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ser un buen novio

El lenguaje del hilo y la ceniza

La rutina en el refugio se había transformado. Ya no era solo una cuestión de supervivencia, de contar raciones o de limpiar armas improvisadas; ahora había un nuevo ritual, uno que solo Aiden y Ashlyn comprendían plenamente. Cada mañana, un nuevo color aparecía en los hombros de Ashlyn, y cada noche, Aiden se sentía un poco más ligero, no solo por la ropa que le faltaba, sino por la carga que sentía que le quitaba a ella.

El jueves llegó con una neblina densa que se filtraba por las rendijas del viejo edificio, trayendo consigo un frío húmedo que calaba hasta los huesos. Ashlyn se despertó y, como ya era costumbre, buscó a los pies de su cama. Allí estaba: el buzo azul marino. Era de una tela pesada, casi como una manta, y tenía ese olor característico de Aiden, una mezcla de jabón barato y esa energía eléctrica que parecía emanar de su piel.

Se lo puso sin dudar. Sus dedos se perdieron en las mangas excesivamente largas mientras caminaba hacia el área común.

Aiden estaba sentado sobre una mesa, balanceando las piernas con una hiperactividad que ni el frío matutino podía frenar. Estaba lanzando una pequeña pelota de goma contra la pared y atrapándola en el aire con reflejos felinos. Cuando vio aparecer a Ashlyn, la pelota golpeó la pared y rodó por el suelo, olvidada.

—Vaya, vaya —exclamó Aiden, saltando al suelo de un brinco—. El azul marino te sienta incluso mejor de lo que imaginé. Te da un aire de misterio, pecas. Como una capitana de barco en medio de una tormenta de sombras.

Ashlyn se acercó a la cafetera, ignorando deliberadamente el tono juguetón de Aiden, aunque no pudo evitar que las comisuras de sus labios temblaran ligeramente.

—Es cómodo —dijo ella, sirviéndose un poco de líquido negro y amargo en una taza desconchada—. Y cumple su función. Aunque creo que este es un poco más grande que el verde.

Aiden se colocó a su lado, invadiendo su espacio personal con esa naturalidad que solo él poseía. Se inclinó para susurrarle al oído, aunque no había nadie más cerca en ese momento.

—Es porque ese es mi favorito para dormir. Tiene más... "esencia de Aiden" —dijo con una sonrisa ladeada, sus ojos carmesí brillando con una intensidad traviesa—. Considérate afortunada, pecas. Ese buzo ha sobrevivido a tres ataques de Sombras y a una caída accidental en un charco de dudosa procedencia.

Ashlyn bebió un sorbo de café y lo miró de reojo.

—Si me sale un sarpullido por tu "esencia", te mataré mientras duermes, Clark.

—Oh, qué romántica. Siempre con promesas tan dulces —rio Aiden, robándole un sorbo de café antes de que ella pudiera protestar.

El día transcurrió entre tensiones habituales. Ben y Tyler estaban discutiendo sobre la próxima incursión al centro de la ciudad para buscar suministros médicos. La atmósfera era pesada, cargada de la ansiedad que siempre precedía a una salida. Ashlyn, como siempre, era el centro de la estrategia, trazando mapas con una precisión quirúrgica sobre una mesa llena de polvo.

Aiden, por su parte, no dejaba de orbitar a su alrededor. A veces le traía un vaso de agua, otras veces simplemente se apoyaba en el respaldo de su silla, dejando que su presencia fuera un recordatorio constante de que no estaba sola en esa carga.

—Necesitamos entrar por el callejón trasero —dijo Ashlyn, señalando un punto en el mapa—. Si las Sombras aparecen, el autobús escolar está a dos manzanas. Es nuestra única salida segura.

—Yo iré en la vanguardia —se ofreció Aiden, su tono volviéndose repentinamente serio—. Mis lentes me dan ventaja en la penumbra del callejón. Puedo ver los movimientos antes de que ellos nos huelan.

Ashlyn levantó la vista del mapa. Sus ojos verdes se encontraron con los rojos de Aiden. Había una preocupación silenciosa en su mirada, una que raramente permitía que los demás vieran.

—Ten cuidado, Aiden. No te hagas el héroe más de lo necesario.

Aiden le guiñó un ojo, recuperando su máscara de alegría.

—¿Yo? ¿Héroe? No, pecas. Solo soy el chico que quiere volver a casa para ver qué otro buzo me vas a robar mañana.

La incursión fue más difícil de lo esperado. El centro de la ciudad estaba infestado, y el aire se sentía espeso, como si la misma oscuridad tuviera masa. Tuvieron que moverse con una cautela extrema, evitando los cristales rotos y los restos de metal que poblaban las calles.

En un momento crítico, una Sombra surgió de una vitrina rota, lanzándose directamente hacia Tyler. Aiden reaccionó en un parpadeo. Se lanzó hacia adelante, interceptando a la criatura con una agilidad casi inhumana, empujándola hacia atrás con la fuerza de su impulso.

—¡Corran al autobús! —gritó Aiden, manteniendo a raya a la criatura mientras los demás se retiraban.

Ashlyn se detuvo un segundo, con el corazón martilleando contra sus costillas. Vio a Aiden pelear, una mancha de movimiento rubio y rojo en medio de la negrura. El buzo azul marino que ella llevaba puesto parecía pesarle más que nunca, como si la conexión física con él a través de la ropa la obligara a sentir su peligro.

—¡Aiden, muévete! —le gritó ella, cubriéndolo con un disparo preciso de su ballesta que impactó en el hombro de la Sombra.

Aiden aprovechó la distracción para rodar por el suelo y correr hacia ellos. Saltaron al autobús justo cuando las puertas se cerraban con un estruendo metálico. El vehículo rugió y se alejó a toda velocidad, dejando atrás los gritos inhumanos de las criaturas.

Dentro del autobús, el silencio solo era roto por las respiraciones agitadas de todos. Aiden estaba apoyado contra una de las barras de metal, jadeando, con la ropa sucia de hollín y una pequeña brecha en el pómulo que empezaba a sangrar.

Ashlyn se acercó a él sin decir una palabra. Se quitó una de las mangas del buzo azul, dejando al descubierto su brazo, y usó parte de la tela interior —que estaba limpia y seca— para limpiar la sangre del rostro de Aiden.

—Te dije que no te hicieras el héroe —murmuró ella, su voz temblando apenas un poco.

Aiden la miró, dejando que ella cuidara de él. La cercanía era embriagadora. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Ashlyn, potenciado por la lana de su propia sudadera.

—Valió la pena —dijo él en un susurro, solo para ella—. Tyler está a salvo. Y tú estás aquí.

—Eres un idiota, Aiden Clark.

—Tu idiota favorito, pecas. No lo niegues.

Cuando regresaron al refugio, el cansancio era absoluto. Ben y los demás se retiraron a sus puestos de guardia, pero Aiden y Ashlyn se quedaron en el pequeño rincón que habían empezado a considerar su territorio privado.

El frío de la noche era implacable. Ashlyn se sentó en su catre, todavía con el buzo azul puesto, pero ahora estaba manchado de polvo y un poco de sangre de la pelea. Se sentía agotada, no solo físicamente, sino emocionalmente. El miedo de perder a Aiden en aquel callejón había sido más real de lo que estaba dispuesta a admitir.

Aiden apareció unos minutos después. Se había lavado la cara y traía consigo una manta vieja y una pequeña linterna.

—Oye —dijo suavemente, sentándose en el suelo frente a ella—. Estás muy callada. Incluso para tus estándares de "chica seria del fin del mundo".

Ashlyn lo miró fijamente. La luz de la linterna creaba sombras largas en las paredes, pero sus ojos verdes brillaban con una determinación nueva.

—Aiden, ¿por qué lo haces? —preguntó ella de repente.

—¿Hacer qué? ¿Ser increíblemente guapo? Es un don natural, pecas, no puedo evitarlo.

—No hablo de eso —dijo ella, ignorando la broma—. Hablo de la ropa. De escucharme quejarme por el frío y empezar a dejar tus cosas "por accidente". De arriesgarte así hoy. ¿Por qué te esfuerzas tanto por alguien como yo?

Aiden dejó de jugar con la linterna. Su expresión se suavizó, perdiendo toda la hiperactividad. Se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos sobre las rodillas de Ashlyn, justo donde la tela azul marino se arrugaba.

—Porque eres el eje, Ashlyn —dijo con una sinceridad que le cortó el aliento a ella—. Todos aquí dependen de ti para sobrevivir. Eres la que hace los planes, la que toma las decisiones difíciles, la que nunca se rompe. Pero yo... yo no quiero que seas solo un eje. Quiero que tengas calor. Quiero que, cuando el mundo se vuelva demasiado oscuro, tengas algo mío que te recuerde que todavía hay algo real a lo que aferrarse.

Ashlyn sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrada a que alguien viera a través de su armadura con tanta facilidad.

—Además —añadió Aiden, recuperando un poco de su brillo habitual—, me encanta cómo te queda mi ropa. Te hace ver menos como una máquina de guerra y más como... bueno, como Ashlyn. Mi Ashlyn.

Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, se inclinó hacia adelante y rodeó el cuello de Aiden con sus brazos, hundiendo el rostro en su hombro. El buzo azul marino los envolvía a ambos en ese abrazo, una cápsula de calor en medio del refugio helado.

—No me dejes sola en esto, Aiden —susurró ella contra su piel—. Si te pasa algo... no sé qué haría con toda tu ropa.

Aiden soltó una risita suave y la rodeó por la cintura, estrechándola contra sí.

—Tendrías que hacer una venta de garaje apocalíptica. Pero no te preocupes, pecas. No planeo irme a ninguna parte. Todavía me quedan muchos buzos que prestarte.

Se quedaron así durante mucho tiempo, escuchando el viento silbar fuera del edificio. La tensión del día comenzó a disiparse, reemplazada por una paz frágil pero necesaria. Ashlyn se sentía protegida, no por las paredes del refugio o por sus planes de contingencia, sino por el chico que olía a pólvora y cítricos.

—Mañana... —comenzó Ashlyn, su voz ya pesada por el sueño.

—¿Sí, preciosa?

—Quiero el buzo negro. El que tiene la capucha con forro de borreguito.

Aiden sonrió en la oscuridad, besando la coronilla de su cabeza anaranjada.

—Ese es el más cálido de todos. Te lo habías estado guardando para una ocasión especial, ¿eh?

—Mañana va a nevar —dijo ella, cerrando los ojos—. Y quiero sentirme segura.

Aiden la apretó un poco más fuerte.

—Lo estarás. Te lo prometo.

Esa noche, Aiden no se movió de su lado. Se quedó sentado en el suelo, apoyando la espalda contra el catre, vigilando el sueño de la chica que llevaba puesto su color favorito. Sabía que el mundo exterior seguía siendo un cementerio, que las Sombras seguían acechando y que el autobús escolar seguía siendo su única esperanza de escape. Pero allí, en ese rincón oscuro, con el aroma del algodón y el calor compartido, el fin del mundo parecía un poco menos aterrador.

Porque Ashlyn Banner ya no tenía frío. Y Aiden Clark finalmente había encontrado algo que valía la pena escuchar por encima del caos: el sonido del corazón de ella latiendo al mismo ritmo que el suyo, bajo las capas de una sudadera azul marino que ahora, más que nunca, le pertenecía a los dos.

Al amanecer, la nieve comenzó a caer, cubriendo las ruinas de la ciudad con un manto blanco y silencioso. Ashlyn se despertó y encontró el buzo negro con capucha esperándola, justo como Aiden había prometido. Y cuando se lo puso y salió al frío aire de la mañana, no sintió miedo.

Aiden estaba allí, esperándola con dos tazas de café y una sonrisa que desafiaba a la tormenta.

—¿Lista para el invierno, pecas? —preguntó él, extendiéndole una taza.

Ashlyn se puso la capucha, dejando que el forro suave acariciara sus mejillas, y por primera vez, no fue ella quien se acercó primero. Tomó el café, dio un paso hacia él y le dio un rápido beso en la mejilla, justo sobre la herida que ya empezaba a cerrar.

—Lista —dijo ella, y por primera vez en mucho tiempo, su sonrisa fue tan brillante como los ojos carmesí de Aiden.

El "buen novio no novio" se quedó mudo por un segundo, tocándose la mejilla con una expresión de asombro absoluto, antes de soltar una carcajada sonora que asustó a los pájaros que descansaban en las vigas del techo.

—Definitivamente —murmuró Aiden para sí mismo mientras la seguía hacia la mesa de mapas—, ha sido la mejor inversión de mi vida.