Rivales caídos
El brillo de la guadaña y el peso del hacha
El Capitolio no es una ciudad; es un organismo vivo que se alimenta de nuestra desesperación. Al bajar del tren, el ruido me golpea antes que el aire. Es un estruendo de vítores, música estridente y gritos de personas que visten colores que no existen en la naturaleza. Sus pieles están teñidas de azul eléctrico, sus pestañas son plumas de aves extintas y sus sonrisas son tan blancas que parecen de porcelana.
—¡Sonreíd! —sisea Ukai detrás de nosotros, mientras nos empuja hacia la plataforma—. ¡No les deis el gusto de ver que tenéis miedo! ¡Haced que os deseen!
Kageyama está a mi lado, rígido como una estatua de mármol. Sus ojos azules escanean la multitud con un desprecio que apenas logra ocultar. Yo, en cambio, trato de hacer lo que Ukai dice. Saludo. Salto. Muestro mis dientes. Si quieren un espectáculo, les daré al chico enérgico del Distrito 4, el que se presentó voluntario por puro impulso. Pero por dentro, mi estómago es un nudo de alambre de espino.
Nishinoya aparece de la nada, saltando sobre el escenario con un micrófono de oro. Su traje hoy es de un naranja tan vibrante que hiere la vista.
—¡Aquí los tenemos! ¡Los valientes del mar! ¡Tobio Kageyama, el prodigio de la táctica, y Shoyo Hinata, el voluntario que ha encendido el corazón del Capitolio! —grita, y la multitud ruge—. ¡Dime, Shoyo! ¿Qué se siente al ser el chico más comentado de la Cosecha?
Me acerco al micrófono. La luz de las cámaras me ciega por un segundo.
—Se siente como si estuviera a punto de saltar sobre la ola más grande del océano —respondo, dejando que mi energía natural fluya—. Y no tengo intención de hundirme.
La gente grita de nuevo. Kageyama suelta un bufido casi imperceptible. Él odia esto. Él quiere pelear, no posar.
Después del caos de la llegada, nos llevan a los centros de preparación. Es la primera vez que me separan de Kageyama y me siento extrañamente vulnerable. Me lavan, me exfolian la piel hasta que me duele, y me quitan cada rastro de salitre y arena que traía de casa. Es como si quisieran borrar quién soy antes de lanzarme a la muerte.
—Tranquilo, Shoyo. Vas a quedar espectacular —dice una voz suave.
Es Asahi Azumane. Mi diseñador. Es un hombre alto, con una fuerza física evidente, pero sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene las telas. Sus ojos están llenos de una tristeza que no encaja con el lujo que nos rodea.
—Asahi-san —susurro—. ¿Cómo están los trajes?
—He diseñado algo que hable de lo que sois —dice él, mostrándome una estructura metálica y cuero—. El Capitolio cree que el Distrito 4 es solo pescado y redes. Yo les voy a mostrar el poder del mar embravecido. El instinto contra el control.
El desfile es un borrón de luces y calor. Kageyama y yo vamos en un carruaje tirado por caballos negros. Vestimos trajes que parecen escamas de obsidiana que brillan con reflejos azules y verdes bajo los focos. En mis manos, Asahi ha puesto dos réplicas de hachas pequeñas, ligeras pero de aspecto letal, recubiertas de un material que imita el coral afilado. Kageyama lleva una lanza larga, elegante, que maneja con una precisión que intimida incluso a los patrocinadores más veteranos.
—No dejes de mirar al frente —me dice Kageyama entre dientes mientras saludamos—. No les des la satisfacción de ver que te tiemblan las manos.
—No me tiemblan por miedo, Kageyama —le respondo, haciendo girar una de las hachas de utilería con un movimiento rápido de muñeca—. Me tiemblan porque quiero empezar ya.
Miento. Siempre miento cuando se trata de mi valor.
Al final del desfile, en el balcón principal, está ella. Kiyoko Shimizu. La Presidenta observa el desfile con una calma aterradora. Sus ojos se posan en nosotros un segundo más que en el resto de los tributos. No aplaude. No sonríe. Solo observa, como quien evalúa la calidad de una mercancía antes de una subasta.
Esa noche, tras una cena llena de manjares que apenas puedo tragar —codornices rellenas, frutas exóticas, panes de miel—, me retiro a mi habitación privada. El lujo es obsceno. La cama es tan blanda que parece que me va a tragar, y el baño tiene más botones que el panel de control del tren.
Me meto en la ducha. El agua cae caliente, casi quemando, y dejo que el vapor llene la estancia. Es aquí, en el silencio, donde la máscara se cae.
Me miro en el espejo empañado. Soy Shoyo Hinata. Soy el chico que saltaba sobre las redes de pesca para ver el horizonte. Y estoy aquí para morir.
No es que me haya rendido. Es que he entendido la realidad. Miro a través de la puerta entreabierta hacia el salón donde Kageyama está discutiendo estrategias con Ukai. Kageyama es un genio. Es fuerte, es preciso, y tiene esa voluntad de hierro que no se quiebra ante nada. El Distrito 4 necesita un ganador. Natsu necesita que su distrito sea respetado para que no pasen hambre. Y Yamaguchi... Yamaguchi necesita ver que alguien de nosotros regresa con vida para no terminar de romperse.
Si solo uno puede salir de ese "Mosaico Fracturado", no seré yo.
No soy un mártir, o al menos no quiero serlo. Pero sé quién soy. Soy el señuelo. Siempre lo he sido en nuestros entrenamientos. Yo atraigo la atención, yo provoco el caos, yo abro la brecha para que el as de la corona remate la jugada. En la arena, seré exactamente eso. Haré que cada muto y cada tributo se fije en el chico naranja con las hachas rápidas, mientras Kageyama avanza hacia la victoria.
Salgo de la ducha y me pongo una túnica de seda. Kageyama está en el balcón, mirando hacia las luces de la ciudad.
—¿No puedes dormir? —pregunto, acercándome.
—Hay demasiado ruido —responde él sin volverse—. El Capitolio nunca se calla.
—Es porque tienen miedo del silencio —digo, apoyándome en la barandilla—. En el silencio es donde te das cuenta de lo que estás haciendo.
Kageyama se gira hacia mí. Su expresión es dura, pero hay una chispa de algo parecido a la camaradería en sus ojos.
—Ukai dice que el bioma de la Tundra será el más peligroso al principio. Si nos separan, busca terreno elevado.
—Lo sé, lo sé —le resto importancia con un gesto de la mano—. Con mis hachas puedo escalar casi cualquier cosa. Seré como un mono de nieve. Tú limítate a no dejar que Ushijima te pille en campo abierto.
—Ushijima no me da miedo —gruñe Kageyama—. Lo que me preocupa es que te lances de cabeza a una trampa por querer ser el centro de atención.
—¡Oye! —le doy un golpe juguetón en el brazo—. Saldremos de ahí, Kageyama. Los dos. Volveremos al distrito y obligaremos a Ukai a invitarnos a ramen durante un año entero.
Él me mira fijamente. Por un momento, creo que me va a decir que es imposible. Que solo hay un ganador. Que el Capitolio no permite finales felices. Pero en lugar de eso, asiente.
—Más vale que sea el ramen caro —dice.
Le sonrío. Es la sonrisa más difícil que he tenido que fingir en mi vida. Porque mientras lo miro, ya estoy trazando el mapa en mi cabeza. Si el bioma cambia de Tundra a Pantano, yo me quedaré atrás para frenar a los lobos de escarcha. Si entramos en la zona del Volcán, yo seré el que cruce primero las grietas para asegurar el camino.
No se lo diré. Kageyama es demasiado orgulloso para aceptar un sacrificio. Si supiera lo que estoy planeando, se enfurecería. Me llamaría idiota y probablemente intentaría protegerme él a mí, arruinando nuestras posibilidades. Así que tengo que ser el mejor actor del Capitolio. Debo hacerle creer que mi ambición es tan grande como la suya.
—¿Sabes qué armas voy a pedir en la Cornucopia? —le pregunto, cambiando de tema para que no vea la humedad en mis ojos.
—Dijiste que hachas.
—Sí. Mini hachas. Dos de ellas. Son rápidas, fáciles de ocultar y perfectas para alguien de mi estatura. Puedo lanzarlas o usarlas en combate cercano. Y si necesito trepar árboles en la Jungla, son mejores que cualquier cuchillo.
—Son armas de corto alcance, Hinata. Te expones demasiado.
—Ese es el punto, Rey —le guiño un ojo—. Estar cerca es donde ocurre la magia.
Kageyama suspira y vuelve a mirar hacia el horizonte.
—No mueras el primer día, idiota. Sería muy aburrido estar allí solo.
—No lo haré —prometo.
Me retiro a mi cama, pero no duermo. Me quedo mirando el techo, que proyecta constelaciones artificiales para calmar a los tributos antes de la matanza. Pienso en Natsu. Pienso en mi madre. Pienso en las redes de pesca y en el olor a sal.
Mañana empezarán las entrevistas. Mañana tendré que convencer a los patrocinadores de que soy un guerrero feroz que quiere la corona por encima de todo. Tendré que mentirle al mundo, a los jueces y a mi mejor amigo.
Pero mientras cierro los ojos, visualizo la escena final. Veo a Kageyama de pie, bajo la luz del sol del Distrito 4, con la medalla de vencedor al cuello. Lo veo regresando a casa, llevando la esperanza a nuestro pueblo. Y aunque yo no esté en esa imagen, me doy cuenta de que eso es lo único que hace que este miedo valga la pena.
—Sobrevive, Kageyama —susurro en la oscuridad, donde nadie puede oírme—. Yo me encargaré del resto.
El Mosaico Fracturado se está formando. Los biomas están listos. Los mutos tienen hambre. Y yo, Shoyo Hinata, he decidido que mi última jugada será la más grande de todas: no ganar los Juegos, sino asegurar que el Rey recupere su trono.