Rodeada de serpientes
Sombras de Cristal y Ceniza
El invierno había transformado los terrenos de Hogwarts en un desierto de un blanco cegador, pero dentro de la torre de los Premios Anuales, el calor era casi sofocante. Habían pasado semanas desde que el frágil equilibrio de poder se había desplazado definitivamente hacia Hermione. Lo que comenzó como una vigilancia impuesta por el Ministerio se había convertido en una simbiosis oscura, una red de deseo y lealtad que ninguno de los cuatro se atrevía a nombrar en voz alta fuera de esos muros.
Hermione estaba sentada en el alféizar de la ventana, observando cómo los copos de nieve golpeaban el cristal. Tenía un libro de leyes mágicas sobre el regazo, pero sus dedos jugueteaban con la rosa blanca encantada que Draco le había regalado. La flor nunca se marchitaba, un recordatorio constante de que los sentimientos del heredero Malfoy eran ahora tan persistentes como su propio linaje.
—Estás demasiado callada hoy, Granger —dijo Draco desde el escritorio, donde intentaba, sin mucho éxito, redactar un ensayo para Transformaciones—. Eso suele significar que estás planeando una nueva tortura para nosotros o que el peso de tu conciencia Gryffindor finalmente ha decidido hacer acto de presencia.
Hermione giró la cabeza lentamente. Draco se veía diferente bajo la luz del atardecer invernal; la arrogancia que antes lo definía se había suavizado, reemplazada por una intensidad que solo ella conocía.
—No es mi conciencia, Draco —respondió ella, cerrando el libro—. Es el silencio del castillo. A veces olvido que el resto del mundo sigue creyendo que somos enemigos.
—El resto del mundo no sabe lo que es vivir en una torre con la bruja más brillante y manipuladora de nuestra generación —intervino Blaise, emergiendo de la cocina con dos copas de vino—. Si lo supieran, estarían redactando leyes para prohibir tu mirada, no la nuestra.
Blaise le tendió una copa a Hermione, rozando sus dedos con una lentitud deliberada que hizo que ella sintiera un escalofrío. Él se sentó a sus pies, apoyando la espalda contra el muro de piedra.
—Theo ha vuelto de la biblioteca —anunció Blaise—. Dice que el ambiente en el Gran Comedor está... tenso. Parece que los rumores sobre nuestra "convivencia pacífica" están empezando a irritar a los puristas de ambas casas.
—Que se irriten —dijo Hermione, tomando un sorbo de vino—. No tienen ni idea de lo que significa la redención. Creen que es una sentencia firmada en un pergamino, cuando en realidad es algo que se gana cada noche, enfrentando los fantasmas del pasado.
La puerta del retrato se abrió y Theodore Nott entró, sacudiéndose la nieve de la túnica. Su rostro estaba más pálido de lo habitual, y sus ojos buscaron inmediatamente los de Hermione.
—Tenemos un problema —dijo Theo, sin preámbulos. Se acercó al centro de la sala, ignorando la atmósfera relajada de sus amigos—. He interceptado una comunicación. El Ministerio no está satisfecho con los informes de "comportamiento ejemplar". Kingsley está bajo presión. Quieren pruebas de que realmente hay un cambio ideológico, no solo una tregua sexual y académica.
Draco se puso de pie de un salto, su pluma rodando por el suelo.
—¿Pruebas? ¿Qué más quieren? Hemos cumplido cada regla, hemos asistido a cada sesión de terapia, hemos dejado que Granger nos maneje a su antojo.
—Quieren un interrogatorio bajo Veritaserum —soltó Theo, y el silencio que siguió fue tan pesado como el plomo—. Para los tres. Quieren saber si nuestra lealtad es hacia el nuevo régimen o si simplemente estamos usando a Hermione para limpiar nuestros nombres.
Hermione sintió que el frío de la ventana se filtraba por sus huesos. El Veritaserum no solo revelaría sus lealtades políticas; revelaría todo lo que ocurría en esa torre. Revelaría la forma en que Draco lloraba en sus brazos por las noches, la forma en que Blaise buscaba su aprobación como si fuera oxígeno, y la forma en que Theo la miraba como si fuera su única salvación.
—No permitiré que eso pase —dijo Hermione, su voz cargada de una determinación feroz—. Es una violación de vuestros derechos como estudiantes y como individuos bajo libertad condicional.
—Hermione —dijo Blaise en voz baja, tomando su mano libre—, si te opones demasiado, sospecharán de ti también. Dirán que nos has ayudado a ocultar nuestras verdaderas intenciones. Dirán que te hemos hechizado.
—¡Que lo digan! —exclamó ella, levantándose y dejando la copa sobre el alféizar—. Sé exactamente lo que hay en vuestras mentes porque he estado allí. He visto vuestro arrepentimiento. He visto vuestro miedo. No dejaré que el Ministerio destruya el progreso que hemos hecho solo para ganar puntos políticos.
Draco se acercó a ella y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Si nos dan la poción, Hermione, sabrán lo que siento por ti —susurró él, y por primera vez, no había rastro de burla en su voz—. Sabrán que mi lealtad ya no pertenece a la sangre pura ni a los Malfoy. Sabrán que mi lealtad te pertenece a ti. Y eso te pondrá en peligro. Te llamarán traidora a la sangre de una forma mucho más real de lo que jamás llamaron a los Weasley.
—Ya soy una traidora para muchos, Draco —respondió ella, acariciando su mejilla—. Pero soy una traidora con un plan.
Theo se acercó, cruzándose de brazos.
—¿Qué tienes en mente, Granger? Conozco esa mirada. Es la mirada de cuando decidiste que íbamos a compartir esta sala común sin matarnos.
—Si quieren la verdad, les daremos una verdad que no puedan usar contra nosotros —dijo Hermione, sus ojos brillando con una inteligencia peligrosa—. Hay formas de resistir al Veritaserum si la mente está lo suficientemente fragmentada o si el foco de la verdad es tan absoluto que eclipsa todo lo demás.
—¿Estás sugiriendo que nos entrenes en Oclumancia avanzada en menos de una semana? —preguntó Blaise con una ceja enarcada—. Sabes que Draco es bueno, pero Theo y yo...
—No —interrumpió Hermione—. Estoy sugiriendo algo mucho más antiguo y arriesgado. Un vínculo de lealtad mágica. Si unimos nuestras conciencias bajo un juramento compartido, nuestras verdades se volverán una sola. No podrán distinguir dónde termina mi lealtad a la justicia y dónde empieza vuestra lealtad a mí.
—Un vínculo de cuatro —murmuró Theo, fascinado y aterrorizado a la vez—. Es magia de sangre, Hermione. Casi prohibida.
—Es magia de protección —corrigió ella—. Y es la única forma de asegurar que, bajo la poción, nuestras respuestas sean consistentes. No confesaremos amor, ni deseo, ni secretos de alcoba. Confesaremos una unidad inquebrantable.
Draco la soltó y caminó hacia la chimenea, observando cómo las llamas consumían un tronco de roble. Sabía que Hermione estaba dispuesta a arriesgar su carrera y su reputación por ellos. La ironía era casi insoportable: la heroína de la guerra estaba dispuesta a usar magia oscura para salvar a los villanos que el mundo quería condenar.
—Si lo hacemos —dijo Draco, girándose hacia los demás—, ya no habrá vuelta atrás. Estaremos ligados de una manera que ni siquiera el Ministerio podrá romper. ¿Estáis dispuestos?
Blaise asintió sin dudarlo, su mirada fija en Hermione.
—He estado ligado a cosas peores por mucho menos —dijo—. Por ella, lo haría mil veces.
Theo suspiró, pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Supongo que siempre supe que terminaría en un círculo de magia prohibida con una Gryffindor. Adelante.
Hermione los hizo sentarse en círculo en la alfombra, frente a la chimenea. El fuego proyectaba sombras gigantescas contra las paredes, haciendo que la torre pareciera un lugar fuera del tiempo y el espacio.
—Necesito que cada uno de vosotros piense en el momento en que decidió que esta torre no era una celda —instruyó Hermione, extendiendo sus manos—. Pensad en el momento en que vuestra lealtad cambió. No penséis en mí como una mujer, ni como Hermione. Pensad en mí como el centro de vuestro mundo.
—Eso no será difícil —susurró Draco, tomando la mano derecha de Hermione.
Blaise tomó la izquierda, y Theo cerró el círculo uniendo las manos de Draco y Blaise. Hermione cerró los ojos y empezó a recitar un encantamiento en latín antiguo, una melodía rítmica que parecía hacer vibrar las piedras mismas de la torre.
Al principio, fue solo una sensación de calor. Luego, las imágenes empezaron a fluir. Hermione sintió la vergüenza de Draco al regresar a Hogwarts, el aislamiento frío de Theo en la biblioteca y la máscara de arrogancia de Blaise que ocultaba un vacío profundo. Sintió cómo cada uno de ellos se había aferrado a ella como a un clavo ardiendo en medio de una tormenta.
Y ellos sintieron a Hermione. Sintieron su soledad, su cansancio de ser siempre la que tenía las respuestas, y el despertar de un deseo que la asustaba tanto como a ellos. Sintieron su amor, un amor que no era puro ni sencillo, sino una amalgama de perdón, pasión y una posesividad que rivalizaba con la de cualquier Slytherin.
—*Unitas in sanguine, veritas in anima* —susurró Hermione, su voz resonando en las mentes de los tres hombres.
El vínculo se cerró con un estallido de luz blanca que iluminó la sala durante un segundo antes de desaparecer. Los cuatro cayeron hacia atrás, respirando con dificultad, sus mentes zumbando con una conexión que antes solo existía en los momentos de mayor intimidad física.
—Por las barbas de Merlín —jadeó Blaise, frotándose las sienes—. Ahora sé exactamente lo que piensas de mi colección de corbatas, Granger. Es un poco insultante.
Hermione soltó una carcajada nerviosa, secándose una lágrima de la mejilla.
—Y yo ahora sé que Draco pasa demasiado tiempo practicando su mirada de "desprecio aristocrático" frente al espejo —replicó ella, intentando aliviar la tensión.
Draco no se rió. Se acercó a ella y la ayudó a levantarse, manteniéndola cerca.
—Funciona —dijo él, su voz llena de asombro—. Siento vuestra presencia en la periferia de mi mente. Como un escudo.
—Lo es —confirmó Theo, levantándose también—. Si nos dan el Veritaserum, la poción buscará la verdad más profunda. Y ahora, nuestra verdad más profunda es que somos un solo frente. No confesaremos nada que pueda dañarnos porque nuestra propia esencia está entrelazada con la tuya, Hermione.
—Ahora —dijo Hermione, recuperando su tono de autoridad—, tenemos que prepararnos para el interrogatorio. No podemos parecer demasiado confiados. Debemos actuar como si estuviéramos resentidos, como si todavía fuéramos los Slytherin arrogantes y la Gryffindor mandona.
—Eso se nos da muy bien —comentó Blaise, sirviéndose más vino—. Pero después de esto, Hermione, el Ministerio no será nuestro único problema. Si sobrevivimos a esto, ¿qué pasará cuando termine el año?
Esa era la pregunta que todos habían estado evitando. El octavo año era una burbuja, una anomalía en el tiempo. Fuera de Hogwarts, el mundo real los esperaba con sus prejuicios y sus leyes.
—Fuera de aquí —dijo Hermione, mirando a cada uno de ellos—, seguiremos siendo lo que somos ahora. No aceptaré nada menos. Si el mundo no está preparado para nosotros, obligaremos al mundo a cambiar.
Draco la miró con una mezcla de orgullo y deseo.
—A veces olvido que eres una leona —dijo él, rodeando su cintura con un brazo—. Tienes la ambición de un Salazar y el fuego de un Godric. Es una combinación aterradora.
—Es la combinación que os va a mantener fuera de Azkaban —replicó ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Ahora, a dormir. Mañana empieza la verdadera batalla.
Esa noche, no hubo juegos de seducción ni provocaciones sutiles. Los cuatro se amontonaron en la gran cama de Hermione, una masa de extremidades entrelazadas y respiraciones tranquilas. El vínculo que habían creado les proporcionaba una paz que no habían sentido en años. En sus sueños, ya no había guerras ni mortífagos; solo había una torre de piedra, una rosa blanca y la promesa de un futuro que, por primera vez, no parecía una sentencia de muerte.
A la mañana siguiente, el Gran Comedor estaba inusualmente silencioso cuando los cuatro entraron. Hermione caminaba al frente, con su insignia de Premio Anual brillando en su pecho, seguida por los tres Slytherin que mantenían sus rostros como máscaras de mármol.
Vieron a los Aurores apostados cerca de la mesa de los profesores. Kingsley Shacklebolt estaba allí, con una expresión de pesar en su rostro. McGonagall se veía envejecida por la preocupación.
—Señorita Granger —dijo Kingsley cuando se acercaron—, lamento que tengamos que proceder de esta manera. Pero para asegurar la estabilidad del nuevo orden, debemos estar absolutamente seguros.
—Entiendo, Ministro —respondió Hermione con una frialdad que sorprendió a todos los presentes—. Pero espero que entienda que, como Premio Anual y supervisora de estos estudiantes, estaré presente en cada segundo de los interrogatorios. Si se comete una sola irregularidad, el Profeta tendrá una historia muy interesante sobre el abuso de poder del nuevo Ministerio.
Kingsley asintió lentamente, reconociendo el desafío en los ojos de la chica que una vez fue su aliada más fiel.
—Muy bien. Empezaremos con el señor Malfoy.
Draco miró a Hermione por un breve instante antes de seguir a los Aurores hacia una de las aulas laterales. A través del vínculo, Hermione sintió su pulso acelerado, pero también sintió la barrera de luz que habían construido.
—Todo saldrá bien —susurró Theo a su lado, tan bajo que solo ella pudo oírlo.
—Tiene que salir bien —respondió ella—. Porque si no, quemaré este castillo hasta los cimientos para sacarlos de aquí.
Blaise soltó una risita ahogada.
—Esa es mi chica —murmuró.
El interrogatorio duró horas. Uno a uno, Draco, Theo y Blaise fueron sometidos a la poción de la verdad más potente del mundo mágico. Hermione permaneció en la habitación, con los brazos cruzados, observando cómo los Aurores lanzaban preguntas sobre planes secretos, lealtades ocultas y resentimientos contra los nacidos de muggles.
Pero el vínculo resistió. Cada vez que la poción intentaba forzar una confesión de odio o de conspiración, se encontraba con la muralla de la lealtad hacia Hermione. Sus respuestas eran cortas, precisas y, técnicamente, verdaderas.
—¿Cuál es su opinión sobre la superioridad de la sangre? —preguntó un Auror a Theo.
—Es un concepto obsoleto que no ha servido más que para destruir mi familia —respondió Theo, con los ojos vidriosos por la poción pero la voz firme.
—¿Qué siente por Hermione Granger? —preguntó Kingsley a Draco.
Hermione contuvo el aliento. Esta era la pregunta peligrosa.
—Siento que es la única razón por la que todavía tengo una varita en la mano —respondió Draco. Era la verdad, pero solo una fracción de ella. El vínculo ocultaba el resto: el amor, la devoción, el deseo.
Al finalizar el día, los Aurores se marcharon, confundidos pero sin pruebas para actuar. Kingsley se acercó a Hermione antes de salir.
—Has hecho un trabajo extraordinario, Hermione —dijo el Ministro—. Realmente parecen haber cambiado. Aunque no puedo evitar sentir que hay algo que no nos estás contando.
—La redención no es algo que se pueda explicar con palabras, Ministro —respondió ella con una sonrisa enigmática—. Hay que vivirla.
Cuando finalmente regresaron a la torre, los cuatro se desplomaron en el suelo de la sala común, agotados emocionalmente pero eufóricos. El vínculo todavía vibraba entre ellos, una conexión cálida y reconfortante.
—Lo hemos logrado —dijo Draco, frotándose la cara—. Estamos limpios. A los ojos del mundo, somos ciudadanos ejemplares.
—Ciudadanos ejemplares con un secreto muy oscuro —añadió Blaise, descorchando una botella de champán que había estado guardando para la ocasión—. A vuestra salud, mis queridos traidores.
Hermione se sentó entre ellos, sintiendo el peso de la jornada desaparecer. Habían pasado la prueba más difícil, y lo habían hecho juntos. La torre de los Premios Anuales ya no era solo un experimento de McGonagall; era el epicentro de una nueva realidad.
—¿Y ahora qué? —preguntó Theo, mirando a Hermione.
Ella tomó una copa y la levantó, mirando el reflejo de las llamas en el cristal.
—Ahora —dijo ella—, vamos a terminar este año. Y luego, vamos a mostrarle a este mundo lo que sucede cuando una leona y tres serpientes deciden que las reglas ya no se aplican a ellos.
Draco se inclinó y la besó frente a los demás, un beso que sellaba no solo su amor, sino su alianza. Blaise y Theo se unieron al abrazo, formando un nudo de afecto y desafío que ninguna poción ni ningún Ministerio podría romper jamás.
El invierno seguía rugiendo fuera, pero dentro de la torre, la primavera había comenzado. Una primavera teñida de plata y oro, nacida de la ceniza de la guerra y forjada en el fuego de una lealtad que iba mucho más allá de la magia. Hermione Granger había cumplido su misión de vigilar al enemigo, pero en el proceso, había creado algo mucho más poderoso: una familia que el mundo nunca vio venir.