Secreto en Hogwarts
Secretos en el aire y la tormenta que se avecina
La mañana siguiente al incidente en el aula vacía amaneció con un cielo plomizo que amenazaba con descargar una tormenta sobre las torres de Hogwarts. El Gran Comedor bullía con el habitual estrépito de platos y conversaciones, pero para el grupo de amigos, la atmósfera era tan pesada como el plomo.
Ron Weasley estaba sentado en la mesa de Gryffindor, removiendo mecánicamente su avena. Tenía ojeras; no había pegado ojo pensando en el dilema de Harry. A su lado, Harry Potter parecía un fantasma de sí mismo. No comía, no hablaba y mantenía la vista fija en la mesa de Slytherin, donde Kass desayunaba tranquilamente con sus compañeras, ajena al desastre que se cernía sobre su relación.
— Tienes que decírselo ya —susurró Ron, inclinándose hacia su amigo—. Si se entera por Evan o por algún chismoso de las mazmorras, será mucho peor.
— Lo sé, Ron, lo sé —respondió Harry con voz ronca—. Pero cada vez que la miro, me siento como la peor basura del mundo mágico. Ella confía en mí.
— Pues deberías haber pensado en eso antes de dejarte enredar por la "güera" —replicó Ron con una dureza que sorprendió incluso a él mismo—. No puedes jugar con la gente así, Harry. Kass no es una de esas "jarras coquettes" que buscaban fama. Ella te quiere de verdad.
Harry hundió la cabeza entre las manos, pero antes de que pudiera responder, Simon Vael aterrizó en el banco frente a ellos. Su cabello azul hoy parecía vibrar con una energía maníaca y traía varios pergaminos arrugados bajo el brazo.
— ¡Chicos, chicos! ¡Azhael ha tenido una premonición! —exclamó Simon, ignorando por completo el aura fúnebre de la mesa—. Dice que hoy los lazos se romperán y que el cielo llorará lágrimas de cristal. ¡Es tan poético! También dice que Ron debería dejar de comer avena porque bloquea su tercer ojo.
— Simon, por el amor de Merlín, hoy no es el día —gruñó Ron, lanzándole una mirada de advertencia.
— ¡Oh, vamos, Weasley! No estés tan amargado —dijo Simon, dándole un mordisco a una tostada—. Azhael dice que la amargura es solo falta de amor... o de azúcar. Por cierto, ¿vieron a Sera anoche? Estaba bailando con un Black. ¡Un Black! Azhael dice que eso es un cruce de linajes muy peligroso, pero muy estético para una boda.
Ron miró hacia la mesa de Hufflepuff. Sera estaba allí, pero no parecía la "mamá del grupo" habitual. Estaba distraída, tocándose el cuello de la túnica con una sonrisa ausente mientras leía un libro que, por la portada, no parecía ser de texto.
— Sera sabe lo que hace —dijo Ron, aunque en el fondo le preocupaba que su amiga saliera herida—. Pero Harry tiene problemas más reales que los linajes estéticos de Simon.
— ¿Problemas? —Evan Bletchey apareció detrás de ellos, deslizándose en el banco junto a Simon con una agilidad felina—. ¿Hablamos de los problemas que tienen nombre de chica rubia y olor a traición, o de algo nuevo?
Harry se tensó visiblemente y Ron le lanzó una mirada fulminante a Evan.
— Evans, te dije que no era el momento —masculló Ron.
— Solo pasaba a saludar, Ronny —dijo Evan, bajando la voz y acercándose al oído del pelirrojo—. Y a recordarte que el reto de anoche sigue en pie. Aún no me has dicho qué sientes cuando te miro.
Ron sintió que el calor le subía al rostro, pero antes de que pudiera responder, el caos estalló.
Kass se había levantado de la mesa de Slytherin y caminaba hacia ellos. Su expresión no era de enojo, sino de una curiosidad teñida de sospecha. Al ver a Harry tan pálido y al grupo tan tenso, se detuvo frente a ellos, cruzándose de brazos.
— Hola, chicos —dijo Kass, mirando fijamente a Harry—. Harry, ¿podemos hablar? Me han llegado unos comentarios muy extraños sobre la fiesta de anoche. Algo sobre ti y una chica de Gryffindor en un rincón oscuro.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Simon dejó de masticar, Evan arqueó una ceja con interés académico y Ron sintió que el estómago se le caía a los pies. Harry levantó la vista, encontrándose con los ojos de su novia.
— Kass, yo... —empezó Harry, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
— ¿Es verdad? —preguntó ella, su voz temblando ligeramente—. Solo dime si es verdad, Harry. No me mientas. Soy de Slytherin, puedo oler una mentira a kilómetros.
Harry cerró los ojos y asintió lentamente.
— Fue un error, Kass. Estaba confundido, la fiesta, el alcohol...
— No me vengas con excusas baratas —le cortó Kass, y ahora su voz era fría como el hielo de las mazmorras—. Pensé que eras diferente. Pensé que después de todo ese drama con tus amigos anteriores, habías aprendido lo que significa la lealtad. Pero veo que eres igual que todos ellos. Un buscador de atención que no sabe valorar lo que tiene.
Kass no gritó. No lanzó ningún hechizo. Simplemente se dio la vuelta y salió del Gran Comedor con la cabeza alta, aunque Ron pudo ver el brillo de las lágrimas en sus ojos antes de que se alejara.
— ¡Kass, espera! —gritó Harry, levantándose para seguirla.
— Déjala, Potter —dijo Evan, deteniéndolo con una mano en el hombro—. Si vas ahora, solo harás que te lance una maldición que te dejará sin nariz. Dale espacio. Has metido la pata hasta el fondo.
Harry se desplomó de nuevo en el banco, escondiendo la cara entre las manos. Ron suspiró y le puso una mano en la espalda, aunque todavía se sentía furioso con él.
— Te lo dije, Harry —susurró Ron—. Te lo dije.
— ¡Vaya! —exclamó Simon, rompiendo la tensión de la forma más inoportuna posible—. Azhael tenía razón. Los lazos se han roto. ¡Es increíble cómo acierta! Debería cobrar por sus consultas.
— Simon, cállate de una vez —dijo Ron, esta vez sin ninguna paciencia—. Vete a buscar a Azhael o a peinar unicornios, pero déjanos en paz.
Simon, ofendido, recogió sus pergaminos.
— Está bien, está bien. Me voy. Azhael dice que la negatividad es contagiosa y no quiero que mi pelo azul se vuelva gris por vuestra culpa. ¡Sera! ¡Espérame!
Simon corrió hacia Sera, que acababa de levantarse de su mesa. Evan, Ron y Harry se quedaron solos en un rincón que ahora se sentía demasiado pequeño.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Harry con voz mortecina.
— Ahora —dijo Evan, poniéndose en pie—, vas a ir a la torre de Gryffindor, te vas a lavar la cara y vas a pensar en cómo pedir perdón de verdad, no con excusas de niño pequeño. Ron, ven conmigo. Necesito que me ayudes con algo en el patio.
Ron miró a Harry, dudando.
— Ve, Ron —dijo Harry—. Me merezco estar solo.
Ron siguió a Evan fuera del comedor. Caminaron en silencio hasta el patio interior, donde la lluvia empezaba a caer de forma fina y persistente. Se refugiaron bajo uno de los arcos de piedra.
— Ha sido un desastre —dijo Ron, apoyándose contra la pared fría—. Harry es un idiota.
— Lo es —coincidió Evan, colocándose frente a él—. Pero no estamos aquí para hablar de Potter. Estamos aquí para terminar lo que empezamos anoche.
Ron tragó saliva. El ambiente entre ellos había cambiado. Ya no era la tensión de las peleas constantes, sino algo más profundo, algo que hacía que el aire pareciera escasear.
— Evan, no sé si es el momento... con todo lo que está pasando...
— Siempre hay algo pasando en este colegio, Weasley —dijo Evan, dando un paso hacia él, acortando la distancia hasta que Ron pudo oler el aroma a lluvia y pergamino que desprendía—. Si esperamos al momento perfecto, estaremos en nuestras tumbas y todavía me estarás llamando "Evans" para ocultar que te mueres por besarme.
— ¡Yo no oculto nada! —protestó Ron, aunque su voz carecía de fuerza—. Es que... eres un Slytherin. Y eres el hermano de Sera. Y estuviste con Fred. Es complicado.
— No, no lo es —replicó Evan, poniendo una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Ron—. Es muy simple. Me gustas. Me gustas desde que me gritaste en segundo año porque te gané a los cromos de ranas de chocolate. Me gusta que seas tan leal, tan testarudo y tan... tú. Y sé que yo también te gusto, aunque te cueste admitirlo más que aprobar Historia de la Magia.
Ron lo miró a los ojos. Evan no estaba bromeando. No había sarcasmo en su voz ni burla en su mirada. Era la primera vez que veía al verdadero Evan Bletchey, sin máscaras.
— Eres un pesado —susurró Ron, una pequeña sonrisa apareciendo en sus labios—. Un pesado arrogante y egocéntrico.
— Y tú eres un Gryffindor predecible y adorable —respondió Evan con una sonrisa ladeada—. ¿Vas a responder al reto o tengo que usar una poción de la verdad?
Ron no respondió con palabras. En lugar de eso, agarró la túnica de Evan y lo atrajo hacia sí, cerrando la distancia en un beso que sabía a lluvia y a una confesión largamente esperada. Fue un beso torpe al principio, lleno de la inexperiencia y el nerviosismo de Ron, pero Evan respondió con una suavidad que desarmó al pelirrojo por completo.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco agitados. Ron se pasó una mano por el cabello, sintiéndose más vivo de lo que se había sentido en semanas.
— Bueno —dijo Ron, intentando recuperar su dignidad—, supongo que eso responde al reto.
— Bastante bien, diría yo —rio Evan, con los ojos brillando de triunfo—. Aunque creo que necesitaremos practicar más.
— Ni lo sueñes, Bletchey —dijo Ron, aunque no pudo evitar sonreír—. Ahora tenemos que encontrar a Sera. Si se entera de esto por Simon o por su "novio imaginario", nos matará a los dos.
— Tienes razón —asintió Evan—. Pero antes, mira allí.
Evan señaló hacia el otro lado del patio. Bajo la lluvia, Sera caminaba de la mano con el chico Black. No hablaban, pero la forma en que ella se apoyaba en su hombro decía más que mil palabras. La "mamá del grupo" finalmente había encontrado a alguien que cuidara de ella.
— Vaya —murmuró Ron—. Supongo que todos estamos rompiendo las reglas hoy.
— Es un día de cambios, Ronny —dijo Evan, pasando un brazo por los hombros de Ron—. Como dijo el tonto de Simon: los lazos se rompen, pero otros nuevos se forman.
Caminaron juntos por los pasillos, ignorando las miradas de los demás estudiantes. Sabían que el drama de Harry y Kass no había terminado, que la tormenta apenas comenzaba para su mejor amigo y que el colegio pronto estaría lleno de rumores sobre el león y la serpiente que finalmente habían dejado de pelear.
Al doblar una esquina, se encontraron con Simon, que estaba intentando convencer a un cuadro de que le prestara su sombrero.
— ¡Oh, hola chicos! —gritó Simon al verlos—. ¡Azhael dice que vuestras auras ahora son de color violeta brillante! Eso significa que ha habido un intercambio de fluidos mágicos o que habéis comido demasiadas bayas de saúco. ¡Qué emocionante!
— Simon, por favor, cállate —dijo Ron, pero esta vez con una carcajada—. Vamos a las cocinas. Necesito comer algo que no sea avena amarga.
— ¡Tarta de melaza! —exclamó Simon—. Azhael dice que la tarta de melaza es el pegamento del universo.
Mientras el grupo se alejaba hacia las cocinas, el eco de sus risas llenó los pasillos de Hogwarts. La tarde seguía siendo gris y la situación de Harry era un desastre, pero en ese pequeño rincón del mundo mágico, las cosas finalmente empezaban a tener sentido. Entre verdades, retos y novios imaginarios, Ron Weasley se dio cuenta de que a veces, para encontrar la paz, primero había que aceptar la guerra que uno llevaba por dentro.
— ¿Sabes? —dijo Ron mientras bajaban las escaleras hacia el sótano—. Sigo pensando que Azhael es un invento de tu imaginación, Simon.
— Eso es porque no tienes fe, Ronny —respondió Simon con una sonrisa tonta—. Pero no te preocupes, Azhael dice que te perdona. Después de todo, ahora tienes a un Slytherin de verdad para que te mantenga ocupado.
Evan apretó el hombro de Ron y este le devolvió la mirada con una calidez que no necesitaba hechizos para brillar. Hogwarts seguía siendo un lugar lleno de secretos, pero el de ellos ya no era uno de ellos. Y mientras la lluvia golpeaba los cristales, el grupo de amigos se sumergió en el calor de las cocinas, listos para enfrentar cualquier tormenta que el destino decidiera lanzarles a continuación.