno de cables enredados.

Dyrroth suspiró, deslizando los auriculares hacia su cuello y girando lentamente la silla. Silvana lucía el uniforme de gala de los delegados de la Academia, impecable, con el emblema de la familia bordado en oro sobre su hombro. Eran el día y la noche: ella, la luz radiante del consejo estudiantil; él, la sombra técnica que prefería los sótanos.

— ¿Qué quieres, Silvana? —preguntó Dyrroth, cruzando los brazos—. Si es por la cuota del club de producción, ya te dije que el presupuesto para los nuevos sintetizadores está justificado.

Silvana caminó hacia la consola, observando los monitores con una mezcla de curiosidad y preocupación. Sus ojos se detuvieron en el archivo abierto: "Disonancia Perfecta".

— No vengo por el presupuesto —respondió ella, suavizando el tono—. Vengo porque me han llegado rumores de que el "Príncipe del Abismo" ha decidido finalmente unirse a una banda. Y no a cualquier banda, sino a la de ese chico... Yin.

Dyrroth sintió una punzada de irritación. En la academia, nada permanecía oculto por mucho tiempo, especialmente si Silvana estaba involucrada.

— Es una colaboración técnica, nada más —mintió él, aunque sus dedos juguetearon nerviosamente con el borde de su mesa de mezclas—. Yin tiene talento bruto, pero no sabe canalizarlo. Yo solo estoy... puliendo el producto final.

— Pulir un producto no requiere que te quedes aquí hasta las tres de la mañana con él, ni que compartas almuerzos en el patio trasero —Silvana se apoyó contra la mesa, mirándolo fijamente—. Dyrroth, sabes lo que la familia espera de nosotros. Yo llevo la carga de la diplomacia y el liderazgo. Tú... tú siempre has tenido más libertad, pero asociarte con alguien tan impredecible como el recipiente de Lieh es un riesgo. No solo para tu reputación, sino para tu estabilidad.

— No hables de él como si fuera un experimento de laboratorio —espetó Dyrroth, poniéndose en pie—. Yin es más auténtico que cualquiera de los herederos con los que te rodeas en el consejo. Él no finge que la música es perfecta; él deja que los errores cuenten una historia.

Silvana arqueó una ceja, sorprendida por la vehemencia en la voz de su hermano. Hacía años que no veía a Dyrroth defender algo —o a alguien— con tanta pasión.

— Así que es cierto —murmuró ella, con una sombra de tristeza en su mirada—. Te importa de verdad.

— Lo que me importe o no, no es asunto del consejo estudiantil, Silvana.

— Lo es cuando ese chico representa un peligro potencial —replicó ella, recuperando su tono de líder—. Lieh no es una broma, Dyrroth. Si Yin pierde el control durante una actuación, si esa "frecuencia" de la que tanto hablas desencadena algo que no puedes manejar... no podré protegerte.

Dyrroth soltó una carcajada amarga y se acercó a su hermana, quedando a pocos centímetros de ella.

— Siempre intentando protegerme de las sombras, cuando yo nací en ellas. No necesito que vigiles mis espaldas, Silvana. Yin y yo tenemos un equilibrio que tú nunca entenderías. Él me da el caos que necesito para crear, y yo le doy el orden que él necesita para no romperse. Es una simbiosis.

— Es una locura —sentenció Silvana—. Pero supongo que nunca has escuchado razones cuando se trata de tus "proyectos". Solo te pido una cosa: ten cuidado. No dejes que la música te nuble el juicio sobre lo que ese chico lleva dentro.

Antes de que Dyrroth pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo. Yin entró trotando, cargando dos vasos de batido y riendo antes de ver quién más estaba en la habitación.

— ¡Dyrroth! ¡No te vas a creer lo que Melissa...! —Yin se detuvo en seco, sus ojos dorados pasando de la alegría a la confusión al ver a la imponente Silvana—. Oh. Hola, presidenta. No sabía que teníamos una auditoría de sonido hoy.

Silvana evaluó a Yin con una mirada gélida que habría hecho temblar a cualquier otro estudiante. Pero Yin, siendo Yin, simplemente le dedicó una de sus sonrisas radiantes y le ofreció uno de los batidos.

— ¿Quiere uno? Es de mango y maracuyá. Ayuda mucho con el estrés de las reuniones del consejo.

Silvana parpadeó, desconcertada por la falta total de protocolo del chico. Miró el vaso, luego a Yin, y finalmente a su hermano, quien parecía querer que la tierra se lo tragara.

— No, gracias, joven Yin —dijo Silvana, recuperando su compostura—. Solo estaba terminando una conversación con mi hermano sobre su próxima... actuación.

Yin se colocó al lado de Dyrroth, dejando los batidos sobre la mesa y pasando un brazo por los hombros del productor con una naturalidad que hizo que Silvana apretara los puños.

— Ah, ¿va a venir a vernos? —preguntó Yin con entusiasmo—. Dyrroth va a tocar los teclados. ¡Va a ser increíble! Es la primera vez que sale de su cueva para mostrarle al mundo lo que vale.

— Lo sé —respondió Silvana, dirigiéndose hacia la puerta—. Estaré en la primera fila. Y espero, por el bien de ambos, que esa "disonancia" sea tan perfecta como dicen.

Con un último vistazo cargado de advertencia hacia Dyrroth, Silvana salió del laboratorio, dejando tras de sí un silencio pesado que solo el zumbido de los equipos electrónicos se atrevía a romper.

Yin soltó un silbido largo, retirando el brazo de los hombros de Dyrroth.

— Vaya... tu hermana da más miedo que un examen sorpresa de historia. Siento como si me hubiera escaneado el alma con rayos X.

Dyrroth regresó a su silla, dejándose caer en ella con un suspiro de agotamiento.

— Te lo advertí. Silvana ve el mundo como un tablero de ajedrez, y nosotros no encajamos en ninguna de sus jugadas.

Yin se sentó en el suelo, a los pies de la silla de Dyrroth, y apoyó la barbilla en sus rodillas, mirando hacia arriba.

— ¿Cree que soy una mala influencia para ti? —preguntó Yin, y por primera vez, hubo una pizca de duda en su voz.

Dyrroth lo miró. La luz de los monitores se reflejaba en los ojos de Yin, haciéndolos parecer oro líquido. Recordó las palabras de Silvana sobre el peligro, sobre Lieh, sobre la estabilidad. Pero luego recordó el beso en el callejón, la vibración del bajo en perfecta sintonía con sus sintetizadores y la forma en que Yin lo hacía sentir que no era solo una herramienta técnica, sino una persona.

— Ella cree que el mundo es blanco o negro —dijo Dyrroth, extendiendo una mano para revolver el cabello de Yin con una torpeza que delataba su afecto—. No entiende que la mejor música ocurre en los grises.

Yin sonrió, y la duda desapareció tan rápido como había llegado. Tomó la mano de Dyrroth y la presionó contra su mejilla, cerrando los ojos.

— Me alegra que no le hagas caso. Porque si me dejas solo con Melissa y Ling, terminaré tocando canciones infantiles en el bajo por puro aburrimiento.

— No te dejaré solo —aseguró Dyrroth, y se sorprendió de lo mucho que deseaba cumplir esa promesa—. Pero si mi hermana va a estar en la primera fila, tenemos que hacer que esa actuación sea impecable. No quiero que tenga ni una sola razón para decir "te lo advertí".

Yin se puso en pie de un salto, recuperando su energía habitual.

— ¡Entonces a trabajar! He traído el bajo. Melissa dice que el puente de la canción necesita un cambio de ritmo más agresivo antes de tu solo de teclado.

— ¿Un cambio de ritmo? —Dyrroth frunció el ceño, volviéndose hacia la consola—. Si cambiamos el tempo ahora, tendré que reprogramar todos los osciladores.

— Pues hazlo, genio —rio Yin, conectando su instrumento—. Porque vamos a darles un espectáculo que hará que hasta Silvana quiera comprarse una guitarra eléctrica.

Durante las siguientes horas, el laboratorio volvió a ser su mundo privado. Dyrroth se sumergió en los códigos y las ondas de sonido, mientras Yin exploraba nuevas líneas de bajo que desafiaban la lógica pero abrazaban la emoción. A pesar de las advertencias de su hermana, Dyrroth se sentía más seguro que nunca.

Sin embargo, en un momento de descanso, mientras Yin practicaba una escala especialmente difícil, Dyrroth se quedó observándolo. Notó cómo, por un breve instante, las marcas en los brazos de Yin brillaron con un tono púrpura oscuro, y cómo su expresión se volvió distante, casi ajena. Fue solo un segundo, un parpadeo en la realidad, antes de que Yin volviera a reírse de un error que había cometido.

Dyrroth recordó la mirada de Silvana. Sabía que ella tenía razón en una cosa: el equilibrio era frágil. Lo que ellos estaban construyendo no era solo música; era un puente sobre un abismo. Pero mientras miraba a Yin, que ahora intentaba enseñarle a tocar una nota en el bajo, Dyrroth decidió que el riesgo valía la pena.

— Oye, Dyrroth —dijo Yin, dejando el bajo a un lado y acercándose a él—. ¿Crees que algún día tu hermana y yo nos llevemos bien?

Dyrroth soltó una pequeña risa, imaginando a la estricta Silvana compartiendo un batido de mango con el impulsivo Yin.

— Tal vez. Si logras que la canción sea lo suficientemente buena como para romper su protocolo. Silvana ama la excelencia por encima de todo.

— Entonces le daremos excelencia —declaró Yin, tomando la cara de Dyrroth entre sus manos—. Pero sobre todo, le daremos algo que ella no tiene.

— ¿Y qué es eso? —preguntó Dyrroth, sintiendo que su corazón aceleraba su ritmo.

— Alguien que nos mantenga afinados —susurró Yin antes de besarlo suavemente.

En ese beso, Dyrroth encontró la respuesta a todas las dudas de Silvana. No importaba el legado familiar, ni las expectativas de la academia, ni las sombras que ambos cargaban. En ese pequeño laboratorio, entre cables y panecillos de curry, habían encontrado una frecuencia que nadie más podía sintonizar.

Cuando Yin se separó, sus ojos brillaban con una determinación renovada.

— Vamos a ensayar esa transición otra vez. Quiero que el sintetizador entre justo cuando yo haga el 'slap' en la cuerda de Mi.

— Eso es un cambio de fase arriesgado, Yin —advirtió Dyrroth, aunque ya estaba ajustando los controles.

— Lo sé. Pero ¿qué es la vida sin un poco de riesgo?

Dyrroth sonrió, una sonrisa real que no ocultaba nada.

— Tienes razón. Probémoslo.

Mientras la música volvía a llenar el laboratorio, Dyrroth se dio cuenta de que Silvana no entendía que el peligro no era algo que evitar, sino algo que transformar. La "disonancia perfecta" no era la ausencia de conflicto, sino la habilidad de hacerlo sonar hermoso. Y mientras Yin estuviera a su lado, Dyrroth estaba dispuesto a tocar todas las notas, por muy oscuras que fueran, hasta encontrar la armonía final.

La noche cayó sobre la Academia del Amanecer, y mientras Silvana revisaba informes en la torre del consejo, dos pisos más abajo, su hermano y el chico que ella tanto temía estaban creando algo que cambiaría las reglas del juego. No era solo una banda, no era solo una canción. Era el sonido de dos personas rompiendo sus propios moldes para crear algo nuevo.

— ¿Dyrroth? —llamó Yin antes de que terminaran la sesión.

— ¿Dime?

— Gracias por no dejar que me fuera cuando ella entró.

Dyrroth guardó el archivo final, cerró el monitor y miró a Yin con una seriedad que sellaba su complicidad.

— No podría dejarte ir aunque quisiera, Yin. Eres la única frecuencia que mi sistema no puede filtrar.

Y con esa confesión silenciosa, ambos salieron del laboratorio, listos para enfrentar lo que viniera, fuera el juicio de una hermana, el peso de un legado o el despertar de un poder antiguo. Porque mientras tuvieran el ritmo, el resto del mundo era solo ruido de fondo.