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Rumpelstiltskin el nene

El veneno de la posesión

El sol de la mañana en Storybrooke se filtraba a través de las ventanas de la tienda de antigüedades, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Gold estaba sentado tras su mostrador, puliendo un reloj de bolsillo con una meticulosidad casi obsesiva. Sus ojos, sin embargo, no estaban en el mecanismo de plata, sino en la figura que se movía al fondo del local.

Ali estaba ordenando una estantería de porcelana fina. El castigo de la noche anterior parecía haber dejado una huella de palidez en sus mejillas, pero su belleza seguía siendo insultante. Llevaba un vestido sencillo, de un azul pálido que hacía resaltar la claridad casi sobrenatural de sus ojos. Cada vez que alzaba los brazos para colocar una pieza, su cabello blanco-rubio resbalaba por su espalda como una cascada de seda.

Gold sintió un nudo familiar en el estómago. Era una mezcla de admiración estética y un instinto territorial oscuro y punzante. Se había esforzado tanto en recordarle que era su sierva, su propiedad, que ahora la idea de que cualquier otro par de ojos se posara sobre ella le resultaba intolerable.

La campanilla de la puerta tintineó, rompiendo el silencio.

—¡Ah, Gold! Espero que no sea un mal momento —dijo una voz jovial y profunda.

Gold levantó la vista. Era William, un hombre de unos treinta años, robusto, de mandíbula cuadrada y una sonrisa que Gold siempre había encontrado irritantemente sincera. Era un herrero en el Bosque Encantado, y en Storybrooke regentaba un taller mecánico. Un hombre "bueno", según los estándares de los demás.

—William —saludó Gold, dejando el reloj sobre el mostrador con un movimiento seco—. Siempre es un mal momento cuando se viene sin cita, pero adelante. ¿Qué desgracia te trae por aquí?

—Nada grave, solo buscaba una pieza de repuesto para un viejo carburador —respondió William, pero sus palabras se desvanecieron a mitad de la frase. Sus ojos se habían desviado hacia el fondo de la tienda.

Ali se había girado al escuchar la puerta. Al ver al visitante, hizo una pequeña inclinación de cabeza, tímida y elegante.

—Buenos días —susurró ella, con esa voz que sonaba a campanas de cristal.

William se quedó de piedra. Gold notó cómo el hombre enderezaba la espalda y cómo su expresión pasaba de la curiosidad al asombro absoluto.

—Cielos... —murmuró William, olvidando por completo al Sr. Gold—. No sabía que tenías ayuda nueva, Gold.

Gold apretó el pomo de su bastón hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Se puso en pie, caminando con lentitud hacia donde estaba Ali, colocándose deliberadamente entre ella y el visitante.

—No es "ayuda", William —siseó Gold, enfatizando cada sílaba—. Es Ali. Y ella tiene mucho trabajo que hacer. Ali, querida, ve a la parte de atrás y limpia los espejos. Los grandes. No quiero ver ni una huella.

—Sí, Amo —respondió ella de inmediato, bajando la mirada y pasando junto a Gold con paso ligero.

El silencio que siguió fue denso. William siguió la figura de la chica con la mirada hasta que desapareció tras las cortinas de terciopelo. Luego, se volvió hacia Gold con una chispa de determinación que al Oscuro no le gustó nada.

—Es... es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, Gold. Y parece tan joven, tan delicada.

—Es una propiedad de mi propiedad, William —respondió Gold, su tono cargado de una advertencia que un hombre más inteligente habría captado—. No es asunto tuyo.

—Escucha —William dio un paso adelante, bajando la voz—. Sé cómo funcionan tus contratos. Sé que ella está aquí para pagar alguna deuda de su familia. Pero una chica así no debería estar encerrada entre trastos viejos y sombras. Merece aire puro, alguien que la cuide... alguien que la pretenda como es debido.

Gold soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de cualquier rastro de humor.

—¿Estás sugiriendo que quieres pedir su mano? ¿Tú? ¿Un simple mecánico con las manos manchadas de grasa?

—Soy un hombre honrado —replicó William, ofendido—. Y si ella está de acuerdo, me gustaría cortejarla. Estoy dispuesto a negociar contigo, Gold. Lo que sea que su familia te deba, yo trabajaré para pagarlo. Solo déjame hablar con ella.

El mundo de Gold se volvió rojo por un instante. La idea de Ali sonriéndole a ese hombre, de Ali viviendo en una casita con jardín, lejos de su control, lejos de su alcance, provocó una oleada de magia negra que hizo que las bombillas de la tienda parpadearan.

—¿Hablar con ella? —Gold se acercó a William, su rostro a escasos centímetros del suyo—. Ali no tiene voz propia en estos asuntos. Ella es mía. Cada suspiro que exhala me pertenece por contrato y por destino.

—No puedes poseer a una persona de esa manera, Gold. Ni siquiera tú.

—Oh, ¿quieres apostar? —Gold sonrió, una mueca depredadora—. Ali, ven aquí. ¡Ahora!

La chica apareció casi al instante, temblando ligeramente. Miró a Gold con ansiedad, buscando en sus ojos la razón de su furia.

—¿Dígame, Amo?

Gold extendió una mano y, con una lentitud calculada, acarició la mejilla de Ali. Sus dedos largos y fríos recorrieron la línea de su mandíbula. Ali se tensó, sus ojos azules se abrieron de par en par, llenos de una confusión que rayaba en el pánico. Gold nunca la tocaba así.

—William aquí presente —dijo Gold, sin dejar de mirarla a ella—, cree que eres una flor marchitándose en la sombra. Cree que serías más feliz en su taller, lavando grasa de motor en lugar de mi porcelana. Dice que quiere... cortejarte.

Ali parpadeó, mirando a William por un breve segundo. El hombre le dirigió una mirada llena de esperanza y una calidez que ella no sabía cómo procesar.

—Yo... yo no entiendo —balbuceó Ali, retrocediendo un paso, pero Gold la sujetó del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza ineludible.

—Es simple, querida —continuó Gold, su voz volviéndose un susurro sedoso y venenoso—. Él cree que eres libre de elegir. Dile, Ali. Dile a nuestro buen amigo quién es el que decide cuándo duermes, cuándo comes y con quién hablas.

—Amo, por favor... me está lastimando —susurró ella, aunque no era el agarre lo que le dolía, sino la humillación de ser exhibida como un trofeo en medio de una disputa de hombres.

—¡Gold, suéltala! —exclamó William, dando un paso al frente.

Gold levantó su bastón, y una onda de choque invisible empujó a William hacia atrás, haciéndolo tropezar con una armadura antigua.

—¡Fuera de mi tienda! —rugió Gold, su voz resonando con el eco de la Bestia—. No vuelvas a poner un pie aquí. Y si vuelvo a verte cerca de ella, te convertiré en algo que ni tu propia madre reconocería.

William, viendo la oscuridad genuina en los ojos de Gold, se levantó rápidamente. Miró a Ali una última vez con lástima y horror, y salió huyendo de la tienda.

El silencio que quedó era asfixiante. Gold soltó el brazo de Ali, pero no se alejó. La rodeó, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que contrastaba con la frialdad de su alma.

—¿Te ha gustado, Ali? —preguntó él, su voz volviendo a ese tono pausado y condescendiente—. ¿Te ha gustado que un caballero andante viniera a rescatarte de tu terrible dueño?

Ali estalló en llanto. No fue un llanto ruidoso, sino un sollozo silencioso y desgarrador que sacudió sus hombros. Se cubrió la cara con las manos, hundiéndose en sí misma.

—No... no sé por qué ha hecho eso —sollozó ella—. Yo solo quiero obedecer. Yo no le pedí a ese hombre que viniera. No lo conozco.

—Pero te ha mirado —siseó Gold, agarrándola por los hombros y obligándola a mirarlo—. Te ha mirado como si fueras algo que se puede tomar. Y tú... tú te has quedado ahí, luciendo tan patéticamente hermosa que le has dado esperanzas.

—¡Yo no he hecho nada! —gritó ella, en un raro estallido de valor—. ¡Usted me trata como si fuera un objeto, como si no tuviera sentimientos! Él solo fue amable...

La bofetada de Gold no fue física, sino verbal.

—¡La amabilidad es una mentira! —gritó él—. Él no te quiere a ti, Ali. Quiere esa cara bonita. Quiere poseer la luz que emanas porque él es tan gris como el resto de este pueblo. Pero tú me perteneces. Yo pagué por ti. Yo te salvé de un destino mucho peor.

—¿Me salvó? —Ali lo miró a través de sus lágrimas, su voz llena de una amargura que Gold no sabía que ella poseía—. Me tiene en una jaula de oro. Me hace llamarlo Amo. Me castiga por errores que inventa solo para sentirse poderoso. ¿Eso es salvarme?

Gold sintió una punzada de pánico. Ella estaba viendo la verdad, y la verdad era lo único que podía destruir el control que él tanto necesitaba. Si ella dejaba de temerle, si ella empezaba a odiarlo de verdad, él perdería la única cosa pura que le quedaba.

—Parece que necesitas otro recordatorio de tu posición —dijo él, su voz temblando por la furia contenida—. Has sido insolente. Has cuestionado mi autoridad frente a un extraño.

—Lo siento... —susurró ella, dándose cuenta de su error, volviendo a su estado de sumisión por puro instinto de supervivencia.

—"Lo siento" no es suficiente —Gold caminó hacia la puerta y giró el cartel de "Cerrado". Luego, se volvió hacia ella con una sonrisa gélida—. Vas a pasar el resto del día en el sótano. Vas a pulir cada uno de los cálices de plata de la colección medieval. Y lo harás de rodillas, Ali.

Ella cerró los ojos, dejando que una nueva oleada de lágrimas cayera.

—Sí, Amo.

—Y cada vez que termine de limpiar uno —continuó él, acercándose tanto que ella podía sentir su aliento en la oreja—, me llamarás. Vendré a inspeccionarlo. Y si no brilla como el sol, empezarás de nuevo. ¿Entendido?

—Entendido, Amo —respondió ella, con la voz quebrada.

Gold la observó mientras ella caminaba hacia la trampilla del sótano. Su pequeña figura desapareció en la oscuridad, y él escuchó el sonido de sus pasos descendiendo las escaleras de madera.

Se quedó solo en la tienda, rodeado de sus tesoros, pero se sentía más pobre que nunca. Se sentó en su sillón, apoyando la barbilla en sus manos entrelazadas sobre el bastón.

La imagen de William mirándola con adoración seguía quemando en su mente. Gold sabía que se estaba comportando como un tirano. Sabía que la estaba rompiendo, pieza a pieza, del mismo modo que el tiempo rompía los objetos que él vendía. Pero no podía evitarlo.

—Es mía —se repitió, como un mantra para acallar la culpa—. Ella no es como Amelia. Ella no me dejará. No puede dejarme si no tiene a dónde ir.

Bajó al sótano una hora después. El aire allí abajo era húmedo y frío. Encontró a Ali de rodillas sobre la piedra dura, con un paño en la mano y un cáliz frente a ella. El sonido del metal siendo frotado era lo único que rompía el silencio.

Gold se quedó en las sombras, observándola. Ella no se dio cuenta de su presencia al principio. Estaba concentrada, sus labios moviéndose en lo que parecía una oración silenciosa. Cuando terminó el primer cáliz, lo levantó con manos temblorosas.

—Amo... —llamó en un susurro.

Gold salió de las sombras. Se acercó y tomó el cáliz de sus manos. Estaba perfecto, impecable. Pero él no lo miró. Miró a Ali. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, y su cabello estaba desordenado, pero seguía siendo la criatura más bella que sus ojos cansados habían visto jamás.

—No es suficiente —dijo él, arrojando el cáliz al suelo, donde rodó con un sonido metálico—. Hazlo otra vez.

Ali soltó un pequeño grito ahogado y se inclinó para recogerlo.

—Por favor... —suplicó ella, mirando sus manos, que empezaban a dolerle por el esfuerzo—. Por favor, Amo, tenga piedad.

—La piedad es para los débiles, Ali —respondió él, aunque por dentro sentía que se estaba asfixiando—. Y tú y yo... nosotros no somos débiles, ¿verdad?

Él se agachó frente a ella, obligándola a sostenerle la mirada. Por un momento, el monstruo y la doncella estuvieron tan cerca que sus destinos parecieron entrelazarse en el aire frío del sótano.

—Dilo —ordenó él.

—Usted es mi amo —susurró ella, su voz llena de una resignación que le rompió el corazón a Gold, aunque él se negara a admitirlo—. Mi vida le pertenece.

Gold asintió, satisfecho y miserable a la vez. Se puso en pie y subió las escaleras, dejando a Ali en la oscuridad. Sabía que ella se quedaría allí, trabajando hasta que sus dedos sangraran, porque era demasiado buena, demasiado obediente para hacer otra cosa.

Y mientras cerraba la trampilla, Gold se dio cuenta de la terrible verdad: la había marcado. No con fuego, ni con hierro, sino con miedo y dependencia. William nunca podría tenerla, porque Ali ya no sabía cómo existir fuera de la sombra del Oscuro.

Él había ganado. Había asegurado su territorio. Pero mientras se sentaba de nuevo en su tienda, rodeado de oro y magia, Gold se preguntó por qué la victoria sabía tanto a cenizas.