Rivals
Un Silencio Roto y el Frío del Entendimiento
El abrazo se prolongó, un ancla en la tormenta de emociones que los envolvía. Las lágrimas de Calliope empapaban la tela de la gabardina de Kaiser, y él, a su vez, sentía el temblor de su cuerpo contra el suyo. La fría noche londinense, que antes parecía un telón de fondo indiferente, ahora era testigo de una reconciliación que había tardado millones de años en gestarse. Poco a poco, el furor de los sollozos de Calliope disminuyó, transformándose en respiraciones entrecortadas y un suave hipo.
Kaiser la separó suavemente, lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Con sus pulgares, limpió las últimas lágrimas de sus mejillas, su toque tierno y lleno de una devoción inquebrantable.
– ¿Estás bien? – preguntó, su voz ronca por la emoción contenida.
Calliope asintió, incapaz de articular palabra, sus ojos aún vidriosos pero con un brillo diferente, uno de asombro y alivio. Por primera vez en mucho tiempo, no había amargura en su mirada.
– No sabes... no tienes idea... – comenzó ella, pero las palabras se le atragantaron.
– Shh, no digas nada – la interrumpió Kaiser, con una leve sonrisa triste. – Ya entendí. Lo entendí todo. Fui un idiota. Un completo y absoluto idiota.
Ella negó con la cabeza. – No, Kaiser, yo fui la idiota. Yo... yo te culpé. Te odié por algo que no hiciste.
– Y yo te dejé con la impresión de que lo hice – replicó él, su sonrisa se desvaneció en una expresión de profunda culpa. – No me expliqué. No pensé en cómo lo verías. Solo pensé en salvarte. En darte la oportunidad de escapar. Fue un error de mi parte no haberte dicho la verdad antes de irme a enfrentar a esos demonios.
Un silencio incómodo se cernió entre ellos, el peso de millones de años de malentendidos y dolor palpable en el aire. La nieve comenzó a caer, pequeños copos blancos que se arremolinaban alrededor de las farolas, añadiendo una capa de irrealidad a la escena ya surrealista.
Kaiser miró hacia el cielo, luego de nuevo a Calliope, que se estremecía ligeramente por el frío.
– Esto no es un buen lugar para tener esta conversación – dijo él, su tono volviendo a ser más práctico, aunque aún teñido de la vulnerabilidad expuesta. – Está empezando a nevar.
Calliope se abrazó a sí misma, el frío penetrando sus ropas. – Tienes razón.
– Mira, sé que esto es mucho – continuó Kaiser, rascándose la nuca, un gesto nervioso que no había hecho en eones. – Y sé que tenemos que hablar de muchas cosas. Pero... ¿te gustaría venir a mi lugar? Puedo prepararte un café caliente, o lo que sea que bebas ahora. No te preocupes, no hay segundas intenciones. Te daré mi habitación y yo dormiré en el sofá. Solo... no quiero que te congeles aquí afuera.
Calliope lo miró, sus ojos escudriñando los suyos. La oferta era genuina, desprovista de cualquier artimaña. Era el Kaiser que recordaba, el hombre que, a pesar de su fachada despreocupada, siempre había sido un caballero.
– ¿En serio? – preguntó ella, con un hilo de voz.
– En serio – asintió él, ofreciéndole una pequeña sonrisa. – Mi lugar no es el Palacio de Buckingham, pero es cálido y tengo bebidas. Y créeme, después de millones de años, tengo un montón de historias que contarte. Y tú también.
Ella dudó por un momento, la inercia de su rivalidad y su dolor era difícil de romper. Pero la sinceridad en los ojos de Kaiser, la promesa de calidez y, sobre todo, la oportunidad de desentrañar la telaraña de su pasado, era demasiado tentadora.
– Está bien – dijo finalmente, su voz un susurro apenas audible. – Gracias, Kaiser.
Una oleada de alivio recorrió a Kaiser. – Excelente. Sígueme. No está muy lejos.
Mientras caminaban por las calles nevadas, el silencio entre ellos era diferente. Ya no era un silencio cargado de animosidad, sino uno lleno de preguntas no formuladas y la promesa de respuestas. Kaiser, con su gabardina carmesí ondeando al viento, parecía más tranquilo, más él mismo.
– Sabes, es curioso – dijo Kaiser, rompiéndose el silencio. – Durante todo este tiempo, cada vez que te veía, pensaba que estabas de mal humor. O que estabas en "esos días", como dicen los humanos. Y tú... ¿qué pensabas?
Calliope soltó una pequeña y amarga risa. – Yo pensaba que me odiabas. Que te avergonzabas de mí por haber huido. Cada vez que me mirabas, veía desprecio en tus ojos.
– ¡¿Desprecio?! – exclamó Kaiser, deteniéndose en seco. – Calli, yo nunca podría despreciarte. Nunca. Lo único que sentía era... un dolor inmenso por haberte perdido. Y un poco de confusión por tu actitud. Pero desprecio... eso nunca.
– Pues eso es lo que me parecía – replicó ella, su voz aún teñida de la amargura de años de sufrimiento. – Y cada vez que intentaba acercarme, me dabas la espalda. O me ignorabas.
– Porque pensaba que tú me odiabas – dijo Kaiser, con un suspiro. – Pensé que no querías saber nada de mí. Y me dolía tanto que... que prefería mantener la distancia. Para no incomodarte.
Ambos se miraron, la ironía de su situación era casi cómica, si no fuera por el dolor que había causado. Millones de años de sufrimiento, todo por un malentendido monumental.
Llegaron a un edificio antiguo, con una fachada de ladrillo oscuro y un cartel de neón que parpadeaba con la palabra "DEVIL MAY CRY" en un estilo gótico. Calliope alzó una ceja, una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
– ¿Devil May Cry? – preguntó ella. – ¿En serio? ¿Todavía sigues con eso?
Kaiser sonrió, su sonrisa era la de un niño travieso. – Algunas cosas nunca cambian, ¿verdad? Es mi negocio, mi guarida. La última vez que lo revisé, la gente aún necesitaba demonios pateados y problemas resueltos. Y yo, bueno, soy el mejor en eso. Además, a veces necesito un lugar donde guardar mis juguetes.
Al entrar, el aroma a pizza rancia, café y pólvora llenó el aire, una mezcla extraña pero curiosamente reconfortante. El lugar era un caos organizado, con armas demoníacas colgadas en las paredes, mesas de billar cubiertas de polvo y un mostrador de bar con botellas de licores exóticos. La única fuente de luz era una lámpara de pie y el parpadeo de una vieja televisión.
– No es el Ritz, lo sé – dijo Kaiser, encendiendo más luces. – Pero es hogar. Y está cálido.
Calliope miró a su alrededor, una sensación de familiaridad invadiéndola. Era exactamente el tipo de lugar que Kaiser tendría.
– Es... acogedor – admitió ella, una pequeña risa escapando de sus labios.
– Lo sé, ¿verdad? – Kaiser se quitó la gabardina y la colgó en un perchero. – Siéntate donde quieras. Voy a preparar algo de café. ¿O prefieres té? ¿O algo más fuerte? Tengo de todo.
– Café estará bien – respondió Calliope, sentándose en un sofá de cuero gastado que crujió bajo su peso.
Mientras Kaiser se dirigía a la cocina, el silencio volvió a instalarse, pero esta vez era un silencio más cómodo, más esperado. Calliope observó a Kaiser moverse por la cocina, su figura alta y musculosa, su cabello plateado brillando bajo la luz. Era el mismo Kaiser, y a la vez diferente. La experiencia de millones de años había añadido una capa de sabiduría a su despreocupación habitual.
Kaiser regresó con dos tazas de café humeante y las colocó en la mesa de centro. Luego se sentó en el sofá opuesto, mirándola con una expresión de genuina curiosidad.
– Así que... – comenzó él, tomando un sorbo de su café. – ¿Qué has estado haciendo durante todo este tiempo? ¿Además de odiarme, claro está?
Calliope sonrió, una sonrisa pequeña y triste. – He estado... trabajando. Cosechando almas, como de costumbre. Intentando entender mi lugar en este universo. Y, la verdad, me sentía sola. Muy sola.
– Lo entiendo – dijo Kaiser, su voz suave. – Yo también. La inmortalidad es una carga pesada cuando no tienes a nadie con quien compartirla. Por eso abrí este lugar. Me mantiene ocupado. Y de vez en cuando, alguien viene con un problema que solo yo puedo resolver.
– ¿Y qué hay de ti? – preguntó Calliope. – ¿Qué has estado haciendo? ¿Además de patear demonios, claro?
Kaiser se encogió de hombros. – Lo de siempre. Luchar. Comer pizza. Jugar al billar. Y pensar en ti. Más de lo que me gustaría admitir. Intenté seguir adelante, Calli. Conocí a algunas personas, incluso tuve algunas... relaciones. Pero ninguna se comparaba contigo. Siempre terminaba encontrando algo que me recordaba a ti. Tu risa, tu forma de enfadarte, incluso el color de tu cabello.
Las palabras de Kaiser la golpearon con fuerza. Él también había sufrido. Él también la había extrañado. La magnitud de su amor, que había resistido el paso del tiempo y las garras de la incomprensión, era abrumadora.
– Yo también – confesó Calliope, su voz un murmullo. – Cada vez que veía una guadaña, pensaba en ti. Cada vez que escuchaba una canción triste, pensaba en ti.
Kaiser la miró, sus ojos llenos de una mezcla de tristeza y esperanza. – Parece que somos dos idiotas que se complicaron la vida sin necesidad.
Calliope soltó una pequeña risa, una risa genuina que no había escuchado en mucho tiempo. – Parece que sí.
La noche avanzó, y la conversación fluyó entre ellos como un río que había estado represado durante eones. Hablaron de sus batallas, de sus aventuras, de las personas que habían conocido. Se rieron, se lamentaron, y poco a poco, las heridas del pasado comenzaron a cicatrizar. El café se enfrió, y la nieve seguía cayendo fuera, cubriendo la ciudad con un manto blanco.
– Bueno, es tarde – dijo Kaiser, bostezando. – Te preparé la habitación de invitados. Está arriba, la primera puerta a la derecha. Hay toallas limpias y todo lo que necesites. Si necesitas algo, no dudes en llamarme. Yo dormiré aquí abajo, en el sofá.
Calliope lo miró, una punzada de culpa en su pecho. Él le estaba cediendo su propia habitación, mientras él dormía en un sofá.
– Kaiser, no tienes que hacer eso – dijo ella. – Yo puedo dormir en el sofá.
– Tonterías – replicó él, con una sonrisa. – Tú eres mi invitada. Y además, no quiero incomodarte. Sé que esto es mucho para procesar. Necesitas tu espacio.
Ella asintió, agradecida por su consideración. – Gracias, Kaiser. De verdad.
Se levantó y subió las escaleras, dejando a Kaiser solo en la sala de estar. El silencio volvió a caer sobre el Devil May Cry, pero esta vez era un silencio de paz, no de soledad. Kaiser se recostó en el sofá, su mente aún procesando todo lo que había pasado. La verdad, finalmente, había salido a la luz. Y aunque dolía, también traía consigo una inmensa esperanza.
Se quedó dormido, el peso de la reconciliación y el cansancio de una noche tan emotiva lo vencieron.
Horas más tarde, en la oscuridad de la noche, un suave gemido lo despertó. Kaiser levantó la cabeza, desorientado. El sonido venía de arriba, de la habitación donde dormía Calliope. Era un sollozo ahogado, un sonido de profundo dolor.
Su corazón se encogió. Se levantó del sofá, sus pasos silenciosos mientras subía las escaleras. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de invitados, escuchando los sollozos de Calliope. No podía dejarla sola. No después de todo lo que habían descubierto.
Abrió la puerta suavemente y entró en la habitación. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando la figura de Calliope acurrucada en la cama, su cuerpo temblaba con cada sollozo.
– Calli – susurró Kaiser, su voz llena de preocupación.
Ella levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos por las lágrimas. – Kaiser... lo siento. No quería despertarte.
– No te disculpes – dijo él, acercándose a la cama. – ¿Qué pasa?
– Es solo... es demasiado – dijo ella, su voz ahogada. – Todo esto. El dolor. Los años perdidos. La culpa. Es... es abrumador.
Kaiser se sentó en el borde de la cama, mirándola con compasión. Millones de años de soledad, de resentimiento, de un amor no correspondido, todo había implosionado en ella.
– Lo sé – dijo él, con voz suave. – Lo entiendo. Pero no tienes que pasar por esto sola. Nunca más.
Extendió una mano y le acarició el cabello suavemente. Calliope se estremeció bajo su toque, pero no se apartó.
– ¿Puedo... puedo...? – preguntó Kaiser, sin terminar la frase, sus ojos buscando permiso.
Calliope asintió, sus ojos llenos de una vulnerabilidad que Kaiser nunca había visto en ella.
Kaiser se levantó y se quitó la camisa, luego se deslizó bajo las sábanas, junto a ella. El calor de su cuerpo era reconfortante, un ancla en la tormenta de sus emociones. No hubo palabras, solo el sonido de sus respiraciones en la oscuridad.
Calliope se giró y se acurrucó contra él, su cabeza apoyada en su pecho. Kaiser la rodeó con sus brazos, abrazándola con fuerza, como si temiera que si la soltaba, ella desaparecería de nuevo.
– Lo siento mucho, Calli – susurró él, su voz apenas audible. – Por todo.
– Yo también, Kaiser – respondió ella, su voz ahogada. – Yo también.
El silencio volvió a caer sobre ellos, pero esta vez era un silencio de consuelo, de unión, de una promesa tácita de un futuro diferente. La nieve seguía cayendo fuera, cubriendo el mundo con un manto de pureza. Y dentro, en la calidez de la habitación, dos almas rotas comenzaron a repararse, unidas por el hilo inquebrantable de un amor que había desafiado el tiempo y el destino. Por primera vez en millones de años, Kaiser y Calliope no estaban solos. Tenían el uno al otro, y la esperanza de un nuevo comienzo.