Santa Clara Rest of your life
Humo, sal y el silencio de los médanos
La tarde en Santa Clara del Mar tenía ese color dorado que solo se ve cuando el sol empieza a bajar y la arena deja de quemar las plantas de los pies. Magali se miró por décima vez en el espejito del protector solar, acomodándose un mechón de pelo morocho que el viento marino se empeñaba en desordenar. Llevaba un short de jean tiro alto, la parte de arriba del bikini negro y una camisa de lino blanca desprendida que le daba un aire relajado, casi etéreo.
—Che, Magui, ¿estás segura de que no querés que te hagamos la segunda de lejos? —preguntó Flor, que estaba despatarrada en la carpa de Mirador Beach Club, dándole un sorbo a un licuado de frutilla—. Mirá que si el carpero resulta ser un asesino serial, nosotras estamos acá para taclearlo.
—No seas dramática, Flor —se rió Camila, mientras le ponía una gorrita a su kit de mate—. Ramiro es de acá, lo conoce todo el mundo. Además, mirá la cara de boba que tiene Magali, no la bajás de esa nube ni con un balde de agua fría.
—Es que no sé, chicas —confesó Magali, guardando el brillo labial en el bolso—. Me da intriga. No es el típico pibe que te chamuya por Instagram con frases armadas. El chabón es... no sé, auténtico.
—Es un rústico con onda —acotó Agus, que estaba haciendo una vertical en la arena cerca de la orilla—. Pero ojo, Magui, disfrutá el momento. No te me pongas a pensar en el casamiento que recién se pasaron dos pelotas de vóley y tres mensajes.
Magali les tiró un beso volador y empezó a caminar hacia el norte, alejándose de la zona de las carpas y los paradores ruidosos. El plan era encontrarse en la zona de los médanos altos, pasando el muelle, donde la civilización parecía quedar en pausa.
A medida que caminaba, el ruido de la música del balneario se fue transformando en el sonido rítmico de las olas rompiendo contra la costa. El viento soplaba con más fuerza, trayendo ese olor a pino y mar que tanto amaba de Santa Clara. A lo lejos, vio una silueta sentada en la cima de una duna. Era él.
Ramiro estaba de espaldas, con las piernas cruzadas y la gorra para atrás. Tenía una mochila a un costado y parecía estar perdido mirando el horizonte. Cuando Magali subió el último tramo de arena, el ruido de sus pasos lo hizo girar.
—Pensé que te habías arrepentido —dijo Ramiro. Su voz, ronca y pausada, pareció encajar perfectamente con el entorno.
—Casi —mintió Magali con una sonrisa juguetona, sentándose a su lado—. Mis amigas se pusieron en modo agentes del FBI y querían seguirme con binoculares.
Ramiro soltó una risa corta, de esas que no llegan a ser ruidosas pero que le achinan los ojos verdes.
—Y sí, es lo lógico. Soy un desconocido que te invitó a un lugar desierto. Si fuera tu hermano, también me preocuparía.
Se quedaron un momento en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era esa pausa necesaria para reconocerse fuera del contexto del balneario. Sin el uniforme de carpero, Ramiro se veía diferente. Tenía una remera de una banda de reggae vieja, gastada, y sus manos, llenas de tatuajes pequeños, se movían con destreza mientras sacaba un picador de su mochila.
—¿Te jode? —preguntó, señalando el contenido.
—Para nada —respondió Magali, acomodándose para quedar de frente a él—. Al contrario, me viene bien para bajar un cambio. El laburo en la distribuidora me dejó los cables pelados antes de venir.
Ramiro empezó a armar con una paciencia de artesano. Sus dedos se movían con precisión, y Magali no podía dejar de mirar el tatuaje que tenía en el cuello: una pequeña golondrina que parecía querer volar hacia su oreja.
—¿Hace mucho trabajás en el Mirador? —quiso saber ella, rompiendo el hielo.
—Tres temporadas —dijo él, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo—. En invierno laburo en una maderera y juego al básquet en el club de acá. Pero el verano es lo que me mantiene vivo. Me gusta el movimiento, la gente que viene y se va... aunque a veces cansa tanta careteada de los que bajan de Buenos Aires.
—Ey, que yo soy de Buenos Aires —lo chicaneó Magali, dándole un toquecito en el hombro.
—Vos sos distinta —dijo Ramiro, y esta vez sí la miró a los ojos mientras encendía el cigarrillo—. Se te nota en la cara. Sos de las que se ríen de verdad, no para la foto de Instagram.
Magali sintió un calorcito que no tenía nada que ver con el sol. Le recibió el cigarrillo que él le ofrecía y le dio una pitada suave. El humo se perdió en el aire, mezclándose con la brisa.
—¿Y qué más ves en mi cara, además de que soy "auténtica"? —preguntó ella, desafiante.
Ramiro se tomó su tiempo para responder. Exhaló el humo lentamente y se apoyó sobre sus codos, mirando hacia el mar que empezaba a picarse.
—Veo que sos segundera, pero que te han fallado bastante —soltó, con una honestidad que desarmó a Magali—. Tenés esa mirada de la piba que da todo y después se queda preguntándose qué hizo mal.
Magali se quedó muda. No esperaba que un pibe que acababa de conocer le hiciera una radiografía emocional tan precisa en cinco minutos.
—Bueno, parece que el carpero también es psicólogo —trató de bromear ella, aunque la voz le salió un poco quebrada.
—No es psicología, es observación —dijo él, volviendo a mirarla—. En el balneario veo a cientos de personas por día. Aprendés a leer los gestos. Vos estabas en la reposera con tus amigas, pero por momentos te ibas lejos. Como si estuvieras buscando algo que no estaba ahí.
—Buscaba vacaciones, Ramiro. Paz. Y parece que la encontré acá arriba.
Él sonrió y le sacó un poco de arena que se le había pegado en la rodilla. El contacto fue breve, pero eléctrico. Magali sintió que el corazón le daba un vuelco. Hacía mucho que un pibe no le generaba esa mezcla de intriga y seguridad.
—Contame de tu vida allá —pidió Ramiro—. ¿Qué hacés cuando no estás rodeada de telgopor y amigas locas?
Magali empezó a hablar. Le contó de su fanatismo por la música, de cómo le gustaba caminar sola por la ciudad cuando necesitaba pensar, de sus ganas de estudiar diseño de interiores pero el miedo a que no le diera la plata. Le contó de su familia, de sus fracasos amorosos con pibes que "hablaban mucho y hacían poco", y de cómo este año en Santa Clara se había propuesto no hacerse mala sangre por nadie.
Ramiro escuchaba con una atención casi magnética. No la interrumpía, solo asentía o hacía algún comentario corto que demostraba que estaba procesando cada palabra.
—¿Y vos? —preguntó Magali después de un rato—. No me creo que seas solo un pibe tranquilo que juega al básquet. Tenés demasiados tatuajes para no tener historias interesantes.
Ramiro se rió y se sacó la gorra, pasándose la mano por el pelo corto.
—Mis historias son simples, Magui. Me vine acá porque en la ciudad me sentía encerrado. Acá el horizonte es siempre el mismo, pero nunca es igual. Los tatuajes... bueno, cada uno es un momento. Este de la mano me lo hice cuando ganamos el primer torneo con el club. Este de la pierna es por mi viejo.
—¿Y el del cuello? —preguntó ella, acercándose un poco más.
—Ese es por la libertad —dijo él, bajando la voz—. Para acordarme siempre de que si no soy libre de elegir mi camino, no soy nada.
Estaban tan cerca que Magali podía ver las pequeñas motas doradas en el iris de sus ojos verdes. El sol ya casi había desaparecido, dejando el cielo con un color fucsia intenso que se reflejaba en el agua. El frío de la tarde empezaba a sentirse, y Magali tuvo un pequeño escalofrío.
—Tenés frío —notó Ramiro.
Sin esperar respuesta, abrió su mochila y sacó un buzo negro, gigante y con olor a ropa limpia y a él.
—Ponete esto. Te va a quedar enorme, pero te va a tapar.
Magali se puso el buzo, que efectivamente le llegaba a la mitad de los muslos. Se sintió protegida, envuelta en su aroma.
—Gracias, Rama.
—De nada, Magui.
Se quedaron un rato más, compartiendo el último resto del cigarrillo y mirando cómo las primeras estrellas empezaban a asomar. El ambiente era tan íntimo que parecía que el resto del mundo, con el ruido de Santa Clara y las preocupaciones de la vida real, hubiera dejado de existir.
—Che —dijo Ramiro de repente—, mis amigos van a hacer un asado hoy en la casa de uno de los pibes. Nada muy grande, algo tranqui. Si querés venir con tus amigas... están invitadas.
Magali lo miró con una sonrisa. Sabía que sus amigas iban a saltar en una pata cuando se enteraran, especialmente Flor, que ya se veía casando a Magali con "el rústico".
—Les voy a decir. Pero no te prometo que se comporten —advirtió ella.
—Mejor —dijo él, levantándose y ofreciéndole la mano para ayudarla a subir—. Me gustan los quilombos divertidos.
Caminaron de vuelta hacia la civilización por la orilla del mar. Ramiro no le soltó la mano en todo el camino. No era un agarre posesivo, sino natural, como si sus manos hubieran estado destinadas a encajar de esa manera. Cuando llegaron a la zona de las luces del centro, se detuvieron.
—Bueno, acá nos separamos —dijo Ramiro—. Tengo que pasar por casa a ducharme y sacar el olor a arena. Te mando la ubicación por Instagram.
—Dale. Nos vemos en un rato entonces.
Magali se quedó parada unos segundos viéndolo alejarse. Él se dio vuelta a mitad de cuadra, le guiñó un ojo y siguió caminando con ese andar despreocupado que la volvía loca.
Cuando Magali entró a la casa de Camila, las chicas estaban en pleno proceso de producción: música al palo, planchitas de pelo por todos lados y un olor a perfume que mareaba.
—¡Llegó la novia de Santa Clara! —gritó Agus apenas la vio entrar con el buzo gigante puesto.
—¡Epa! ¿Ese buzo de quién es? —saltó Flor, dejando de pintarse los labios—. No me digas que ya hubo intercambio de fluidos y de indumentaria.
Magali se tiró en el sillón, todavía con la sonrisa boba en la cara.
—Es de Ramiro. Hacía frío en los médanos.
—Contá todo, Magali, no te hagas la misteriosa —exigió Camila, sentándose a su lado—. ¿Cómo fue? ¿Es un psicópata o es el amor de tu vida?
—Es un pibe increíble, chicas —confesó Magali, mientras se sacaba las sandalias—. Hablamos de todo. Es re profundo, nada que ver con lo que parece. Y nos invitó a un asado con sus amigos esta noche.
—¡Asado! —celebró Flor—. ¡Amo a este pibe! Ya está, chicas, cancelen los planes de ir al boliche, hoy se come carne y se chusmea con los locales.
—¿Estás segura de que querés que vayamos todas? —preguntó Maia, siempre considerada—. No queremos arruinarte la onda.
—Obvio que quiero que vengan. Ramiro dijo que le gustan los quilombos divertidos, y si hay algo que somos nosotras, es eso.
La previa para el asado fue un caos de risas. Magali se sentía más ligera que nunca. Mientras se maquillaba, no podía dejar de pensar en lo que Ramiro le había dicho sobre su mirada. Era cierto, siempre había buscado algo que no estaba ahí, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que no necesitaba buscar nada más. Estaba ahí, en Santa Clara, con sus mejores amigas y un pibe que, aunque apenas conocía, la hacía sentir que el mundo era un lugar un poco más simple y honesto.
Cerca de las once de la noche, salieron para la casa de los amigos de Ramiro. Era una casa típica de la costa, con un jardín grande lleno de pinos y una parrilla que ya estaba echando humo. Cuando llegaron, Ramiro las recibió en la puerta. Estaba con una remera blanca que resaltaba su bronceado y una sonrisa que, según Magali, debería ser ilegal.
—Llegaron las porteñas —anunció Ramiro, haciéndoles espacio para pasar—. Pasen, que el asado ya casi está y los pibes están por abrir un fernet.
La noche fue un éxito rotinto. Los amigos de Ramiro —el Colo, Germán y los demás— resultaron ser igual de relajados que él. Flor se puso a discutir de música con el Colo, Agus y Maia se engancharon hablando de la facultad con otro de los chicos, y Cami se encargó de supervisar que nadie se pasara de copas, fiel a su estilo de madre del grupo.
Magali y Ramiro terminaron sentados en unos banquitos de madera, apartados del ruido, cerca de un fogón pequeño que habían armado.
—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó él, pasándole un vaso.
—Mucho más de lo que esperaba —admitió ella—. Tenés buenos amigos, Rama.
—Son de fierro. Como tus amigas, se nota que te cuidan un montón.
Se quedaron mirando el fuego un rato. El calor de las brasas les daba en la cara, creando un ambiente de burbuja.
—Magui —dijo él, rompiendo el silencio—, sé que esto es re de verano y que capaz mañana te levantás y pensás que soy solo un carpero más, pero quiero que sepas que me gustás de verdad. No soy de decir estas cosas, pero con vos no me sale caretearla.
Magali sintió que el corazón se le derretía. Se acercó a él, acortando la distancia que quedaba.
—Yo tampoco soy de engancharme rápido, Rama. Pero este verano tiene algo raro. O capaz sos vos.
Ramiro no esperó más. La tomó de la nuca con suavidad, sus dedos rozando apenas el pelo morocho de Magali, y la besó. Fue un beso lento, con gusto a fernet y a humo, pero sobre todo con gusto a algo nuevo. Magali sintió que el tiempo se detenía, que el ruido de la fiesta de fondo desaparecía y que solo quedaban ellos dos, bajo el cielo estrellado de Santa Clara.
Cuando se separaron, él le apoyó la frente contra la suya.
—Bienvenida a Santa Clara, Magali —susurró él con su voz ronca.
—Creo que me voy a quedar un buen rato —respondió ella, sonriendo.
A lo lejos, escuchó el grito de Flor: "¡Esa es mi amiga, carajo!". Las pibas estaban mirando desde la ventana, brindando con sus vasos en alto. Magali se rió y escondió la cara en el hombro de Ramiro. Sí, definitivamente, el verano de 2026 iba a ser inolvidable. Y esto, recién estaba empezando.