Rodeada de serpientes
Entre el Deseo y el Deber
El silencio en la torre de los Premios Anuales se había vuelto una entidad física, algo que Hermione podía sentir rozando su piel cada vez que cruzaba la sala común. Ya no era el silencio hostil de las primeras semanas, sino una tensión elástica, cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
Hermione se encontraba en la biblioteca de la torre, intentando concentrarse en su ensayo sobre la legislación de pociones experimentales, pero las palabras bailaban ante sus ojos. Su mente, normalmente una máquina de precisión lógica, se sentía como un caldero a punto de desbordarse. Estaba siendo consciente, con una claridad que la aterraba, de que su percepción sobre sus tres compañeros de cuarto había mutado.
Ya no veía solo a los "hijos de mortífagos" o a los "estudiantes en libertad condicional". Veía la forma en que el cuello de la camisa de Blaise se abría justo lo necesario para revelar una clavícula fuerte y una piel que parecía de obsidiana pulida. Veía la elegancia melancólica de Theo, la forma en que sus dedos largos y finos acariciaban el lomo de los libros con una ternura que la hacía preguntarse cómo se sentirían sobre su propia piel. Y, sobre todo, veía a Draco. Draco, cuya presencia era como un imán; su cabello rubio, sus hombros anchos bajo la túnica y esa mirada gris que parecía desnudarla cada vez que sus ojos se encontraban.
—Concéntrate, Hermione —se reprendió en un susurro, apretando la pluma con tanta fuerza que sus nudillos blanquearon.
Pero era imposible. Cada vez que uno de ellos se acercaba a su mesa para pedirle un tintero o para consultar un horario, su respiración se entrecortaba. Sentía un calor súbito subir por su cuello y sus manos empezaban a temblar de una forma que odiaba. Estaba segura de que ellos lo notaban. Había una nueva cadencia en sus voces cuando le hablaban, algo más bajo, más íntimo, como si estuvieran probando las aguas de una piscina profunda y peligrosa.
Esa tarde, la agitación se volvió insoportable. Decidió bajar a las cocinas por un té, esperando que el aire fresco de los pasillos despejara sus pensamientos. Sin embargo, al regresar a la torre una hora después, se detuvo en seco antes de entrar.
La puerta del retrato estaba entreabierta. La esfinge de mármol parecía estar dormitando, y desde el interior de la sala común, llegaba el murmullo de voces masculinas. Hermione se quedó inmóvil, con la mano suspendida en el aire. Sabía que debía entrar, pero algo en el tono de la conversación la ancló al suelo. Estaban hablando de ella.
—... lo viste hoy en el Gran Comedor —era la voz de Blaise, arrastrada y cargada de esa confianza perezosa—. Se puso roja hasta las orejas cuando pasé a su lado y le rozé el hombro. Es fascinante lo mucho que intenta disimularlo tras ese aire de suficiencia.
—No es suficiencia, Blaise —intervino Theo, y Hermione pudo imaginarlo sentado en su sillón habitual, con la mirada perdida en el fuego—. Es protección. Ella sabe perfectamente lo que está provocando en nosotros. Es brillante, ¿crees que no se da cuenta de cómo la miramos?
Hubo un silencio breve, seguido por el sonido de un líquido vertiéndose en una copa.
—Me está volviendo loco —era Draco. Su voz sonaba ronca, despojada de cualquier rastro de la frialdad que mostraba en público—. Esos rizos... a veces, cuando se inclina sobre sus pergaminos, solo puedo pensar en enredar mis manos en ellos y obligarla a mirarme. Quiero saber si sus labios saben tan dulces como parecen o si tienen el fuego de sus discusiones.
A Hermione se le escapó el aire de los pulmones. Se apoyó contra la pared fría del pasillo, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas. No debería estar escuchando. Era una invasión a su privacidad, una falta de ética flagrante. Pero sus pies se negaban a moverse.
—No es solo el deseo físico, Draco —dijo Theo en voz baja—. Aunque, Merlín sabe, que verla caminar con esa falda del uniforme es una tortura china. Es su mente. La forma en que nos desafía. Ella no nos tiene miedo, y eso es lo más erótico que he experimentado en mi vida. Me hace querer ser mejor para que ella me mire no por lástima, sino por deseo.
—¿Y tú qué, Zabini? —preguntó Draco, y Hermione detectó una nota de celos mal ocultos—. ¿Vas a decirme que tus intenciones son puramente intelectuales?
—Por favor —Blaise soltó una carcajada corta—. He tenido a medio continente en mi cama, pero Granger... ella es diferente. Sueño con verla perder el control. Me imagino cómo sonaría su voz si dejara de recitar leyes y empezara a gemir mi nombre. Quiero ver esa rectitud desmoronarse bajo mis manos. Quiero poseerla, sí, pero también quiero que ella me posea a mí. Hay una fuerza en ella que me hace querer rendirme.
Hermione cerró los ojos con fuerza. El calor que sentía ya no era solo incomodidad; era un incendio forestal que se extendía por todo su cuerpo. Escuchar a los tres hombres más deseados de Hogwarts hablar de ella de esa manera, con esa mezcla de hambre carnal y una vulnerabilidad emocional que nunca habrían mostrado de frente, la hacía sentir poderosa y aterrada a la vez.
—A veces me pregunto qué pasaría si uno de nosotros diera el paso —continuó Theo—. Si la arrinconáramos aquí mismo, en esta sala común, y le dijéramos la verdad. Que no podemos dormir pensando en ella. Que este octavo año es un infierno porque la queremos y no sabemos cómo pedir perdón por haber sido unos idiotas durante siete años.
—Ella nos rechazaría —dijo Draco con amargura—. Somos los villanos de su historia, Theo. Por mucho que nos defienda ante McLaggen, en su cabeza seguimos siendo los chicos que se burlaban de su sangre.
—No lo sé —replicó Blaise—. He visto cómo me mira cuando cree que no la observo. Hay un hambre en sus ojos que ella no sabe cómo manejar. Está despertando, y cuando lo haga del todo... va a ser glorioso.
Hermione no pudo aguantar más. El peso de la conversación, la intensidad de los sentimientos revelados y su propia reacción física la obligaron a retroceder. Se alejó de la puerta con sigilo, con el corazón en la garganta, y corrió hacia el final del pasillo, escondiéndose tras una armadura hasta que recuperó el aliento.
"Me quieren", pensó, y la idea la golpeó con la fuerza de un encantamiento aturdidor. "Los tres. No es una broma, no es un plan. Están sufriendo tanto como yo".
Se miró las manos y vio que temblaban violentamente. Aquello cambiaba todo. La dinámica de la torre ya no era una convivencia forzada; era un polvorín. Y ella, Hermione Granger, tenía la cerilla en la mano.
Después de unos minutos, forzó una máscara de serenidad en su rostro. Se arregló la túnica, se pasó las manos por el pelo y caminó hacia el retrato con paso firme.
—*Aequitas* —dijo con voz clara.
El retrato se abrió. Al entrar, la escena era casi cómica por su normalidad. Blaise estaba recostado en el sofá con una copa de vino, Theo hojeaba un libro y Draco estaba de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad del bosque. Pero Hermione ahora veía las grietas en esa normalidad.
—Buenas noches —dijo ella, tratando de que su voz no temblara.
Los tres se tensaron al unísono. Draco se giró con una rapidez casi felina, y sus ojos grises la recorrieron de arriba abajo, buscando cualquier indicio de que hubiera escuchado algo.
—Llegas tarde, Granger —dijo Draco, pero su tono carecía de la mordacidad habitual. Había una vibración en su voz, un eco de lo que ella acababa de oír en el pasillo.
—Me entretuve en las cocinas —respondió ella, caminando hacia la mesa central.
Sintió la mirada de Blaise clavada en su espalda, pesada y ardiente. Theo, por su parte, no levantó la vista del libro, pero Hermione notó que no había pasado de página en todo el tiempo que ella llevaba allí.
—¿Quieres una copa, Hermione? —preguntó Blaise, poniéndose en pie. Se acercó a ella más de lo necesario, rompiendo esa barrera invisible que habían intentado mantener.
Hermione se giró. Blaise estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Su perfume, una mezcla de especias y algo puramente masculino, la envolvió.
—No, gracias, Blaise —dijo ella, pero su voz sonó más baja de lo que pretendía—. Tengo que terminar el ensayo.
—Siempre el deber —susurró Blaise, inclinándose un poco. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa—. ¿Nunca te permites un momento para el placer, Granger?
Hermione sintió que el aire se espesaba. Miró a Blaise, luego a Theo, que ahora la observaba con una fijeza inquietante, y finalmente a Draco, que se había acercado y permanecía a un par de metros, con los brazos cruzados y una expresión de hambre contenida.
—El placer es un lujo que no siempre podemos permitirnos —respondió ella, desafiándolos con la mirada.
—A veces —intervino Draco, dando un paso al frente—, el placer es lo único que nos recuerda que seguimos vivos después de una guerra.
El silencio que siguió fue denso como el plomo. Hermione sabía que ellos estaban esperando. Esperando una señal, un tropiezo, una invitación. Y ella, por primera vez en su vida, no quería huir.
Se sentó en su silla habitual y abrió su libro, pero no leyó ni una palabra. Podía sentir la presencia de los tres rodeándola, como depredadores que acechaban a una presa que, sospechaban, no tenía intención de escapar.
—Hermione —dijo Theo de repente, su voz suave rompiendo la tensión—. Tienes una mancha de tinta en la mejilla.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Theo se acercó. No usó su varita. Usó su pulgar. El contacto fue eléctrico. El dedo de Theo rozó su piel con una delicadeza extrema, pero el fuego que dejó a su paso fue devastador. Hermione dejó escapar un suspiro entrecortado que no pudo reprimir.
Los ojos de Theo se oscurecieron. No retiró la mano de inmediato; dejó que su pulgar descansara un segundo más sobre su pómulo, una caricia que era una declaración de intenciones.
—Gracias, Theo —susurró ella, incapaz de apartar la vista de la suya.
Blaise y Draco observaban la escena con una atención casi dolorosa. La atmósfera en la sala común había cambiado para siempre. Ya no había vuelta atrás. Hermione sabía que ellos sabían, y ellos empezaban a sospechar que ella no era indiferente.
—Va a ser un año muy largo, Granger —dijo Draco, y hubo una promesa implícita en sus palabras que hizo que a Hermione se le anudara el estómago de anticipación.
—Sí —respondió ella, cerrando el libro de golpe y poniéndose en pie. Los miró a los tres, uno por uno, dejando que su propia vulnerabilidad y su deseo asomaran por un instante tras su máscara de Premio Anual—. Creo que va a ser el año más largo de nuestras vidas.
Se retiró a su habitación sin decir una palabra más, consciente de que los tres pares de ojos la seguían hasta que cerró la puerta. Una vez sola, se apoyó contra la madera, con el corazón desbocado.
Había escuchado sus secretos. Había sentido su tacto. Y ahora, mientras se abrazaba a sí misma en la oscuridad de su cuarto, Hermione Granger aceptó la verdad que había estado evitando: no quería elegir a uno. Los quería a los tres. Quería el fuego de Draco, la profundidad de Theo y la pasión de Blaise.
Y por la forma en que la habían mirado esa noche, supo que ellos estaban dispuestos a dárselo todo. La guerra había terminado, pero la verdadera batalla por su alma y su cuerpo acababa de empezar bajo el techo de aquella torre compartida.