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Santa Clara Rest of your life

Entre redes, redes sociales y un "visto" que no llega

La noche en Santa Clara del Mar tenía ese gusto a sal y a libertad que solo se siente cuando no tenés que madrugar para ir a laburar. Después de una cena rápida de hamburguesas en la casa de Cami, las pibas se habían desparramado en el living. El sonido de los grillos y el viento chocando contra las persianas de madera era el fondo perfecto para la actividad favorita del grupo: el "stalkeo" intensivo.

Magali estaba hundida en el sillón individual, con la luz del celular iluminándole la cara y el ceño fruncido por la concentración. Tenía una misión.

—No puede ser tan difícil, chicas —renegó Magali, pasando el dedo índice por la pantalla a toda velocidad—. Ya busqué en los seguidores del balneario, en los de la municipalidad, hasta busqué "Ramiro Santa Clara" y me aparecen cincuenta viejos que venden carnada.

—Es que vos sos ansiosa, Magui —le dijo Flor, que estaba tirada en la alfombra pintándose las uñas de un rojo furioso—. Maia, tirale un centro a la pobre piba que le va a dar un ACV antes de las doce.

Maia, que estaba sentada en la mesa terminando de anotar unas cosas en su cuaderno de medicina, levantó la vista y sonrió con timidez.

—Pará, Magui, creo que lo tengo. Se junta mucho con un pibe que juega al básquet en el club de acá, un tal "Colo". Buscá a ese y fijate en sus seguidos.

Magali obedeció como si le estuvieran dando las coordenadas para encontrar un tesoro pirata. Cinco minutos después, un grito ahogado salió de su garganta.

—¡Lo encontré! —exclamó, girando el teléfono para que todas vieran—. "Rama.v_99". Es él. Miren la foto de perfil, es la misma gorra negra.

Agus y Cami se acercaron corriendo para chusmear. La cuenta era privada, lo que le sumaba mil puntos de misterio. En la biografía solo decía: "SCM. 🏀🌊". Ni una frase motivacional, ni un emoji de más.

—Es re perfil bajo, me encanta —susurró Magali—. ¿Qué hago? ¿Lo sigo ahora o espero a que sea una hora más coherente?

—Seguilo ahora, boluda —dictaminó Flor—. Si te lo cruzaste hoy y hubo onda, el pibe va a saber quién sos. Si esperás a mañana, va a pensar que sos una tibia. Mandale mecha.

Con el corazón galopando contra las costillas, Magali apretó el botón azul de "Seguir". El cartel cambió a "Solicitado".

—Listo —dijo, dejando el teléfono sobre la mesa ratona como si fuera una granada activa—. Ahora que sea lo que Dios quiera.

Esa noche, Magali tardó en dormirse. Se quedó pensando en la voz ronca de Ramiro y en cómo se le marcaban los tatuajes bajo el sol. Se sentía un poco tonta; después de todo, solo le había pasado una pelota de vóley. Pero había algo en su mirada, algo tranquilo y seguro, que la había dejado descolocada. Magali siempre se enganchaba con pibes que eran puro ruido y pocas nueces; Ramiro parecía ser todo lo contrario: puro silencio y mucha profundidad.

Al día siguiente, el despertador natural de la casa fue el ruido de las tostadoras y los gritos de Flor peleándose con el cable de la pava eléctrica. Magali manoteó el celular apenas abrió un ojo.

Notificación de Instagram: "Rama.v_99 comenzó a seguirte".

—¡Chicas, me siguió! —gritó Magali desde la cama, saltando como si hubiera ganado la lotería.

—¡Buen día para vos también, loca! —le contestó Agus desde el pasillo—. Ya sabemos que te siguió, se escuchó el grito hasta en Mar del Cobo. Bajá a desayunar que Cami ya compró las facturas.

La mañana en Mirador Beach Club pasó entre mates, risas y el calor agobiante que las obligaba a meterse a la pileta cada veinte minutos. Magali estaba en modo "radar". Cada vez que veía pasar a un carpero con gorra, se le paraba el corazón, pero Ramiro no aparecía por ningún lado. Maia le explicó que los chicos rotaban de sector y que capaz estaba en la otra punta del balneario acomodando las carpas de los que recién llegaban.

Cerca de las cinco de la tarde, el calor empezó a ceder un poco y las chicas decidieron que era hora de un movimiento estratégico.

—Maia, acompañame al baño —le pidió Magali, acomodándose el corpiño del bikini—. Me quiero retocar el labial y ver si de paso lo cruzamos por el camino.

—Te acompaño, pero no me hagas hacer cosas raras, Magui —se rió Maia, levantándose de la reposera.

Caminaron por la pasarela de madera que conectaba las carpas con el edificio principal del balneario. Magali iba con la cabeza en alto, tratando de parecer una modelo de revista aunque el viento marino le estuviera enredando todo el pelo. Justo cuando estaban llegando a la zona de las duchas, lo vio.

Ramiro estaba saliendo de la zona de personal. Ya no tenía el uniforme de carpero puesto; llevaba una musculosa negra ancha que dejaba ver todos los tatuajes de sus brazos y unos pantalones cortos de básquet. Tenía la mochila colgada de un hombro y la infaltable gorra para atrás. Parecía que acababa de terminar su turno.

Al verlas venir, Ramiro clavó la vista en Magali. No fue un vistazo rápido. La miró de arriba abajo mientras caminaba, con una media sonrisa dibujada en la cara, esa que te hace dudar de si se está riendo de vos o si le gustás demasiado.

Magali sintió que las piernas se le volvían de gelatina.

—Hola —soltó ella cuando pasaron por al lado, con la voz un poco más aguda de lo normal.

—Buenas —respondió él con esa voz ronca que a Magali le hacía vibrar hasta el apellido.

Siguieron de largo. Magali no se animó a darse vuelta, pero Maia, que era menos evidente, giró la cabeza apenas unos grados.

—Boluda, no sabés cómo te miró —le susurró Maia cuando entraron al baño—. Se quedó parado un segundo mirando cómo caminabas. Te juro que se le notó un montón.

—¿En serio? Ay, Maia, no me mientas para hacerme sentir bien —dijo Magali, mirándose al espejo y dándose cuenta de que estaba colorada como un tomate.

—Te juro por mi carrera de medicina, Magali. El pibe quedó mudo.

Se quedaron un rato en el baño. Magali se puso gloss, se acomodó el pelo y trató de calmar las pulsaciones. Cuando salieron, Ramiro ya no estaba por ningún lado. Volvieron a las reposeras donde Flor, Agus y Cami las esperaban con cara de "queremos el chisme completo".

—¿Y? ¿Hubo contacto visual? —preguntó Flor, dejando de lado el crucigrama que estaba haciendo.

—Me miró, chicas. Y me saludó —dijo Magali, sentándose en su lugar—. Pero fue re cortito. No sé si me va a hablar.

—Dale tiempo, Magui. El pibe acaba de salir de laburar, debe estar muerto —la consoló Cami—. Además, ya te siguió en Instagram. Eso en el lenguaje de los pibes de ahora es como una declaración de guerra.

Pasaron unos veinte minutos. El sol ya estaba bajando y el cielo empezaba a teñirse de ese violeta mágico de la costa. Magali agarró su celular para ver la hora y vio que tenía una notificación roja en el ícono del avioncito de Instagram.

Sintió un frío en la panza.

—Chicas... —susurró, con el teléfono temblando en la mano.

—¿Qué pasó? ¿Te bloqueó? —saltó Agus, siempre pensando en lo peor.

—No... me mandó un mensaje.

—¡Leelo en voz alta! —gritaron las cuatro al unísono, amontonándose alrededor de ella como si fueran a ver un video viral.

Magali abrió el chat.

—"Qué ondaaa, ¿todo bien?" —leyó Magali, tratando de procesar las palabras—. "Te vi recién que pasaste por las duchas pero iba medio apurado porque se me pasaba el micro".

El silencio reinó por un segundo en el grupo, hasta que Flor pegó un grito que hizo que un señor de la carpa de al lado se despertara del susto.

—¡Tomaaaaa! —festejó Flor—. "Qué ondaaa" con tres 'a'. Eso es interés, Magali. Tres 'a' significan 'te quiero dar hasta que Don Omar saque un disco nuevo'.

—¡No seas ordinaria, Flor! —se rió Cami—. Pero tiene razón, le nació escribirte él. Y te dio una explicación de por qué no se quedó hablando. Eso es re buena señal.

Magali miraba la pantalla sin poder creerlo. El pibe misterioso, el de los tatuajes y los ojos verdes, el que parecía que no le importaba nada, le había escrito a ella.

—¿Qué le pongo? —preguntó Magali, entrando en pánico—. ¿Le pongo "todo bien"? ¿Le pongo "te vi"? ¿Le mando un emoji?

—No le mandes un emoji solo, que parece que sos una aburrida —le aconsejó Agus—. Poné algo tranqui, como que vos también estabas en la tuya.

Magali pensó unos segundos. Sus dedos volaron sobre el teclado.

—"Holaaa! Todo bien por acá, disfrutando del último solcito. No pasa nada, te vi que estabas de salida ya jaja". ¿Está bien?

—Perfecto —aprobó Maia—. Ni muy desesperada, ni muy ortiva.

Magali envió el mensaje y bloqueó el celular inmediatamente, como si el aparato quemara. El resto de la tarde fue una nebulosa de risas y planes para la noche. Decidieron que iban a ir a tomar algo a un barcito que estaba cerca del centro de Santa Clara, un lugar con mesas afuera y luces de colores que siempre se llenaba de gente joven.

Mientras se preparaban en la casa, el ida y vuelta de mensajes con Ramiro seguía. Magali descubrió que, a pesar de su apariencia de chico duro, Ramiro tenía un sentido del humor bastante seco pero efectivo.

—Me dijo que vive acá hace cinco años —contó Magali mientras se delineaba los ojos—. Que se vino de Buenos Aires porque estaba harto del ruido y que acá encontró su lugar.

—Es un tierno —dijo Agus, que se estaba planchando el pelo—. Un tierno con expansores y pinta de que fuma flores, pero tierno al fin.

—Che, Magui —intervino Flor, que estaba eligiendo qué ponerse—, ¿por qué no le preguntás si sale hoy? O mejor, decile a dónde vamos nosotras, como quien no quiere la cosa.

—¿No es muy pronto? —dudó Magali.

—Boluda, son vacaciones —sentenció Cami—. En la costa el tiempo corre distinto. Un día acá son como tres meses en Buenos Aires. Si no activás ahora, mañana se te escapa.

Magali suspiró y se miró al espejo. Estaba linda. El sol le había dejado las mejillas un poco rosadas y el pelo morocho le brillaba. Se sentía con esa confianza que solo te dan las amigas y un buen labial.

Le escribió: "Estamos yendo con las chicas a 'La Posta' a tomar algo, si estás por ahí capaz nos cruzamos!".

La respuesta no tardó ni dos minutos.

—"Dale, de una. Yo en un rato me junto con los pibes del básquet ahí cerca. Si ando por ahí te chiflo".

—"Te chiflo" —repitió Magali, dejando el celular en la cama—. Es un rústico total, me encanta.

El bar estaba explotado. La música sonaba fuerte, una mezcla de hits del momento y clásicos de rock nacional que todo el mundo cantaba. Las chicas consiguieron una mesa alta cerca de la vereda, lo que les permitía ver quién entraba y quién salía.

Pidieron un par de jarras de cerveza y unas papas con cheddar. La charla fluía, los dramas del año pasado quedaron definitivamente atrás y el ambiente era de pura fiesta. Cami estaba en un rincón hablando por videollamada con Gianni, mostrándole el lugar, mientras Flor y Agus intentaban enseñarle a Maia unos pasos de baile prohibidos.

Magali, sin embargo, tenía un ojo en la jarra y otro en la entrada del bar.

De repente, vio un grupo de pibes altos que venían caminando por la calle principal. Eran como cinco o seis, todos con ese aire de deportistas relajados. En el medio, resaltaba él. Ramiro llevaba una camisa de lino negra abierta sobre una remera blanca, unos jeans gastados y la misma gorra de siempre.

Cuando llegaron a la altura del bar, Ramiro escaneó el lugar hasta que sus ojos verdes se encontraron con los de Magali.

Él le hizo un gesto con la mano, saludando, y le dijo algo a sus amigos. Los otros pibes se rieron y siguieron de largo hacia la esquina, pero él se desvió y caminó directo hacia la mesa de las chicas.

—¡Ahí viene! —susurró Flor, dándole un codazo a Agus—. ¡Todas naturales, actúen como si no estuviéramos hablando de él hace tres horas!

Agus agarró una papa frita y se la metió entera en la boca, Cami cortó el video con el novio y Maia se puso a mirar intensamente su vaso de cerveza.

Ramiro llegó a la mesa. De cerca, el olor a perfume cítrico mezclado con un toque de tabaco era embriagador.

—Buenas —dijo él, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Magali—. ¿Cómo anda el grupo de las porteñas?

—Sobreviviendo al calor —respondió Magali, tratando de que no se le notara el temblor en la voz—. ¿Vos? ¿Te dejaron escapar tus amigos?

Ramiro soltó una risita ronca y se acomodó la gorra.

—Sí, les dije que ahora los alcanzaba. Quería ver si de verdad estabas acá o si era humo.

—Yo no vendo humo, Ramiro —retrucó Magali, recuperando su chispa habitual—. Lo que ves es lo que hay.

—Eso espero —dijo él, clavándole una mirada tan intensa que Magali sintió que se le olvidaba cómo respirar—. Che, está re fuerte la música acá, ¿no?

—Un poco —coincidió ella.

Ramiro se acercó un poco más a su oreja para que las chicas no escucharan, aunque era inútil porque todas tenían el cuello estirado como jirafas.

—Escuchame, mañana después de mi turno, tipo seis, me voy a ir a unos médanos que están un poco más alejados, donde no hay tanta gente, a ver el atardecer y fumar uno tranqui. ¿Te pinta venir?

Magali sintió un fuego artificial explotándole en el pecho. No era una invitación a un boliche, no era un plan de "joda" básica. Era algo más personal.

—Me pinta —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Pero mirá que soy de las que hablan mucho, no sé si vas a aguantar el silencio.

Ramiro sonrió, y esta vez fue una sonrisa completa, de esas que le iluminaban toda la cara.

—Me gusta la gente que habla. Yo escucho bien.

Se quedó un par de minutos más, saludó al resto de las chicas con un gesto general y se fue a buscar a sus amigos.

Apenas se alejó diez metros, la mesa explotó.

—¡No lo puedo creer! —gritó Agus—. ¡Cita en los médanos! ¡Eso es re romántico de película de bajo presupuesto!

—¡Y vos que decías que era un rústico! —le recordó Cami a Flor—. El pibe es un estratega. La sacó de la zona de confort del balneario.

Magali no decía nada. Solo miraba cómo la silueta de Ramiro se perdía entre la gente. Se sentía extrañamente feliz, con esa sensación de que este verano en Santa Clara no iba a ser uno más. Tenía el presentimiento de que, entre los mates en la arena y las charlas en los médanos, algo estaba a punto de cambiar para ella.

—Bueno, chicas —dijo Magali, levantando su vaso de cerveza—, parece que mañana tengo plan.

—¡Salud por eso! —brindaron todas.

La noche siguió entre risas y música, pero Magali ya estaba en otro lado. Estaba en un médano, bajo el cielo de Santa Clara, esperando a que el sol cayera para conocer de verdad al chico de los ojos verdes. El verano de 2026 recién empezaba, y ella estaba lista para dejar que el viento de la costa la llevara a donde tuviera que ir.