Sangre y sol
Entre las sombras de los libros y el eco de los balones
La eternidad tiene un ritmo pausado, casi imperceptible, pero para Carlos Acevedo, los últimos siete días habían transcurrido con una velocidad alarmante que amenazaba con desintegrar su compostura. Desde que Guillermo Ochoa se mudó a la casa de al lado, el silencio sepulcral de la mansión Acevedo se había visto interrumpido por el rebote rítmico de un balón de fútbol contra el pavimento y las risas estruendosas que Memo compartía con cualquiera que pasara por la acera.
Carlos observaba desde la rendija de sus pesadas cortinas. Su naturaleza de vampiro lo obligaba a la discreción, pero su corazón —ese órgano que creía jubilado tras dieciocho siglos de existencia— latía con una fuerza desconocida cada vez que veía los rizos de Guillermo saltar mientras practicaba sus reflejos frente a una portería imaginaria.
— Es solo un humano —se repetía Carlos a sí mismo, apretando un ejemplar de poesía barroca contra su pecho—. Un humano ruidoso, brillante y… terriblemente encantador.
El problema radicaba en que Guillermo no se contentaba con ser un vecino distante. Guillermo era una fuerza de la naturaleza.
Un jueves por la tarde, cuando el cielo se tiñó de un gris plomizo que Carlos adoraba, el timbre de la mansión sonó. Carlos se tensó. Nadie tocaba a su puerta a menos que fuera un repartidor despistado. Al abrir, se encontró con la viva imagen del sol, a pesar de la falta de luz solar.
— ¡Qué onda, Carlos! —saludó Memo, con una sonrisa que mostraba todos sus dientes y unos ojos chispeantes de energía—. Oye, mi mamá hizo demasiada pasta y me dijo que te trajera un poco. Dice que te ves muy flaquito, seguro no comes bien por estar todo el día encerrado.
Carlos sintió que el calor subía por su cuello, una sensación física que detestaba porque lo delataba por completo. Sus manos empezaron a temblar ligeramente al recibir el recipiente de vidrio.
— Gracias —logró susurrar, bajando la mirada hacia sus propios pies descalzos—. No era necesario.
— ¡Claro que sí! —Memo se apoyó en el marco de la puerta, invadiendo ese espacio personal que Carlos protegía con tanto celo—. Además, quería preguntarte algo. He visto que tienes una biblioteca enorme desde la calle. ¿A poco sí lees todo eso?
Carlos asintió tímidamente, sin atreverse a sostenerle la mirada por más de un segundo.
— Algunos… varias veces —respondió Carlos, retrocediendo un paso hacia la oscuridad de su vestíbulo—. Me gusta la historia.
— ¡Qué loco! A mí me aburre un poco, la neta. Prefiero estar afuera, ya sabes, moviéndome. El profe del taller de fut dice que tengo buenos reflejos, pero que necesito concentrarme más —Memo soltó una carcajada y se rascó la nuca—. Oye, ¿no quieres salir un rato? No hay sol, está el clima perfecto para que no te derritas.
Carlos se mordió el labio. La invitación era tentadora, pero la sola idea de estar a solas con Guillermo, sin una pared de por medio, lo aterraba.
— Tengo que… estudiar —mintió Carlos, sintiéndose la criatura más patética del mundo. Un vampiro de 1800 años escondiéndose de un adolescente que jugaba fútbol.
— Ándale, solo diez minutos —insistió Memo, estirando la mano como si fuera a tocar el hombro de Carlos, pero deteniéndose justo antes—. Te prometo que no te voy a morder.
La ironía de la frase casi hace que Carlos suelte una carcajada nerviosa.
— Está bien —cedió finalmente—. Solo un momento.
Caminaron hacia el pequeño jardín que separaba ambas propiedades. Guillermo no dejaba de hablar; era como un flujo constante de conciencia que llenaba todos los vacíos. Le contó sobre su posición de portero, sobre cómo extrañaba a sus amigos de su antigua escuela y sobre lo mucho que le gustaba la comida de la esquina. Carlos lo escuchaba fascinado, maravillado por la facilidad con la que Guillermo se entregaba al mundo.
— ¿Y tú? —preguntó Guillermo de pronto, sentándose en el césped húmedo sin importarle mancharse los pantalones—. ¿Siempre has vivido aquí? Eres muy reservado, ¿no? Los vecinos dicen que eres como un príncipe de esos cuentos antiguos.
Carlos se sentó con cuidado, manteniendo una distancia prudencial. Sus dedos jugaban con una brizna de hierba.
— Mi familia prefiere la privacidad —dijo Carlos, eligiendo sus palabras con cuidado—. No soy muy bueno con la gente. Me pongo… nervioso.
— ¿Conmigo te pones nervioso? —preguntó Memo con una franqueza que desarmó al vampiro.
Carlos sintió que su garganta se secaba. Miró a Guillermo y, por un instante, la seguridad del portero flaqueó ante la intensidad de la mirada pálida y melancólica de Carlos.
— Sí —admitió Carlos en un susurro casi inaudible—. Un poco.
Memo sonrió, pero esta vez fue una sonrisa más suave, menos ruidosa.
— Pues no deberías. Soy un libro abierto, Carlos. No hay nada que temer.
Las semanas siguientes fueron un baile delicado de acercamientos y retiradas. Carlos empezó a frecuentar más su porche, siempre con un libro en la mano como escudo, solo para ver a Guillermo regresar de sus entrenamientos. Memo siempre se detenía a saludar, a veces solo para contarle un chiste malo o para mostrarle una nueva técnica de despeje que había aprendido.
Sin embargo, a medida que la confianza de Guillermo crecía, también lo hacía su vida social. Como era de esperarse, el chico más extrovertido del vecindario no tardó en atraer la atención de todos, incluyendo a las chicas del taller de fútbol femenino que entrenaba a la misma hora.
Una tarde, mientras Carlos limpiaba el polvo de unos antiguos tomos en su balcón, vio a Guillermo llegar acompañado. No era el grupo habitual de amigos ruidosos. Era una chica de cabello claro, vestida con ropa deportiva, que reía ante algo que Guillermo decía mientras él le cargaba la maleta del equipo.
Carlos sintió una punzada fría en el pecho, algo mucho más doloroso que una estaca de madera. Se ocultó tras la columna del balcón, observando cómo Guillermo se despedía de ella con un choque de manos que terminó en un abrazo corto pero afectuoso.
— ¡Nos vemos mañana en el partido, Memo! —gritó la chica mientras se alejaba.
— ¡Seguro, Sofi! ¡No dejes que te metan gol! —respondió él con ese brillo en los ojos que Carlos tanto envidiaba.
Esa noche, Carlos no pudo leer. Se quedó mirando el techo de su habitación, sumido en una oscuridad que ahora se sentía más pesada que de costumbre. Los celos eran una emoción humana que él consideraba superada, un vestigio de su mortalidad perdida, pero ahí estaban, quemando como ácido en su pecho.
Al día siguiente, el cielo estaba despejado, un sol radiante que obligaba a Carlos a mantener las persianas cerradas. Sin embargo, el ruido proveniente de la casa de Guillermo era inusual. Había música y voces.
Impulsado por un masoquismo que no sabía que poseía, Carlos se asomó por la ventana del ático. En el patio trasero de los Ochoa, había una pequeña reunión. Guillermo estaba allí, rodeado de gente, pero su atención parecía centrarse en Sofía. Ella le estaba enseñando algo en su teléfono y él se reía, inclinándose hacia ella, rompiendo esa barrera de espacio personal que con Carlos siempre parecía tan frágil.
— Es lo lógico —se dijo Carlos, apartándose de la ventana con brusquedad—. Ella es como él. Ella puede estar bajo el sol. Ella no tiene secretos de siglos. Ella está… viva.
La timidez de Carlos se transformó en un caparazón de hielo. Durante los días siguientes, evitó salir al porche. Cuando Guillermo tocaba a su puerta para invitarlo a ver un partido o simplemente para platicar, Carlos no abría. Se quedaba detrás de la madera, conteniendo el aliento, escuchando cómo el corazón de Guillermo latía con fuerza antes de que el chico se retirara, suspirando con decepción.
— ¿Carlos? Sé que estás ahí —dijo Memo una tarde, su voz sonando apagada a través de la puerta—. Oye, si hice algo que te molestara, dímelo, ¿va? No me gusta que estemos así. Mañana es la final del taller y me gustaría que estuvieras ahí. Va a ir mucha gente, pero… yo te estaré buscando a ti en las gradas.
Carlos cerró los ojos, apoyando la frente contra la puerta fría. Quería gritarle que no podía ir, que ver a Sofía animándolo desde la primera fila lo destruiría, que odiaba sentirse tan pequeño y asustadizo frente a su vitalidad.
— No puedo, Guillermo —respondió finalmente, con la voz quebrada—. El sol es muy fuerte mañana.
Hubo un silencio largo del otro lado.
— Entiendo —dijo Memo, y Carlos pudo jurar que escuchó la tristeza en su tono—. Bueno, nos vemos luego, vecino.
El día del partido, Carlos fue un manojo de nervios. Se paseó por toda la casa, incapaz de concentrarse en nada. A pesar de su resolución de mantenerse alejado, terminó buscando su paraguas negro más grande y aplicándose una capa gruesa de bloqueador solar de alta potencia. No podía dejar que Guillermo jugara esa final sin que él estuviera presente, aunque fuera desde la sombra más remota del campo.
Llegó al complejo deportivo cuando el partido ya estaba a la mitad. Se mantuvo en los límites del campo, bajo la sombra de unos grandes robles, camuflado entre la multitud.
Guillermo era una visión de pura energía. En la portería, se movía con una agilidad felina, gritando instrucciones a su defensa, volando de poste a poste para sacar balones imposibles. Carlos sintió un orgullo inmenso, una calidez que luchaba contra su naturaleza gélida.
Pero entonces, en un descanso, vio a Sofía acercarse a la portería para entregarle una botella de agua a Guillermo. Ella le pasó una toalla por la frente y le dio una palmada cariñosa en la espalda. Guillermo le sonrió y le dijo algo que la hizo reír.
Carlos apretó el mango de su paraguas con tanta fuerza que la madera crujió. La timidez que siempre lo frenaba se mezcló con un celo amargo. Se sentía un intruso en la vida de Guillermo, un espectador de una felicidad que no le pertenecía.
Cuando el partido terminó con la victoria del equipo de Guillermo, la multitud estalló en vítores. Todos corrieron a abrazar al portero, que había sido la figura del encuentro. Carlos vio a Sofía saltar sobre él en un abrazo eufórico.
Sin poder soportarlo más, Carlos dio media vuelta y comenzó a caminar rápidamente hacia la salida. Sus pies golpeaban el suelo con rabia contenida. Odiaba ser un vampiro, odiaba los 1800 años que lo separaban de la sencillez de un amor adolescente, y odiaba, por encima de todo, que Guillermo Ochoa fuera tan malditamente perfecto para todo el mundo.
— ¡Carlos! ¡Espera!
La voz de Guillermo resonó por encima del bullicio del estacionamiento. Carlos no se detuvo, pero los pasos rápidos de un atleta pronto lo alcanzaron. Guillermo, todavía sudado y con el uniforme manchado de césped, se plantó frente a él, obligándolo a detenerse bajo la sombra de su paraguas.
— ¡Viniste! —exclamó Memo, jadeando, con la cara roja por el esfuerzo y la emoción—. Te vi bajo los árboles. Pensé que no vendrías por el sol.
— Felicidades por el juego —dijo Carlos con una voz tan seca que parecía papel viejo—. Deberías volver con tus amigos. Tu novia te está esperando.
Memo parpadeó, confundido por el veneno en las palabras de su vecino. Luego, una comprensión lenta cruzó su rostro y sus ojos se abrieron de par en par.
— ¿Sofi? ¿Mi novia? —Memo soltó una carcajada que descolocó por completo a Carlos—. ¡No, hombre! Sofía es la prima de mi mejor amigo, está saliendo con el delantero del otro equipo. Me estaba agradeciendo porque no le paré tantos goles a su novio para que no se sintiera mal.
Carlos se quedó helado. Su timidez regresó de golpe, golpeándolo con la fuerza de un camión. El rosa volvió a teñir sus mejillas pálidas.
— Oh —fue lo único que pudo articular.
— ¿Estabas celoso, Carlitos? —preguntó Guillermo, dando un paso hacia adelante, entrando en el espacio protegido por el paraguas negro.
Carlos bajó la mirada, sintiendo que el mundo se hacía muy pequeño.
— Yo… no tengo derecho a estarlo —murmuró—. Soy raro, Guillermo. Ya te lo dije. No encajo en tu mundo de partidos de fútbol y tardes soleadas.
Guillermo extendió una mano y, con una delicadeza que Carlos no esperaba de alguien tan rudo en el campo, le levantó el mentón.
— Tú encajas donde tú quieras —dijo Guillermo con seriedad—. Y a mí me gusta que estés en mi mundo. Aunque sea bajo una sombrilla y con tres capas de bloqueador.
Carlos sintió que su corazón muerto daba un vuelco errático. La cercanía de Guillermo era abrumadora; podía oler el sudor, el césped y ese aroma a vida que lo atraía como una polilla a la llama.
— Eres muy directo —susurró Carlos, sus ojos fijos en los de Guillermo.
— Alguien tiene que serlo, porque tú te guardas todo —respondió Memo con una sonrisa traviesa—. Pero vamos con calma, ¿sale? No quiero que salgas corriendo otra vez.
— No voy a correr —prometió Carlos, aunque sus manos seguían temblando sobre el mango del paraguas.
— Bien. Porque ahora que sé que te importo lo suficiente como para ponerte celoso, no te voy a dejar escapar tan fácil.
Caminaron juntos de regreso al vecindario. Guillermo no dejó de hablar, contándole cada detalle de sus atajadas, mientras Carlos escuchaba en un silencio mucho más cómodo que antes. Por primera vez en siglos, Carlos Acevedo no se sentía como una reliquia del pasado, sino como alguien que, a pesar de sus sombras, estaba empezando a aprender lo que significaba estar realmente vivo gracias al chico que llevaba el sol en la sonrisa.