Secreto en Hogwarts
Tinta, pergaminos y el misterio del novio inexistente
La biblioteca de Hogwarts, con sus estanterías que se perdían en la penumbra del techo y ese olor característico a papel antiguo y magia latente, solía ser un refugio de paz. Sin embargo, cuando el grupo de Harry se instaló en una de las mesas largas del fondo, la paz de la señora Pince comenzó a pender de un hilo muy delgado.
Sera Bletchey, haciendo gala de su placa de prefecta de Hufflepuff, había organizado la sesión de estudio con una eficiencia militar. Había repartido pergaminos, tinteros y se había asegurado de que Simon no trajera nada que pudiera explotar, aunque con Simon, eso nunca estaba garantizado al cien por ciento.
—Muy bien —susurró Sera, clavando una mirada severa en su hermano y en Ron—, tenemos el examen de Pociones el viernes y el de Transformaciones el lunes. Si escucho una sola pelea sobre quién besó a quién o sobre auras de colores, lanzaré un hechizo silenciador que durará hasta Navidad. ¿Quedó claro?
—Clarísimo, mamá —respondió Evan con una sonrisa perezosa, apoyando la barbilla en su mano mientras miraba de reojo a Ron—. Yo me portaré como un ángel. Un ángel de Slytherin, claro.
—Yo no tengo intención de hablar con él —masculló Ron, abriendo su libro de *Guía de Transformación para Principiantes* con tanta fuerza que casi rasga una página—. Solo quiero terminar este ensayo sobre el cambio de color en los invertebrados.
Harry y Kass estaban sentados uno al lado del otro, compartiendo un ejemplar de *Mil Hierbas Mágicas y Hongos*. Kass, con su elegancia natural de Slytherin, tomaba notas con una caligrafía impecable, mientras Harry intentaba descifrar un diagrama sobre las raíces de mandrágora.
—Harry, amor, estás dibujando la raíz al revés —le susurró Kass, tomando suavemente la mano de su novio para corregir el trazo—. Si la dibujas así, parece un nabo con crisis de identidad, no una mandrágora.
—Es que las mandrágoras me ponen nervioso —admitió Harry con una risita—. Me recuerdan a los gritos de Neville en segundo año.
A su lado, Simon Vael parecía estar en otro planeta. Tenía el pelo azul más despeinado que de costumbre y sostenía su pluma como si fuera una varita de adivinación.
—Azhael dice que estudiar es una construcción social —anunció Simon de repente, rompiendo el silencio—. Él dice que en Ravenclaw no estudian, simplemente absorben el conocimiento por ósmosis mientras duermen sobre los libros.
—Simon —dijo Sera sin levantar la vista de su pergamino—, Azhael no va a Ravenclaw porque Azhael no existe. Y si existiera, te diría que vas a reprobar Historia de la Magia si no dejas de dibujar monigotes en el margen.
—¡Claro que existe! —protestó Simon en un susurro indignado—. De hecho, me dijo que hoy no podía venir a la biblioteca porque tiene una reunión secreta con el Club de Duelo de las Sombras. Es muy exclusivo. Solo entran los que tienen el pelo de colores fríos y un coeficiente intelectual superior.
Ron soltó una risita burlona.
—Un club de duelo para gente invisible. Qué conveniente, Vael.
—¡Envidioso! —replicó Simon—. Tú solo estás amargado porque tu única compañía nocturna es la rata que ya ni siquiera tienes.
—¡Oye! —exclamó Ron, olvidando por un momento el volumen de su voz—. ¡Eso fue golpe bajo!
—¡Shhh! —El siseo de la señora Pince resonó desde el otro extremo de la sala como el látigo de un domador de fieras.
El grupo se encogió en sus asientos. Evan aprovechó el momento para inclinar su silla hacia atrás, balanceándose peligrosamente.
—Sabes, Weasley —dijo Evan, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro que erizó los vellos de la nuca de Ron—, si quieres, puedo ayudarte con el ensayo de invertebrados. Se me dan bien los bichos que no tienen columna vertebral... me recuerdan a algunos prefectos de Gryffindor que conozco.
Ron lo miró con los ojos entrecerrados.
—No necesito tu ayuda, Evans. Sé perfectamente cómo transformar un caracol en una caja de cerillas.
—¿Ah, sí? —Evan alargó la mano y tomó un pequeño borrador de la mesa—. A ver, transfórmame esto en algo útil. Como un espejo, para que puedas admirar lo rojo que te pones cada vez que te hablo.
—Eres un pesado —dijo Ron, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa tirara de la comisura de sus labios.
Kass levantó la vista de su libro y observó el intercambio con una chispa de diversión en sus ojos oscuros.
—Harry —susurró ella—, ¿cuánto crees que tarden en darse cuenta de que están coqueteando descaradamente sobre un libro de texto?
—Dales tiempo —respondió Harry en el mismo tono—. Ron es un poco lento para estas cosas. Le tomó tres años darse cuenta de que Hermione era una chica, y eso que vivía con ella en la sala común.
—¡Te he oído, Potter! —dijo Ron, aunque no levantó la vista de su pergamino.
—¡Shhh! —volvió a sonar el siseo de la bibliotecaria.
Durante los siguientes veinte minutos, el único sonido en la mesa fue el rasgueo de las plumas y el pasar de las hojas. Simon parecía haber entrado en un trance creativo, dibujando lo que parecía ser un esquema detallado de una boda entre él y su novio imaginario en lo alto de la Torre de Astronomía.
—¿Por qué Azhael lleva una capa de piel de dragón en tu dibujo, Simon? —preguntó Sera, curiosa a pesar de sí misma—. ¿No es un poco caluroso para una boda en junio?
—Es piel de dragón albino de las montañas del norte —explicó Simon con total seriedad—. Es termorreguladora. Azhael siempre piensa en todo. Es tan detallista... ayer me dejó una nota invisible en mi almohada.
—Si era invisible, ¿cómo supiste que era una nota? —preguntó Evan, divertido.
—Porque olía a sándalo y a misterio —respondió Simon con un gesto soñador—. Tú no entenderías lo que es una conexión espiritual, Evan. Tú eres demasiado... terrenal. Coqueteas con todo lo que se mueve.
Evan soltó una carcajada que intentó ahogar contra su túnica.
—Bueno, no todo lo que se mueve. Hay personas que se mueven de forma más interesante que otras —dijo, lanzando una mirada significativa a Ron, quien de repente pareció muy interesado en el tintero.
—Cambiando de tema —intervino Harry, tratando de salvar a su amigo del colapso nervioso—, ¿alguien sabe qué va a entrar en el examen de Snape? Kass, tú eres de su casa, ¿te ha dado alguna pista?
Kass hizo una mueca.
—Snape no da pistas, Harry. Snape da pesadillas. Pero escuché en la sala común que está obsesionado con la Solución de Fortalecimiento. Dice que la mayoría de los Gryffindors la preparan como si fuera sopa de cebolla.
—Genial —suspiró Ron—. Otra tarde de castigo revolviendo calderos mientras él me mira como si yo fuera un moco de trol.
—Podrías venir a estudiar a las mazmorras conmigo —sugirió Evan de repente, con un tono extrañamente casual—. Los de Slytherin tenemos permiso para usar el aula de pociones después de las seis si hay un prefecto presente. Y como mi hermana es una santa de Hufflepuff, estoy seguro de que podría convencerme de que te deje entrar.
Sera levantó una ceja.
—¿Convencerte a ti? Evan, tú eres el que ha estado preguntándome toda la mañana si los Gryffindors tienen permitido el acceso a las zonas comunes de estudio de las otras casas.
Evan se aclaró la garganta, un ligero rubor apareciendo en sus mejillas castañas.
—Solo era curiosidad académica, Sera. No hace falta que seas tan... específica.
Ron sintió que el corazón le daba un vuelco extraño. La idea de estar a solas con Evan en un aula de pociones, lejos de las miradas curiosas de Harry o las locuras de Simon, era aterradora y extrañamente atrayente al mismo tiempo.
—Bueno —dijo Ron, rascándose la nuca—, supongo que no vendría mal un poco de práctica extra. Pero si intentas echarme algo raro en el caldero, te juro que...
—¿Qué me harás, Weasley? —lo retó Evan, recuperando su sonrisa pícara—. ¿Me lanzarás un hechizo de cosquillas? ¿Me obligarás a escuchar una de las historias de Simon sobre Azhael?
—¡Oye! —protestó Simon—. ¡Mis historias son un premio, no un castigo!
—¡BASTA! —La señora Pince apareció de entre las sombras como un espectro vengativo. Sus ojos brillaban detrás de sus gafas—. ¡Fuera de aquí! ¡Todos! ¡Ahora mismo!
El grupo no esperó a que se lo dijera dos veces. Recogieron sus libros y pergaminos a toda prisa, metiéndolos en las mochilas de cualquier manera, y salieron disparados de la biblioteca, aguantando la risa hasta que estuvieron a una distancia segura en el pasillo.
Una vez fuera, en el corredor iluminado por las antorchas, Simon se detuvo para recuperar el aliento.
—Esa mujer es un dementor disfrazado —dijo, acomodándose el pelo azul—. Azhael dice que en su vida pasada fue una gárgola de una catedral mugre.
—Simon, por favor, deja de citar a tu novio imaginario por cinco minutos —pidió Sera, aunque se estaba riendo—. Bueno, ya que nos han echado, supongo que el estudio ha terminado por hoy.
—Yo me voy con Kass a los jardines un rato —dijo Harry, tomando la mano de su novia—. Queremos ver si Hagrid necesita ayuda con algo antes de que oscurezca.
—Nosotros vamos a la cocina —anunció Sera, señalando a Simon—. Tengo hambre y Simon necesita azúcar para que su imaginación no colapse.
Ron y Evan se quedaron solos en medio del pasillo. El silencio que se formó entre ellos no era incómodo, pero estaba cargado de todas esas palabras que no se habían dicho durante el juego de Verdad o Reto en el lago.
—Entonces... —empezó Evan, jugueteando con las correas de su mochila—, ¿lo de las pociones iba en serio?
Ron lo miró. Bajo la luz amarillenta de las antorchas, Evan no parecía el bromista pesado de siempre. Parecía... simplemente un chico que quería pasar tiempo con él.
—Supongo que sí —respondió Ron, intentando sonar indiferente—. Pero no te acostumbres, Evans. Solo lo hago por mi nota. No quiero que Snape me use de ingrediente para sus pociones.
Evan se acercó un paso, invadiendo ese espacio personal que Ron ya no estaba tan ansioso por proteger.
—Claro, Weasley. Por la nota —repitió Evan con un susurro, acercando su rostro al de Ron—. Y porque sabes que en el fondo, soy mucho más divertido que un libro de invertebrados.
Ron sintió que el calor subía por su cuello, pero esta vez no apartó la mirada.
—Eres un idiota, ¿lo sabes?
—El idiota que vas a ver a las seis en el aula de pociones —recordó Evan, dándole un toquecito juguetón en el hombro antes de girarse para caminar hacia las mazmorras—. ¡No llegues tarde, pelirrojo! ¡Y no traigas corazones dibujados, que me distraigo!
Ron se quedó allí, viendo cómo Evan se alejaba. Se llevó una mano al pecho, notando que su corazón latía a una velocidad que no tenía nada que ver con el miedo a los exámenes.
—Maldito Slytherin —murmuró, pero esta vez, la sonrisa en su rostro era tan amplia que no pudo ocultarla.
Caminó hacia la torre de Gryffindor, pensando que tal vez, solo tal vez, Simon tenía razón en algo: a veces, las mejores revelaciones no venían de los libros ni de las auras de colores, sino de aceptar que lo que te volvía loco de alguien era precisamente lo que te hacía querer estar a su lado. Y mientras subía las escaleras, Ron se dio cuenta de que ya no estaba pensando en el ensayo de invertebrados, sino en qué túnica se pondría para su "sesión de estudio" nocturna.