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Rodeada de serpientes

El Santuario de las Cenizas y el Pacto del Silencio

El invierno en Escocia no solo traía nieve, sino un aislamiento que calaba hasta los huesos. Sin embargo, en la torre de los Premios Anuales, el frío era un concepto abstracto. El aire allí siempre estaba cargado de una electricidad estática, una mezcla de incienso caro, pergamino viejo y la fragancia floral que Hermione siempre dejaba a su paso.

Habían pasado tres días desde el interrogatorio con el Ministerio. La victoria sobre el Veritaserum les había otorgado una libertad embriagadora, pero también una paranoia compartida. El vínculo que Hermione había forjado entre los cuatro no se había desvanecido; al contrario, se había asentado en sus mentes como un ronroneo constante. Hermione podía sentir la punzada de hambre de Blaise a media mañana, la melancolía de Theo cuando leía sobre linajes extintos y el deseo posesivo de Draco cada vez que ella cruzaba una pierna.

Esa tarde, Hermione se encontraba en la pequeña biblioteca de la sala común, rodeada de mapas del Londres mágico. Ya no estudiaba para los EXTASIS. Estaba trazando el futuro.

—Si seguimos este ritmo —dijo Hermione, señalando un punto en el mapa sin levantar la vista—, necesitaremos una propiedad que no esté bajo la vigilancia del Ministerio. La Mansión Malfoy es demasiado obvia, y el piso de Blaise en Italia es demasiado lejano para lo que tengo planeado.

Draco, que estaba sentado en una mesa cercana puliendo su varita de espino, levantó la mirada. Sus ojos grises, antes fríos como el granito, ahora brillaban con una devoción que rozaba lo peligroso.

—Tengo un pabellón de caza en Wiltshire que mi padre nunca usó —comentó Draco con voz arrastrada—. Está protegido por antiguos encantamientos de ocultación. Ni siquiera el rastro del Ministerio llega allí.

—Perfecto —murmuró ella, marcando el lugar con una X de tinta roja—. Necesitamos un espacio donde podamos experimentar con el vínculo. Lo que hicimos para el interrogatorio fue solo la superficie, Draco. Siento que hay más.

Blaise entró en la habitación, dejando caer un montón de cartas sobre la mesa. Su expresión era de un aburrimiento calculado, pero Hermione sintió a través del vínculo su creciente irritación.

—Cartas de nuestras familias —dijo Blaise, sentándose con elegancia—. Mi madre quiere saber si "la sangre sucia" nos tiene todavía bajo un hechizo *Imperius*. La madre de Draco pregunta por la salud de su hijo y si ha recuperado su honor. Y la tía de Theo... bueno, ella simplemente quiere saber quién heredará las tierras de los Nott si él muere sin descendencia.

—Qué encantador —bufó Theo, apareciendo detrás de Blaise. Se veía cansado, con las ojeras marcadas, pero sostenía un libro encuadernado en piel humana que Hermione reconoció como un tratado de magia rúnica prohibida—. Supongo que no les han contado que el honor de Draco está ahora depositado en la cama de Granger.

—Theo —advirtió Hermione con una sonrisa suave—, no seas cínico. Tu tía tendrá que esperar mucho tiempo para esas tierras. Tenemos mucho que hacer antes de que cualquiera de nosotros piense en morir.

Draco se levantó y caminó hacia Hermione, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. El contacto envió una descarga de calidez a través del vínculo que hizo que Blaise y Theo suspiraran simultáneamente.

—¿Qué es lo que realmente buscas, Hermione? —preguntó Draco en un susurro—. Ya nos salvaste de Azkaban. Ya nos tienes a tus pies. ¿Cuál es el siguiente paso de este juego?

Hermione se giró en sus brazos, quedando cara a cara con él. Los otros dos se acercaron, atraídos por la gravedad que ella siempre ejercía sobre ellos.

—No es un juego, Draco —dijo ella, acariciando su mandíbula—. El Ministerio cree que nos ha domesticado. Creen que soy vuestra carcelera y que vosotros sois mis prisioneros rehabilitados. Pero la guerra me enseñó que las instituciones son frágiles. Quiero que seamos independientes. Quiero que este vínculo sea tan fuerte que ninguna ley pueda tocarnos.

—Quieres un imperio —concluyó Blaise, con una sonrisa depredadora—. Un pequeño y oscuro imperio de cuatro personas.

—Quiero seguridad —corrigió ella—. Y la seguridad solo viene del poder.

—Estamos contigo —dijo Theo, tomando la mano de Hermione—. Siempre lo hemos estado, desde que decidiste que no éramos monstruos.

La atmósfera en la sala cambió. El deseo, que siempre estaba presente, se transformó en algo más solemne. El vínculo vibró con una nota de lealtad absoluta. Hermione sintió la entrega total de los tres hombres, una rendición que iba más allá de lo físico.

—Entonces, necesitamos fortalecer la conexión —dijo Hermione, su voz volviéndose más profunda—. El ritual de la otra noche fue defensivo. Necesito algo más... permanente. Algo que nos permita compartir no solo pensamientos, sino magia.

—¿Un círculo de canalización? —preguntó Draco, frunciendo el ceño—. Eso es extremadamente agotador. Podría consumirnos si no tenemos cuidado.

—No si yo soy el ancla —respondió ella con seguridad—. Soy la que tiene la mayor afinidad con la magia ambiental de este castillo. Si nos unimos aquí, en la torre, podemos usar la energía de Hogwarts para sellar el pacto.

Sin necesidad de más palabras, se movieron hacia el centro de la sala común. Apartaron la alfombra, revelando las piedras numeradas del suelo que formaban un patrón circular. Se sentaron en el suelo, formando un cuadrado perfecto, con Hermione mirando hacia el norte.

—Cerrad los ojos —ordenó ella—. No busquéis mis pensamientos esta vez. Buscad mi núcleo mágico. Es esa chispa dorada que sentís cuando nos tocamos.

Hermione comenzó a cantar en un latín tan antiguo que las palabras parecían piedras rodando en un río. El aire en la habitación empezó a girar, levantando los bordes de sus túnicas. Draco fue el primero en conectar; su magia era fría y afilada como el hielo, pero se fundió con el calor de Hermione al instante. Blaise aportó una magia densa y aterciopelada, como el vino tinto, y Theo una energía vibrante y eléctrica, llena de curiosidad y sombras.

A través del vínculo, Hermione vio sus vidas entrelazadas. Vio a Draco de pie ante ella en el bosque, bajando la varita. Vio a Blaise ofreciéndole un libro en la biblioteca con una mirada que decía más que mil disculpas. Vio a Theo compartiendo sus notas de Runas en un silencio cómplice.

—*Ego sum vestra, vos estis mei* —susurró Hermione.

La magia estalló. No fue una luz blanca como la vez anterior, sino un resplandor violeta y dorado que se filtró por sus poros. Hermione sintió cómo su propia reserva mágica se expandía, alimentada por los tres Slytherin, mientras que ellos sentían la estabilidad y la dirección que solo ella podía darles.

De repente, ya no eran cuatro individuos. Eran una entidad. Hermione podía ver a través de los ojos de Draco, sentir el latido del corazón de Blaise y procesar los pensamientos lógicos de Theo a la velocidad del rayo. Era embriagador. Era divino.

Cuando el resplandor se apagó, los cuatro cayeron hacia adelante, quedando amontonados en el suelo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por sus respiraciones agitadas.

—Por los colmillos de la serpiente... —jadeó Blaise, limpiándose una gota de sangre que bajaba por su nariz—. Eso ha sido... intenso.

—Siento... siento que podría lanzar un *Patronus* capaz de cubrir todo el castillo —murmuró Theo, mirando sus manos con asombro.

Draco no dijo nada. Simplemente se arrastró hacia Hermione y la envolvió en un abrazo feroz, ocultando su rostro en su cuello. Ella podía sentir sus lágrimas, calientes contra su piel.

—Nunca me dejes —susurró Draco, su voz rota por la emoción—. Hermione, si este vínculo alguna vez se rompe, moriré. Lo digo en serio. No queda nada de mí que no esté unido a ti.

—No se romperá, Draco —dijo ella, acariciando su cabello rubio—. Está grabado en nuestras almas ahora.

Hermione miró a Blaise y a Theo, quienes se unieron al abrazo. Eran sus hombres. Sus guerreros. Sus amantes. Y ahora, sus extensiones mágicas.

—Mañana es el baile de invierno —dijo Hermione, recuperando su compostura aunque seguía temblando ligeramente—. Será nuestra primera aparición pública después del interrogatorio. El Ministerio estará observando. Los estudiantes estarán observando.

—¿Y qué verán? —preguntó Blaise con una sonrisa maliciosa.

—Verán lo que yo quiera que vean —respondió ella—. Verán a una Premio Anual radiante y a tres Slytherin reformados que la tratan con el máximo respeto. Pero bajo la superficie... quiero que sientan el miedo. Quiero que sepan que algo ha cambiado en Hogwarts. Que el viejo orden ha muerto y que nosotros somos los que caminamos sobre sus cenizas.

—Me gusta ese plan —dijo Theo—. Especialmente la parte de caminar sobre cenizas. Se me da muy bien.

Se quedaron allí, en el suelo de la sala común, durante lo que parecieron horas. No necesitaban hablar; el vínculo les permitía comunicarse en un lenguaje de sentimientos y sensaciones que era mucho más honesto que las palabras. Hermione sentía la gratitud de Draco, la lujuria de Blaise y la calma de Theo.

Finalmente, se levantaron y se prepararon para dormir. Pero esta vez, no fueron a sus habitaciones individuales. Se dirigieron a la habitación de Hermione, la más grande de la torre.

La cama era lo suficientemente amplia para los cuatro, pero terminaron entrelazados de tal manera que apenas ocupaban la mitad. Hermione estaba en el centro, con Draco a su izquierda y Blaise a su derecha, mientras Theo se acurrucaba a sus pies, manteniendo contacto físico con sus piernas.

—Hermione —susurró Blaise en la oscuridad—. ¿Crees que Harry y Ron lo entenderán alguna vez?

Ella guardó silencio por un momento, mirando las sombras que bailaban en el techo.

—No —respondió finalmente—. Ellos viven en un mundo de blanco y negro, de héroes y villanos. No entenderían que la salvación puede encontrarse en los lugares más oscuros. No entenderían que os amo no a pesar de lo que sois, sino por todo lo que habéis llegado a ser conmigo.

—Entonces, que se queden con su luz —dijo Draco, cerrando los ojos—. Yo prefiero esta oscuridad si tú estás en ella.

La noche transcurrió en una paz perfecta. A través del vínculo, Hermione vigilaba sus sueños, asegurándose de que ninguna pesadilla perturbara su descanso. Ella era su guardiana, su ancla y su reina.

A la mañana siguiente, el sol de invierno iluminó la torre, reflejándose en la nieve acumulada en las gárgolas. Hermione fue la primera en despertar. Se quedó un momento observando a los tres hombres que dormían a su lado. Se veían tan jóvenes, tan libres de la carga de sus apellidos.

Se levantó con cuidado de no despertarlos y se acercó al espejo. Su reflejo le devolvió la mirada de una mujer que ya no reconocía a la niña que entró en Hogwarts hace siete años. Sus ojos tenían una profundidad nueva, una sabiduría antigua y peligrosa.

—Hoy comienza el fin de su mundo —susurró para sí misma.

Se vistió con su uniforme de Gryffindor, pero añadió un pequeño detalle: un broche de plata con forma de serpiente entrelazada con un león, un regalo que Theo había encantado para ella. Era sutil, pero era un mensaje.

Cuando los chicos despertaron, el ambiente en la habitación era de una eficiencia militar mezclada con una ternura doméstica. Se ayudaron a vestirse, compartiendo besos rápidos y caricias robadas mientras se preparaban para el día.

—Recordad —dijo Hermione mientras se ponía la túnica—, hoy no somos amantes ante los ojos del mundo. Somos aliados. Mantenemos las distancias, pero nuestras miradas deben ser lo suficientemente intensas como para que todos se pregunten qué sucede en esta torre.

—Seré el modelo de la rectitud —prometió Blaise, guiñándole un ojo—. Al menos hasta que las luces se apaguen.

—Yo me encargaré de que nadie se acerque demasiado a ti, Granger —añadió Draco, ajustándose la corbata verde y plata—. McLaggen ha estado merodeando de nuevo.

—McLaggen es un insecto —dijo Theo con frialdad—. Si se atreve a tocarla, le enseñaré por qué los Nott no necesitan varitas para causar dolor.

Bajaron al Gran Comedor juntos, una formación compacta que obligaba a los demás estudiantes a apartarse. El murmullo de las conversaciones se apagaba a su paso. Hermione caminaba con la cabeza alta, sintiendo el apoyo de los tres hombres a través del vínculo.

En la mesa de los profesores, McGonagall los observaba con una mezcla de orgullo y sospecha. Ella había propuesto esta convivencia para sanar heridas, pero incluso ella podía sentir que algo mucho más complejo había surgido de las cenizas de la desconfianza inicial.

El desayuno transcurrió bajo una vigilancia constante. Harry y Ron, desde la mesa de Gryffindor, miraban a Hermione con una expresión de desconcierto. Ella les dedicó una sonrisa tensa y volvió a su conversación con Draco sobre las propiedades del acónito en invierno.

—¿Estás bien, Mione? —le preguntó Harry cuando se cruzaron a la salida del comedor.

—Nunca he estado mejor, Harry —respondió ella, y era la verdad más pura que había dicho en años—. He encontrado mi lugar.

Ron miró a los tres Slytherin que esperaban a pocos metros, sus manos sobre las empuñaduras de sus varitas de forma casi instintiva.

—Parecen tus guardaespaldas —masculló Ron con amargura.

—Son mis amigos, Ronald —corrigió ella—. Y os sugiero que empecéis a acostumbraros a verlos conmigo. El futuro de este colegio, y de nuestro mundo, depende de que dejemos de cavar trincheras.

Se dio la vuelta y se unió a los chicos, sintiendo la oleada de aprobación que emanaba de ellos a través del vínculo.

—Eso ha estado muy bien, Granger —murmuró Draco mientras subían las escaleras hacia la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras—. "El futuro del mundo". Casi me lo creo yo también.

—Espero que te lo creas, Draco —dijo ella seriamente—. Porque vamos a construirlo.

El resto del día fue un preludio de lo que vendría esa noche. En cada clase, en cada pasillo, los cuatro Premios Anuales actuaron como una unidad perfecta. Sus notas eran impecables, su comportamiento irreprochable, pero había algo en su presencia que resultaba inquietante. Era la calma antes de la tormenta.

Cuando regresaron a la torre para vestirse para el baile, la tensión sexual que habían reprimido durante todo el día estalló. Pero Hermione los detuvo con un gesto.

—No —dijo ella—. Guardad esa energía. Quiero que la gente vea ese fuego en vuestros ojos cuando entremos en el salón. Quiero que se pregunten qué es lo que os hace brillar de esa manera.

Se separaron para vestirse. Hermione había elegido un vestido de seda en un tono verde esmeralda tan oscuro que parecía negro, un guiño no tan sutil a la casa de sus compañeros. Tenía la espalda descubierta y una caída que acentuaba cada una de sus curvas.

Cuando salió de su habitación, los tres hombres estaban esperándola. Llevaban túnicas de gala negras, cortadas con una precisión que gritaba riqueza y estatus. Se quedaron sin aliento al verla.

—Estás... —empezó Blaise, pero se quedó sin palabras.

—Eres una diosa —terminó Theo, acercándose para besarle la mano.

Draco se acercó y le colocó un collar de diamantes negros alrededor del cuello. El contacto de sus dedos fríos contra su piel caliente hizo que el vínculo vibrara.

—Esta noche —dijo Draco, mirando a los otros dos—, el mundo sabrá que Hermione Granger no pertenece a Gryffindor. Pertenece a nosotros. Y nosotros le pertenecemos a ella.

—¿Estáis listos? —preguntó Hermione, extendiendo sus manos.

Los tres asintieron. Se tomaron de las manos por un momento, reforzando el vínculo, sintiendo cómo sus magias se entrelazaban en una sinfonía de poder y deseo.

—Entonces, entremos —dijo Hermione—. Es hora de mostrarles quiénes somos realmente.

Salieron de la torre y bajaron hacia el Gran Comedor, que había sido transformado en un palacio de hielo para el baile. El sonido de la música y las risas llegaba hasta ellos, pero para los cuatro, el único sonido que importaba era el ritmo coordinado de sus corazones.

Al llegar a las puertas dobles, los Aurores les abrieron paso. El silencio se extendió por el salón mientras los cuatro Premios Anuales hacían su entrada. Hermione Granger caminaba en el centro, con Draco Malfoy a su derecha y Blaise Zabini a su izquierda, mientras Theodore Nott caminaba un paso por detrás, como una sombra protectora.

No eran solo estudiantes. Eran un pacto. Eran una promesa de algo nuevo y peligroso. Y mientras Hermione miraba a la multitud, supo que el juego de sombras había terminado. La realidad que habían construido en la torre de los Premios Anuales estaba a punto de devorar al resto del mundo, y ella no podía esperar a ver cómo ardía todo para dar paso a su nuevo imperio.

—Que empiece el baile —susurró Hermione, y a través del vínculo, sintió que sus tres hombres sonreían al unísono.