Romance en el ser de grabación
Consagración de Carne y Acero
El eco de la sesión anterior aún vibraba en las paredes de la productora Nogi. El material grabado había sido calificado por Shion como "oro puro", pero para Ohma Tokita, las imágenes en la pantalla no eran más que un pálido reflejo del calor real que había sentido al hundir sus manos en el pecho de Kiryu.
Al día siguiente, el ambiente en el set era diferente. Había una tensión eléctrica, una anticipación que hacía que incluso Yamashita Kazuo evitara mirar a Ohma a los ojos. El "Ashura" caminaba por los pasillos con una pesadez depredadora, sus sentidos agudizados, buscando ese aroma a locura y sándalo que siempre emanaba de Setsuna.
—Ohma-kun, por favor, trata de ser... un poco más cuidadoso hoy —suplicó Yamashita, frotándose las manos nerviosamente—. El presupuesto para el vestuario de Kiryu-san se ha duplicado porque, bueno, el delantal de ayer quedó inservible.
Ohma no se detuvo.
—Dile a Nogi que si quiere realismo, tendrá que pagar por él —respondió con voz ronca.
Al entrar al set, se encontró con una escena sacada de una fantasía oscura. El tema de hoy era "El Altar del Guerrero". El decorado simulaba un dojo tradicional, pero las luces eran de un rojo carmesí profundo que bañaba todo en una atmósfera de pecado.
En el centro, de espaldas a la entrada, estaba Kiryu.
Esta vez, no llevaba delantal. Llevaba un kimono de seda negra, abierto hasta la cintura, que caía lánguidamente sobre sus caderas. Pero lo que capturó la atención de Ohma, haciendo que su pulso se acelerara, fue el arnés de cuero negro que cruzaba el torso de Setsuna. Las correas estaban diseñadas específicamente para resaltar la hipertrofia de sus pectorales. El cuero se hundía en la carne firme, dividiendo la masa muscular y elevándola, haciendo que sus pezones —adornados hoy con pesas de oro circulares— colgaran con una provocación insoportable.
Kiryu se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, brillando con una devoción que bordeaba la catatonia. Al ver a Ohma, sus labios se curvaron en una sonrisa trémula.
—Mi Dios... has vuelto para reclamar tu ofrenda —susurró Kiryu, su voz vibrando con un anhelo casi doloroso.
Tomoko, detrás de los monitores, apenas podía contener su emoción.
—¡Es perfecto! —exclamó ella—. Ohma, acércate. El guion dice que debes humillarlo por su osadía de presentarse así ante ti. Tienes que recordarle quién es el dueño de esa carne.
Ohma caminó hacia el centro del dojo. Sus botas resonaban contra la madera pulida. Se detuvo a escasos centímetros de Kiryu, sintiendo el calor que irradiaba ese pecho sobredimensionado. La vista de cerca era aún más impactante; el arnés de cuero obligaba a los pectorales a sobresalir tanto que parecían querer liberarse de la piel.
—Te dije que estuvieras listo —dijo Ohma, ignorando por completo las cámaras.
Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó una de las pesas de oro que colgaba del pezón izquierdo de Kiryu. El metal estaba frío, pero la piel de Setsuna ardía. Al tirar levemente hacia abajo, un gemido agudo escapó de la garganta de Kiryu, y su espalda se arqueó instintivamente, ofreciendo más de su anatomía alterada.
—¡Acción! —gritó Shion desde la cabina.
Ohma cerró el puño alrededor del pectoral derecho de Kiryu. No fue un agarre suave; fue una presa de luchador. La carne, aunque voluminosa y redonda como la de una mujer, mantenía la densidad de un atleta de élite, creando una resistencia que solo incitaba más a la violencia de Ohma.
—¿Crees que esto te hace especial, Setsuna? —gruñó Ohma, siguiendo el hilo de una rabia que ya no era actuada—. ¿Crees que llenar tu cuerpo de esta manera te acerca a mí?
—Sé que te gusta... —jadeó Kiryu, dejando que su cabeza cayera hacia atrás, exponiendo su pulso acelerado—. Siento cómo tus dedos se hunden en mí... Siento tu deseo, Ohma. Es más fuerte que cualquier técnica de los Niko.
Ohma lo empujó hacia abajo, obligándolo a arrodillarse sobre el tatami. Con una mano aún anclada en su pecho, usó la otra para agarrar el arnés de cuero y tirar de él, obligando a Kiryu a mirar hacia arriba. El contraste era absoluto: el guerrero estoico y brutal frente a la belleza grotesca y voluptuosa de su adorador.
—Eres patético —dijo Ohma, aunque su mirada devoraba cada centímetro de la piel de Kiryu—. Pero este cuerpo... este cuerpo me pertenece.
Ohma comenzó a jugar con los pezones de Kiryu con una crueldad metódica. Usaba sus pulgares para aplastarlos contra las pesas de oro, girándolos, estirándolos hasta que la piel alrededor se volvía de un rojo intenso. Kiryu estaba en trance; sus manos arañaban sus propios muslos, tratando de contener la explosión de placer que lo recorría.
—¡Más! ¡Muerde! —suplicó Kiryu, con los ojos en blanco—. ¡Márcame como tu propiedad, Ashura!
Ohma se inclinó y hundió sus dientes en la parte superior del pectoral de Kiryu. El sabor salado del sudor y el aroma del cuero llenaron sus sentidos. Mordió con fuerza, dejando una marca profunda, una herida que sanaría en cicatriz, un recordatorio eterno de ese momento.
—¡Corten! ¡Por todos los dioses, corten! —gritó Nogi, aunque su voz sonaba más excitada que preocupada.
El equipo de filmación se quedó paralizado. La intensidad en el set era tan real que el aire parecía haberse agotado. Shion Soryuin se puso de pie, ajustándose la falda, con los ojos fijos en la pareja en el centro del dojo.
—Vayan a los camerinos —ordenó Shion con voz firme—. Tenemos suficiente material de "ensayo". Lo que sigue no es para la cámara... todavía.
Ohma no necesitó que se lo dijeran dos veces. Levantó a Kiryu del suelo por el arnés, casi cargándolo, y lo arrastró hacia la zona privada. Yamashita intentó decir algo, pero una mirada gélida de Ohma lo dejó mudo en su sitio.
Una vez dentro del camerino, Ohma pateó la puerta para cerrarla. No hubo preámbulos. Lanzó a Kiryu contra la pared de espejos, haciendo que el cristal vibrara peligrosamente.
—Esa mirada que me diste ahí fuera —dijo Ohma, acorralándolo con su cuerpo—... no vuelvas a hacerlo frente a otros.
—¿Estás celoso, mi Dios? —preguntó Kiryu, riendo entre dientes, aunque su respiración era un silbido—. ¿Te molesta que vean lo que has hecho conmigo?
Ohma respondió agarrando ambos pectorales con una fuerza demoledora. Los apretó hasta que Kiryu soltó un grito que fue mitad dolor y mitad éxtasis puro. Las pesas de oro tintinearon violentamente mientras Ohma las manipulaba, usando el peso para estirar la carne sensible de los pezones.
—Lo que hay entre nosotros no es para ellos —gruñó Ohma, bajando sus manos para deshacerse del kimono de seda—. Solo tú y yo sabemos lo que significa este dolor.
Kiryu se deshizo en sus brazos. El arnés de cuero se convirtió en un instrumento de tortura y placer mientras Ohma lo usaba para manejarlo a su antojo. Cada vez que Ohma golpeaba o apretaba ese pecho masculino agrandado, Kiryu sentía que su alma se fragmentaba y se reconstruía solo para adorar al hombre frente a él.
—Tócame... hazme sentir que no existo sin tu mano sobre mí —rogaba Kiryu, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de Ohma, buscando sus labios con desesperación.
Ohma lo besó con una ferocidad que sabía a sangre. Sus manos descendieron, desgarrando lo que quedaba de la lencería que Kiryu llevaba bajo el kimono. El juego de roles había desaparecido; ya no eran el amo y el sirviente del guion de Nogi, sino dos fuerzas de la naturaleza colisionando en un espacio reducido.
La dominación de Ohma era absoluta. Obligó a Kiryu a ponerse a cuatro patas sobre el diván del camerino, manteniendo su agarre en el arnés de cuero para controlar cada uno de sus movimientos. Desde esa posición, el pecho de Kiryu colgaba pesadamente, los pectorales balanceándose con cada sacudida, las pesas de oro golpeando rítmicamente contra su piel.
Ohma se posicionó detrás de él, pero antes de consumar el acto, se inclinó para susurrarle al oído, mientras sus manos seguían maltratando sus pezones.
—Mira esto, Setsuna. Mira en lo que te has convertido.
Kiryu miró su reflejo en el espejo frente al diván. Vio su propio rostro desencajado por la lujuria, vio el cuerpo de Ohma, bronceado y lleno de cicatrices de batalla, y vio su propio pecho, esa masa de músculo hipertrofiado que ahora estaba cubierta de marcas de dientes y dedos. Era una visión de una belleza monstruosa.
—Soy tu creación... —respondió Kiryu con un hilo de voz—. Soy lo que tú quieras que sea.
El encuentro que siguió fue brutal, desprovisto de cualquier delicadeza. Ohma se movía con la cadencia de un combate a muerte, cada embestida era un golpe, cada gemido de Kiryu era un reconocimiento de su derrota. El sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la habitación, compitiendo con el tintineo constante de las joyas en el pecho de Setsuna.
Ohma no se contuvo. Usó su peso para aplastar a Kiryu contra el diván, manteniendo una mano firmemente cerrada sobre uno de sus pectorales, sintiendo cómo el músculo vibraba bajo su palma con cada orgasmo que recorría el cuerpo del otro hombre. La sensación de dominio era embriagadora; tener a este hombre, capaz de matar a cientos, reducido a una masa de carne temblorosa que solo pedía más de su brutalidad.
Horas después, cuando las luces de la productora empezaron a apagarse, el camerino permanecía en un silencio pesado. Ohma estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, observando a Kiryu, quien yacía exhausto sobre el diván. El arnés de cuero estaba roto en varios puntos, y el pecho de Setsuna subía y bajaba en una respiración lenta y profunda, marcado por una constelación de hematomas.
Kiryu abrió los ojos y buscó la mirada de Ohma. No había locura en ellos en ese momento, solo una paz aterradora.
—Mañana... —empezó Kiryu.
—Mañana terminamos la grabación —lo interrumpió Ohma, levantándose y recogiéndose el pelo—. Y después de eso, Setsuna, te quitarás esas malditas pesas.
Kiryu sonrió, una sonrisa lánguida y satisfecha.
—Lo que tú digas, mi Dios. Pero admite que te gusta el peso de mi devoción en tus manos.
Ohma no respondió. Se puso la camisa y caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró por última vez ese pecho marcado que él mismo había reclamado.
—No llegues tarde —dijo Ohma, y salió al pasillo oscuro.
Kiryu se quedó solo, llevando una mano a su pezón dolorido, sintiendo el calor que aún emanaba de su piel. Sabía que Ohma volvería. Sabía que, mientras su cuerpo siguiera siendo el lienzo para la violencia del Ashura, él sería el hombre más feliz del mundo. La obsesión de mármol y encaje estaba lejos de terminar; apenas estaba comenzando su acto final.