ser un buen novio
Marcas de propiedad y promesas de medianoche
El silencio en el refugio tras aquel momento era denso, pero ya no se sentía como el vacío opresivo de las noches anteriores. Aiden no soltó a Ashlyn de inmediato. Se quedó allí, disfrutando del peso de la chica contra su pecho y del hecho de que, por una vez, ella no estaba analizando los riesgos de un ataque o trazando rutas de escape en su cabeza. Estaba simplemente allí, envuelta en su sudadera burdeos, aceptando el calor que él le ofrecía.
—Sabes, pecas —susurró Aiden, rompiendo el silencio con esa chispa de travesura que nunca lo abandonaba del todo—, si planeas robarme toda la colección de otoño-invierno, voy a tener que empezar a cobrarte alquiler por el uso de mi imagen.
Ashlyn soltó una risa seca, casi un bufido, contra la tela de su pecho. Se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarlo a los ojos. Sus dedos aún descansaban cerca de la nuca de Aiden, jugando distraídamente con los mechones rubio cenizo que siempre parecían ir en todas direcciones.
—Considera que es una compensación por tener que aguantar tus hiperactividades a las tres de la mañana —respondió ella, aunque sus ojos verdes no tenían la dureza habitual.
Aiden fingió una expresión de dolor indignado, llevándose una mano al corazón.
—¡Me hieres, Ash! Mi energía es lo único que mantiene este lugar con vida. Sin mí, estarían todos sentados en círculo mirando una pared gris hasta que nos volviéramos locos. Bueno, más locos de lo que ya estamos.
—Quizás —admitió ella, bajando la mano para alisar la tela excesiva de la sudadera que le llegaba casi a las rodillas—. Pero ahora tengo frío, sueño y una sudadera que huele demasiado a ti como para dejarla tirada.
Aiden la observó con una intensidad que le erizó la piel. No era la mirada maníaca que ponía cuando se enfrentaban a las Sombras, sino algo mucho más profundo. Parecía estar memorizando la forma en que el color burdeos resaltaba el tono de su cabello y cómo las pecas de su nariz parecían más brillantes bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia.
—Quédatela —dijo él, su voz perdiendo el tono de broma—. En serio. Y si mañana quieres la de rayas, o la gris con capucha... solo tienes que decir "Aiden, eres el mejor" y será tuya.
Ashlyn enarcó una ceja, recuperando parte de su actitud mordaz.
—No voy a decir eso.
—Lo dirás. Tarde o temprano, el poder del algodón te obligará —sentenció Aiden con una sonrisa amplia, mostrando sus dientes blancos antes de darle un rápido y suave apretón en los hombros—. Vamos, volvamos con los demás antes de que Ben piense que nos ha comido un monstruo o que finalmente me has asesinado por pesado.
Caminaron de regreso hacia el área común, donde el resto del grupo intentaba organizar las raciones para el día siguiente. Cuando entraron, el silencio cayó sobre el grupo como una manta pesada. Tyler fue el primero en levantar la vista del mapa, seguido por Ben y Logan.
—¿Ashlyn? —preguntó Ben, parpadeando confundido—. ¿Esa no es la sudadera de Aiden?
Ashlyn ni siquiera se inmutó. Caminó hacia su lugar habitual cerca de la mesa con una calma que desarmaría a cualquiera.
—Hacía frío —dijo ella simplemente, sentándose y apoyando los codos sobre la mesa. Las mangas largas se amontonaron en sus muñecas, haciéndola lucir inusualmente pequeña.
Aiden se dejó caer en la silla de al lado, cruzando los brazos detrás de la cabeza con una suficiencia que gritaba victoria.
—Se la he prestado porque soy un caballero andante, Ben —declaró Aiden, guiñándole un ojo al chico más grande—. Además, le queda mucho mejor que a mí. Tiene ese estilo de "sobreviviente chic" que yo no logro alcanzar.
Tyler resopló, volviendo a su tarea.
—Aiden, tú solo querías una excusa para verla usar tu ropa. No engañas a nadie.
—¡Calumnias! —exclamó Aiden, aunque sus ojos carmesí brillaban de pura diversión—. Pero bueno, si el público así lo cree, ¿quién soy yo para llevar la contraria?
Ashlyn ignoró el intercambio, aunque un ligero rubor volvió a aparecer en sus mejillas. Se concentró en las latas de comida, pero podía sentir la mirada de Aiden sobre ella cada dos por tres. No era una mirada de vigilancia, sino de protección. Era extraño. En un mundo donde todo lo que poseían era prestado o robado del olvido, tener algo tan personal como la ropa de otra persona se sentía como un ancla.
Más tarde esa noche, cuando los demás se habían retirado a sus respectivos rincones para intentar dormir, Ashlyn se quedó despierta, sentada en su catre improvisado. El frío del refugio siempre se filtraba por las grietas del concreto, pero el buzo de Aiden cumplía su función con creces. Era grueso, cálido y tenía ese aroma persistente que la hacía sentir que él estaba justo detrás de ella, listo para soltar un comentario absurdo.
Escuchó unos pasos ligeros. No necesitó mirar para saber quién era. El ritmo de los pasos de Aiden era errático, casi saltarín, incluso cuando intentaba ser silencioso.
—¿Pecas? ¿Sigues despierta? —susurró la voz de Aiden desde la oscuridad.
—Es difícil dormir con el ruido que haces al caminar —respondió ella, aunque se hizo a un lado para dejarle espacio en el borde del catre.
Aiden se sentó, sus ojos carmesí captando la poca luz que entraba por la rendija de la puerta. Se veía más cansado de lo habitual. La hiperactividad solía ser una máscara, una forma de procesar el trauma de lo que vivían cada vez que el sol se ponía.
—¿Estás bien? —preguntó Ashlyn, extendiendo una mano para tocar la tela de la camiseta de Aiden. Ahora que ella tenía su sudadera, él solo llevaba una prenda fina.
—Mejor que nunca —mintió él con una sonrisa automática, pero luego suspiró y dejó caer los hombros—. Mentira. Estoy un poco harto de las sombras, Ash. Pero verte con eso puesto... no sé, hace que esto parezca un poco más una pijamada normal y menos el fin del mundo.
Ashlyn guardó silencio por un momento. Sabía a qué se refería. La normalidad era un lujo que no podían permitirse, pero estos pequeños gestos —un buzo prestado, una mirada compartida, una mano en la mandíbula— eran las grietas por donde entraba la luz.
—Aiden —dijo ella, llamando su atención.
—¿Dime, preciosa?
—Acércate. Tienes frío y me vas a despertar castañeando los dientes —ordenó Ashlyn con su tono más autoritario, aunque abrió un poco más el espacio a su lado.
Aiden se quedó congelado por un segundo. Sus ojos se abrieron de par en par, procesando la invitación.
—¿Estás invitándome a tu fortaleza de soledad, Ashlyn Banner? ¿Es esto una trampa para robarme también los pantalones?
—Cállate y entra antes de que me arrepienta —gruñó ella, aunque había una nota de suavidad en su voz que Aiden detectó al instante.
Él no se hizo de rogar. Se acomodó a su lado, con la espalda contra la pared fría, mientras Ashlyn se apoyaba contra él. La sudadera burdeos servía de barrera y a la vez de unión. Aiden pasó un brazo por encima de sus hombros, atrayéndola hacia su costado.
—Estás muy calentita —murmuró Aiden, apoyando su mejilla sobre el cabello anaranjado de ella—. Definitivamente es mi ropa la que hace el trabajo sucio.
—Es tu ropa, pero soy yo la que la lleva —replicó ella, cerrando los ojos—. Gracias, Aiden. Por... por escuchar.
Aiden no respondió con una broma esta vez. Simplemente apretó el agarre, dejando que sus dedos acariciaran el brazo de Ashlyn por encima de la tela gruesa.
—Siempre escucho, Ash. Incluso cuando parece que estoy en mi propio mundo, una parte de mí siempre está pendiente de lo que necesitas.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas. En la penumbra del refugio, el tiempo parecía detenerse. Ashlyn, que siempre estaba alerta, se permitió por fin bajar la guardia. El latido del corazón de Aiden era constante, un ritmo rápido pero seguro que la arrullaba.
—Aiden... —murmuró ella, ya al borde del sueño.
—¿Sí?
—Mañana quiero el de color verde bosque. El que tiene la mancha de pintura en el codo.
Aiden soltó una risita silenciosa, una que hizo vibrar su pecho.
—Concedido. Pero a cambio, quiero que sonrías al menos una vez cuando te lo pongas.
—Negociaré los términos por la mañana —susurró Ashlyn antes de quedarse profundamente dormida.
Aiden se quedó despierto un rato más, velando su sueño. Observó cómo la respiración de Ashlyn se volvía lenta y acompasada. En ese momento, rodeado por el frío y el miedo a lo desconocido, Aiden Clark se sintió el hombre más afortunado del mundo. No necesitaba grandes lujos, ni una vida normal, ni siquiera que el mundo dejara de ser un cementerio de autobuses escolares. Solo necesitaba que ella siguiera usando su ropa, que siguiera buscando su calor y que, de vez en cuando, le permitiera ser el ancla que la mantenía a salvo de la tormenta.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de luz grisácea se filtraron en la habitación, Aiden se levantó con cuidado de no despertarla. Se quitó la camiseta de repuesto que llevaba en la mochila y la dejó junto a ella, pero antes de irse, buscó en su petate el buzo verde bosque que ella había pedido. Lo dobló con una torpeza cariñosa y lo colocó sobre sus pies.
Logan lo encontró en el pasillo, bostezando.
—¿Otra vez dejando "regalos" por accidente, Aiden? —preguntó Logan con una sonrisa de medio lado.
Aiden se puso el dedo índice sobre los labios, guiñándole un ojo con sus lentes carmesí brillando bajo la luz matutina.
—No es un accidente, Logan. Es una inversión —susurró Aiden antes de alejarse hacia la cocina con un salto en su paso—. Y créeme, los dividendos son hermosos.
Esa mañana, cuando Ashlyn se despertó y encontró el buzo verde esperándola, no se quejó. No buscó a Aiden para devolvérselo con una mirada seria. Simplemente se lo puso, sintiendo la mancha de pintura en el codo, y cuando salió al área común y se encontró con la mirada expectante de Aiden, hizo algo que nadie más en el grupo esperaba.
Le sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible para alguien que no la conociera, pero para Aiden, fue como si el sol hubiera salido finalmente en medio de aquel apocalipsis.
—Te queda increíble, pecas —dijo Aiden desde el otro lado de la habitación, apoyado en el marco de la puerta.
Ashlyn se ajustó los puños de la sudadera verde y asintió.
—Lo sé. Y no pienses que vas a recuperarla pronto.
—Ni en un millón de años —prometió Aiden, y ambos supieron que, mientras tuvieran aquel hilo de algodón que los unía, podrían enfrentar cualquier cosa que el cementerio de autobuses les lanzara.
Porque al final del día, la ropa de Aiden no era solo tela. Era un recordatorio de que, incluso en el lugar más oscuro, alguien estaba escuchando. Alguien estaba cuidando. Y alguien estaba dispuesto a quedarse sin nada con tal de que ella tuviera todo lo que necesitaba para seguir luchando.
—Aiden —dijo Ashlyn antes de que él se fuera a revisar el perímetro.
—¿Dime, preciosa?
—El azul marino para el jueves.
Aiden soltó una carcajada que resonó por todo el refugio, una risa llena de vida y de una alegría que nada podía apagar.
—¡A la orden, capitana! —exclamó, haciendo un saludo militar antes de desaparecer por el pasillo, dejando a Ashlyn con el aroma de los pinos y la calidez de un "novio no novio" que, definitivamente, sabía muy bien lo que hacía.