Rumpelstiltskin el nene
La jaula de cristal
El aire en la planta superior de la tienda de antigüedades era denso, cargado con el aroma a cera de vela y el rastro persistente del incienso que Gold quemaba para meditar. Ali estaba sentada en el borde de su pequeña cama, con las manos entrelazadas sobre su regazo. El silencio de la noche solo era interrumpido por el crujido ocasional de la madera vieja.
Gold entró sin llamar. No lo necesitaba; él era el dueño de cada centímetro de aquel edificio y de todo lo que respiraba dentro de él. Se quedó de pie junto a la puerta, su silueta recortada por la luz tenue del pasillo. Su rostro estaba sumido en las sombras, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Ali no podía descifrar.
—¿Has reflexionado sobre tu comportamiento hoy, Ali? —preguntó él, su voz era un susurro que cortaba el aire como una navaja.
Ali levantó la vista, sus ojos azules estaban inyectados en sangre por el llanto, pero en el fondo de su mirada había una chispa de confusión que finalmente encontró palabras.
—He reflexionado, Amo —respondió ella con suavidad, aunque su voz temblaba—. Pero hay algo que no comprendo. ¿Por qué le dolió tanto lo que dijo ese chico? ¿Por qué le enfureció que pensara que usted es mi padre?
Gold apretó el pomo de su bastón con tal fuerza que la madera pareció gemir. Se acercó un paso, entrando en el círculo de luz de la lámpara de aceite.
—Es una suposición insolente —siseó él—. Una falta de respeto a mi posición.
—Pero... —Ali se puso de pie, impulsada por una curiosidad inocente y peligrosa—. Podría serlo, ¿verdad? Usted conoció a mi madre. Estuvo con ella antes de que yo naciera. Ella siempre hablaba de un hombre poderoso y oscuro que marcó su vida. Si usted fuera mi padre, eso explicaría por qué me trajo aquí, por qué me cuida a pesar de que dice odiar mi linaje. Sería... sería casi un alivio saber que hay un lazo de sangre.
Gold soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de toda calidez. Se acercó a ella con pasos lentos y deliberados, acortando la distancia hasta que Ali pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El tono condescendiente que solía usar desapareció, reemplazado por una gravedad oscura.
—¿Un alivio, querida? —preguntó él, rodeándola como un lobo que evalúa a su presa—. ¿Tanto anhelas la comodidad de una familia que estás dispuesta a ignorar la realidad que tienes frente a tus ojos?
—Es que no lo entiendo —insistió ella, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared—. Si no es por eso, ¿por qué me mira con tanta rabia cuando otros hombres se acercan? Un padre protegería a su hija así.
Gold se detuvo frente a ella, apoyando una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Ali, atrapándola. Su rostro estaba a centímetros del suyo. La pureza de la chica, su aroma a jabón de flores y juventud, golpeó los sentidos del Oscuro como un veneno dulce.
—¿Quieres que te considere mi hija, Ali? —preguntó él, su voz bajando a un registro ronco y visceral—. ¿Es eso lo que realmente deseas? ¿Que te vea como a una niña, como a un fruto de mi propia sangre al que debo entregar castamente al mundo?
Ali asintió levemente, asustada por la intensidad de su mirada.
—Sería... lo correcto —susurró ella.
Gold soltó un gruñido bajo y su mirada descendió. Recorrió el cuerpo de la chica, deteniéndose en el vestido que llevaba. Era una prenda que él mismo le había dado, de una seda fina que se ajustaba a sus curvas incipientes. Debido al calor de la habitación y al nerviosismo, el vestido se había subido ligeramente, dejando al descubierto sus muslos blancos y perfectos.
—Mírate —dijo Gold, y su voz tembló por primera vez, no de miedo, sino de una contención violenta—. Mírate y dime si un padre sentiría lo que yo siento cuando te veo moverte por mi casa. ¿Crees que un padre pasaría las noches en vela, no por preocuparse por tu bienestar, sino porque la imagen de tu piel bajo la luz de la luna no lo deja respirar?
Ali abrió los ojos de par en par, su respiración se volvió errática. La maldad no existía en ella, pero el instinto empezó a gritarle que la naturaleza de la obsesión de Gold era algo mucho más carnal de lo que ella podía imaginar.
—Amo... —balbuceó, tratando de apartarse.
—¡Mírame! —rugió él, obligándola a sostenerle la vista—. ¿Quieres que sea tu padre incluso cuando esa ropa tan corta que llevas me causa reacciones que ningún padre debería tener? ¿Incluso cuando cada vez que te inclinas para limpiar el suelo siento el impulso de olvidar todos mis contratos y simplemente tomar lo que es mío por derecho de conquista?
El silencio que siguió fue absoluto. Ali sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. La revelación de Gold era como un abismo abriéndose frente a ella. No era solo su dueño; era un hombre que la deseaba con una desesperación que rozaba la locura.
—Usted... usted no puede sentir eso —susurró ella, las lágrimas volviendo a brotar—. Es pecado. Soy joven, soy su sierva...
—Soy el Oscuro, Ali —dijo él, su voz cargada de una amargura infinita—. He cometido pecados que harían que tus dioses se taparan los ojos de horror. ¿Crees que la moralidad de Storybrooke significa algo para mí cuando se trata de poseer lo que deseo?
Él deslizó la mano que tenía en la pared hacia abajo, rozando el brazo de Ali con el dorso de sus dedos. El contacto hizo que ella se estremeciera de pies a cabeza.
—Ese muchacho, el panadero... —continuó Gold, su pulgar acariciando ahora la línea de su mandíbula—. Él te miraba como si fueras una tarta en un escaparate. Yo te miro y veo mi redención y mi condena, todo en uno. Y la idea de que alguien más ponga sus manos sobre ti, de que alguien más pruebe la dulzura de tu voz... me hace querer quemar este mundo hasta las cenizas.
Ali se hundió en sí misma, sollozando. La carga de ser el objeto de tal deseo era demasiado pesada para sus hombros frágiles.
—Por favor, Amo... no diga esas cosas. Castígueme, hágame trabajar, pero no me mire así. Me hace sentir... sucia.
Gold sintió una punzada de dolor ante esa palabra, pero su egoísmo era más fuerte. La atrajo hacia sí, obligándola a sentir la dureza de su pecho contra la suavidad del suyo.
—No eres sucia, Ali. Eres perfecta. Y por eso vas a aprender a aceptarlo —dijo él, su voz volviendo a ser fría y autoritaria—. No volverás a mencionar el nombre de tu madre. No volverás a buscar lazos de sangre donde solo hay cadenas de deseo. Eres mi propiedad, y mi deseo es el único sol bajo el que vivirás.
Él la soltó bruscamente. Ali cayó de rodillas, sollozando desconsoladamente, con el cabello cubriéndole el rostro como un velo de plata.
—Mañana —dijo Gold, recuperando su máscara de frialdad mientras se dirigía a la puerta—, bajarás a la tienda a primera hora. Te pondrás el vestido más largo y recatado que encuentres, y no levantarás la vista del suelo en todo el día. Si vuelvo a ver un ápice de esa curiosidad insolente en tus ojos, el castigo no será limpiar plata.
—Sí, Amo —respondió ella entre sollozos, su voz apenas audible—. Lo siento, Amo.
Gold se detuvo en el umbral, mirando por última vez la figura rota de la chica. Una parte de él, la parte que todavía recordaba lo que era ser un hombre, quería arrodillarse junto a ella y consolarla. Pero Rumpelstiltskin, el ser que había sobrevivido a siglos de traiciones, sabía que la única forma de mantenerla era rompiéndola.
—Duerme bien, querida —dijo con un rastro de su habitual sarcasmo venenoso—. Mañana será un día muy largo.
Cerró la puerta con llave desde fuera. El sonido del cerrojo encajando resonó en el pasillo como una sentencia final.
Gold bajó las escaleras lentamente, apoyándose pesadamente en su bastón. Sus manos aún temblaban. Se sirvió un vaso de whisky en la parte trasera de la tienda y se sentó en la oscuridad, escuchando los sollozos que filtraban a través del techo.
Había cruzado una línea de la que no había retorno. Ahora ella lo sabía. Sabía que su jaula no era solo de contrato, sino de una pasión oscura y asfixiante. Y mientras el alcohol quemaba su garganta, Gold se preguntó cuánto tiempo más podría contener a la bestia antes de que el deseo de poseerla por completo superara su necesidad de verla sonreír.
—Cariño —susurró a la oscuridad—, nunca fuiste mi hija. Fuiste el precio que decidí cobrarle al destino por mi soledad.
Arriba, Ali se acurrucó en el suelo frío, rezando por un perdón que sentía que ya no merecía, atrapada en el abrazo invisible de un hombre que la amaba como un incendio ama al bosque que consume.