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Rumpelstiltskin el nene

La corona de espinas de la obediencia

El amanecer en Storybrooke no trajo consuelo, solo una luz grisácea que se filtraba por las rendijas de la habitación de Ali, recordándole que el mundo seguía girando a pesar de que el suyo se había detenido en un sótano oscuro y en una confesión aterradora. Ali se levantó con los movimientos lentos de alguien que carga con un peso invisible. Siguiendo las órdenes de Gold, buscó en el armario el vestido más modesto que poseía: una prenda de lana gris carbón, de cuello alto y mangas largas que ocultaban hasta sus muñecas. Se trenzó el cabello con una rigidez dolorosa, asegurándose de que ni un solo mechón de plata líquida escapara para tentar la vista de su dueño.

Cuando bajó las escaleras, el Sr. Gold ya estaba allí. Estaba de pie frente al gran ventanal de la tienda, observando la calle principal con la misma intensidad con la que un general observa un campo de batalla. Al escuchar sus pasos, él no se giró de inmediato. Dejó que el silencio se prolongara, permitiendo que el miedo de Ali creciera hasta llenar la habitación.

—Llegas dos minutos tarde, querida —dijo finalmente, girándose con una lentitud calculada.

Gold la escaneó de arriba abajo. Sus ojos, antes llenos de una lujuria contenida, ahora eran pozos de una frialdad analítica. Verla tan cubierta, tan apagada, pareció satisfacer su necesidad de control, pero también encendió una chispa de irritación. Odiaba que ella fuera tan perfecta incluso en su miseria.

—Lo lamento, Amo —susurró Ali, hincando las rodillas en el suelo antes de que él pudiera pedírselo—. No volverá a ocurrir.

Gold caminó hacia ella, el golpe de su bastón resonando como una sentencia. Se detuvo a escasos centímetros de su figura encogida y usó la punta de su bastón para levantarle la barbilla, obligándola a mostrar su rostro pálido.

—Hoy tenemos mucho que hacer —declaró Gold—. He decidido que tu presencia en el mostrador es... contraproducente. Atraes demasiada atención no deseada. Por lo tanto, hoy te dedicarás al inventario de la trastienda. Quiero que catalogues cada objeto, cada contrato y cada baratija que hay en las cajas de madera del fondo. Y Ali... —Hizo una pausa, dejando que la punta del bastón presionara ligeramente su piel—. Si escucho que hablas con alguien, o si te atreves a mirar por la ventana, el castigo del río te parecerá una caricia.

—Entiendo, Amo —respondió ella, con los ojos fijos en la empuñadura de oro del bastón—. Seré invisible. Se lo prometo.

—Invisible —repitió Gold, saboreando la palabra—. Sí, eso es exactamente lo que deberías ser para todos, menos para mí.

Las horas pasaron en una monotonía asfixiante. Ali trabajó en la penumbra de la trastienda, rodeada de objetos que susurraban historias de tratos rotos y corazones vendidos. Sus dedos, aún sensibles por el frío del río y el trabajo con la plata, pasaban sobre pergaminos polvorientos y reliquias oxidadas. Cada vez que escuchaba la campanilla de la puerta principal, se encogía, temiendo que fuera otro hombre, otro "William" o "Ethan" que viniera a provocar la furia de la bestia.

Gold, mientras tanto, atendía a sus clientes con una cortesía mecánica y letal. Pero su mente estaba en la habitación contigua. Podía oír la respiración suave de Ali, el roce de su vestido contra el suelo. Ese conocimiento lo embriagaba. Saber que ella estaba allí, sometida por su propia voluntad y por el miedo que él le había infundido, le daba una sensación de poder que ni siquiera la magia más oscura podía igualar.

Sin embargo, a media tarde, la puerta se abrió con una fuerza inusual. No fue un cliente, sino Regina Mills. La alcaldesa entró en la tienda con su habitual aire de superioridad, sus tacones golpeando el suelo con una autoridad que desafiaba la de Gold.

—Gold, necesito ese amuleto del que hablamos —dijo Regina, sin preámbulos, deteniéndose frente al mostrador—. Y lo necesito ahora. No tengo tiempo para tus juegos de acertijos.

Gold sonrió, una mueca carente de calidez.

—Regina, querida. Siempre tan impaciente. El poder requiere paciencia, algo que pareces olvidar con frecuencia.

Regina arqueó una ceja, pero su mirada se desvió hacia la trastienda. Sus instintos, afilados por años de villanía y supervivencia, captaron una presencia.

—¿Qué tienes ahí atrás? —preguntó ella, con una sonrisa maliciosa—. He oído rumores en el pueblo. Dicen que el Sr. Gold tiene una nueva... adquisición. Una chica rubia, hermosa y, según dicen, bastante joven.

Gold sintió que el aire se volvía pesado. La mención de Ali por parte de Regina era como una amenaza directa.

—No es de tu incumbencia lo que guardo en mi tienda, alcaldesa —respondió Gold, su tono volviéndose peligrosamente bajo.

—Oh, por favor. No me digas que el Oscuro se ha vuelto sentimental —se burló Regina, dando un paso hacia la trastienda—. ¿Es una criada? ¿Una prisionera? ¿O acaso es tu nueva Belle?

Antes de que Gold pudiera detenerla, Regina apartó la cortina de terciopelo. Ali, que estaba arrodillada junto a una caja de libros antiguos, se sobresaltó y miró hacia arriba. Sus ojos azules, llenos de una pureza que Regina reconoció al instante, chocaron con los de la alcaldesa.

—Vaya... —murmuró Regina, evaluando a la chica con una mirada depredadora—. Tenían razón. Es una joya. Una lástima que esté en manos de alguien tan... rancio.

—¡Fuera! —rugió Gold. No fue un grito humano; fue el rugido de la Bestia que habitaba en él. El aire de la tienda vibró y varios objetos de cristal estallaron en las estanterías.

Regina retrocedió, sorprendida por la violencia de la reacción. Gold se interpuso entre ella y Ali, su cuerpo temblando de una furia que amenazaba con desbordarse en magia pura.

—No vuelvas a mirarla —siseó Gold, señalando a Regina con su bastón—. No vuelvas a hablar de ella. Si te acercas a ella, Storybrooke se convertirá en un cementerio antes de que puedas decir "magia".

Regina, viendo que había tocado un nervio mucho más profundo de lo que esperaba, recuperó su compostura y sonrió con frialdad.

—Parece que el gran Sr. Gold tiene una debilidad nueva. Interesante. Me llevaré el amuleto otro día, cuando no estés tan... ocupado protegiendo tu pequeño tesoro.

Regina salió de la tienda, dejando tras de sí un silencio cargado de electricidad. Gold permaneció de espaldas a Ali durante varios minutos, tratando de controlar sus instintos. La presencia de Regina había profanado el santuario que él había construido. Había recordado que el mundo exterior siempre intentaría arrebatarle lo que era suyo.

Se giró hacia Ali. Ella seguía de rodillas, temblando, con las manos apretadas contra su pecho.

—¿La has mirado? —preguntó Gold, su voz era ahora un susurro ronco, lleno de un veneno nuevo.

—No, Amo... yo solo... ella entró de repente —balbuceó Ali, las lágrimas comenzando a caer—. No quise...

—¡Te dije que fueras invisible! —gritó él, golpeando una mesa cercana con su bastón—. ¡Te dije que no permitieras que nadie te viera!

—¡Ella apartó la cortina! —exclamó Ali, en un momento de desesperación—. ¡Yo no hice nada malo!

Gold se acercó a ella con pasos rápidos. La furia y el deseo que había estado reprimiendo se mezclaron en un cóctel explosivo. La agarró por los hombros y la puso en pie con una brusquedad que la hizo soltar un gemido de dolor.

—¿Crees que puedes responderme? —preguntó él, su rostro a centímetros del de ella—. ¿Crees que porque te permito dormir bajo mi techo tienes derecho a alzar la voz?

—No, Amo... lo siento... por favor —suplicó ella, tratando de encogerse.

—Has fallado —sentenció Gold—. Has permitido que la suciedad de este mundo pusiera sus ojos en ti. Y ahora, debes ser purificada. Debes recordar a quién le debes cada aliento.

Gold la arrastró hacia la parte más profunda de la trastienda, donde una pesada puerta de hierro conducía a una pequeña celda que antaño servía para guardar los objetos más peligrosos y malditos. Abrió la puerta y la empujó dentro. El lugar era pequeño, sin ventanas, iluminado solo por una débil bombilla que colgaba del techo. El aire olía a moho y a magia vieja.

—Te quedarás aquí —dijo él, su voz volviéndose gélida—. Sin libros. Sin mantas. Solo tú y el silencio. Quizás así aprendas que tu belleza es una maldición que solo yo puedo gestionar.

—¡Amo, no! —gritó Ali, aferrándose a la levita de Gold—. Por favor, no me deje aquí sola. Tendré más cuidado, seré más obediente. ¡Se lo ruego!

Gold sintió una punzada en el pecho al verla así, tan rota, tan dependiente de él incluso en medio de su crueldad. Pero la sombra de la inseguridad era más fuerte. Necesitaba que ella estuviera tan asustada del mundo exterior que viera su propia tiranía como una forma de salvación.

—Suéltame —ordenó él, apartando sus manos con una frialdad que le dolió más que cualquier golpe.

—Amo... —sollozó ella, cayendo al suelo de la celda.

—Dilo, Ali —exigió él, deteniéndose en el umbral—. Di lo que eres.

Ali bajó la cabeza, su frente tocando el suelo frío de piedra.

—Soy su sierva —susurró entre sollozos—. Soy su propiedad. No soy nada sin usted. Soy suya, Amo.

Gold cerró los ojos por un instante, saboreando la sumisión total de la chica. Era una victoria amarga, pero era suya.

—Recuérdalo —dijo él, y cerró la pesada puerta de hierro.

El sonido del cerrojo fue como un trueno en el pequeño espacio. Gold se quedó apoyado contra la puerta, escuchando los sollozos desesperados de Ali desde el otro lado. Sus manos temblaban. Una parte de él quería abrir la puerta, tomarla en sus brazos y pedirle perdón por ser el monstruo que ella creía que era. Pero el Oscuro no pedía perdón. El Oscuro solo poseía.

Subió a la tienda y se sentó tras el mostrador. La noche cayó sobre Storybrooke, y Gold permaneció allí, en la penumbra, rodeado de sus riquezas. Pero su mente estaba en el sótano, con la chica de cabellos de plata. Se dio cuenta de que, al encerrarla a ella, también se había encerrado a sí mismo. Su obsesión era su propia celda.

Pasaron las horas. Cerca de la medianoche, Gold no pudo soportarlo más. Bajó de nuevo a la trastienda y abrió la puerta de la celda. Ali estaba acurrucada en un rincón, temblando violentamente por el frío y el miedo. Al ver la luz, levantó la vista con una expresión de terror puro que se transformó en alivio al reconocerlo.

—¿Amo? —preguntó con un hilo de voz.

Gold no dijo nada. Entró en la celda y se arrodilló frente a ella. Con una delicadeza que contrastaba con la violencia de la tarde, le apartó el cabello del rostro. Ali no se apartó; al contrario, se inclinó hacia su toque, buscando el calor de su mano como una planta busca el sol, incluso si ese sol la estaba quemando.

—¿Has aprendido la lección, querida? —preguntó él, su voz ahora suave, casi cariñosa.

—Sí, Amo —respondió ella, cerrando los ojos—. El mundo es un lugar terrible. Solo usted me protege. Solo usted me quiere.

Gold sintió un nudo en la garganta. Ella había aceptado su realidad retorcida. La había quebrado lo suficiente como para que viera su abuso como protección.

—Ven aquí —dijo él, abriendo sus brazos.

Ali se lanzó hacia él, abrazándolo con una desesperación que le rompió el corazón. Gold la sostuvo contra su pecho, sintiendo sus sollozos contra su cuello. La levantó en brazos, como si fuera una niña pequeña, y la sacó de la celda.

La llevó a su propia habitación, en