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Sangre y sol

El eco de los suspiros y el aroma del azahar

La noche había caído sobre el vecindario, trayendo consigo esa paz gélida que Carlos tanto atesoraba. Sin embargo, su interior era una tormenta de sensaciones contradictorias. Estaba sentado en el borde de su cama de roble tallado, una pieza que había pertenecido a su familia desde el siglo XVIII, pero su mente no estaba en el pasado. Sus dedos, largos y finos, repasaban el borde de la sudadera que Guillermo le había prestado tras el partido, cuando el viento comenzó a soplar con fuerza. Olía a él: a detergente cítrico, a esfuerzo físico y a esa vitalidad humana que resultaba tan embriagante.

Carlos cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás. Dieciocho siglos. Había visto imperios caer, había sobrevivido a plagas y guerras, se había ocultado de la inquisición y de la modernidad con la misma eficiencia fría. Siempre había sido el observador silencioso, el joven de dieciocho años eterno que prefería la compañía de Virgilio y Dante a la de cualquier ser vivo. Hasta que llegó Guillermo Ochoa.

— Es absurdo —susurró Carlos al techo oscuro—. Es un portero de fútbol. Es ruidoso. Le gusta el sol. Y yo... yo apenas puedo mirarlo sin sentir que mis colmillos van a traicionarme.

Pero no era hambre lo que sentía. Era algo mucho más peligroso. Era la necesidad de ser visto, de ser tocado por esa luz que Memo desprendía sin esfuerzo.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con una crueldad innecesaria. Carlos se mantuvo en las sombras profundas de su sala, observando a través de las persianas. Vio a Guillermo salir de su casa, cargando su mochila de entrenamiento. Pero no iba solo.

Sofía estaba allí otra vez.

A pesar de las aclaraciones de Memo en el campo de fútbol, verla apoyada en el coche de Guillermo, riendo mientras él le abría la puerta, provocó que una oleada de frío glacial recorriera la columna del vampiro. Carlos sabía que no eran novios, se lo había dicho el mismo Guillermo, pero la familiaridad entre ellos le revolvía el estómago. Para alguien tan reservado como Carlos, cualquier muestra de afecto público era un despliegue de intimidad abrumador.

— ¿Por qué tiene que ser tan sociable? —gruñó Carlos, apretando las cortinas—. Podría ser amigo de todo el mundo desde una distancia prudencial. No necesita... no necesita sonreírle así.

Decidido a no dejarse vencer por la melancolía, Carlos decidió hacer algo que no hacía en décadas: salir de su zona de confort. Esperó a que Guillermo regresara del entrenamiento, calculando el tiempo con la precisión de quien tiene toda la eternidad para observar patrones. Cuando vio el auto de Memo estacionarse, Carlos salió al porche. Llevaba una camisa negra de manga larga y su piel, más blanca que la leche, parecía brillar bajo la sombra del techo.

— ¡Ey, Carlos! —gritó Guillermo en cuanto bajó del auto. Se veía radiante, con el cabello alborotado y una energía que parecía desafiar las leyes de la física—. ¡Qué milagro que te dejas ver con luz de día! Bueno, casi luz de día.

Carlos bajó los escalones con elegancia cautelosa, deteniéndose justo donde terminaba la sombra.

— Quería... quería agradecerte por lo de ayer —dijo Carlos, su voz era apenas un murmullo elegante—. Por aclararlo todo.

Guillermo se acercó, rompiendo la distancia con esa confianza que a Carlos le ponía los pelos de punta. Se detuvo a escasos centímetros, y Carlos pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Era como estar frente a una hoguera en pleno invierno.

— No hay nada que agradecer, Carlitos. Me importaba que supieras que no tengo novia —dijo Memo, bajando el tono de voz y dándole un matiz más íntimo—. Aunque Sofía me está ayudando con algo de la escuela. Es buenísima en matemáticas y yo... bueno, yo soy buenísimo parando balones, pero los números no son lo mío.

— Entiendo —respondió Carlos, aunque por dentro una parte de él seguía desconfiando.

En ese momento, el teléfono de Guillermo vibró. Él lo sacó del bolsillo y sonrió al ver la pantalla.

— Es ella —dijo Memo sin pensar—. Me dice que si quiero ir a estudiar a la biblioteca del centro esta tarde. ¿Quieres venir? Te gusta leer, ¿no? Estaríamos en tu hábitat natural.

Carlos sintió que el hielo volvía a cubrir su corazón. ¿Ir a ver cómo ella le explicaba ecuaciones mientras él se sentaba a observar? No, gracias.

— No puedo. Tengo... asuntos familiares que atender —mintió Carlos con una frialdad que sorprendió incluso a él mismo—. Disfruta de tus matemáticas, Guillermo.

Se dio la vuelta antes de que Memo pudiera responder y entró en su casa, cerrando la puerta con un clic definitivo. Se sintió estúpido de inmediato. Había vuelto a huir. Su timidez y sus celos eran una combinación tóxica que lo alejaba de la única persona que había logrado interesarle en dos mil años.

Pasaron dos días en los que Carlos se sumergió en un ostracismo absoluto. No respondió a los mensajes de texto de Guillermo —que eran constantes y llenos de emojis que Carlos no terminaba de entender— ni se asomó a la ventana. Se alimentó de las reservas de sangre sintética que guardaba en el sótano y leyó sobre la caída de Constantinopla por décima vez.

Sin embargo, la persistencia de Guillermo Ochoa no conocía límites.

En la tercera noche, un golpe rítmico en la ventana de su balcón lo sacó de su letargo. Carlos frunció el ceño. Estaba en el segundo piso. Abrió las puertas francesas y se encontró a Guillermo subido a una escalera de mano que claramente había robado del garaje de su padre.

— ¿Estás loco? —preguntó Carlos, asomándose—. Te vas a matar.

— Es la única forma de que me hagas caso —dijo Memo, jadeando un poco por el esfuerzo. Se impulsó y saltó hacia el balcón, aterrizando con la gracia de un gato—. Llevas días desaparecido. Pensé que te habías ido a otro siglo o algo así.

Carlos retrocedió, dejando que Guillermo entrara en su habitación. Era la primera vez que un humano —y menos uno tan lleno de vida— pisaba su santuario. Guillermo miró a su alrededor, maravillado por las estanterías que llegaban hasta el techo, los muebles antiguos y el aroma a papel viejo y sándalo.

— Guau, Carlos... esto parece un museo —dijo Memo, acercándose a una vitrina—. ¿Eres rico o algo así?

— Mi familia ha acumulado cosas con el tiempo —respondió Carlos, cruzándose de brazos, tratando de ocultar lo mucho que le temblaban las manos—. ¿A qué has venido, Guillermo? Es tarde.

Guillermo dejó de mirar los libros y se giró hacia él. Su expresión se volvió seria, algo poco común en él.

— Vine porque me gustas, Carlos. Y porque siento que cada vez que intento acercarme, pones un muro de tres metros de alto —dijo Memo, dando un paso hacia él—. Si es por Sofía, en serio, ella solo es una amiga. De hecho, tiene novia. Una chica del equipo de voleibol. Me estaba ayudando a elegir un regalo para ella.

Carlos sintió que el aire —que no necesitaba para respirar, pero que aun así inhalaba por costumbre— se escapaba de sus pulmones.

— ¿Ella tiene novia? —preguntó Carlos, sintiéndose el ser más idiota de la creación.

— Sí, genio —dijo Memo con una pequeña risa—. Y yo estaba tratando de ser amable contigo, pero eres más difícil que parar un penal en el último minuto.

Carlos bajó la mirada, su cabello largo cayendo sobre su rostro para ocultar su sonrojo.

— No es que no quiera estar contigo —susurró Carlos—. Es que no sé cómo hacerlo. Soy... diferente a todos los que conoces. Soy serio, soy aburrido, y me asusta lo mucho que me haces sentir.

Guillermo acortó la distancia final. Esta vez, no esperó. Tomó las manos de Carlos entre las suyas. El contraste fue inmediato: el calor ardiente de Memo contra el frío marmóreo de Carlos.

— No eres aburrido. Eres fascinante —dijo Memo con suavidad—. Y me gusta que seas serio, porque cuando sonríes, siento que gané la Copa del Mundo.

Carlos levantó la vista, encontrándose con los ojos castaños de Guillermo, que brillaban con una honestidad brutal. En ese momento, el vampiro decidió que ya no quería esconderse. No importaba si era un monstruo de 1800 años o un adolescente asustado; quería esto.

— Perdóname por ser tan... así —dijo Carlos, permitiendo que sus dedos se entrelazaran con los de Guillermo—. Mis celos fueron infantiles.

— Me gustaron tus celos —admitió Memo con una sonrisa pícara—. Significa que te importo. Pero prefiero que me lo digas en lugar de encerrarte en tu castillo de Drácula.

Carlos soltó una risa auténtica, una que resonó en la habitación como música antigua.

— No soy Drácula, Guillermo. Él tenía mucho peor gusto para la decoración.

— Eso espero —dijo Memo, acercando su rostro al de Carlos—. Entonces, ¿estamos bien? ¿Vas a dejar de huir de mí?

— Lo intentaré —prometió Carlos.

Guillermo no esperó más. Se inclinó y presionó sus labios contra los de Carlos. Fue un beso suave, exploratorio, cargado de una curiosidad dulce. Para Carlos, fue como si el sol finalmente lo hubiera alcanzado, pero en lugar de quemarlo, lo estaba devolviendo a la vida. El calor de Memo se filtró en su piel fría, y por un momento, el tiempo se detuvo de verdad.

Cuando se separaron, Carlos estaba visiblemente aturdido. Sus ojos grises parecían más profundos que nunca.

— Eso fue... —empezó Carlos.

— Fue un buen comienzo —completó Memo, guiñándole un ojo—. Ahora, ¿me vas a enseñar alguno de estos libros o tengo que bajar por la escalera antes de que mi papá se dé cuenta de que no estoy en mi cuarto?

Carlos sonrió, una sonrisa completa que iluminó su rostro de una manera que Guillermo nunca olvidaría.

— Quédate un rato más —dijo Carlos, tirando suavemente de su mano—. La noche es larga, y yo tengo muchas historias que contarte.

Esa noche, el vampiro y el portero se sentaron en el suelo de la habitación rodeados de siglos de historia. Guillermo hablaba de sus sueños de llegar a la selección nacional y de su amor por los días soleados en la playa. Carlos, por primera vez, habló de los días de lluvia en la Europa antigua, de cómo el mundo había cambiado y de cómo, a pesar de todo lo que había visto, nunca había encontrado nada tan brillante como el chico que ahora descansaba la cabeza en su hombro.

— ¿Sabes? —dijo Memo, cerrando los ojos mientras Carlos acariciaba su cabello ondulado—. Creo que nos vamos a llevar muy bien. Tú me enseñas a estar tranquilo y yo te enseño a disfrutar del sol.

— Con sombrilla —recordó Carlos.

— Con sombrilla —asintió Memo—. Y con mucho bloqueador.

Carlos miró hacia la ventana. El amanecer aún estaba lejos, pero ya no le temía. Por primera vez en dieciocho siglos, la eternidad no parecía un pasillo vacío, sino un camino que quería recorrer de la mano de Guillermo Ochoa. Los celos se habían disipado, la timidez seguía ahí, pero ahora tenía un propósito.

— Guillermo —dijo Carlos en voz baja.

— ¿Mande?

— Gracias por subir esa escalera.

Memo se rió y le dio un beso rápido en la mejilla.

— Subiría una montaña si eso significa que me vas a abrir la puerta, Carlitos.

Y así, entre susurros y el eco de los balones que ya no rebotaban pero seguían presentes en la esencia de Memo, el vampiro más serio del mundo entendió que el amor no entendía de eras, ni de sol, ni de sombras. Solo entendía de dos personas que, contra todo pronóstico, habían decidido encontrarse en medio de la lluvia y el sol.