Rodeada de serpientes
Lazos de Pergamino y Veneno Dulce
El otoño en Escocia siempre llegaba con una violencia estética, tiñendo los bosques de ocre y obligando a los habitantes de Hogwarts a buscar el refugio de las chimeneas. Sin embargo, en la torre de los Premios Anuales, el frío no era solo climático. Habían pasado tres semanas desde el inicio del curso y la rutina se había asentado como una capa de polvo fino: silenciosa, constante y difícil de ignorar.
Hermione Granger se encontraba en la mesa central de la sala común, rodeada de montañas de pergaminos. Su pluma rascaba el papel con un ritmo frenético. Para ella, el trabajo era un escudo. Si se mantenía ocupada diseccionando las propiedades de la piedra lunar o redactando informes para McGonagall, no tenía que pensar en la extraña atmósfera que se espesaba a su alrededor cada vez que Draco, Theo o Blaise entraban en la habitación.
La puerta del retrato se abrió y Blaise Zabini entró, dejando que el aire frío del pasillo lo siguiera. Se quitó la bufanda de seda con un movimiento fluido y observó a Hermione. Ella ni siquiera levantó la vista.
—Granger, si sigues escribiendo a esa velocidad, el pergamino va a combustionar por pura fricción —comentó Blaise, acercándose con esa elegancia felina que lo caracterizaba.
—Tengo mucho que hacer, Blaise —respondió ella de forma automática, corrigiendo una línea de su ensayo de Aritmancia—. El profesor Vector ha sido especialmente exigente esta semana.
—Siempre tienes mucho que hacer —replicó él, sentándose en el borde de la mesa, invadiendo su espacio personal—. Es curioso. Llevamos veintiún días viviendo juntos y sé más sobre los hábitos de apareamiento de los sapos de Nevelle Longbottom que sobre lo que piensas cuando no estás estudiando.
Hermione finalmente dejó la pluma y lo miró. Blaise no la miraba con la arrogancia de antaño; había algo nuevo en sus ojos oscuros, una chispa de curiosidad genuina mezclada con una admiración que la incomodaba.
—Pienso en que el mundo necesita orden —dijo ella con voz plana—. Y en que mi trabajo aquí es asegurar que lleguemos a junio sin incidentes. Nada más.
—Eres una mentirosa fascinante —susurró Blaise, inclinándose un poco más—. Pero te diré algo: hoy, en el Gran Comedor, cuando le quitaste los puntos a ese imbécil de Ravenclaw por llamar "mortífagos domésticos" a Nott y a Malfoy... no parecías estar buscando solo orden. Parecías estar protegiendo lo que es tuyo.
Hermione sintió un calor repentino en las mejillas.
—Nadie merece ser acosado por los pecados de sus padres, Blaise. Es una cuestión de justicia, no de posesión.
—Si tú lo dices... —Blaise se levantó, dedicándole una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que destilaba una intensidad inusual—. Pero ten cuidado, Hermione. La justicia es fría. Los hombres, a veces, necesitamos algo más de calor.
Él se retiró a su habitación, dejando a Hermione con una sensación de inquietud en el pecho. No tuvo tiempo de procesarlo, pues Theodore Nott emergió de las sombras del rincón de la biblioteca privada de la sala. Había estado allí todo el tiempo, sumergido en un tomo de leyes mágicas antiguas.
—Zabini tiene una forma muy poco sutil de decir las cosas —dijo Theo, caminando hacia la chimenea. Su voz era como el terciopelo desgarrado—. Pero tiene razón en algo. Te debemos una disculpa, o quizás un agradecimiento.
—No quiero vuestro agradecimiento, Theo —suspiró Hermione, frotándose las sienes—. Solo quiero que este año funcione.
—¿Por qué te alejas tanto? —preguntó Theo de repente, deteniéndose a pocos pasos de ella. Sus ojos claros, siempre analíticos, parecían estar tratando de resolver un acertijo complejo—. Nos defiendes en los pasillos, ayudas a los de primer año de Slytherin cuando los demás los ignoran, actúas como la brújula moral de este castillo... pero cuando cruzas ese retrato, te conviertes en una estatua.
—Soy vuestra compañera de casa, no vuestra confidente —respondió ella, aunque su voz tembló ligeramente—. No puedo permitirme... no después de todo lo que pasó...
—No somos los mismos que en cuarto año, Hermione —interrumpió Theo con suavidad. Dio un paso hacia ella y, por un momento, Hermione pensó que le tocaría la mano. Se quedó inmóvil, conteniendo el aliento—. Yo paso las noches leyendo porque el silencio de mi casa era el silencio de una tumba. Aquí, el sonido de tu pluma es lo único que me mantiene anclado a la realidad. Me gusta saber que estás ahí. Me gusta... tu presencia.
Theo no esperó respuesta. No era un hombre de confrontaciones directas, sino de verdades soltadas al aire para que el otro las recogiera si quería. Se retiró con la misma discreción con la que habitaba el mundo, dejando a Hermione mirando el fuego, sintiendo que las paredes de su fortaleza empezaban a agrietarse.
La noche avanzó y Hermione decidió que era hora de patrullar. Era lunes, lo que significaba que le tocaba con Draco Malfoy.
Lo encontró esperando junto al retrato. Draco ya no llevaba la máscara de desprecio absoluto; en su lugar, había adoptado una especie de indiferencia elegante, aunque sus ojos grises seguían siendo tormentosos. Caminaron por los pasillos en un silencio sepulcral, solo roto por el eco de sus botas sobre la piedra.
Al llegar al corredor del tercer piso, se cruzaron con un grupo de estudiantes de séptimo de Gryffindor. Al ver a Malfoy, uno de ellos, un chico alto llamado McLaggen que había regresado para repetir curso, escupió al suelo.
—Vaya, la sangre sucia sigue paseando a su mascota —soltó McLaggen con una risa burlona—. ¿Te dan galletas por portarte bien, Malfoy? ¿O te pone la correa Granger por las noches?
Draco apretó la mandíbula tanto que Hermione temió que se le rompieran los dientes. Sus puños se cerraron, y por un segundo, la magia estática a su alrededor hizo que las antorchas de la pared parpadearan. Hermione dio un paso al frente antes de que Draco pudiera sacar la varita.
—Cincuenta puntos menos para Gryffindor, Cormac —dijo Hermione, su voz era un látigo de autoridad—. Y una semana de detención con Filch limpiando los trofeos sin magia.
—¿Qué? ¡Hermione, somos de tu casa! —protestó McLaggen, indignado—. Solo estamos diciendo la verdad. Este tipo no debería estar aquí.
—La verdad es que eres un maleducado y un matón —replicó ella, dando un paso hacia él con una determinación que hizo que el chico retrocediera—. El Sr. Malfoy es un Premio Anual nombrado por la Directora McGonagall. Cualquier insulto hacia él es un insulto hacia la institución. Si vuelvo a oír una sola palabra despectiva, me aseguraré de que tu estancia en Hogwarts este año sea muy corta. ¿He sido clara?
McLaggen masculló algo ininteligible y se alejó con sus amigos. Hermione exhaló un suspiro largo, tratando de calmar los latidos de su corazón. Se giró hacia Draco, esperando algún comentario sarcástico o una queja sobre su "complejo de salvadora".
Pero Draco solo la miraba. Había algo crudo en su expresión, una mezcla de vulnerabilidad y un anhelo tan profundo que a Hermione le dolió verlo.
—No tenías por qué hacer eso —dijo Draco, su voz era apenas un susurro—. Solo logras que te odien a ti también.
—No me importa lo que piense McLaggen —respondió ella, tratando de recuperar su tono profesional—. Me importa lo que es correcto.
—¿Por qué, Granger? —Draco se acercó, acorralándola ligeramente contra la pared fría. No era una postura amenazante, sino desesperada—. ¿Por qué nos proteges así? Nos odiabas. Tenías razones de sobra para querer vernos en el fango.
—La guerra terminó, Draco —dijo ella, mirándolo a los ojos. Estaban tan cerca que podía oler el aroma a sándalo y pergamino que siempre lo rodeaba—. Si no somos capaces de perdonar y de dar espacio para que la gente cambie, entonces ¿para qué luchamos?
Draco extendió una mano y, con una lentitud casi agónica, rozó un mechón de cabello rebelde de la frente de Hermione. Ella se tensó, pero no se alejó.
—Tú eres lo único que tiene sentido en este lugar —dije Draco, y su voz se rompió ligeramente—. No es solo justicia. Te veo caminar por la sala común, te veo defender a los de primero, te veo ser... tú. Y me odio por haber tardado tanto en darme cuenta de que siempre fuiste la mejor de todos nosotros.
—Draco... —comenzó ella, pero él puso un dedo sobre sus labios.
—No digas nada. Sé que no confías en nosotros. Sé que nos ves como un proyecto de reinserción o como un mal necesario. Pero no pretendas que no está pasando nada, Granger. No cuando nos tienes a los tres contando los minutos para que entres por esa puerta cada tarde.
Él se apartó bruscamente, como si el contacto físico lo hubiera quemado, y continuó caminando por el pasillo sin mirar atrás. Hermione se quedó allí, apoyada en la pared, sintiendo que el aire le faltaba.
Aquella noche, cuando regresó a la torre, la sala común estaba vacía, pero en su mesa de estudio encontró tres cosas que no estaban antes.
Una pequeña caja de bombones de chocolate negro, los favoritos de Blaise, con una nota que decía: *"Para endulzar esa justicia tan amarga"*.
Un libro raro sobre leyes de protección de criaturas mágicas, con un marcador de seda puesto por Theo en una página que hablaba sobre los derechos de los elfos.
Y una sola rosa blanca, encantada para no marchitarse nunca, sobre su ensayo de Aritmancia. No tenía nota, pero Hermione sabía perfectamente quién la había dejado.
Se sentó en su silla, rodeada de los regalos de tres hombres que, hasta hace unos meses, representaban todo lo que ella despreciaba. Eran tres herederos de la oscuridad que ahora buscaban su luz, cada uno a su manera: Blaise con su seducción juguetona, Theo con su comprensión intelectual y Draco con su redención atormentada.
Hermione Granger, la bruja más brillante de su generación, se dio cuenta de que tenía un problema que ningún libro de la biblioteca podía resolver. Había construido un puente, tal como McGonagall quería. Pero el puente no solo servía para vigilar al enemigo; también permitía que el enemigo se acercara lo suficiente como para escuchar los latidos de su propio corazón.
Tomó la rosa blanca entre sus dedos. Los pétalos estaban fríos, pero su tacto era suave. Por primera vez en semanas, no tomó la pluma para escribir. Simplemente se quedó allí, en el silencio de la torre, aceptando que la guerra había terminado, pero que una batalla mucho más íntima y peligrosa acababa de comenzar en el corazón de Hogwarts.
Ella se había mantenido apartada, protegiéndose con su intelecto y su moralidad, pero ellos habían encontrado las grietas. Y lo peor, pensó Hermione mientras cerraba los ojos, era que ya no estaba segura de querer cerrarlas.
—Esto va a ser un desastre —susurró para sí misma.
Pero al dejar la rosa sobre su regazo, no pudo evitar notar que, por primera vez en mucho tiempo, el frío de Escocia ya no parecía tan insoportable.