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Rivales caídos

El último vuelo del cuervo

El undécimo día en el Mosaico Fracturado comenzó con una sinfonía de muerte que retumbó en las paredes de mi cráneo. Dos cañonazos, secos y seguidos, cortaron el aire gélido de la Tundra. No supimos quiénes eran, pero en esta etapa de los Juegos, cada estruendo significaba que el círculo se estrechaba de forma irreversible.

Estábamos en una cueva de hielo azulado, el refugio que se había convertido en nuestro último hogar. Inuoka, que había estado extrañamente silencioso desde la muerte de Lev, se puso en pie. Sus ojos, antes brillantes y llenos de energía, ahora estaban hundidos y rodeados de ojeras oscuras.

—Me voy esta noche —dijo Inuoka, su voz sonando como grava rozando el metal.

Kageyama levantó la vista de su lanza, sorprendido.

—¿De qué hablas? Estamos a salvo aquí por ahora. Si nos separamos, seremos presas fáciles.

—No —Inuoka negó con la cabeza lentamente—. Mi alianza era con Lev. Él ya no está. Y vosotros... vosotros sois una unidad. He visto cómo os miráis. He visto cómo Hinata te cuida. Si me quedo, solo seré un estorbo cuando el Capitolio os obligue a elegir quién vive. Prefiero morir cazando que esperando a que el Mosaico me trague.

No hubo forma de convencerlo. Inuoka se perdió entre la ventisca antes de que la luna artificial alcanzara su cenit. Me quedé mirando la entrada de la cueva, sintiendo un peso insoportable en el pecho.

Esa noche, mientras Kageyama dormía un sueño inquieto, mi mente me llevó de vuelta al Distrito 4. Recordé el sótano de la casa de Ukai, el olor a tabaco y el mapa de la arena desplegado sobre la mesa.

—Ukai-san, Takeda-sensei —les dije, entregándoles un fajo de sobres atados con un cordel de pescar—. Si... si las cámaras muestran lo que creo que van a mostrar, quiero que entreguéis esto.

Takeda-sensei me miró con los ojos empañados.

—Shoyo, todavía no has entrado. No hables como si ya no estuvieras aquí.

—Tengo que ser realista —respondí con una sonrisa triste—. Hay una carta para mi madre, una para Natsu... y una para Kageyama. Prometedme que se la daréis solo si él sale de ahí. Él necesita saber por qué hice lo que hice. Necesita saber que no fue su culpa.

Ukai guardó las cartas en su chaqueta de cuero con un gesto brusco, ocultando el temblor de sus manos.

—Eres un idiota, Hinata. Pero eres el idiota más valiente que he conocido.

El duodécimo día trajo otro cañonazo. Solo quedábamos cinco. Kageyama y yo pasamos las horas trazando planes imposibles. Él hablaba con una esperanza que me desgarraba el alma.

—Cuando salgamos, Hinata, obligaremos a Ukai a que nos deje entrenar en el gimnasio principal —decía Kageyama, sus ojos azules brillando con una intensidad febril—. Podremos ver el mar todos los días sin miedo a que sea la última vez.

—Sí, Tobio —respondí, sintiendo que la garganta se me cerraba—. Veremos el mar.

Me entristecía escucharlo. Él realmente creía que había un futuro para los dos. No sabía que yo ya había aceptado mi papel de sacrificio. Yo era el señuelo, el que debía atraer a la muerte para que el as pudiera anotar el punto final.

El decimotercer día, el Capitolio decidió que el espectáculo debía terminar.

El suelo tembló con una violencia inaudita. Los biomas empezaron a colapsar, hundiéndose en la nada, obligándonos a correr hacia el único terreno que quedaba en pie: la Cornucopia. El metal de la estructura brillaba bajo un sol artificial que quemaba.

Al llegar, la carnicería ya había comenzado.

Vimos a Ushijima Wakatoshi, una mole de fuerza imparable, luchando contra los restos de la alianza del Distrito 1. Akaashi Keiji intentaba flanquearlo, pero Satori Tendō se movía como un espectro maníaco, interceptando cada ataque con una risa desquiciada. En el suelo, rígido y sin vida, yacía Bokuto Kotaro. Su muerte parecía haberle robado la luz a la arena.

—¡Ahora! —gritó Kageyama.

Pero antes de que pudiéramos avanzar, los mutos atacaron. Aves relámpago y lobos de escarcha surgieron de las sombras del metal, lanzándose contra todos sin distinción. Fue un caos de garras, electricidad y acero. Logramos deshacernos de los mutos, pero no sin secuelas. Kageyama sangraba por un corte en el hombro y yo sentía que mis costillas gritaban con cada respiración.

Entonces, el silencio volvió a caer, pero fue breve. Los supervivientes nos vimos las caras.

El decimocuarto día. El final.

Akaashi intentó levantar su arma, pero yo fui más rápido. Mi instinto de supervivencia, ese que había pulido saltando sobre las olas, tomó el control. Lancé una de mis hachas pequeñas. El coral afilado cortó el aire y se hundió en el pecho de Akaashi antes de que pudiera reaccionar. Cayó sin un grito. Un cañonazo.

Ushijima rugió y se lanzó contra Kageyama. Sus lanzas chocaron con un sonido que pareció quebrar el cielo. Mientras tanto, Tendō se abalanzó sobre mí.

—¡Qué divertido, pequeño cuervo! —gritó Satori, sus ojos rojos fijos en los míos—. ¡Puedo ver tu final! ¡Está tan cerca!

Tendō era impredecible, pero yo era más rápido. Esquivé sus garras metálicas y, en un movimiento que desafiaba la gravedad, salté sobre su espalda y hundí mi hacha en la base de su cráneo. Su risa se cortó en seco. Otro cañonazo.

Solo quedábamos tres.

Kageyama estaba perdiendo terreno frente a Ushijima. La fuerza bruta del Distrito 2 era demasiada incluso para el genio del Distrito 4. Ushijima lo tenía contra una de las vigas de la Cornucopia, presionando su lanza contra el cuello de Kageyama.

Me moví por puro instinto. Crucé el espacio en un parpadeo y golpeé el brazo de Ushijima con mi última hacha. El impacto no lo mató, pero lo obligó a soltar a Kageyama por un segundo.

Ushijima se giró hacia mí, su rostro una máscara de furia gélida.

—Tú... —gruñó—. El sacrificio molesto.

Se olvidó de Kageyama. Toda su rabia se centró en mí. Me lanzó ataques que apenas podía esquivar, su fuerza demoliendo el metal a mi alrededor. Kageyama estaba en el suelo, tratando de recobrar el aliento, gritando mi nombre.

Ushijima sacó un cuchillo largo y dentado. Vi el movimiento, vi la intención. Kageyama se estaba levantando, recuperando su lanza, pero Ushijima ya se lanzaba hacia él para terminar el trabajo.

—¡NO! —grité.

No lo pensé. No hubo duda. Me abalancé sobre Ushijima, interponiendo mi cuerpo entre él y Kageyama. Sentí un frío agudo, casi eléctrico, cuando el cuchillo de Ushijima se hundió en mi abdomen. El dolor fue tan intenso que el mundo se volvió blanco por un instante.

Pero no me detuve. Con mis últimas fuerzas, clavé mi hacha directamente en el cuello de Ushijima.

El gigante se detuvo. Sus ojos se abrieron con sorpresa mientras la vida se le escapaba. Cayó hacia atrás, su cuerpo golpeando el metal con un estruendo final.

El último cañonazo retumbó en la arena. Había terminado.

Kageyama corrió hacia mí, tropezando con sus propios pies. Su rostro estaba iluminado por una alegría frenética que me dolió más que la herida.

—¡Lo conseguimos, Hinata! —gritó, agarrándome por los hombros—. ¡Se acabó! ¡Vamos a casa! ¡Ganamos los dos, Shoyo!

Intenté hablar, pero la sangre me llenó la boca. Kageyama me miró, su sonrisa desapareciendo lentamente mientras sus ojos bajaban hacia mi abdomen, donde el mango del cuchillo de Ushijima sobresalía, rodeado de una mancha carmesí que se extendía con rapidez.

—¿Hinata? —Su voz tembló. Me sostuvo mientras mis piernas cedían—. No, no, no... ¡Espera! ¡El Capitolio enviará medicina! ¡Ganamos! ¡Tienen que salvarnos!

Le sonreí, dejando que la sangre corriera por la comisura de mis labios.

—Sí... —susurré, mi voz apenas un soplido—. Los dos... hemos conseguido nuestro objetivo, Tobio.

Kageyama empezó a llorar, unas lágrimas gruesas y desesperadas que caían sobre mi rostro.

—¿A qué te refieres? ¿De qué hablas? ¡No te mueras! ¡Prometiste el ramen! ¡Prometiste el mar!

—Yo siempre supe... —tosí, sintiendo cómo el frío de la arena empezaba a reclamarme— que no saldría de aquí. Mi objetivo... era que tú salieras. Eres el Rey, Kageyama. El Distrito 4 te necesita.

—¡No me importa el distrito! —rugió él, abrazándome contra su pecho, intentando inútilmente tapar la herida con sus manos—. ¡Te necesito a ti! ¡No me hagas esto, por favor, Shoyo!

Sentí que mis párpados pesaban toneladas. El dolor empezaba a desvanecerse, reemplazado por una ligereza extraña.

—Mantén tu promesa... —le dije, acariciando su mejilla con dedos temblorosos—. Cuida de Natsu. Y... Tobio...

—¿Qué? Dime lo que sea, lo haré, pero no te vayas —suplicó él, pegando su frente a la mía.

—Te quiero, Tobio —susurré.

Fue lo último que pude decir. Mis pulmones se detuvieron y la oscuridad me envolvió por completo.

Kageyama se quedó inmóvil, sintiendo cómo el cuerpo de Hinata se volvía pesado y frío entre sus brazos. El silencio de la arena era absoluto, roto solo por sus propios sollozos desgarradores.

—¡No! —gritó al cielo vacío, a las cámaras que lo grababan todo—. ¡Hinata! ¡No me dejes! ¡Shoyo!

Abrazó el cuerpo inerte, meciéndolo como si fuera un niño. El Capitolio había obtenido su ganador, pero a cambio, el ganador lo había perdido todo.

—Yo también te quiero —sollozó Kageyama, besando la frente fría de Hinata—. Te quiero, Shoyo. Siempre lo he hecho. Por favor... vuelve.

Le confesó su amor una y otra vez, con la voz rota, hasta que sus fuerzas se agotaron. El agotamiento físico, el dolor de sus heridas y la devastación de su alma finalmente lo vencieron. Kageyama se desmayó sobre el cuerpo de Hinata, con los dedos aún entrelazados con los del chico que le había enseñado que, a veces, la victoria más grande es la que se paga con el corazón.

En las pantallas del Capitolio, la imagen final fue la de un cuervo caído y un rey roto, unidos en un abrazo que ni la muerte ni los Juegos del Hambre podrían separar jamás. El Mosaico Fracturado se había completado, pero el precio había sido la luz más brillante del Distrito 4.