Ritmo
Resonancia Magnética y Cables Enredados
El silencio del laboratorio de sonido al día siguiente del festival no era el silencio vacío y gélido al que Dyrroth estaba acostumbrado. Era un silencio denso, como si las paredes de espuma acústica aún guardaran el eco de las vibraciones del bajo de Yin. Dyrroth estaba sentado frente a la consola, pero por primera vez en años, no estaba trabajando. Simplemente observaba el cursor parpadear en la pantalla, una línea vertical que marcaba un tiempo que él no sabía cómo llenar.
Se tocó la mejilla inconscientemente. El contacto de los labios de Yin la noche anterior había sido breve, apenas un roce, pero en su mente se repetía como un bucle de audio mal editado que no podía borrar.
La puerta se abrió con el estrépito habitual. No era una entrada, era una invasión.
— ¡Buenos días al mejor productor de la Tierra de los Amaneceres! —exclamó Yin, entrando con un ímpetu que hizo que las tazas de café vacías sobre la mesa vibraran.
Dyrroth recuperó su postura rígida al instante, entornando los ojos mientras se giraba en su silla.
— Llegas cinco minutos antes. ¿Es que el fin del mundo ha comenzado y nadie me ha avisado?
Yin dejó una bolsa de papel sobre la consola, ignorando el sarcasmo. Esta vez, el olor que emanaba no era de chocolate, sino de algo salado y picante.
— He pensado que después de tanta azúcar ayer, necesitábamos algo con más energía. Panecillos de curry de la tía de Wanwan. Son legendarios.
Dyrroth miró la bolsa con desconfianza, pero no la apartó.
— ¿Y tu instrumento? —preguntó, notando que Yin no traía la funda del bajo.
— En el almacén del club. Melissa dice que hoy tenemos "día de descanso obligatorio" porque Ling se queja de que le duelen los dedos de tanto lucirse —Yin se sentó en el borde de la mesa, balanceando las piernas con una energía inagotable—. Así que he pensado que podíamos terminar lo que empezamos ayer. Ya sabes, nuestra canción.
Dyrroth sintió un vuelco extraño al oír ese "nuestra".
— No hay ninguna canción, Yin. Solo era una prueba de sonido para el festival. Ya ha pasado.
— Mentira —dijo Yin, inclinándose hacia él con una chispa de desafío en los ojos—. Vi cómo guardaste el archivo. "Disonancia Perfecta", ¿verdad? Lo vi cuando me estabas conectando el jack.
Dyrroth sintió que el calor subía por su cuello. Odiaba que Yin fuera tan observador cuando se trataba de cosas que él quería mantener ocultas.
— Es solo un nombre provisional. No significa nada.
— Significa que te gusta cómo sonamos juntos —Yin saltó de la mesa y se colocó detrás de la silla de Dyrroth, apoyando las manos en el respaldo—. Admítelo, Dyrroth. Ayer, en el escenario, sentí algo que no había sentido nunca. No era solo el público. Era como si estuviéramos conectados por un cable invisible. Cada vez que tú movías un control, mi corazón daba un vuelco.
Dyrroth se puso en pie bruscamente, obligando a Yin a dar un paso atrás. La tensión en la habitación cambió de frecuencia, volviéndose más pesada, más eléctrica.
— No confundas la técnica con el sentimentalismo, Yin. Lo que sentiste fue una monitorización de alta fidelidad. Nada más.
— ¿Ah, sí? —Yin dio un paso adelante, invadiendo de nuevo ese espacio personal que Dyrroth protegía como una fortaleza—. Entonces, ¿por qué no me has echado todavía? ¿Por qué me dejas entrar aquí todos los días cuando sé que odias que interrumpan tu flujo de trabajo?
— Porque eres persistente como un virus informático —respondió Dyrroth, aunque su voz sonó menos firme de lo que pretendía.
Yin sonrió, pero no era su sonrisa traviesa habitual. Era algo más suave, más real. Extendió una mano y, con una lentitud que le dio a Dyrroth todo el tiempo del mundo para apartarse, rozó los dedos del productor.
— El virus ya se ha instalado, Dyrroth. Y creo que no quieres borrarlo.
Dyrroth miró la mano de Yin. Sus dedos estaban llenos de pequeñas marcas, cicatrices de batalla tanto de las artes marciales como de las cuerdas de acero. Eran manos que creaban y destruían, manos que no tenían miedo al desorden. En comparación, las suyas propias, pálidas y siempre limpias, parecían pertenecer a alguien que nunca había vivido fuera de una pantalla.
— Eres un idiota —susurró Dyrroth, pero esta vez no retiró la mano.
— Tu idiota favorito —replicó Yin, cerrando el espacio entre ellos.
Por un momento, el laboratorio de sonido desapareció. Ya no había consolas, ni cables, ni altavoces de miles de créditos. Solo estaban ellos dos, dos notas discordantes que, al juntarse, creaban una frecuencia nueva y desconocida.
Fue Dyrroth quien rompió la distancia final. No fue un movimiento calculado ni lógico. Fue un impulso ciego, una necesidad de silenciar la verborrea de Yin de la única manera que parecía efectiva. Lo agarró por la solapa de la chaqueta del uniforme y lo atrajo hacia sí, uniendo sus labios en un beso que sabía a café frío, a panecillos de curry y a una urgencia contenida durante demasiado tiempo.
Yin soltó un jadeo de sorpresa que se perdió en la boca de Dyrroth, pero reaccionó al instante. Sus manos subieron a la nuca de Dyrroth, enredando los dedos en su cabello plateado con una desesperación que hizo que el productor soltara un gemido ahogado.
El beso no era perfecto. No era una balada suave ni una melodía programada. Era caótico, agresivo y lleno de una fricción que cortaba la respiración. Era exactamente como el sonido que hacían juntos: una mezcla de distorsión y armonía que no debería funcionar, pero que lo hacía de forma gloriosa.
Cuando finalmente se separaron para tomar aire, ambos estaban jadeando. Dyrroth tenía los labios rojos y el cabello revuelto, una imagen tan alejada de su habitual pulcritud que Yin no pudo evitar soltar una risita nerviosa.
— Vaya... —susurró Yin, todavía con las manos en el cuello de Dyrroth—. Eso sí que ha sido un pico de frecuencia.
Dyrroth ocultó su rostro en el hombro de Yin, tratando de normalizar su ritmo cardíaco.
— Cállate. Si dices una sola palabra sobre esto fuera de esta habitación, te juro que...
— ¿Que me borrarás los archivos? —le interrumpió Yin, acariciando suavemente su espalda—. Ya no me asustas con eso, Dyrroth. Sé que no podrías hacerlo. Me necesitas para que tu música tenga alma.
Dyrroth se separó un poco, mirando a Yin con una mezcla de molestia y una ternura que apenas empezaba a aceptar.
— No te necesito. Eres una distracción constante. Eres ruidoso, impuntual y tu sentido de la moda es un crimen contra la estética.
— Pero te gusto —afirmó Yin con una seguridad aplastante.
Dyrroth suspiró, dejándose caer de nuevo en su silla de producción, aunque no soltó la mano de Yin.
— Desgraciadamente —admitió en un susurro.
Yin se arrodilló a su lado, apoyando los brazos en el reposabrazos de la silla y mirándolo con adoración.
— Entonces, ¿qué vamos a hacer con "Disonancia Perfecta"? La canción, quiero decir.
Dyrroth miró la pantalla, donde el proyecto seguía abierto. Cargó un sintetizador nuevo, uno que tenía un sonido cálido, parecido al de un amanecer después de una tormenta de arena.
— Le falta un puente —dijo Dyrroth, sus dedos volviendo a moverse sobre el teclado con una rapidez renovada—. Algo que conecte tu agresividad con mi estructura. Algo que suene como... como lo que acaba de pasar.
Yin sonrió de oreja a oreja, levantándose para buscar una silla y sentarse justo al lado de él.
— Me gusta cómo suena eso. ¿Podemos ponerle una parte donde el bajo se vuelva loco?
— Solo si dejas que yo procese la señal para que no sature —respondió Dyrroth, volviendo a su modo profesional, aunque no podía ocultar el brillo en sus ojos—. Y nada de solos de diez minutos. Esto no es un concierto de Ling.
— ¡Hecho! —Yin se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla antes de abrir la bolsa de panecillos—. Pero primero, come algo. Un productor con hambre es un productor amargado.
Pasaron el resto de la mañana encerrados en el laboratorio. El mundo exterior, con sus festivales, sus clases y sus rivalidades entre bandas, parecía haber dejado de existir. Allí dentro, el tiempo se medía en compases y la realidad se construía nota a nota.
Dyrroth se dio cuenta de que Yin no solo aportaba ruido. Aportaba una perspectiva que él nunca se habría permitido tener. Donde Dyrroth veía un error de frecuencia, Yin veía una oportunidad para la emoción. Donde Dyrroth buscaba la línea recta, Yin dibujaba curvas imposibles que, sorprendentemente, llevaban a un destino mejor.
— Mira esto —dijo Dyrroth, señalando una sección de la pista—. Si invertimos la fase de tu bajo aquí, crea un efecto de vacío que hace que el sintetizador parezca que está flotando.
Yin escuchó atentamente, con los auriculares puestos.
— Es como si estuviéramos cayendo, pero sin miedo —comentó Yin—. Me encanta. Es como... como cuando Lieh intenta tomar el control, pero yo decido que vamos a usar esa fuerza para algo bueno.
Dyrroth se quedó pensativo. Sabía que la relación de Yin con la entidad que habitaba en su interior era complicada, una lucha constante por el equilibrio.
— La música es una buena forma de canalizar el caos, Yin —dijo Dyrroth con suavidad—. No tienes que luchar contra él todo el tiempo. A veces, solo tienes que darle un ritmo que seguir.
Yin lo miró, y por un momento, la sombra de Lieh pareció desvanecerse por completo, dejando solo al chico que amaba la música y que, contra todo pronóstico, había logrado derretir el hielo del príncipe del Abismo.
— Gracias, Dyrroth. Por entenderlo.
— No lo entiendo —mintió Dyrroth, volviéndose hacia la pantalla para ocultar su emoción—. Solo estoy optimizando los recursos disponibles.
— Claro, claro —rio Yin, sabiendo perfectamente que esa era la forma en que Dyrroth decía que le importaba—. Por cierto, Melissa me ha enviado un mensaje. Dice que el director de la academia quiere que la banda ganadora del festival —nosotros, obviamente— toque en la gala de apertura del próximo semestre.
Dyrroth frunció el ceño.
— Eso es dentro de tres meses.
— Sí. Y quiere que presentemos material original —Yin le dio un codazo juguetón—. He pensado que podrías subir al escenario con nosotros. No como técnico, sino como parte de la banda. Con tus teclados y tus máquinas de ritmos.
Dyrroth se quedó helado. La idea de estar frente a una multitud, sin el escudo de su mesa de mezclas, le producía un pánico genuino.
— Ni hablar. Yo no soy un "performer". Yo soy el que hace que los "performers" no suenen como gatos atropellados.
— Oh, vamos —insistió Yin, poniéndose de pie y empezando a caminar por la habitación como si ya estuviera en el escenario—. Imagínatelo. Las luces se apagan. Empieza tu sintetizador, ese que suena como el fin del mundo. Luego entro yo con el bajo, haciendo que el suelo vibre. Ling y Melissa se unen... y de repente, tú sales de entre las sombras. Sería legendario.
Dyrroth lo observó. La pasión de Yin era contagiosa, una fuerza gravitatoria que lo arrastraba fuera de su zona de confort.
— La gente se asustaría —dijo Dyrroth, aunque una parte de él ya estaba visualizando la configuración de los equipos en el escenario—. No están acostumbrados a ver al "monstruo del sótano" bajo los focos.
— Pues que se asusten —Yin se acercó y le tomó ambas manos—. Que vean que el monstruo tiene el mejor ritmo de toda la academia. Por favor, Dyrroth. Hazlo por mí. Hazlo por nuestra canción.
Dyrroth miró sus manos entrelazadas. El orden y el caos. La sombra y la luz. La perfección y el ruido.
— Si lo hago —dijo Dyrroth con un suspiro de rendición—, yo elijo el vestuario. No voy a subir ahí vestido con esos parches horribles que lleva Melissa.
Yin soltó un grito de alegría y lo levantó en vilo, dándole vueltas por el pequeño laboratorio mientras Dyrroth protestaba y trataba de no reírse.
— ¡Eres el mejor! ¡Vamos a ser la mejor banda que ha visto este lugar!
— ¡Suéltame, idiota! ¡Vas a tirar el micrófono de condensador!
Cuando Yin finalmente lo bajó, ambos estaban exhaustos y felices. Se sentaron en el suelo, rodeados de cables, restos de panecillos y la luz parpadeante de los monitores.
— Sabes —dijo Yin, apoyando la cabeza en el hombro de Dyrroth—, al principio pensé que eras alguien frío y sin sentimientos. Pero ahora me doy cuenta de que solo eres como un sintetizador analógico.
— ¿Y eso qué significa? —preguntó Dyrroth, cerrando los ojos y disfrutando del peso de Yin contra él.
— Que necesitas un tiempo para calentarte antes de que salga el sonido de verdad. Pero una vez que lo haces... eres la nota más pura que he escuchado nunca.
Dyrroth no respondió. No necesitaba hacerlo. Simplemente entrelazó sus dedos con los de Yin, dejando que el silencio del laboratorio se llenara con el ritmo tranquilo de sus respiraciones acompasadas.
Afuera, la vida escolar seguía su curso. Habría exámenes, entrenamientos, cotilleos en los pasillos y rivalidades absurdas. Pero allí dentro, en el santuario de cables y frecuencias, dos mundos opuestos habían encontrado su sintonía. La disonancia seguía ahí, porque siempre formaría parte de quienes eran, pero ahora era una disonancia perfecta.
Dyrroth miró la pantalla una última vez antes de apagar las luces. El archivo de audio estaba ahí, una representación visual de algo que las palabras no podían explicar. No era solo música. Era el registro de un encuentro, de un beso robado y de la promesa de un futuro donde el ruido ya no daba miedo, porque se compartía.
— Mañana a las ocho —dijo Dyrroth mientras salían del laboratorio, cerrando la puerta con llave.
— ¿Tan temprano? —se quejó Yin, aunque con una sonrisa.
— Tenemos que ensayar ese puente, Yin. No quiero que mi debut en el escenario se vea arruinado por un bajo desafinado.
Yin le pasó un brazo por los hombros, atrayéndolo hacia él mientras caminaban por el pasillo desierto.
— No te preocupes, "jefe". Conmigo al lado, nunca perderás el ritmo.
Y mientras se alejaban, sus sombras se proyectaban largas y unidas sobre el suelo de mármol, moviéndose al compás de una melodía que solo ellos dos podían oír. Una canción que apenas estaba empezando a escribirse.