Secreto en Hogwarts
Susurros de pergamino y silencios de Slytherin
La mañana en el Gran Comedor amaneció con el aroma habitual a tostadas, café y el caos generalizado que solo cientos de adolescentes con varitas podían generar. Sin embargo, para el grupo de amigos que el día anterior había estado en el Lago Negro, el ambiente estaba cargado de una electricidad distinta. Ron Weasley estaba sentado frente a su plato de huevos revueltos, moviendo el tenedor con una intensidad que sugería que estaba tratando de desenterrar un tesoro oculto en la comida.
— ¿Vas a comértelos o vas a declararles la guerra? —preguntó Harry, lanzando una mirada de soslayo a su mejor amigo mientras untaba mermelada en una tostada.
— No tengo hambre —refunfuñó Ron, aunque un segundo después se metió un trozo de salchicha en la boca—. Es solo que hay gente que no sabe cuándo cerrar el pico.
A unos metros de distancia, en la mesa de Slytherin, Evan Bletchey parecía estar pasándoselo en grande. Estaba rodeado de un par de chicas de cuarto año y hablaba con gestos exagerados, pero sus ojos castaños se desviaban hacia la mesa de Gryffindor cada pocos segundos. Cuando sus miradas se cruzaron, Evan le dedicó a Ron una sonrisa ladeada y un guiño descarado.
Ron se puso del color de su cabello y apartó la vista bruscamente.
— ¡Evans es un imbécil! —exclamó, golpeando la mesa—. ¡Un absoluto y total imbécil!
— ¿Qué pasó ahora? —preguntó Kass, que acababa de llegar de su mesa para sentarse junto a Harry, dándole un beso rápido en la mejilla—. Buenos días, chicos. Hola, Ron. ¿Sigues enojado por lo de ayer?
— No estoy enojado —mintió Ron, aunque sus orejas lo delataban—. Simplemente he decidido que no voy a dirigirle la palabra en todo el día. Es más, en toda la semana. Es un ejercicio de salud mental.
— Eso va a ser difícil considerando que tenemos Pociones juntos en diez minutos —señaló Harry con una mueca de simpatía.
— Pues no le hablaré. Será como si fuera un fantasma. Un fantasma especialmente molesto y con el ego demasiado grande —sentenció Ron.
Mientras tanto, Simon Vael llegó trotando, con su túnica mal abrochada y el pelo azul más alborotado que de costumbre. Se sentó pesadamente junto a Ron, casi derramando el jugo de calabaza.
— ¡Chicos, no se lo van a creer! —dijo Simon con los ojos muy abiertos—. Azhael me ha dicho por telepatía esta mañana que hoy va a ser un día de grandes revelaciones. También dice que tu aura, Ron, está un poco... marrón. Como de barro estancado. ¿Estás estreñido?
— ¡No estoy estreñido, Simon! —estalló Ron—. ¡Es el aura de alguien que está harto de que todo el mundo mencione a gente que no existe o a Slytherins egocéntricos!
— ¡Azhael existe! —protestó Simon, ofendido, mientras empezaba a servirse cereales de forma caótica—. De hecho, me dijo que hoy no vendría a desayunar porque está ayudando a Hagrid a peinar a los unicornios. Es muy servicial, ¿saben? Un poco clasista con los duendes, pero servicial.
Sera Bletchey, que pasaba por allí para asegurarse de que todos los de su casa (y sus amigos de otras casas) estuvieran listos para las clases, se detuvo detrás de Simon y le puso una mano maternal en el hombro.
— Simon, Hagrid no peina a los unicornios. Y tú, Ronald, deja de gritar, que estamos en un lugar público —dijo Sera con su tono de "mamá del grupo"—. Evan me ha dicho que estás actuando como un niño pequeño porque te ganó al Verdad o Reto.
— ¡No me ganó! —gritó Ron, ganándose una mirada reprobatoria de la profesora McGonagall desde la mesa de los profesores—. Solo... simplemente estamos en una tregua de silencio. Una muy larga.
— Pues vuestra "tregua" está haciendo que Evan esté más insoportable que de costumbre —suspiró Sera—. No ha dejado de hacer bromas sobre pelirrojos en la sala común de Slytherin. Incluso intentó hechizar su propia corbata para que se volviera naranja "en honor a su musa". Es un idiota, pero es mi hermano. Intentad no mataros.
El grupo se dirigió a las mazmorras para la clase de Snape. El ambiente allí siempre era frío y húmedo, lo que no ayudaba al humor de Ron. Como era de esperar, Evan ya estaba allí, apoyado contra la pared con una elegancia que a Ron le resultaba ofensiva.
— Vaya, pero si es el pequeño Weasley —dijo Evan cuando pasaron por su lado, bajando la voz para que solo ellos lo oyeran—. ¿Qué pasa, Ron? ¿Te comió la lengua el gato o sigues procesando lo de ayer?
Ron ni siquiera lo miró. Caminó con la cabeza alta, ignorándolo por completo, y se sentó al fondo de la clase con Harry.
— ¿Ves? —le susurró Ron a Harry mientras sacaba su caldero—. Ni una palabra. Soy una tumba.
— Eres una tumba que está vibrando de pura rabia —comentó Harry, divertido—. Relájate, Ron. Snape te va a quitar puntos si nota que estás más distraído de lo normal.
La clase fue un ejercicio de autocontrol para Ron. Evan, que estaba sentado un par de mesas más adelante, no dejaba de enviarle avioncitos de papel encantados que revoloteaban alrededor de su cabeza. Uno de ellos aterrizó justo en su nariz. Ron lo aplastó con la mano sin abrirlo, aunque se moría de curiosidad por saber qué decía.
Kass, desde su lugar junto a otra chica de Slytherin, miraba la escena con una sonrisa burlona. Ella conocía bien a Evan; sabía que su táctica favorita era picar hasta que la otra persona explotara.
— Harry —susurró Kass cuando Snape se dio la vuelta para escribir en la pizarra—, dile a Ron que si no abre la nota, Evan va a empezar a cantar en mitad de la clase. Conozco esa mirada.
Harry le pasó el mensaje a Ron, quien simplemente apretó más los dientes.
Al salir de clase, el grupo se reunió en el patio. El sol brillaba con fuerza, contrastando con el frío de las mazmorras. Simon estaba intentando hacer equilibrio sobre un muro bajo, mientras Sera intentaba convencerlo de que se bajara antes de que se rompiera el cuello.
— ¡Es un entrenamiento para la búsqueda del tesoro que Azhael organizó en el Bosque Prohibido! —gritaba Simon mientras se tambaleaba.
— Simon, si pones un pie en el Bosque, te pondré un castigo que hará que desees que el calamar gigante te trague —amenazó Sera, aunque terminó riendo cuando Simon casi se cae de espaldas y Harry tuvo que sostenerlo.
Evan apareció de la nada, caminando con las manos en los bolsillos. Se acercó al grupo, ignorando la tensión que emanaba de Ron.
— Hola, Kass. Hola, Harry. Simon... ¿sigues siendo igual de tonto que ayer? —preguntó Evan con una sonrisa brillante.
— ¡Más! —respondió Simon con orgullo—. Azhael dice que la inteligencia está sobrevalorada.
— Me lo imagino —rio Evan—. Oye, Harry, ¿podrías decirle a tu amigo el mudo que tengo su libro de Historia de la Magia? Se lo dejó ayer en el lago.
Ron, que efectivamente había estado buscando su libro toda la mañana, sintió un tic en el ojo. Miró a Harry.
— Harry, ¿podrías decirle a ese individuo que no necesito nada de él y que puede usar el libro para calzar una mesa coja en las mazmorras? —dijo Ron en voz alta, dirigiéndose a Harry pero mirando fijamente a un punto en la pared.
— Harry —dijo Evan, imitando el tono de Ron—, dile a Ronny que el libro tiene unas anotaciones muy interesantes en las páginas de la Rebelión de los Goblins. Parece que alguien dibujó corazoncitos alrededor de mi nombre.
— ¡Eso es mentira! —estalló Ron, olvidando su voto de silencio por un microsegundo—. ¡Yo no dibujo corazones! ¡Y mucho menos alrededor de tu nombre de troll!
Evan soltó una carcajada triunfal.
— ¡Ahá! Habló. Sabía que no durarías ni dos horas, Weasley. Eres demasiado predecible.
Ron se dio cuenta de su error y se puso rojo como un tomate. Se cruzó de brazos y volvió a cerrar la boca con fuerza, haciendo un gesto de "cremallera" en sus labios.
— Oh, vamos —dijo Evan, acercándose un paso más—. No me digas que vas a volver al silencio. Estábamos empezando a divertirnos.
— Dejadlo ya, los dos —intervino Sera, poniéndose en medio—. Parecéis un matrimonio de ochenta años que se pelea por quién se comió la última galleta. Evan, dale el libro. Ron, deja de actuar como si tuvieras cinco años.
— ¡Él empezó! —dijeron ambos al unísono, señalándose el uno al otro.
Kass soltó una carcajada limpia.
— Harry, ¿te das cuenta de lo que tenemos que aguantar? Entre el novio imaginario de Simon y estos dos que no saben cómo admitir que se mueren por estar juntos, somos los únicos normales aquí.
— Bueno, tú eras de las "Jarras Coquettes", Kass —le recordó Harry con una sonrisa pícara—. No sé si "normal" es la palabra.
— ¡Oye! —protestó Kass, dándole un empujoncito—. Ya te dije que eso fue una fase oscura. Todos tenemos derecho a cometer errores, como Ron cuando decidió que ser amigo de Evan era una buena idea.
— ¡No soy su amigo! —gritó Ron, rompiendo el silencio por segunda vez—. ¡Es un castigo divino!
— Un castigo divino que te encanta, admítelo —dijo Evan, guiñándole un ojo antes de lanzar el libro de Historia de la Magia al aire. Ron lo atrapó por puro instinto—. Quédatelo, Weasley. Nos vemos en la cena. Intenta no echarme mucho de menos, ¿vale?
Evan se alejó caminando hacia el castillo, silbando una melodía alegre. Ron se quedó allí, apretando el libro contra su pecho, sintiendo una mezcla de alivio y una irritación que le hacía cosquillas en el estómago.
— Es insoportable —murmuró Ron, esta vez más para sí mismo.
— Pero te ha devuelto el libro —señaló Simon, que seguía en el muro—. Azhael dice que eso es una señal de respeto en la cultura de los Slytherin. O tal vez es que le gustas. Azhael suele confundir ambas cosas.
— Simon, cállate —dijeron todos a la vez, aunque con cariño.
El resto de la tarde transcurrió de forma más tranquila. El grupo se sentó en el patio a hacer los deberes. Harry y Kass compartían un pergamino, murmurando cosas que hacían que Harry se riera cada poco tiempo. Sera corregía unos ensayos de primer año de Hufflepuff con una expresión de extrema paciencia, mientras Simon intentaba dibujar un mapa de lo que él llamaba "La Dimensión de Azhael" en su cuaderno.
Ron, por su parte, intentaba concentrarse en su ensayo de Transformaciones, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la entrada del Gran Comedor. No quería admitirlo, pero la tarde se sentía un poco más aburrida sin las puyas constantes de Evan.
— ¿Estás bien, Ron? —preguntó Sera, levantando la vista—. Estás muy callado. De verdad callado, no de esa forma fingida de esta mañana.
— Sí, solo... pensando en los exámenes —mintió Ron.
— No mientas, Ron —dijo Kass sin levantar la vista de su pergamino—. Estás esperando a que Evan aparezca para poder ignorarlo otra vez. Es tu nueva actividad favorita.
— No es verdad —negó Ron, aunque sabía que Kass tenía razón—. Es solo que... es raro. Ayer en el lago, las cosas se pusieron... raras. Y hoy él actúa como si nada hubiera pasado, pero al mismo tiempo no deja de molestar. No entiendo cómo funciona su cabeza de Slytherin.
— Evan es simple, aunque no lo parezca —explicó Sera, dejando su pluma a un lado—. Le gusta la atención. Y le gustas tú porque no le das la atención que él espera, sino que le das pelea. Para él, una discusión contigo es mejor que un cumplido de cualquier otra persona.
Harry miró a su amigo.
— Ron, si de verdad te molesta, podemos decirle que pare. Hablo en serio.
Ron guardó silencio un momento. Pensó en la forma en que Evan lo miraba, en cómo siempre sabía exactamente qué decir para hacerlo reír o enfurecerlo, y en cómo, a pesar de todo, Evan siempre estaba presente.
— No —dijo Ron finalmente, con una pequeña sonrisa—. No hace falta. Es un idiota, pero es nuestro idiota. Además, si deja de molestarme, Simon empezará a contarme más historias sobre Azhael y los unicornios, y no creo que mi cerebro pueda soportarlo.
— ¡Ey! —protestó Simon—. ¡Mis historias son fascinantes! ¿Les conté la vez que Azhael salvó a un grupo de elfos domésticos de un ataque de gnomos gigantes?
— No, Simon, y no lo hagas —rio Harry.
El sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y rosados. El grupo se levantó para recoger sus cosas y dirigirse a la cena. Mientras caminaban por los pasillos de piedra, Ron sintió una presencia a su lado. No tuvo que mirar para saber quién era.
— ¿Aún no me hablas, Weasley? —susurró la voz de Evan cerca de su oreja.
Ron suspiró, sintiendo que la resolución de la mañana se desvanecía por completo. Se giró hacia Evan, que lo miraba con una expresión expectante, casi vulnerable tras esa máscara de seguridad.
— Solo si prometes no mencionar a Sunny en toda la cena —dijo Ron, rindiéndose.
Evan sonrió de una forma que Ron no le había visto nunca; una sonrisa real, sin burlas.
— Hecho. Pero no prometo no mencionar los corazoncitos en tu libro.
— ¡Que no había corazones! —gritó Ron, empezando a perseguir a Evan por el pasillo mientras el resto del grupo estallaba en carcajadas detrás de ellos.
Sera negó con la cabeza, mirando a Harry y Kass.
— Son imposibles.
— Son perfectos el uno para el otro —corrigió Kass, entrelazando su mano con la de Harry—. Solo que aún no lo saben.
— ¡Azhael dice que ya lo saben, pero que son demasiado orgullosos! —añadió Simon, corriendo para alcanzar a los demás—. ¡Esperen! ¡No me dejen solo con los fantasmas!
El grupo entró en el Gran Comedor, el eco de sus risas y discusiones llenando el espacio. En Hogwarts, los días podían ser tranquilos o caóticos, pero mientras estuvieran juntos, incluso los silencios de Ron y las mentiras de Evan se sentían como parte de algo mucho más grande: una extraña y maravillosa familia que nadie, ni siquiera un novio imaginario llamado Azhael, podría romper.