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sangre y plumas..

Sinfonía de Sombras y Lazos de Sangre

La calma había regresado, al menos superficialmente, a los pasillos de la Academia de Hechicería de Tokio. Tras una semana de incidentes bochornosos y puertas abiertas en los momentos menos oportunos, parecía que un pacto silencioso de decencia se había instaurado entre todos. Incluso Gojo Satoru, conocido por su falta de límites, se esforzaba por no exhibirse de manera tan flagrante con Suguru en las áreas comunes, aunque las sonrisas que intercambiaban seguían cargadas de una electricidad que cualquiera con un mínimo de sensibilidad podía detectar.

Min Seo se encontraba en el campo de entrenamiento exterior, sintiendo la brisa fresca de la mañana acariciar su rostro. Llevaba su uniforme habitual: la sudadera azul marino de satén con botones dorados y sus shorts ajustados que dejaban al descubierto sus piernas blancas y el pequeño tatuaje de estrellas en su muslo derecho. Se ajustó los calentadores y dio un salto en su lugar, sintiendo el peso reconfortante de sus botas de plataforma.

—¿Lista para otro asalto, Min? —preguntó Maki Zen'in, haciendo girar su lanza con una destreza envidiable.

A su lado, Nobara Kugisaki jugueteaba con un clavo entre sus dedos, con una sonrisa desafiante.

—No creas que vamos a ser suaves contigo solo porque Choso nos esté mirando con cara de querer asesinarnos si te hacemos un rasguño —añadió Nobara, señalando con el pulgar hacia un árbol cercano.

Efectivamente, Choso estaba allí, apoyado contra el tronco con los brazos cruzados sobre su túnica clara. Sus ojos claros seguían cada movimiento de Min con una intensidad protectora, y la línea oscura sobre su nariz parecía acentuarse con su expresión de concentración. Aunque intentaba mantenerse al margen, su postura gritaba que estaba listo para intervenir al menor signo de peligro.

—Ignórenlo —dijo Min Seo con una risita, sus ojos heterocromáticos brillando bajo el flequillo de su corte wolfcut—. Choso sabe que puedo cuidarme sola. Además, necesito perfeccionar el control de mis Búhos del Eco en combate cuerpo a cuerpo.

—¡Entonces, allá voy! —gritó Nobara, lanzando tres clavos imbuidos en energía maldita hacia Min.

Min Seo no retrocedió. En lugar de eso, abrió la boca y soltó un fragmento de sonido distorsionado, una nota baja que vibró en el aire.

—*Escudo de Resonancia* —susurró.

El sonido se materializó en una onda semitransparente que desvió los clavos justo antes de que tocaran su piel. Casi al mismo tiempo, las sombras bajo sus pies se agitaron y dos Búhos del Eco surgieron, volando velozmente hacia Maki.

Maki, con sus reflejos sobrehumanos, esquivó el ataque de las criaturas de sombra y se lanzó hacia Min con su lanza. El entrenamiento era intenso; Maki no retenía sus golpes, obligando a Min a usar su "Manipulación de Oscuridad" para teletransportarse en ráfagas cortas, apareciendo y desapareciendo como un parpadeo de luz rosada y negra.

—¡Tu velocidad ha mejorado, pero tu guardia baja cuando te mueves a la izquierda! —le gritó Maki, lanzando una estocada que Min apenas esquivó por milímetros.

Desde la distancia, Choso apretó los puños. Ver a Min en combate siempre era una lucha interna para él. Su instinto de "hermano mayor" y pareja le pedía a gritos que la pusiera a salvo, pero su respeto por ella y por su crecimiento como hechicera lo mantenía anclado al suelo. Soltó un suspiro tembloroso, un sonido pequeño que se perdió en el viento. Estaba orgulloso, pero su corazón era demasiado emocional para procesarlo con calma.

—Se está volviendo fuerte, ¿verdad? —La voz de Itadori Yuji lo sacó de sus pensamientos.

Yuji se acercó con Megumi Fushiguro a su lado. Ambos lucían más relajados que de costumbre. Yuji llevaba su sudadera roja bajo el uniforme y Megumi mantenía esa expresión fría pero serena, con las manos en los bolsillos.

—Ella siempre ha sido fuerte —respondió Choso con voz ronca—, pero ahora su energía tiene un propósito más claro.

—Deberías relajarte un poco, Choso —dijo Megumi, observando el entrenamiento—. Si sigues tan tenso, vas a terminar activando tu técnica de sangre por puro estrés.

Choso miró a los dos jóvenes. Había notado que ellos también habían sido más discretos. Ya no se los encontraba en situaciones comprometidas en la sala común; ahora se limitaban a rozar sus manos o a compartir miradas profundas que hablaban de una intimidad madura y respetuosa.

—Lo intento —admitió Choso, volviendo su vista a Min—. Es solo que... ella es todo lo que tengo.

En el campo, el entrenamiento terminó con las tres chicas jadeando por el esfuerzo. Min Seo se limpió el sudor de la frente, sintiendo sus músculos arder de una forma satisfactoria.

—Buen trabajo hoy —dijo Maki, guardando su arma—. Has aprendido a integrar el sonido con tus sombras de forma mucho más fluida.

—¡Sí! Casi me dejas sorda con ese último grito —rio Nobara, guardando su martillo—. Vamos adentro, muero de hambre.

Min Seo asintió y caminó hacia Choso. En cuanto estuvo cerca, él se despegó del árbol y la envolvió en un abrazo que parecía querer fundirla con él. Min se rió, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando la cabeza en su pecho, escuchando el latido rápido del corazón de Choso.

—¿Estás bien? —preguntó él de inmediato, sus manos acariciando sus hombros y bajando por sus brazos—. ¿Te duele algo? ¿Min, estás bien?

—Estoy bien, Choso, de verdad —respondió ella, levantando la vista para ver sus ojos claros—. Solo estoy un poco cansada. Tus cuidados me ayudan más que cualquier medicina de Shoko.

Choso soltó un pequeño gemido de alivio, ocultando su rostro en el hueco del cuello de Min. Era tan vulnerable ante ella, tan propenso a dejarse llevar por la marea de sus sentimientos.

—Vamos a descansar —murmuró él, tomándola de la mano de forma protectora mientras se dirigían al edificio principal.

Al entrar, se cruzaron con el profesor Geto y Gojo. Suguru caminaba con elegancia, su largo pelo negro perfectamente peinado y su uniforme tipo kimono impecable. Satoru, por otro lado, caminaba con las manos tras la nuca, bromeando sobre algo que hacía que Suguru rodara los ojos con una sonrisa contenida.

—¡Ah, los jóvenes amantes y su entrenamiento matutino! —exclamó Gojo al verlos—. Min, Shoko dice que pases por la enfermería luego, solo para un chequeo de rutina de tus cuerdas vocales. No queremos que te quedes muda en mitad de una misión.

—Lo haré, profesor —respondió Min con respeto.

—Y Choso —añadió Geto, con su voz suave y profunda—, intenta no asustar a los de primer año con esa mirada de muerte. Estamos en tiempos de paz relativa, disfruta un poco.

Choso solo asintió, sin soltar la mano de Min. Había algo en la presencia de Geto que lo hacía sentirse comprendido; ambos sabían lo que era cargar con una naturaleza que otros considerarían monstruosa, y ambos habían encontrado un ancla en alguien más.

La tarde transcurrió con una normalidad inusual. Min Seo pasó por la enfermería, donde Shoko la recibió con el habitual olor a tabaco y una mirada de cansancio crónico.

—Tus cuerdas vocales están perfectas, Min —dijo Shoko, revisando unos papeles—. Pero tu energía está muy ligada a tus emociones. Si Choso te hace llorar o algo así, podrías terminar provocando un terremoto sónico sin querer.

Min se sonrojó, pensando en lo emocional que era su pareja.

—No creo que eso pase, Shoko-san. Él es muy... cuidadoso conmigo.

—Lo sé, lo sé. Ese chico te mira como si fueras una diosa —rio Shoko—. Ahora vete, tengo que atender a Inumaki, que se acabó el jarabe para la garganta otra vez.

—¡Salmón! —exclamó Inumaki entrando en ese momento, saludando a Min con la mano antes de sentarse en la camilla.

Min Seo regresó a su habitación, sintiéndose extrañamente ligera. Al llegar, encontró a Choso esperándola. Había preparado algo de té y la habitación estaba iluminada por la suave luz de la tarde que entraba por la ventana.

—Pensé que querrías relajarte —dijo él, un poco tímido.

Min cerró la puerta y, esta vez, se aseguró de echar la llave. Se acercó a él y lo abrazó por la espalda, sintiendo la tela suave de su túnica.

—Gracias, Choso. Eres el mejor.

Él se giró en sus brazos, tomándola por la cintura y subiéndola al escritorio que estaba junto a la ventana. Sus ojos se encontraron y el ambiente cambió instantáneamente. Ya no era la camaradería del entrenamiento ni la protección del hermano mayor; era el deseo puro que siempre latía entre ellos.

Choso comenzó a besar su cuello, sus labios moviéndose con una devoción casi religiosa. Sus manos bajaron hasta los muslos de Min, apretando la carne firme y blanca. Min soltó un jadeo, echando la cabeza hacia atrás.

—Choso... —susurró ella, sintiendo cómo sus puntos sensibles reaccionaban al tacto de él.

Él se detuvo un momento, mirándola con esos ojos cargados de una emoción que siempre parecía estar a punto de desbordarse.

—¿Estás bien, Min? —preguntó, su voz temblando ligeramente—. ¿Puedo seguir? ¿No te incomoda?

Min Seo sonrió, acariciando las marcas oscuras en el rostro de Choso antes de atraerlo para un beso profundo.

—Estoy más que bien. Te quiero, Choso.

Él soltó uno de esos gemidos bajos, casi un sollozo de felicidad, y se entregó por completo a ella. Choso era un hombre que se dejaba llevar, que no temía mostrar su vulnerabilidad en la intimidad. Sus manos eran expertas en encontrar los tatuajes de Min, trazando las estrellas de su muslo y la marca del beso bajo su pecho con una ternura que contrastaba con la fuerza de su técnica de sangre.

En el clímax de su encuentro, Choso se aferró a ella como si fuera su único ancla en un mar tormentoso. Sus susurros de amor y sus sonidos de entrega llenaron la habitación, pero esta vez, gracias al sello de silencio que Min había aprendido a colocar, nadie los interrumpió.

Mientras tanto, en el comedor de la Academia, el resto del grupo cenaba en paz.

—Es extraño que no hayamos escuchado ningún grito hoy —comentó Nobara, pinchando un trozo de carne con su palillo.

—Tal vez finalmente aprendieron a usar el sentido común —dijo Megumi, aunque Yuji le dio un codazo juguetón por debajo de la mesa.

—O tal vez Min Seo finalmente perfeccionó su técnica de sellado —añadió Maki con una sonrisa de suficiencia—. Esa chica aprende rápido.

Gojo, sentado al final de la mesa con Geto, levantó su vaso de té.

—Por la privacidad —brindó con sarcasmo—. Y porque Shoko no tenga que tratar más traumas oculares por culpa de nosotros.

Suguru rió, una risa genuina que iluminó su rostro.

—Amén a eso, Satoru.

La vida en la Academia de Hechicería de Tokio seguía su curso. Entre misiones peligrosas y entrenamientos agotadores, los lazos que se habían formado —los de Yuji y Megumi, los de Gojo y Geto, y especialmente el de Min Seo y Choso— servían como el único refugio real en un mundo lleno de sombras.

Esa noche, mientras Min y Choso descansaban entrelazados bajo las mantas, Min se sintió completa. Sus ojos heterocromáticos se cerraron mientras escuchaba la respiración acompasada de Choso. Él, incluso dormido, la mantenía sujeta, como si temiera que se desvaneciera como una de sus sombras.

—Siempre estaré aquí —susurró ella antes de quedarse dormida.

Y en el silencio de la habitación, el eco de su voz pareció sellar una promesa que ni siquiera las maldiciones más poderosas podrían romper. La Academia era un caos, sí, pero era su caos, su hogar, y el lugar donde una chica de sombras y un hombre de sangre habían encontrado, finalmente, la paz que tanto anhelaban.