Secreto en Hogwarts
Sombras de neón y promesas rotas
El ambiente en la Sala Común de Slytherin era una mezcla embriagadora de música alta, humo de colores y el aroma dulzón del ponche de elfo doméstico "mejorado" con un toque de whisky de fuego. No era una fiesta oficial, por supuesto; era una de esas celebraciones clandestinas que ocurrían cuando Slughorn estaba demasiado ocupado con sus propias cenas privadas y los prefectos decidían mirar hacia otro lado.
Harry Potter se sentía extraño. La euforia de la victoria en el último partido de Quidditch aún corría por sus venas, pero había algo más: una inquietud que no lograba aplacar. Kass, su novia, estaba al otro lado de la sala, riendo con un grupo de chicas de sexto, luciendo radiante bajo las luces verdes. Harry debería haber estado con ella, pero se sentía asfixiado.
—¿Agobiado, Potter? —La voz era suave, casi un susurro al oído.
Harry se giró y se encontró con una chica que no recordaba haber visto mucho por los pasillos. Era una Gryffindor de quinto, una chica rubia, de una belleza fría y ojos que parecían analizar cada uno de sus movimientos. La llamaban "la güera" en los pasillos, una chica de intercambio o de familia extranjera que siempre mantenía las distancias.
—Un poco —admitió Harry, aceptando el vaso que ella le ofrecía—. Demasiada gente.
—A veces el Salvador del Mundo necesita un respiro de su propio pedestal —dijo ella con una sonrisa enigmática—. Ven, conozco un rincón más tranquilo cerca de la chimenea.
Harry la siguió, impulsado por una mezcla de imprudencia y el efecto del alcohol. En la penumbra de un rincón apartado, la conversación se volvió más íntima, las risas más bajas y el espacio entre ellos desapareció. Harry olvidó la lealtad, olvidó a Kass y, por un momento, se dejó llevar por el impulso ciego que solía meterlo en problemas.
Mientras tanto, en la otra punta del castillo, en una de las aulas vacías que los de Hufflepuff habían habilitado para una reunión mucho más tranquila, Sera Bletchey intentaba mantener el orden. Simon estaba intentando enseñarle a un grupo de segundo año cómo "comunicarse con los espíritus de los árboles", mientras Ron observaba con una expresión de absoluto aburrimiento, esperando a que Harry apareciera.
—Sera, de verdad, deberías relajarte —le dijo un chico que estaba apoyado contra la pared.
Sera se giró. Era un chico alto, de cabello oscuro y una elegancia que gritaba linaje antiguo. Se apellidaba Black, un primo lejano de la rama principal de la familia que había quedado en una casa menos "oscura".
—El orden es lo que evita que Hogwarts se caiga a pedazos, Black —respondió Sera, cruzándose de brazos, aunque sus mejillas se tiñeron de un rosa suave.
—El orden es aburrido, Bletchey —dijo el chico, acercándose con una seguridad que desarmó a la prefecta—. Tienes esa manía de cuidar a todo el mundo, pero ¿quién te cuida a ti? Eres la chica más inteligente de esta sala y estás perdiendo el tiempo vigilando que Vael no se trague su propia lengua.
—Es mi deber —insistió ella, aunque no retrocedió cuando él invadió su espacio personal.
—Tu deber es ser feliz, Sera. Y creo que yo podría ayudarte con eso —le susurró Black, rozando con sus dedos el dorso de la mano de la chica—. Tienes unos ojos preciosos cuando dejas de mirar el reloj.
Sera se quedó sin palabras, atrapada por la intensidad de la mirada del chico Black. Ron, que estaba a unos metros, captó la escena y frunció el ceño, pero antes de que pudiera intervenir, la puerta se abrió de golpe.
Harry entró. Venía despeinado, con la corbata floja y una expresión de culpa que se le leía en la frente a kilómetros de distancia. Ron, que conocía a su mejor amigo mejor que nadie, supo al instante que algo había pasado. Se acercó a él, apartándolo del grupo principal.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó Ron en voz baja, arrastrando a Harry hacia un rincón oscuro—. Kass te estuvo buscando por todo el Gran Comedor antes de irse a la fiesta de su casa.
—Yo... me quedé hablando con alguien —respondió Harry, evitando el contacto visual.
—¿Hablando? Harry, tienes lápiz labial en el cuello de la camisa —sentenció Ron, su voz cargada de una decepción profunda—. No me digas que... ¿otra vez, Harry? ¿Otra vez volviste a esas andanzas?
Harry suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—Fue un error, Ron. Ella era rubia, era... no sé qué me pasó.
—¡Lo que te pasó es que eres un desconsiderado! —le regañó Ron, apretando los dientes—. Kass es una chica increíble. Se enfrentó a medio Slytherin por estar contigo, aguantó las bromas de mis hermanos, ¡incluso le cae bien a mi madre! ¿Y tú vas y la engañas con la primera chica que te sonríe en una esquina?
—No lo entiendes, es la presión, Ron —intentó justificarse Harry.
—¡No me vengas con la presión! —replicó Ron, señalándolo con el dedo—. Yo también tengo presión. Tengo que aguantar a Evan molestándome todo el día, a Simon con sus novios imaginarios y a mi familia esperando que no sea un fracaso. Y no voy por ahí besando a cualquiera. Pensé que habías dejado atrás esa etapa de "Las jarras coquettes", cuando te creías el rey del drama con aquellos Slytherins.
Harry bajó la cabeza, sintiéndose pequeño ante el sermón de su amigo.
—¿Qué voy a hacer ahora? —preguntó Harry con voz quebrada.
—Lo que vas a hacer es decírselo —dijo Ron con firmeza—. No voy a ser cómplice de esto, Harry. Si no se lo dices tú, se enterará por alguien más. Las noticias en Hogwarts vuelan más rápido que una Nimbus 2001.
En ese momento, Evan Bletchey entró en el aula, buscando a su hermana. Al ver la tensión entre Harry y Ron, se detuvo, con su habitual sonrisa burlona desapareciendo por un segundo.
—Vaya, vaya. Parece que el Niño que Vivió ha vuelto a meter la pata —comentó Evan, acercándose a ellos—. Se oyen rumores en las mazmorras, Potter. Dicen que te vieron muy acaramelado con una "güera" de Gryffindor cerca de las chimeneas.
—¡Cállate, Evans! —le espetó Ron, poniéndose delante de Harry—. No es el momento.
—Siempre es el momento para la verdad, Weasley —dijo Evan, aunque sus ojos se suavizaron al mirar a Ron—. Pero tienes razón. Harry, deberías irte antes de que Kass aparezca por aquí buscando explicaciones. Mi hermana ya tiene suficiente con el chico Black como para tener que limpiar tu desastre también.
Ron miró hacia donde estaba Sera. Black seguía allí, hablando en voz baja, y Sera parecía haber olvidado por completo su libro de reglas.
—¿Ese es un Black? —preguntó Ron, distraído por un momento de su enfado con Harry—. ¿Qué hace coqueteando con Sera?
—Lo que cualquier chico con ojos haría —respondió Evan, encogiéndose de hombros—. Sera es un partido excelente. Pero no te preocupes, Weasley, ella sabe cuidarse sola. Tú deberías preocuparte más por tu amigo el infiel.
Harry, sin decir una palabra más, salió del aula casi corriendo, abrumado por la culpa y la mirada fulminante de Ron.
Ron se quedó allí, suspirando con pesadez. Se sentó en un banco de madera, sintiendo que el mundo se volvía cada vez más complicado. Evan se sentó a su lado, guardando una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para que Ron sintiera su calor.
—Eres un buen amigo, Ronny —dijo Evan con una suavidad inusual—. Pero no puedes cargar con los pecados de Potter sobre tus hombros.
—Me da rabia —confesó Ron—. Kass no se merece esto. Y Harry... Harry a veces actúa como si las reglas de la decencia no se aplicaran a él porque salvó al mundo.
—Es un Gryffindor —rio Evan—. Se creen invencibles hasta que la realidad les golpea en la cara. Pero mira el lado positivo: al menos tú y yo no somos tan dramáticos.
Ron lo miró de reojo, una pequeña sonrisa apareciendo en su rostro.
—¿Nosotros no somos dramáticos? Evans, nos pasamos el día gritándonos por los pasillos.
—Eso es pasión, Weasley. No drama —corrigió Evan, guiñándole un ojo—. El drama es lo que acaba de hacer Harry. Lo nuestro es... un entretenimiento constante.
Mientras tanto, en el rincón de Sera, el chico Black le ofrecía una copa con un líquido ambarino.
—¿Me concedes un baile, Sera? —preguntó él—. Sin reglas, sin prefectos, solo nosotros.
Sera miró a Ron, que estaba hablando con su hermano, miró a Simon, que intentaba levitar un pastel, y finalmente miró al chico Black. Por primera vez en su vida, decidió que el orden podía esperar.
—Solo uno, Black —respondió ella, aceptando su mano—. Pero si intentas algo raro, te convertiré en un hurón.
—Me gustan los riesgos —dijo él, llevándola hacia el centro de la sala.
Ron observó a Sera alejarse con el chico Black y luego miró a Evan. La noche había empezado tranquila, pero Hogwarts siempre encontraba la forma de agitar las aguas.
—¿Crees que Harry se lo dirá? —preguntó Ron.
—Lo hará —afirmó Evan—. Es demasiado noble para mentir por mucho tiempo. Pero mañana será un día difícil. Kass tiene un temperamento de Slytherin que ríete tú de las maldiciones imperdonables.
—Pobre Harry —murmuró Ron, aunque no sentía tanta lástima como debería.
—Pobre de nosotros, que tendremos que aguantar el llanto —rio Evan—. Pero ahora, Weasley, deja de preocuparte por los demás. ¿Verdad o reto?
Ron lo miró, desafiante.
—Reto.
—Te reto a que dejes de llamarme Evans por el resto de la noche —dijo Evan, acercándose un poco más—. Y a que me digas qué es lo que realmente sientes cuando te miro así.
Ron sintió que el corazón le daba un vuelco. La música seguía sonando, Sera bailaba con un Black, Harry huía de sus propios errores y Simon seguía en su mundo de fantasía. Pero en ese rincón del aula, con Evan mirándolo de esa forma tan intensa, Ron se dio cuenta de que, a pesar de todo el caos, no quería estar en ningún otro lugar.
—Eso son dos retos —dijo Ron en un susurro.
—Soy un Slytherin, Ron. Siempre juego con ventaja —respondió Evan, antes de que el silencio se apoderara de ellos, marcando el inicio de una noche que ninguno de los dos olvidaría jamás.