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Romance en el ser de grabación

Sinfonía de Carne y Obsesión

El tercer día en la productora Nogi no se sentía como un rodaje, sino como una marcha fúnebre hacia la capitulación total de los sentidos. El aire en el set estaba viciado, impregnado de una mezcla de ozono por las luces de alta potencia y el rastro persistente de la presencia de Kiryu. Shion Soryuin y Nogi Hideki observaban desde la sala de monitores con una fascinación casi clínica. Sabían que habían cruzado una línea; ya no estaban produciendo material erótico estético, estaban documentando la destrucción mutua de dos leyendas.

—Hoy es el clímax —comentó Shion, ajustando el contraste de la pantalla—. "El Sacrificio del Devoto". Si Ohma no lo rompe hoy, nadie lo hará.

En el centro del set, el escenario había sido transformado en una cámara privada de estilo occidental antiguo, con cortinas de terciopelo rojo sangre y una iluminación cenital que creaba sombras profundas. Kiryu Setsuna esperaba de pie, su figura recortada contra la oscuridad.

Esta vez, el vestuario era mínimo, casi inexistente, diseñado para maximizar el impacto visual de su anatomía alterada. Llevaba unas medias de encaje negro que llegaban hasta la mitad del muslo y un corsé de cuero extremadamente apretado que no cubría su pecho, sino que servía únicamente para empujar sus pectorales hacia arriba y hacia afuera. La presión era tal que la piel de su torso parecía a punto de estallar. Sus pezones, ya oscurecidos y sensibles por el maltrato de los días anteriores, estaban adornados con finas cadenas de plata que se conectaban a un collar de cuero en su cuello. Cada vez que movía la cabeza, las cadenas tiraban de su carne, arrancándole suspiros involuntarios.

Ohma entró en el set. No llevaba camisa, solo sus pantalones de combate desabrochados. Su cuerpo estaba tenso, cada músculo vibrando con una energía contenida que amenazaba con desbordarse. Al ver a Kiryu, sus ojos se entrecerraron. El volumen del pecho de Setsuna era ahora una afrenta a la naturaleza; los pectorales, inflados y firmes, se mecían pesadamente con cada respiración agitada del hombre.

—Mírate —dijo Ohma, su voz resonando como un trueno en el silencio del estudio—. Pareces un animal listo para el matadero.

Kiryu soltó una risa quebrada, sus manos enguantadas en encaje rozando apenas la parte inferior de su pecho desbordado.

—Soy tu animal, Ohma... —susurró, dando un paso hacia él—. Mira lo que has hecho. Mi pecho duele... late con tu nombre. Siento que si no me tocas ahora mismo, voy a morir.

—¡Acción! —gritó Tomoko, con la voz temblorosa por la emoción.

Ohma no esperó a que el guion avanzara. Se lanzó hacia adelante y atrapó a Kiryu por el cuello, estampándolo contra uno de los pilares de la cama de utilería. La violencia del impacto hizo que las cadenas en el pecho de Setsuna tintinearan con furia. Ohma bajó la mirada hacia esa masa de músculo hipertrofiado que se alzaba ante él. No pudo evitarlo; extendió ambas manos y hundió sus dedos en la carne.

—Es demasiado —gruñó Ohma, apretando con una fuerza que habría fracturado los huesos de un hombre normal—. Esto ya no es músculo, Setsuna. Es pura obsesión.

—¡Ahhh! —Kiryu gritó, arqueando la espalda, sus pectorales sobresaliendo aún más bajo la presión de las manos de Ohma—. ¡Aplástalos! ¡Haz que desaparezca todo lo que no sea tu mano sobre mí!

Ohma comenzó un juego de pezones brutal, ignorando por completo las cámaras que giraban a su alrededor. Usó sus pulgares para presionar los pezones contra la base de las cadenas, girándolos con una crueldad metódica. La piel de Kiryu, estirada al límite por el volumen de su pecho, se tornó de un púrpura profundo. El contraste entre la dureza de los nudillos de Ohma y la redondez antinatural del pecho de Kiryu creaba una imagen de una perversión insoportable.

—¿Te duele así? —preguntó Ohma, inclinándose para morder el lóbulo de la oreja de Kiryu mientras sus manos seguían maltratando la carne—. ¿O prefieres que use esto?

Ohma agarró una de las cadenas de plata y tiró de ella hacia abajo con un movimiento seco. El pezón de Kiryu se estiró violentamente, y el hombre cayó de rodillas, con los ojos en blanco y la saliva escapando por la comisura de sus labios. Estaba en un estado de éxtasis que rozaba la agonía.

—¡Sí! ¡Más! ¡Rómpeme, mi Dios! —suplicaba Kiryu, sus manos buscando desesperadamente las piernas de Ohma—. ¡Úsame como el juguete que soy! ¡No te detengas!

En la cabina de control, Yamashita Kazuo se cubrió los ojos, incapaz de seguir mirando.

—Esto... esto es demasiado —balbuceó—. Shion-san, deberíamos detenerlos. Ohma-san va a lastimarlo de verdad.

—Cállate, Kazuo —respondió Shion, sin apartar la vista del monitor—. Mira a Setsuna. Nunca ha sido tan feliz. Esto es lo que ambos necesitaban. Una purga a través del exceso.

En el set, Ohma había perdido toda noción de que estaban siendo grabados. La textura del pecho de Kiryu lo volvía loco; era una masa de carne que desafiaba su comprensión de la fuerza. Lo levantó del suelo por el corsé y lo lanzó sobre el colchón de terciopelo. Se posicionó sobre él, atrapando ambos pectorales con una sola mano, estrujándolos hasta que las marcas de sus dedos quedaron impresas en la piel enrojecida.

—Dijiste que querías ser mi sacrificio —dijo Ohma, su voz cargada de una lujuria dominante—. Pues ahora vas a pagar el precio.

Ohma bajó la cabeza y comenzó a succionar uno de los pezones de Kiryu con una ferocidad animal, mientras su mano libre trabajaba el otro, tirando y retorciendo con una saña que hacía que Setsuna se convulsionara bajo él. El sonido de la succión y los jadeos de Kiryu llenaban el espacio, creando una cacofonía de deseo carnal.

—¡Ohma! ¡Ohma! —gritaba Kiryu, sus uñas clavándose en la espalda del Ashura, dejando surcos sangrientos—. ¡Siento que mi corazón va a explotar! ¡Tócame por dentro! ¡Lléname!

Ohma se deshizo de lo que quedaba de su ropa con movimientos frenéticos. La dominación era total. No había espacio para la ternura, solo para la reclamación de un territorio que siempre le había pertenecido. Se abrió paso entre las piernas de Kiryu, que estaban adornadas con el encaje negro, y se hundió en él con una embestida que hizo que todo el set temblara.

—¡Corte! ¡Corte por Dios! —gritó Nogi, dándose cuenta de que lo que estaba ocurriendo ya no era apto ni para las películas más extremas de su productora.

Las luces del set se encendieron de golpe, pero Ohma y Kiryu no se detuvieron. Estaban en su propio mundo, un microcosmos de sudor, dolor y placer. El personal de producción comenzó a retirarse apresuradamente, siguiendo las órdenes de Shion, quien cerró las puertas del estudio tras de sí, dejando a los dos guerreros solos en la penumbra.

Dentro, el encuentro alcanzó niveles de violencia erótica que desafiaban la cordura. Ohma mantenía su dominio absoluto, usando el pecho de Kiryu como un punto de anclaje, apretando y golpeando la carne sobredimensionada mientras se movía dentro de él con una cadencia destructiva.

—Mírame, Setsuna —ordenó Ohma, agarrándolo de la mandíbula—. Mira quién te está destrozando.

Kiryu abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el placer. Vio el rostro de Ohma, una máscara de concentración brutal y deseo salvaje.

—Eres tú... siempre has sido tú... mi Dios del Karma —susurró Kiryu antes de que un nuevo orgasmo lo sacudiera, haciendo que su pecho vibrara violentamente bajo las manos de Ohma.

El acto continuó durante horas. Ohma no tuvo piedad de la anatomía alterada de Kiryu. Jugó con sus pezones hasta que sangraron levemente, apretó su pecho hasta que el músculo quedó entumecido, y lo reclamó una y otra vez hasta que ambos colapsaron en un montón de extremidades y sudor sobre el terciopelo destrozado.

Cuando el silencio finalmente regresó al estudio, la luz de la luna se filtraba por las claraboyas del techo, iluminando la carnicería de pasión que habían dejado atrás. Ohma estaba sentado al borde de la cama, recuperando el aliento, con el pecho de Kiryu descansando contra su espalda.

—¿Estás satisfecho ahora, monstruo? —preguntó Ohma, aunque su tono no tenía rastro de malicia.

Kiryu, con la piel cubierta de marcas y el pecho aún palpitando por el esfuerzo, dejó escapar una risita débil. Se frotó la mejilla contra el hombro de Ohma, sintiendo el calor del hombre al que adoraba.

—Nunca estaré satisfecho de ti, Ohma —respondió Kiryu, llevando una mano a su propio pectoral, sintiendo el peso y el dolor como una medalla de honor—. Pero hoy... hoy me has dado una razón para seguir viviendo.

Ohma se giró y lo miró. El pecho de Kiryu, a pesar del maltrato, seguía siendo una presencia imponente, una manifestación física de su locura compartida. Ohma extendió una mano y, esta vez con una suavidad inesperada, rozó el pezón irritado de Setsuna.

—Mañana nos vamos de aquí —dijo Ohma—. Nogi tiene lo que quería. Pero tú... tú vienes conmigo.

Kiryu cerró los ojos, disfrutando del contacto. Sabía que el mundo exterior nunca entendería lo que acababa de suceder en ese set. No entenderían la belleza de la dominación absoluta ni la devoción que se manifestaba en la carne hipertrofiada y el cuero.

—A donde quieras, mi Dios —susurró Kiryu—. Mi cuerpo, mi pecho, mi alma... todo es tuyo para que lo rompas cuando quieras.

Ohma se levantó y ayudó a Kiryu a ponerse de pie. El "Ashura" y la "Bestia Hermosa" caminaron hacia la salida, dejando atrás los restos de una producción que cambiaría la historia de la empresa Nogi, pero que para ellos no había sido más que un día más en su eterna danza de sangre y deseo. Mientras cruzaban el umbral, Ohma apretó una última vez el pecho de Kiryu, un recordatorio silencioso de quién era el dueño de cada gramo de ese músculo.

Fuera, el cielo de la ciudad era indiferente a la tormenta que acababa de amainar. Pero dentro de ellos, el fuego seguía ardiendo, alimentado por la promesa de que, mientras existiera el dolor, su unión sería eterna.