Rumpelstiltskin el nene
El estigma de la pertenencia
La mañana en Storybrooke tenía ese aire estancado de los pueblos que no saben que están atrapados en el tiempo. El Sr. Gold caminaba por la acera principal con una elegancia depredadora, el golpe rítmico de su bastón contra el cemento marcando el compás de una marcha fúnebre para la paciencia de cualquiera que se cruzara en su camino. A su lado, medio paso por detrás, caminaba Ali.
Ella era un rayo de luna atrapado en pleno día. Su cabello, de un rubio tan pálido que rozaba el blanco, estaba recogido en una trenza sencilla que descansaba sobre su hombro. Llevaba una cesta de mimbre entre sus manos pequeñas, y sus ojos azules recorrían los escaparates con una curiosidad que Gold encontraba simultáneamente encantadora e irritante.
Se detuvieron frente al puesto de frutas del mercado local. Gold necesitaba demostrarse a sí mismo que podía llevarla al mundo exterior sin perder el control. Quería convencerse de que el castigo en el sótano había sido suficiente para recordarle su lugar. Pero el aire libre siempre traía complicaciones.
—Buenos días, Sr. Gold —dijo una voz joven y llena de un entusiasmo que a Gold le produjo una acidez inmediata.
Se trataba de Ethan, el hijo del panadero. Era un muchacho de unos veinte años, con el cabello castaño revuelto y una cara pecosa que desbordaba una honestidad casi insultante. Ethan no retrocedió ante la mirada gélida de Gold; al contrario, sonrió con una familiaridad que hizo que el Oscuro apretara el puño sobre el pomo de su bastón.
—Buenos días, muchacho —respondió Gold, su voz arrastrada, cargada de un sarcasmo que Ethan pareció ignorar por completo—. ¿No deberías estar cubierto de harina en alguna parte?
—Mi padre me ha dado el descanso de la mañana —dijo Ethan, pero sus ojos ya no estaban en Gold. Se habían clavado en Ali con una intensidad que hizo que la chica bajara la vista, sonrojándose hasta la raíz del cabello—. No sabía que su hija estaba de vuelta en el pueblo, Sr. Gold. Es... es un honor conocerla.
El silencio que siguió fue tan pesado que pareció hundir las baldosas. Gold sintió una oleada de calor oscuro subiendo por su cuello. ¿Su hija? La suposición era lógica para un extraño —la diferencia de edad, el modo en que ella lo seguía, la protección casi asfixiante—, pero para Gold, aquella palabra fue como un ácido vertido sobre una herida abierta.
—¿Mi hija? —Gold soltó una carcajada que sonó como el crujir de huesos secos—. Qué imaginación tan fértil tienes, querido.
Ethan, ajeno al peligro inminente, dio un paso hacia Ali.
—Perdone mi atrevimiento, señor —dijo el joven, enderezando los hombros y tratando de parecer más maduro de lo que era—. Pero he estado buscando la oportunidad de hablar con alguien como ella. Es la mujer más bella que ha pisado Storybrooke. Si usted me lo permite, me gustaría pedirle permiso para... para cortejarla. Sé que es usted un hombre protector, y lo entiendo, un padre debe cuidar de un tesoro así. Prometo que mis intenciones son nobles.
Ali levantó la vista, sorprendida. No había malicia en ella, solo una confusión infinita. Miró a Ethan y luego a Gold. Para ella, la idea de que Gold pudiera ser su padre no era ofensiva; después de todo, él era el único que cuidaba de ella, a su manera retorcida.
—Amo... —susurró ella, buscando orientación.
Pero Gold ya no estaba escuchando palabras. La mención de la palabra "padre" combinada con la petición de cortejo de aquel cachorro humano había disparado algo primario en su interior. No era solo la necesidad de control; era una posesividad tóxica, una envidia que devoraba su raciocinio.
—¿Cortejarla? —Gold se acercó a Ethan con una lentitud que helaba la sangre. El joven finalmente pareció notar que algo iba muy mal; la temperatura alrededor de Gold parecía haber descendido varios grados—. Crees que puedes venir aquí, con tus manos oliendo a levadura y tu futuro de clase media, y pedirme que te entregue lo que es mío.
—Yo... yo solo pensaba que como su padre... —balbuceó Ethan, retrocediendo.
—¡No soy su padre! —rugió Gold. El grito hizo que varios transeúntes se detuvieran en seco. Ali soltó un pequeño grito ahogado y dejó caer la cesta de mimbre, las manzanas rodando por el suelo—. Y ella no es una hija que busca un marido. Ella es Ali. Y Ali me pertenece de una forma que tu pequeña mente mediocre nunca podría comprender.
Gold extendió una mano y agarró a Ali por la cintura, tirando de ella hacia él con una brusquedad que la hizo chocar contra su pecho. No fue un gesto de consuelo, sino de reclamación.
—Vete de aquí, niño —siseó Gold, sus ojos brillando con un tinte dorado que no pertenecía a este mundo—. Antes de que decida que tu panadería necesita un incendio accidental o que tu lengua ha hablado demasiado.
Ethan huyó sin mirar atrás, tropezando con sus propios pies.
Gold no soltó a Ali. La mantuvo sujeta contra su cuerpo, sintiendo cómo ella temblaba violentamente. Su mano, enguantada, subió desde su cintura hasta su cuello, obligándola a levantar la cabeza para mirarlo.
—A casa. Ahora —ordenó él, con una voz que era un susurro cargado de estática mágica.
El camino de regreso a la tienda de antigüedades fue un borrón de miedo para Ali. Gold no usó el bastón para caminar; lo llevaba en una mano mientras con la otra mantenía un agarre férreo sobre el brazo de la chica, arrastrándola prácticamente tras de sí.
Una vez dentro de la tienda, Gold cerró la puerta de un golpe y echó el cerrojo con un movimiento violento de su mano libre. La penumbra del local los envolvió, cargada con el olor a polvo y magia antigua.
—¿Así que quieres un pretendiente? —preguntó Gold, su voz vibrando con una furia contenida que daba más miedo que sus gritos—. ¿Quieres a un chico de tu edad que te hable de flores y paseos bajo el sol?
—¡No! —sollozó Ali, cayendo de rodillas frente a él—. ¡Yo no dije nada! Él fue quien habló. Yo solo estaba allí... Amo, por favor, no se enoje conmigo.
Gold soltó su bastón, que cayó al suelo con un estrépito sordo, y se inclinó sobre ella. Su presencia era abrumadora. Agarró el rostro de Ali con ambas manos, obligándola a mirarlo. Sus dedos se hundieron en sus mejillas, no lo suficiente para dejar moratones, pero sí para que ella sintiera cada gramo de su poder.
—Me llamó su padre —siseó Gold, su rostro a centímetros del de ella—. ¿Es eso lo que ves cuando me miras, Ali? ¿Ves a un anciano que te cuida por obligación? ¿Ves a alguien que te entregará al primer imbécil que te pida la mano?
Ali estaba paralizada. La forma en que él la miraba era diferente a cualquier otra vez. No era solo la mirada del amo castigando a su sierva; había algo más oscuro, algo que la hacía sentir desnuda y vulnerable de una manera que no comprendía. Aquel hombre no parecía un padre, ni un dueño... parecía un depredador que acababa de decidir que no compartiría su presa con nadie, bajo ninguna circunstancia.
—Yo... yo veo a mi Amo —balbuceó ella, las lágrimas nublando su visión—. Veo al hombre que tiene mi contrato.
—Entonces deja que te aclare los términos de ese contrato, querida —dijo él, su voz bajando a un tono peligrosamente romántico y, a la vez, agresivo—. Tú no vas a ir a ninguna parte. No habrá cortejos. No habrá manos entrelazadas con muchachos de panadería. Eres mía. Cada fibra de tu ser, cada pensamiento que cruza tu mente, debe ser para mí.
Gold deslizó una de sus manos desde su mejilla hasta su nuca, enredando sus dedos en su cabello blanco y tirando ligeramente hacia atrás, exponiendo su garganta. Con la otra mano, trazó una línea lenta desde su clavícula hasta su barbilla.
Ali sintió un escalofrío que no era de frío. Estaba profundamente incómoda. La cercanía de Gold era sofocante; podía oler el aroma a sándalo y cuero de su traje, sentir el calor inusual que emanaba de su piel. Nunca lo había visto actuar así. Era una posesividad que rozaba lo físico, una intensidad que ella, en su inocencia, no sabía cómo nombrar, pero que la hacía querer encogerse y desaparecer.
—Dilo —exigió él, su pulgar presionando su labio inferior—. Di que no quieres a ese chico. Di que solo me perteneces a mí.
—Solo le pertenezco a usted, Amo —repitió ella, su voz apenas un hilo quebrado—. Por favor... me asusta cuando se pone así.
Gold sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que ha marcado su territorio y disfruta del miedo que inspira.
—Deberías estar asustada, Ali. Porque te he dado demasiada libertad y has empezado a atraer a las moscas.
Él la soltó bruscamente, dejándola caer sobre la alfombra. Se enderezó, ajustándose la chaqueta de su traje con una calma repentina que resultaba casi más aterradora que su furia anterior.
—Vas a subir a tus aposentos —dijo, recuperando su bastón del suelo—. Y no vas a salir de allí hasta que yo lo decida. No habrá más paseos al mercado. No habrá más distracciones.
—Pero... Amo, ¿qué he hecho mal? —preguntó ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Gold se detuvo y la miró desde arriba, su silueta recortada contra la luz que se filtraba por la puerta.
—Tu pecado, Ali, es existir de una manera que hace que otros crean que pueden arrebatarte de mis manos. Y mi castigo será asegurarme de que olvides que el mundo exterior existe.
Ali se levantó, temblando, y subió las escaleras hacia su pequeña habitación en la planta superior. Cada paso le pesaba. La sensación de los dedos de Gold en su cuello todavía persistía, como una marca invisible que quemaba su piel. Se sentía sucia, aunque no sabía por qué, y la mirada de Gold —esa mirada que no era de padre, ni de jefe— la perseguía en la oscuridad de su mente.
Abajo, Gold se quedó en el centro de la tienda. La rabia seguía bullendo en sus venas, pero ahora estaba mezclada con una satisfacción amarga. Había visto el miedo en los ojos de Ali, un miedo nuevo, uno que no nacía solo del temor al castigo, sino de la comprensión de que él nunca la dejaría ir.
Caminó hacia un rincón oscuro de la tienda donde guardaba un espejo antiguo. Se miró en él. El reflejo le devolvió la imagen de un hombre que estaba perdiendo la batalla contra sus propios demonios.
—¿Padre? —susurró para sí mismo, soltando una risa amarga—. No, muchacho. Un padre deja que sus hijos vuelen. Yo soy el que les corta las alas para que nunca puedan alejarse del nido.
Se dirigió al mostrador y sacó el contrato de Ali. Era un pergamino viejo, amarillento, con su propia firma en sangre y la del rey que la había entregado. Sus dedos recorrieron el nombre de la chica con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos minutos.
—Eres demasiado pura para este mundo, Ali —murmuró—. Y yo soy demasiado oscuro para dejar que alguien más te manche.
Esa noche, el silencio en la tienda de antigüedades fue absoluto, pero no hubo paz. En la planta de arriba, Ali lloraba en silencio, abrazada a su almohada, sintiéndose por primera vez no como una sirvienta, sino como una prisionera de algo mucho más complejo y aterrador que una simple deuda.
Y en la planta de abajo, el Sr. Gold permanecía despierto, sentado en su sillón, con los ojos fijos en la escalera. El joven Ethan no sabía lo cerca que había estado de morir esa mañana, pero Gold sí lo sabía. Y sabía que, a partir de ese momento, la línea que separaba su necesidad de control de algo mucho más oscuro se había borrado para siempre.
Él no quería ser su padre. Él no quería ser su mentor. Él quería ser el principio y el fin de su existencia. Y si para lograrlo tenía que convertir su hogar en una celda y su amor en una cadena, lo haría sin dudarlo. Porque en el retorcido corazón del Oscuro, el amor no era libertad; el amor era la forma final de la posesión.
—Mañana —se dijo Gold, cerrando los ojos mientras imaginaba el rostro aterrorizado y hermoso de Ali—, mañana me pedirá perdón de rodillas. Y yo se lo daré... solo para recordarle que su perdón, al igual que su vida, solo puede venir de mí.
El golpe seco de su bastón contra el suelo cerró la noche, como el sello de una tumba.