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sangre y plumas..

Sinfonía de Suspiros y el Arte de Tocar a la Puerta

La mañana en la Academia de Hechicería de Tokio no había comenzado con el pie derecho, al menos no para Shoko Ieiri. La doctora de la institución caminaba por los pasillos con una ojera más marcada de lo habitual y un café cargado en la mano derecha. El problema no eran las maldiciones, ni los heridos de grado especial; el problema era que la Academia se había convertido en un campo minado de hormonas y falta de pudor.

—Si vuelvo a abrir una puerta y encuentro a alguien sin pantalones, juro por mi título de médica que los enviaré a todos a una misión de purga en una alcantarilla —murmuró Shoko para sí misma, pasando frente a la sala de entrenamiento.

Dentro, la escena era engañosamente normal. Maki Zen'in estaba puliendo su lanza, mientras que Inumaki Toge asentía a sus comentarios mientras comía una bola de arroz. Sin embargo, el aire se sentía pesado en otras secciones del edificio.

En la zona de los dormitorios de los profesores, la tensión era de un tipo diferente. Suguru Geto estaba sentado en el borde de su cama, intentando abrocharse los botones de su uniforme tipo kimono, pero unas manos pálidas y largas se lo impedían constantemente.

—Satoru, detente —dijo Geto con una sonrisa cansada, aunque sus ojos morados brillaban con diversión—. Tenemos clase en diez minutos. No podemos llegar tarde otra vez. Yaga ya sospecha por qué siempre tenemos el pelo revuelto.

—¡Oh, vamos, Suguru! —exclamó Gojo Satoru, cuya venda de los ojos descansaba sobre la mesa de noche, dejando al descubierto el azul infinito de sus Seis Ojos—. El "Infinito" puede detener el tiempo, pero no puede detener lo mucho que me gustas por las mañanas. Además, dudo que Yaga quiera entrar aquí sin avisar después de lo que pasó el martes.

Geto soltó una carcajada corta. El martes, el director Yaga había entrado para entregar unos informes y se había encontrado con Gojo inmovilizando a Geto contra la pared en una posición que desafiaba la gravedad y la decencia académica. El director no había vuelto a dirigirles la palabra durante dos días.

—Precisamente por eso debemos ser discretos —insistió Suguru, logrando finalmente apartar las manos de Satoru y ponerse de pie—. La disciplina es importante, incluso para los hechiceros más fuertes.

—La disciplina es aburrida —replicó Gojo, levantándose también y abrazando a Suguru por la espalda, hundiendo su rostro en el cuello del pelinegro—. Pero está bien, iré a dar mi clase. Solo porque prometiste que iríamos por soba después.

Mientras los profesores lograban, por una vez, salir de su habitación sin ser "atrapados", en el ala de los estudiantes de primer y segundo año, la situación era mucho más volátil.

Itadori Yuji y Megumi Fushiguro estaban supuestamente "estudiando" en la biblioteca. La biblioteca era un lugar silencioso, lleno de estanterías altas y rincones oscuros que olían a papel viejo y madera. Era el escondite perfecto, o eso creían ellos.

—Megumi, relájate —susurró Yuji, cuya sudadera roja destacaba entre las sombras de los estantes—. Nadie viene a esta sección de historia de las maldiciones de la era Heian a estas horas.

—Eso dijiste la última vez y Nobara casi nos lanza un martillo —respondió Megumi, aunque su voz carecía de convicción mientras sentía las manos de Yuji subir por sus costados, por debajo de la chaqueta del uniforme—. Itadori, hablo en serio...

—A mí me parece que no hablas tan en serio —dijo Yuji con una sonrisa traviesa, acercándose para besar el cuello de Megumi, justo donde el pulso del chico de pelo rebelde latía con fuerza.

Megumi soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos, dejando caer el libro que sostenía. Sus manos buscaron instintivamente los hombros de Yuji. La piel pálida de Megumi contrastaba con el calor vibrante que emanaba del recipiente de Sukuna. Estaban a punto de perderse en el momento cuando el sonido de unos pasos rápidos y el arrastrar de una puerta corrediza los hizo saltar.

—¡ATÚN CON MAYONESA! —gritó Inumaki, entrando en el pasillo con una bolsa de bocadillos.

Se detuvo en seco al ver a Yuji con una mano dentro de la camisa de Megumi y a este último con el rostro del color de un tomate maduro. Inumaki parpadeó, bajó lentamente el cuello de su uniforme y ladeó la cabeza.

—Hojuelas de bonito... —dijo con un tono de decepción profunda, negando con la cabeza.

—¡Inumaki-senpai! ¡No es lo que parece! —exclamó Yuji, levantando las manos como si lo hubieran atrapado robando dulces.

—Es exactamente lo que parece —gruñó Megumi, cubriéndose la cara con las manos—. Mátenme ahora mismo.

Inumaki simplemente suspiró, señaló la puerta con un gesto autoritario de "vayan a su cuarto" y se retiró mientras comía un onigiri, dejando a la pareja en un silencio sepulcral y sumamente incómodo.

Pero si había una pareja que personificaba el caos emocional y la pasión desmedida en la Academia, esa era la de Min Seo y Choso.

Min estaba en su habitación, terminando de ajustar su uniforme de satén azul marino. Se miró al espejo, acomodando su flequillo wolfcut y asegurándose de que el piercing de su labio estuviera en su lugar. Sus ojos heterocromáticos, uno rosa y otro café oscuro, reflejaban una mezcla de cansancio y satisfacción. Había estado entrenando duro con sus Búhos del Eco, y su cuerpo pedía un respiro.

La puerta se abrió sin previo aviso. Choso entró, cerrando con un golpe seco a sus espaldas. Su expresión era sombría, como siempre, pero había un brillo especial en sus ojos claros cuando se posaron en Min.

—Te busqué en el campo de entrenamiento —dijo Choso, acercándose a ella con pasos largos. Su estola clara ondeaba ligeramente tras él—. Pensé que te habías sobreesforzado.

—Estoy bien, Choso —respondió Min, sonriendo con dulzura y mostrando el lunar bajo su labio—. Solo necesitaba un momento de silencio.

Choso no esperó más. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él con una urgencia que siempre sorprendía a Min. A pesar de su apariencia estoica, Choso era un hombre profundamente emocional, un "man who whimpers" en toda regla cuando se trataba de su intimidad con ella. Se dejaba llevar por sus sentimientos de una manera casi física, buscando constantemente la validación y el calor de Min.

—Min... —susurró él, hundiendo su rostro en el hombro de ella—. ¿Segura que estás bien? ¿No te duele nada?

—Choso, mírame —dijo ella, tomando su rostro entre sus manos, acariciando la línea oscura que cruzaba su nariz—. Estoy perfecta. Solo te quería a ti.

Choso soltó un pequeño gemido, un sonido bajo y vulnerable que hizo que el corazón de Min se acelerara. Él se arrodilló frente a ella, una posición de absoluta devoción. Sus manos, marcadas por su técnica de sangre, comenzaron a subir por las piernas blancas de Min, deteniéndose justo en sus muslos, uno de sus puntos más sensibles.

—¿Puedo? —preguntó Choso, levantando la vista. Sus ojos estaban cargados de un deseo que bordeaba la desesperación.

—Sí —susurró Min, sintiendo un escalofrío recorrer su columna.

Choso comenzó a besar la piel de sus muslos con una lentitud tortuosa. Sus manos apretaban con firmeza, rozando el tatuaje de las dos estrellas en el muslo derecho de Min. Ella soltó un jadeo, sus dedos enredándose en los moños desordenados del cabello negro de Choso.

—Eres tan... tan hermosa —murmuró Choso entre besos, su voz rompiéndose—. No merezco esto, Min. No merezco tenerte.

—Cállate, tonto —dijo ella, inclinándose para besarlo, sintiendo la humedad en las mejillas de Choso. Él siempre se ponía así de sentimental, dejándose llevar por la intensidad del momento hasta el punto de soltar pequeñas lágrimas de alivio y placer—. Eres lo mejor que me ha pasado.

Choso la subió a la cama con una delicadeza asombrosa para alguien con su fuerza. Sus manos buscaron su clítoris con una precisión que solo el conocimiento profundo del cuerpo del otro proporciona. Min arqueó la espalda, su voz perdiendo su tono sombrío de combate para convertirse en una melodía de puro placer.

—Choso... ¡ahí! —exclamó ella, sus ojos rosado y café perdiendo el enfoque.

Choso soltaba gemidos constantes, sonidos de entrega absoluta mientras se movía contra ella. Era un intercambio de energía y amor que los aislaba del mundo exterior. Sin embargo, la Academia de Hechicería de Tokio tenía una regla no escrita: si algo bueno está pasando, alguien va a interrumpirlo.

—¡MIN SEO! ¡¿HAS VISTO MI CARGADOR?! —La voz de Nobara Kugisaki retumbó mientras la puerta se abría de par en par. Nobara no era de las que tocaban, y menos si estaba de mal humor porque su teléfono se había apagado.

La escena que encontró la dejó paralizada. Choso estaba sobre Min, con la túnica desordenada y el rostro empapado de sudor y emoción, mientras Min intentaba cubrirse con la capucha de su sudadera azul, con las piernas aún enredadas en la cintura de él.

Hubo un silencio de tres segundos que pareció durar una eternidad.

—¡POR EL AMOR DE DIOS! —gritó Nobara, cubriéndose los ojos con una mano mientras señalaba al aire con la otra—. ¡¿ES QUE NADIE EN ESTA ESCUELA SABE PONER EL SEGURO?! ¡MIS OJOS! ¡MIS POBRES E INOCENTES OJOS!

—¡Kugisaki, sal de aquí! —gritó Min, roja de la vergüenza, mientras invocaba un pequeño Búho del Eco para que empujara a su amiga fuera del cuarto.

—¡ME DEBEN UN CARGADOR Y UNA TERAPIA PSICOLÓGICA! —rugió Nobara desde el pasillo mientras la puerta finalmente se cerraba.

Choso se dejó caer a un lado de Min, cubriéndose la cara con su bufanda, soltando un gemido de pura agonía emocional.

—Quiero morir —murmuró él, su voz amortiguada por la tela—. Esto es... es el fin de mi dignidad como hermano mayor.

Min Seo, a pesar de la vergüenza, no pudo evitar soltar una carcajada. Se giró hacia él y le quitó la bufanda de la cara, besando su nariz.

—Bueno, al menos ya todos saben que somos muy activos —bromeó ella, tratando de animarlo.

—No ayuda, Min. No ayuda en nada —dijo Choso, aunque terminó sonriendo débilmente y abrazándola con fuerza.

Más tarde esa noche, todos se reunieron en el comedor para la cena. El ambiente era... interesante. Gojo y Geto comían tranquilamente, compartiendo un plato de tempura como si no hubieran sido la causa del trauma de Yaga esa mañana. Yuji y Megumi evitaban la mirada de Inumaki, quien masticaba su arroz con una expresión de superioridad moral.

Nobara, por su parte, miraba fijamente a Min Seo y Choso, que acababan de llegar. Min caminaba con total normalidad, luciendo su uniforme "dark cute" con orgullo, mientras que Choso caminaba un paso detrás de ella, con la cabeza gacha y las orejas todavía rojas.

—¿Dormiste bien, Min? —preguntó Maki con una sonrisa maliciosa, ajustándose las gafas rosa.

—Como un tronco, Maki. Gracias por preguntar —respondió Min, sentándose y tomando sus palillos con elegancia coreana.

—¿Y tú, Choso? —insistió Nobara—. Pareces... agotado. ¿Mucha meditación?

Choso casi se atraganta con su sopa de miso.

—Hojuelas de bonito —sentenció Inumaki desde la otra punta de la mesa, provocando que Yuji soltara una risita nerviosa.

—¡Ya basta todos! —intervino Gojo, levantándose con su habitual energía desbordante—. Como profesor y figura de autoridad altamente respetable...

—Eso es debatible —interrumpió Shoko desde el fondo, fumando un cigarrillo cerca de la ventana abierta.

—...he decidido que mañana instalaremos cerraduras electrónicas con código en todas las habitaciones —continuó Gojo, ignorando a Shoko—. No porque me importe su privacidad, sino porque ya no quiero escuchar las quejas de Yaga sobre el "deterioro moral" de la juventud actual. ¡Además, Suguru y yo ya elegimos el código para la nuestra!

—Satoru, siéntate —dijo Geto, aunque no pudo evitar sonreír mientras tiraba ligeramente de la manga del peliblanco para que volviera a su lugar.

La cena continuó entre bromas, quejas de Nobara sobre la falta de centros comerciales cerca de la academia y las constantes atenciones de Choso hacia Min, asegurándose de que tuviera la mejor parte del pescado y preguntándole cada cinco minutos si necesitaba algo de beber.

A pesar de los encuentros comprometedores, de las puertas mal cerradas y de la tensión constante, había una calidez innegable en aquel grupo. Eran hechiceros, personas destinadas a morir jóvenes o a ver morir a sus seres queridos, pero en esos momentos, en esa mesa, eran simplemente jóvenes enamorados, amigos y mentores intentando encontrar un poco de normalidad en un mundo de pesadilla.

Min Seo sintió la mano de Choso buscar la suya bajo la mesa. Él apretó sus dedos con suavidad, una conexión silenciosa que decía más que mil palabras. Ella le devolvió el apretón, mirando a su alrededor: a Yuji riendo con Megumi, a Maki discutiendo con Nobara, y a sus profesores compartiendo un mundo privado solo para ellos.

—Mañana será un día largo —susurró Choso al oído de Min.

—Sí —respondió ella, recostando su cabeza en el hombro de él por un segundo—. Pero mientras estemos juntos, que abran todas las puertas que quieran. Ya no tenemos nada que ocultar.

Choso se sonrojó violentamente, soltando un pequeño sonido ahogado que hizo que Min sonriera. Sabía que él no era tan valiente como ella en ese aspecto, pero también sabía que, pase lo que pase, él siempre estaría allí para atraparla, para cuidarla y para amarla con esa intensidad emocional que solo un hombre como él podía ofrecer.

Y así, bajo las luces tenues del comedor de la Academia, la vida seguía su curso. Un desastre hermoso, ruidoso y lleno de amor que ni la maldición más poderosa podría apagar.