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Rivales caídos

El eco de los pasos rotos

La sala de entrenamiento es un hervidero de violencia contenida. El aire huele a desinfectante, a sudor y a ese aroma metálico que desprende el acero recién afilado. Cada distrito tiene su rincón, su especialidad, pero la mayoría de los tributos se mueven como depredadores evaluando a sus presas.

—No mires a los del Distrito 2 —me susurra Kageyama mientras nos dirigimos a la zona de combate cuerpo a cuerpo—. Ushijima lleva tres horas golpeando ese saco de arena y no ha sudado ni una gota.

—No lo miro por miedo, Kageyama —respondo, aunque mis rodillas tiemblan un poco—. Lo miro porque quiero saber cómo se mueve. Si es tan fuerte, debe ser lento en los giros.

Kageyama me lanza una mirada de advertencia, pero no dice nada. Durante los tres días de entrenamiento, nos hemos mantenido como una unidad. Él analiza las armas de largo alcance; yo practico el sigilo y el manejo de las hachas. Pero hoy, algo cambia. En la zona de agilidad, me encuentro con un chico extremadamente alto, de cabello plateado y extremidades tan largas que parecen desproporcionadas.

—¡Vaya! —exclama el chico, casi tropezando con sus propios pies—. ¡Eres el voluntario! El pequeñajo que gritó en la cosecha. Soy Lev Haiba, del Distrito 5.

—Shoyo Hinata —respondo, sorprendido por su falta de hostilidad—. Eres... muy alto.

—¡Es un muto! —bromea un chico más bajo, de mirada felina y movimientos precisos, que se acerca a nosotros—. Soy Yaku Morisuke. Ignora a Lev, es un idiota, pero es rápido.

Yaku es el ganador anterior del Distrito 5, ahora mentor de Lev junto a otros dos chicos, Kuroo y Kenma. Hay algo en la forma en que Yaku protege a Lev que me recuerda a Yamaguchi con Tsukishima. Una lealtad que trasciende el miedo a la muerte.

—Nosotros no queremos problemas —dice Yaku, mirando a Kageyama, que se ha acercado con rostro sombrío—. Pero sabemos que en el Mosaico Fracturado, los solitarios mueren primero. El Distrito 5 tiene una propuesta.

Kageyama entrecierra los ojos.

—Hablad.

—Alianza —sentencia Yaku—. Lev tiene el alcance, tú tienes la estrategia, y este chico... —me señala con la barbilla— tiene una velocidad que no he visto ni en los mutos de la Jungla. Si trabajamos juntos, podemos limpiar las zonas exteriores antes de que los Distritos 1 y 2 nos acorralen en la Cornucopia.

Kageyama y yo intercambiamos una mirada. No es una decisión fácil. En los juegos, una alianza es solo una prórroga para la traición. Pero al ver a Lev, tan caótico y joven, y a Yaku, tan desesperado por mantenerlo vivo, siento un tirón en el pecho.

—Aceptamos —dice Kageyama—. Pero si uno de vuestros mentores intenta jugárnosla con los suministros, la alianza se rompe.

***

La prueba de valor es una habitación cerrada, silenciosa y fría. Los Vigilantes están sentados en una plataforma elevada, aburridos, comiendo uvas y bebiendo vino. Cuando entro, apenas me miran. Soy el tributo bajo del Distrito 4. Para ellos, soy relleno.

—Shoyo Hinata. Distrito 4. Adelante —dice una voz desganada.

Respiro hondo. No voy a usar las armas convencionales. Me acerco a la zona de obstáculos y trepo por la cuerda con una velocidad que hace que un par de Vigilantes levanten la cabeza. Llego a la plataforma superior y salto al vacío. En el aire, saco las dos hachas pequeñas que me han permitido usar para la prueba.

No golpeo a los maniquíes en el pecho. Los golpeo en las articulaciones. En el cuello. En los ojos. Me muevo como un rayo naranja, rebotando en las paredes, usando mi baja estatura para desaparecer de su línea de visión y aparecer detrás de los objetivos. Para cuando termino, estoy jadeando, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Kiyoko Shimizu está allí, sentada en el centro. Sus ojos gélidos se clavan en los míos. Por primera vez, veo una chispa de interés en su rostro. No dice nada, pero su silencio es más elocuente que cualquier aplauso.

***

—¡Un diez! —grita Takeda-sensei, agitando los papeles en el ático del centro de entrenamiento—. ¡Hinata, has sacado un diez! ¡Y Kageyama un once!

Estamos todos reunidos: Ukai, Takeda, Asahi, Nishinoya, Kageyama y yo. El ambiente debería ser de celebración, pero la tensión se puede cortar con un cuchillo.

—Un once es una diana en la espalda, Kageyama —gruñe Ukai, aunque se nota que está orgulloso—. Ushijima ha sacado un doce. Bokuto un diez. Estáis en la cima de la cadena alimenticia ahora mismo. El Capitolio va a querer veros pelear entre vosotros.

—Que miren lo que quieran —dice Kageyama, cruzado de brazos—. No voy a morir por darles un buen ángulo de cámara.

Miro a Asahi, que está retocando los detalles de mi traje para la entrevista. Se le ve pálido. Nishinoya, por el contrario, camina de un lado a otro con una energía nerviosa.

—Escuchadme bien —dice Noya, poniéndose serio—. La entrevista es vuestra última oportunidad de conseguir patrocinadores. Hinata, tú ya tienes al público en el bolsillo por lo del voluntariado. Solo tienes que ser... tú. Pero con un toque de tragedia.

—No quiero dar lástima —respondo con firmeza.

—No es lástima, Shoyo —interviene Takeda suavemente—. Es conexión. Necesitan sentir que tu vida vale más que la de los demás para que te envíen esa medicina o esa comida cuando el bioma cambie y te quedes atrapado.

Asiento, pero mi mente está en otra parte. Miro a Kageyama. Él es el mejor. Él tiene que ganar. Cada vez que escucho las puntuaciones, cada vez que veo la cara de preocupación de Ukai, mi resolución se fortalece. Si yo muero para que él viva, el Distrito 4 tendrá un vencedor que realmente podrá cambiar las cosas. Yo solo soy un chico que salta alto. Él es el Rey que puede liderar.

***

El escenario de las entrevistas es un mar de luces cegadoras. Yu Nishinoya está en su salsa, presentando a cada tributo con una pompa que roza lo absurdo. He visto pasar a Oikawa, que ha encantado a la audiencia con su carisma manipulador, y a Ushijima, que ha respondido con monosílabos que han dejado al público en un silencio reverencial.

—¡Y ahora! —grita Nishinoya, y el público estalla—. ¡El corazón del Distrito 4! ¡El chico que desafió al destino! ¡Shoyo Hinata!

Camino hacia el centro del escenario. Visto un traje diseñado por Asahi que brilla como si estuviera hecho de espuma de mar y luz solar. Me siento en la silla frente a Nishinoya.

—¡Shoyo! —Noya me da una palmada en el hombro, olvidando por un momento su papel de presentador—. ¡Estás radiante! Cuéntanos, todo el Capitolio se hace la misma pregunta. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te presentaste voluntario por Kei Tsukishima?

Respiro hondo. Miro a la multitud. Veo a personas con pelucas imposibles llorando de emoción.

—En mi distrito, el mar es traicionero —empiezo, y mi voz suena más profunda de lo habitual—. Si un pescador cae al agua, no te detienes a pensar si es tu amigo o si es un extraño. Simplemente saltas. Porque el mar no perdona la duda.

—¡Qué heroico! —exclama Nishinoya—. Pero Tsukishima es... bueno, digamos que no parecía muy agradecido.

—Él es inteligente —respondo con una sonrisa triste—. Demasiado inteligente para una arena que busca romper mentes. Yo no soy tan listo. Pero soy rápido. Y sé que si él se quedaba, su mejor amigo, Yamaguchi, no habría vuelto a ser el mismo. Alguien tenía que romper el ciclo.

—¿Y qué hay de Tobio Kageyama? —pregunta Nishinoya, inclinándose hacia delante—. Se dice que vuestra relación es... complicada.

El público se inclina también. Esta es la pregunta que vende.

—Kageyama es el motor que me hace correr —digo, y esta vez no es una actuación—. Sin él, yo solo sería un chico que salta sin dirección. En la arena, él es el mapa y yo soy el viento. No puedo imaginarme llegar al final si él no está allí para decirme que soy un idiota por ir demasiado rápido.

—¿Crees que podéis ganar los dos, Shoyo? —Nishinoya baja el tono, volviéndose casi íntimo—. Sabes las reglas. Solo uno sale.

El silencio que sigue es absoluto. Miro fijamente a la cámara, imaginando que Natsu me está viendo desde casa, que Tsukishima y Yamaguchi están abrazados frente a la pantalla.

—El Capitolio cree en las reglas —digo con una calma que me sorprende—. Pero el mar no tiene reglas. El mar solo tiene supervivientes. Y yo voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que el Distrito 4 no tenga que llorar más este año.

El público se pone en pie, aplaudiendo con una fuerza que hace vibrar el suelo. He ganado. No los Juegos, sino su favor. He sembrado la semilla. Ahora, cuando las cosas se pongan feas, los patrocinadores buscarán ayudar al "pequeño héroe" que solo quiere salvar a su compañero.

***

El último día antes de entrar a la arena, la alianza con el Distrito 5 se sella en un susurro en la cafetería.

—Mañana en la Cornucopia —dice Kuroo, el mentor de Lev, acercándose a nosotros—. No vayáis directos al centro. Buscad la frontera entre la Tundra y el Bosque Muerto. Nosotros estaremos allí. Kenma ha analizado los patrones: es el lugar más probable para que el primer cambio de bioma sea menos letal.

—¿Por qué nos ayudáis tanto? —pregunta Kageyama, desconfiado.

Kuroo sonríe, pero sus ojos están vacíos.

—Porque Kenma dice que tú eres el único capaz de mantener a raya a los del Distrito 2 el tiempo suficiente para que nosotros escapemos. Y porque este pequeñajo... —me mira a mí— le cae bien. Y Kenma no tiene amigos.

Kageyama asiente.

Esa noche, no puedo dormir. Me quedo mirando mis manos. Mañana, estas manos estarán manchadas de sangre. O de nieve. O de barro.

***

El día ha llegado. El aire en la sala de lanzamiento es gélido. Takeda-sensei me da un último abrazo, con los ojos rojos. Ukai me estrecha la mano con una fuerza que casi me rompe los huesos.

—No te detengas, Hinata —me dice Ukai—. Si ves una apertura, tómala. No pienses. Solo vuela.

Asahi me ayuda a ponerme el uniforme de la arena. Es una tela técnica, resistente al frío pero transpirable, de un color gris azulado que se camufla con la roca. Me coloca el rastreador en el brazo con una delicadeza extrema.

—Shoyo —susurra Asahi—. No tienes que ser el héroe de todo el mundo. Solo intenta volver.

Le sonrío, pero no le respondo. No puedo prometer algo que sé que voy a romper.

Camino hacia el tubo de lanzamiento. Kageyama ya está en el suyo, a unos metros de distancia. Las paredes de cristal nos separan, pero nuestras miradas se encuentran. Él parece un bloque de hielo, pero veo el ligero temblor en su mandíbula.

—¡Hinata! —grita él, su voz amortiguada por el cristal.

—¡Dime!

—¡No te mueras antes de que yo te gane!

Me río. Es la despedida más perfecta que podría haberme dado.

—¡Intenta alcanzarme primero, Rey!

La plataforma empieza a subir. La oscuridad del túnel es reemplazada lentamente por una luz blanca y cegadora. El aire cambia. Ya no huele a Capitolio. Huele a ozono, a pino seco y a un frío que te quema los pulmones.

Salgo a la superficie. El sol me golpea la cara. Estoy en mi pedestal.

A mi alrededor, el Mosaico Fracturado se extiende como una pesadilla geométrica. A mi derecha, la Tundra Helada brilla con una nieve que parece cristal roto. A mi izquierda, el Bosque Muerto se alza con ramas que parecen dedos esqueléticos. Y en el centro, la Cornucopia metálica brilla bajo el sol, rodeada de armas y suministros que parecen tan lejanos como las estrellas.

Veo a Ushijima a lo lejos, ya en posición de carrera. Veo a Bokuto, gritando algo al cielo para liberar tensión. Veo a Lev, mirando a todas partes con ojos aterrorizados.

Y entonces, la voz de Yu Nishinoya resuena por toda la arena, amplificada por miles de altavoces ocultos.

—¡Tributos! ¡Bienvenidos a los septuagésimo quintos Juegos del Hambre! ¡Que la suerte esté siempre de vuestro lado... y que el espectáculo sea inolvidable!

El cronómetro empieza a descontar en el cielo.

60... 59... 58...

Flexiono las piernas. Mis dedos rozan el suelo del pedestal. Miro hacia la Cornucopia. No busco las hachas. Busco el camino más rápido para que Kageyama llegue a la mochila con agua.

40... 39...

El viento de la Tundra me sopla en la cara, trayendo consigo el primer aullido de los lobos de escarcha. El suelo bajo mis pies vibra. La arena está viva. El Mosaico está listo para fracturarse.

10... 9... 8...

Cierro los ojos un segundo. Veo a Natsu. Veo el mar.

3... 2... 1...

El cañón suena. Y yo salto al vacío.