Sangre y sol
Luz de luna y embriaguez de oro
La confesión no había sido tan catastrófica como Carlos imaginó durante siglos. Guillermo, con esa capacidad casi sobrenatural para aceptar lo extraordinario como si fuera un simple cambio de táctica en la cancha, solo había parpadeado un par de veces.
—Entonces... ¿me estás diciendo que viste la Revolución Francesa, pero que técnicamente sigues teniendo dieciocho? —había preguntado Memo, rascándose la nuca con una expresión de genuina curiosidad.
—En términos de desarrollo biológico y mental para mi especie, sí —había respondido Carlos, extremadamente serio y con las mejillas encendidas—. No quiero que pienses que estás saliendo con un... anciano. Mi mente y mi cuerpo se detuvieron en la cúspide de la juventud humana.
Guillermo se había echado a reír, envolviéndolo en un abrazo que olía a sol y a seguridad.
—Carlitos, me da igual si tienes dieciocho o dos mil años. Mientras me mires como lo haces ahora, por mí puedes ser hasta un dinosaurio.
Pero esa noche, la seguridad habitual de Guillermo estaba distorsionada por algo más que la euforia. Su equipo había ganado un torneo regional importante, una selección de los mejores talentos jóvenes, y la celebración se había extendido más de lo debido. Carlos, que odiaba las multitudes y el ruido ensordecedor de las fiestas, se había retirado temprano después de ver a Memo alzar la copa, prometiendo que lo esperaría en casa.
Cerca de las dos de la mañana, un golpe torpe y rítmico resonó en la pesada puerta de madera de la mansión Acevedo. Carlos, que estaba leyendo cerca de la chimenea, se movió con velocidad sobrehumana para abrir.
Ahí estaba Guillermo. Tenía la camiseta de la selección algo arrugada, el cabello ondulado hecho un caos total y una sonrisa lánguida que delataba el exceso de tequila y adrenalina.
—¡Mi vampiro favorito! —exclamó Memo, trastabillando hacia adelante.
Carlos lo sostuvo por la cintura, sintiendo el calor abrasador que el cuerpo del atleta desprendía, ahora intensificado por el alcohol.
—Memo, estás ebrio —dijo Carlos, intentando sonar severo, aunque su corazón (ese traidor) latía con fuerza ante la cercanía del aliento dulce y alcohólico del otro.
—No estoy ebrio... estoy victorioso —balbuceó Memo, pasando sus brazos por el cuello de Carlos y pegando sus frentes—. Ganamos, Carlitos. Y todo el tiempo estaba pensando en que quería venir a morderte yo a ti.
Carlos sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con su temperatura corporal. Guillermo estaba inusualmente coqueto, sus ojos castaños brillaban con una lascivia juguetona que Carlos nunca había visto.
—Vamos adentro antes de que los vecinos te vean en este estado —murmuró Carlos, guiándolo hacia la penumbra del salón.
—Que miren —dijo Memo, deteniéndose en seco y empujando a Carlos contra la pared del pasillo—. Que vean que el portero estrella tiene al novio más guapo de la historia... literalmente, de toda la historia.
Guillermo comenzó a besar el cuello de Carlos, dejando rastros de saliva caliente sobre la piel gélida. Sus manos, grandes y callosas por el uso de los guantes, bajaron hasta las caderas del vampiro, apretando con una posesividad que hizo que Carlos soltara un gemido ahogado.
—Memo, no sé si es el alcohol hablando... —intentó decir Carlos, aunque sus propias manos ya se habían enredado en los rizos castaños de Guillermo.
—Soy yo, Carlos. El alcohol solo me dio el valor para dejar de ser tan "buen vecino" —respondió Memo, alzando la vista. Sus ojos estaban oscuros, fijos en los labios de Carlos—. Te quiero. Ahora mismo.
El vampiro no pudo resistir más. La timidez que lo había encadenado durante meses se derritió bajo la intensidad de la mirada de Guillermo. Lo tomó en brazos, aprovechando su fuerza sobrenatural, y lo llevó escaleras arriba hacia su habitación, mientras Memo reía y le llenaba la cara de besos desordenados.
Al llegar a la cama, Guillermo tomó el control. A pesar de su estado, sus instintos de atleta —esa necesidad de dominar el espacio y marcar el ritmo— se impusieron. Empujó a Carlos sobre las sábanas de seda negra y se posicionó sobre él, despojándose de la camiseta de la selección con un movimiento errático pero decidido.
—Estás tan frío... —susurró Memo, pasando sus manos calientes por el pecho pálido de Carlos—. Me encanta. Siento que me equilibras.
—Y tú quemas, Guillermo —respondió Carlos, arqueándose cuando Memo empezó a besar su pecho, bajando peligrosamente hacia el abdomen—. Siempre quemas.
Guillermo se deshizo del resto de su ropa y de la de Carlos con una urgencia que rozaba la desesperación. Cuando sus cuerpos desnudos finalmente se encontraron, el contraste fue una explosión sensorial. Carlos envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Guillermo, sintiendo la dureza de los músculos del portero, la vitalidad pura de un hombre en su apogeo físico.
—¿Estás seguro? —preguntó Carlos, su voz temblando por el deseo y el miedo a lastimarlo—. Soy... soy más fuerte de lo que parezco.
—Confío en ti, Carlitos —dijo Memo, besándolo profundamente, una mano bajando para preparar el camino entre las nalgas del vampiro—. Solo no me dejes ir.
Guillermo fue paciente a pesar de la bruma del alcohol. Usó sus dedos para abrir a Carlos con una lentitud tortuosa, disfrutando de los sonidos guturales que el vampiro emitía, sonidos que Carlos nunca pensó que saldrían de su garganta. El dolor inicial de la expansión fue rápidamente reemplazado por una presión embriagadora.
Cuando Guillermo finalmente se posicionó para entrar, miró a Carlos a los ojos.
—Mírame —ordenó Memo con voz ronca.
Carlos obedeció, sus pupilas dilatadas hasta casi cubrir el gris de sus iris. Guillermo empujó lentamente, llenando a Carlos por completo. El vampiro soltó un grito que fue ahogado por los labios de Memo. Era una invasión total, una unión que desafiaba la lógica de la vida y la muerte.
—Eres mío —gruñó Memo, comenzando a moverse.
El ritmo era errático al principio, pero pronto encontraron una cadencia perfecta. Guillermo embestía con la misma fuerza con la que despejaba un balón, con una potencia que hacía que la cama de roble crujiera. Carlos se aferró a los hombros de Guillermo, sus uñas marcando ligeramente la piel bronceada, sintiendo cada centímetro del otro dentro de él.
La habitación se llenó del sonido de la piel chocando, de respiraciones entrecortadas y del aroma a sexo y magia antigua. Carlos sentía que sus sentidos se sobrecargaban; podía oler la sangre de Guillermo fluyendo acelerada, el latido de su corazón resonando contra sus propios pechos, y el calor que amenazaba con incinerar su naturaleza de hielo.
—¡Memo! —exclamó Carlos, echando la cabeza hacia atrás cuando Guillermo golpeó un punto profundo que lo hizo ver estrellas.
—Eso es... dame todo, Carlos —respondió Guillermo, acelerando el ritmo, sus ojos fijos en la expresión de éxtasis del vampiro.
La embriaguez de Guillermo parecía haberse transformado en una lucidez carnal. Sus movimientos eran seguros, posesivos, marcando a Carlos como su territorio. El vampiro, por su parte, se entregó por completo, dejando que la vitalidad de Guillermo lo arrastrara lejos de las sombras de su soledad milenaria.
El clímax llegó como una ola imparable. Carlos sintió que su cuerpo se tensaba hasta el límite, sus colmillos rozando su labio inferior mientras el placer lo desbordaba. Guillermo soltó un rugido sordo, hundiéndose una última vez con fuerza antes de liberar su semilla dentro de Carlos, colapsando sobre él con el peso muerto de un hombre que lo ha dado todo en el campo.
El silencio que siguió fue solo interrumpido por la respiración agitada de Guillermo y el latido, ahora más lento, de su corazón. Carlos lo abrazó, hundiendo el rostro en el cuello sudado del portero, sintiéndose más vivo de lo que se había sentido en dieciocho siglos.
—¿Sigues ahí, mi vampiro? —susurró Memo después de unos minutos, su voz arrastrada por el cansancio y el remanente del alcohol.
—Aquí sigo —respondió Carlos, acariciando la espalda de Guillermo—. No me voy a ningún lado.
Guillermo se incorporó un poco, mirando a Carlos con una ternura que hizo que al vampiro le doliera el pecho.
—Fue la mejor victoria de mi vida —dijo Memo, antes de quedarse profundamente dormido sobre el pecho de Carlos.
Carlos se quedó despierto, velando el sueño del humano que había tenido la osadía de enamorar a una criatura de la noche. Mientras la luna se filtraba por las cortinas, Carlos entendió que, aunque el sol saliera en unas horas, ya no tenía miedo. Guillermo Ochoa era su luz, su ancla y, por primera vez en toda su eternidad, su hogar.