Rivales caídos
La luz blanca de la corona
—¡Lo siento, Kageyama! —La voz de Ukai Keishin sonó como si viniera del fondo de un pozo, distorsionada por el pitido incesante que atronaba en los oídos de Tobio—. ¡Lo siento de verdad!
Kageyama parpadeó con lentitud. Sus ojos ardían, irritados por los antisépticos y la luz artificial de la sala de recuperación del Capitolio. Intentó incorporarse, pero un dolor agudo en el hombro y la pierna lo obligó a soltar un gruñido. A su lado, Ukai y Takeda-sensei lo miraban con una expresión que él conocía bien: era la misma mirada que tenían los habitantes del Distrito 4 cuando un barco pesquero regresaba al puerto con las redes vacías y un hombre menos.
Entonces, el recuerdo lo golpeó como un mazo. El frío del metal. El olor a sangre y azufre. El peso del cuerpo de Hinata volviéndose inerte contra su pecho. La última sonrisa de aquel idiota pelirrojo.
—¿Dónde está? —preguntó Tobio, su voz era un hilo ronco y seco—. ¿Dónde está Hinata?
Takeda-sensei bajó la cabeza, apretando las gafas contra el puente de su nariz. Ukai no pudo sostenerle la mirada. El silencio fue la respuesta más violenta que Tobio había recibido en su vida.
—Lo sabíais —susurró Kageyama, y la comprensión empezó a arder en sus venas como ácido—. Lo sabíais todo este tiempo.
—Kageyama, escucha... —empezó Takeda con voz temblorosa.
—¡Lo sabíais! —rugió Tobio, ignorando el dolor de sus heridas mientras se sentaba a la fuerza en la camilla—. Sabíais que Shoyo se iba a matar. Sabíais que su plan no era ganar conmigo, sino morir por mí. ¡Y os dio igual! ¡Le dejasteis hacerlo!
—¡No nos dio igual! —saltó Ukai, golpeando la pared con el puño—. ¿Crees que fue fácil verlo por las pantallas sabiendo lo que ese mocoso nos había pedido? Él nos prohibió decírtelo. Dijo que si sabías la verdad, dudarías. Y en esa arena, la duda te habría matado a ti también.
—¡Preferiría estar muerto! —gritó Kageyama, las lágrimas empezando a desbordarse—. ¡Preferiría ser yo el que estuviera en una bolsa de cadáveres! ¿Cómo habéis podido? Él... él era solo un chico. Tenía a Natsu, tenía a su madre... ¡Me tenía a mí!
Tobio se cubrió la cara con las manos, sollozando con una rabia que amenazaba con romperle las costillas. Había ganado. Era el Vencedor de los Septuagésimo Quintos Juegos del Hambre. Tenía la gloria, el dinero y la seguridad, pero se sentía como si le hubieran arrancado el alma y lo hubieran dejado vacío, un cascarón de carne y hueso que solo servía para que el Capitolio se regodeara en su tragedia.
El viaje de regreso en el tren fue un desierto de palabras no dichas. El lujo de los vagones, la comida abundante y las sábanas de seda le producían náuseas. Kageyama pasaba las horas mirando por la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba de la opulencia del Capitolio a la sobriedad de los distritos exteriores.
Ukai y Takeda entraron en su compartimento privado cuando faltaban pocas horas para llegar al Distrito 4. Traían una pequeña caja de madera.
—Él no nos dijo por qué lo hacía —dijo Ukai, sentándose frente a Tobio con una calma que no tenía en el hospital—. Solo nos dijo que tú eras el Rey. Que tú tenías que ser el que volviera. Pero dejó esto.
Takeda puso la caja sobre la mesa.
—Escribió cartas —explicó el profesor en voz baja—. Para su madre, para Natsu, para Yamaguchi... y una para ti. Nos hizo prometer que te la daríamos solo si sobrevivías.
Kageyama alargó una mano temblorosa y tomó el sobre que llevaba su nombre escrito con la caligrafía desordenada y enérgica de Hinata. Sus dedos rozaron el papel y por un momento juró que podía sentir el calor de la mano de Shoyo.
—Salid —ordenó Tobio sin mirar a sus mentores.
Cuando se quedó solo, abrió el sobre. El papel olía vagamente al incienso que usaban en el Capitolio, pero las palabras eran puro Distrito 4.
"Para el Rey Idiota", empezaba la carta.
Tobio soltó un sollozo ahogado que se convirtió en una risa amarga. Incluso a las puertas de la muerte, Hinata no podía dejar de provocarlo.
"Si estás leyendo esto, significa que mi plan ha funcionado. Sé que ahora mismo estarás poniendo esa cara de miedo que pones cuando te enfadas, gritando que soy un estúpido. Y tienes razón, lo soy. Pero soy un estúpido que te conoce mejor que nadie.
Desde que nos conocimos en aquel primer torneo, supe que tú eras diferente. Tenías una luz que no dependía del sol, sino de tu propia voluntad de ser el mejor. En la arena, me di cuenta de que el mundo es un lugar oscuro, Tobio. El Capitolio quiere apagarnos a todos. Pero tú... tú eres el único que puede brillar tanto que incluso ellos tengan miedo de mirarte.
No te sientas culpable. No morí por el Distrito 4, ni por la gloria. Morí porque quería que tú vivieras. Quería que pudieras ver el mar sin pensar en la sangre. Quería que Natsu tuviera a alguien a quien admirar cuando yo ya no estuviera.
Sé que todo el mundo que me conocía del Distrito 4 decía que yo era el sol y tú la sombra, pero me alegro de haberme quedado en la sombra para que tú puedas convertirte en el sol que más brille.
Att: Shoyo Hinata.
PD: Te quiero, Tobio. Perdóname, por favor."
Kageyama apretó la carta contra su pecho, encogiéndose en el asiento del tren. El dolor físico de sus heridas no era nada comparado con el vacío abismal que dejaron aquellas últimas palabras. ¿Perdonarlo? ¿Cómo iba a perdonarlo por haberle robado la oportunidad de estar a su lado? ¿Cómo iba a brillar si el sol que alimentaba su luz se había apagado para siempre?
Cuando el tren se detuvo en la estación del Distrito 4, no hubo ovaciones para Kageyama. El distrito estaba de luto. El "Pequeño Gigante" que se había ofrecido voluntario para salvar a un amigo no había regresado, y el silencio de la multitud era más pesado que cualquier grito.
Tobio bajó del vagón con paso vacilante. Lo primero que vio fue a la madre de Hinata y a la pequeña Natsu. Natsu no lloraba; tenía los ojos muy abiertos, fijos en la puerta del tren, esperando un milagro que no iba a ocurrir.
Kageyama caminó hacia ellas y, ante la mirada atónita de todo el distrito, se desplomó de rodillas sobre el frío suelo de piedra de la estación.
—Lo siento —sollozó, con la frente tocando el suelo—. Lo siento mucho. Debería haber sido yo. Yo no quería... yo no quería que él...
Esperaba gritos, esperaba odio. Pero lo que sintió fueron unos brazos pequeños rodeando su cuello y una mano cálida posándose en su hombro.
—No es tu culpa, Tobio-kun —susurró la madre de Hinata, con la voz rota por el llanto—. Shoyo te quería. Él eligió esto porque te quería.
Natsu se aferró a su chaqueta, escondiendo el rostro en su pecho.
—Él dijo que tú eras su héroe —dijo la niña entre sollozos—. Dijo que tú traerías la paz.
Yamaguchi Tadashi, que estaba a pocos metros, se acercó y ayudó a Kageyama a levantarse, abrazándolo con una fuerza que hablaba de años de amistad y dolor compartido.
—¿Por qué, Yamaguchi? —preguntó Tobio en un susurro, mientras caminaban hacia el pueblo—. He leído su carta, pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué yo?
—Porque él veía en ti lo que tú nunca pudiste ver por ti mismo, Kageyama —respondió Yamaguchi—. Veía la esperanza.
Los años pasaron, pero el dolor no se desvaneció; se transformó. Kageyama Tobio no se convirtió en un vencedor decadente del Capitolio. Se convirtió en algo mucho más peligroso: un símbolo.
La revolución no empezó con una explosión, sino con el recuerdo de un chico pelirrojo que saltó al vacío para que otro pudiera volar. Kageyama utilizó su posición, su fama y su odio acumulado para tejer las redes de la rebelión. Se convirtió en el líder que Hinata sabía que podía ser. No era el "Rey" tirano que solía ser en la academia; era un líder que luchaba en las trincheras, que protegía a sus soldados y que nunca olvidaba el peso del sacrificio.
Diez años después de aquellos Juegos, el Capitolio finalmente cayó.
El día que se anunció el fin de la guerra y la libertad de Panem, una multitud inmensa se reunió frente al Palacio Presidencial. Kageyama Tobio subió al podio. Ya no era el joven delgado de la arena; era un hombre marcado por las cicatrices de la guerra, con la mirada endurecida pero serena.
Se hizo el silencio absoluto cuando se acercó al micrófono.
—Hoy —empezó Tobio, y su voz se proyectó por todos los distritos—, el Mosaico Fracturado se ha unido por fin. Pero no ha sido gracias a la fuerza de las armas o al odio. Ha sido gracias a la memoria.
Hizo una pausa, mirando hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse.
—Hace mucho tiempo, alguien me dijo que se alegraba de quedarse en la sombra para que yo pudiera ser el sol que más brillara. Durante años, odié esas palabras. Odié la sombra que me dejó su ausencia. Pero hoy entiendo que él no se quedó en la sombra para desaparecer, sino para convertirse en el cimiento de todo lo que hemos construido.
La multitud escuchaba con la respiración contenida.
—Esta revolución fue inspirada y llevada a cabo gracias a nuestro verdadero símbolo: Hinata Shoyo. Él fue el señuelo que distrajo a la tiranía mientras nosotros aprendíamos a luchar. Él fue el primer vuelo de un cuervo que se negó a ser enjaulado. He cumplido mi promesa, Shoyo. Panem es libre.
Kageyama se retiró del podio mientras un rugido de vítores y aplausos rompía el aire. Los nombres de los caídos eran gritados al cielo, pero el nombre de Hinata resonaba con una fuerza especial.
Al caer la noche, después de las celebraciones y los discursos oficiales, Kageyama se retiró a su habitación privada. Se sentó en un escritorio de madera sencilla y, con manos que todavía conservaban el tacto de la batalla, sacó un papel amarillento y desgastado.
Era la carta de Hinata. La leía cada aniversario, cada noche difícil, hasta que las palabras se habían grabado en su alma.
—Lo hemos logrado —susurró Tobio a la habitación vacía—. El sol brilla para todos ahora, idiota.
Se acercó a la ventana y miró hacia las estrellas. Deseó, con una intensidad que le quemaba el pecho, que Shoyo estuviera allí para ver los campos de flores donde antes hubo ceniza, para ver a Natsu creciendo en un mundo sin cosechas, para ver que el Rey finalmente había aprendido a sonreír sin miedo.
—Espero que estés mirando —dijo Kageyama, cerrando los ojos y sintiendo, por un instante, la brisa del mar del Distrito 4 acariciándole el rostro—. Porque todo esto... siempre fue por ti.
En el silencio de la noche, el sol que más brillaba finalmente encontró la paz, sabiendo que su luz nunca volvería a estar sola.