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Shanks x zella

Entre el Infierno y el Sake: El Desafío del Pelirrojo

El sol del Nuevo Mundo solía ser un juez implacable, pero esa mañana, sobre la cubierta del Red Force, parecía brillar con una intensidad burlona. Shanks no había pegado ojo. No era por el exceso de sake —aunque los barriles vacíos que rodaban por la madera sugerían una noche larga—, sino por la imagen persistente de esos ojos carmesí que se habían grabado a fuego en su memoria.

—Capitán, si sigues mirando ese mapa en blanco con tanta intensidad, vas a terminar prendiéndole fuego con tu Haki —bromeó Rockstar, acercándose con un informe de la Marina que Shanks ignoró por completo.

—No es un mapa en blanco, Rockstar —respondió Shanks, sin apartar la vista del papel donde él mismo había intentado dibujar, con escaso éxito, la silueta de la costa de Liones—. Es el rastro de un tesoro que no se compra con berries.

Benn Beckman se acercó, soltando el humo de su primer cigarrillo del día. Miró el dibujo de su capitán: un garabato que parecía más una patata con pelo que la belleza etérea de la que tanto había alardeado la noche anterior.

—Si esa chica ve este retrato, se asegurará de que su padre te mande al fondo del océano por insultar su imagen —comentó Benn con su habitual tono seco.

—¡Es una representación simbólica! —protestó Shanks, arrugando el papel y lanzándolo por la borda—. Pero tienes razón, Benn. No puedo quedarme aquí sentado esperando a que el viento me traiga su aroma. Necesito saber más. Necesito volver.

—¿Estás loco? —Lucky Roux apareció con un costillar de cerdo en cada mano—. El aura de ese tipo, el de negro... no era normal. Era como si la oscuridad misma caminara sobre dos piernas. No es el tipo de suegro al que le llevas una botella de vino y le pides permiso para salir con su hija.

—Precisamente por eso —dijo Shanks, y su mirada cambió. La chispa juguetona desapareció por un instante, sustituida por la gravedad que solo un Yonkou podía proyectar—. Ese poder... no pertenece a este mar. He sentido el poder de Barbablanca, la locura de Big Mom, la fuerza bruta de Kaido... pero lo de ayer era otra cosa. Era antiguo. Ancestral. Y ella... ella es el centro de todo eso.

Shanks se levantó, ajustándose la capa. El viento agitó su cabello rojo, y por un momento, toda la tripulación guardó silencio. Sabían que cuando su capitán se ponía serio, el mundo solía cambiar de eje.

—Voy a volver a la isla —anunció—. Pero esta vez, no iré como un espía. Iré como Shanks.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Llamar a la puerta principal? —preguntó Yasopp, revisando la mirilla de su rifle—. Porque dudo que tengan un buzón para quejas y sugerencias.

—Algo así —sonrió el pelirrojo, recuperando su carisma habitual—. Voy a pescar.

Mientras tanto, en el corazón de la isla de Liones, el ambiente era radicalmente distinto. El castillo, una estructura de piedra negra y magia antigua, se alzaba entre la niebla como un guardián silencioso. Zella se encontraba en el balcón de sus aposentos, observando el horizonte.

—Pareces distraída, hija mía.

Zella no necesitó girarse para saber quién era. El frío que precedía a su padre era inconfundible, pero para ella, no era una amenaza, sino un refugio. Zeldris se colocó a su lado, con los brazos cruzados y esa expresión de severidad perpetua que solo se suavizaba cuando estaba con Gelda.

—Solo pensaba en lo que sentí ayer en el lago, padre —respondió Zella. Su voz era dulce, pero tenía el eco de una autoridad que recordaba a los antiguos mandamientos—. No era un animal. Era una presencia... vibrante. Como si el aire se hubiera vuelto más cálido de repente.

Zeldris frunció el ceño. Sus ojos negros se entrecerraron mientras escaneaba el mar a lo lejos.

—Este mundo está plagado de humanos insignificantes que se creen reyes —dijo él con desprecio—. Algunos han desarrollado habilidades que llaman "Haki". Es una forma rudimentaria de energía espiritual. Probablemente algún navegante perdido con ínfulas de grandeza.

—No se sentía como "insignificante" —replicó Zella, girándose hacia él. Sus ojos rojos brillaron bajo la luz tenue—. Se sentía como... un desafío. Pero uno amable. Como una invitación.

Zeldris apretó el puño sobre la barandilla.

—No me gusta este lugar, Zella. Tu madre y yo elegimos esta isla por su aislamiento, pero los mares están cambiando. Si algún humano se atreve a poner un pie en estas tierras con malas intenciones, conocerá por qué el clan de los demonios fue temido durante milenios.

—Padre, no todos los humanos son iguales —intervino una voz suave. Gelda apareció tras ellos, moviéndose con la elegancia de un depredador nocturno—. Recuerda que incluso en nuestra época, hubo quienes nos sorprendieron.

Zeldris suspiró, su postura relajándose ligeramente ante la presencia de su esposa.

—Lo sé, Gelda. Pero Zella es... es diferente. Ella porta nuestra sangre más pura. No dejaré que este mundo caótico la manche.

Zella sonrió para sus adentros. Amaba a su padre, pero su sobreprotección a veces se sentía como una jaula de oro. Volvió a mirar hacia el mar. En el fondo de su mente, la sensación de ayer persistía. Aquella "mirada de sol" la había dejado con una curiosidad que no podía apagar.

Horas más tarde, Shanks se encontraba en una pequeña cala, lejos del muelle natural de la isla. No había llevado a nadie con él, salvo una caña de pescar y una botella de sake de la más alta calidad. Se sentó en una roca, lanzó el anzuelo y esperó. Sabía que en un lugar como este, la sutileza era la mejor estrategia.

No pasó mucho tiempo antes de que el aire se volviera pesado.

—Eres persistente, humano.

Shanks no se inmutó. No dejó de mirar el flotador que bailaba sobre las olas.

—El mar enseña a tener paciencia —respondió con calma—. Y a veces, el mejor pez no pica a la primera.

Zeldris emergió de las sombras de los acantilados. No volaba, simplemente caminaba, pero cada paso parecía reclamar la propiedad de la tierra que pisaba. Se detuvo a unos metros de Shanks, su mano derecha descansando cerca de la empuñadura de su espada corta.

—Vi tu barco. El Red Force. He oído historias sobre ti en los pocos puertos que visito —dijo Zeldris, su voz cargada de una amenaza latente—. "El Pelirrojo", uno de los Yonkou. Dicen que eres un hombre de paz, pero tu presencia aquí dice lo contrario.

Shanks finalmente giró la cabeza y le dedicó una sonrisa despreocupada.

—¿Paz? Siempre. Pero incluso un hombre de paz puede sentirse atraído por la belleza de una isla prohibida. Y por lo que guarda en su interior.

La presión en el aire aumentó de golpe. El Haki de Conquistador de Shanks chocó de forma invisible contra el aura demoníaca de Zeldris. Las rocas a su alrededor comenzaron a agrietarse y el mar se agitó violentamente, aunque no había viento. Era un duelo de voluntades, un choque entre un dios de los mares y un príncipe del infierno.

—No te acerques a ella —sentenció Zeldris, sus ojos volviéndose completamente negros—. No eres digno ni de pronunciar su nombre. Mi hija no pertenece a tu mundo de piratas y tesoros mundanos.

—Eso es algo que ella debería decidir, ¿no crees? —replicó Shanks, manteniendo la sonrisa a pesar de que el sudor empezaba a perlar su frente—. No he venido a pelear, Zeldris. He venido a presentarme. Me pareció de mala educación haberme ido ayer sin saludar adecuadamente.

Zeldris desenvainó apenas un centímetro de su espada, y una ráfaga de oscuridad cortó el aire, pasando a milímetros del rostro de Shanks. El pelirrojo ni siquiera parpadeó.

—La próxima vez no fallaré —advirtió el demonio.

—No fallaste —dijo Shanks, señalando el hilo de su caña de pescar, que había sido cortado limpiamente—. Pero me debes un anzuelo.

Antes de que Zeldris pudiera responder, una figura descendió desde lo alto del acantilado. Zella aterrizó con la ligereza de una pluma, colocándose entre su padre y el pirata.

—¡Padre, basta! —exclamó ella.

Shanks sintió que el mundo se detenía de nuevo. De cerca, Zella era aún más impresionante. Su piel era como el mármol más fino, y sus ojos rojos tenían una profundidad que parecía contener siglos de historias. El contraste entre su cabello negro azabache y la palidez de su rostro era algo que ningún cuadro podría capturar.

Zella miró a Shanks. No con miedo, ni con la arrogancia de su padre, sino con una curiosidad genuina.

—Tú —dijo ella, y el sonido de su voz hizo que el corazón de Shanks diera un vuelco—. Fuiste tú quien estaba en el lago ayer.

Shanks se quitó el sombrero de paja y lo presionó contra su pecho, haciendo una reverencia elegante que habría sorprendido a sus subordinados.

—Culpable, señorita. Me temo que vuestra belleza me hizo olvidar mis modales y me quedé sin palabras tras un árbol. Soy Shanks. Un simple pirata que ha tenido la osadía de quedar prendado de vuestra mirada.

Zeldris rugió silenciosamente, pero la mano de Zella en su brazo lo contuvo. Ella estudió al hombre frente a ella: las cicatrices en su ojo, el brazo que faltaba, la capa que ondeaba al viento. Había algo en él que no encajaba con la descripción de "humano insignificante" que su padre solía usar. Irradiaba un calor, una libertad que ella nunca había conocido.

—¿Un simple pirata? —repitió Zella, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios—. Mi padre dice que eres un Yonkou. Un emperador.

—Los títulos son solo palabras para los que no tienen nada mejor que hacer —respondió Shanks, guiñándole un ojo—. Para ti, preferiría ser solo el hombre que te trajo el mejor sake de los cuatro mares.

Shanks extendió la botella que había traído. Zeldris estaba a punto de intervenir, pero Zella se adelantó y la tomó. Sus dedos se rozaron por un instante, y Shanks sintió una descarga eléctrica que recorrió todo su cuerpo.

—Zella, entra en el castillo. Ahora —ordenó Zeldris, su voz vibrando con una furia contenida.

Zella miró la botella y luego a Shanks.

—Gracias, Shanks el Pelirrojo —dijo ella, ignorando por un momento la orden de su padre—. Es un regalo curioso.

—Espero que el sabor esté a la altura de quien lo recibe —contestó él.

Zeldris tomó a su hija del hombro y, en un parpadeo, ambos desaparecieron en una nube de oscuridad, dejando a Shanks solo en la cala.

El silencio volvió a reinar, roto solo por el susurro de las olas. Shanks se quedó allí, de pie, mirando el espacio vacío donde ella había estado. Se pasó la mano por la nuca y soltó una carcajada larga y sonora que espantó a las gaviotas cercanas.

—Bueno... —murmuró para sí mismo—. Al menos ya sabe mi nombre.

De regreso en el Red Force, la tripulación lo esperaba con ansiedad. Cuando vieron a su capitán subir por la escala con una sonrisa de oreja a oreja y sin una herida visible, el alivio fue generalizado.

—¿Y bien? —preguntó Beckman—. ¿Sigue tu cabeza sobre tus hombros por pura suerte o es que el "suegro" es más amable de lo que pensábamos?

—Me ha intentado cortar el cuello con un suspiro de oscuridad —contó Shanks, sentándose en la borda—, pero ella... ella me ha defendido. Y se ha quedado con mi sake.

—¡Eso es un avance! —gritó Lucky Roux, levantando un trozo de carne—. ¡El capitán ha conseguido una cita a cambio de una botella!

—No fue una cita, Roux —corrigió Shanks, aunque sus ojos brillaban de forma inusual—. Fue un primer contacto. Pero les diré algo: ese hombre, Zeldris, es probablemente el guerrero más fuerte que he visto en mucho tiempo. Y ella... ella no es solo una mujer hermosa. Hay algo en Zella que me dice que este mar se le queda pequeño.

—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Yasopp—. No podemos quedarnos anclados aquí para siempre. La Marina empezará a sospechar si un Yonkou desaparece del mapa en esta zona.

Shanks miró hacia la silueta del castillo de Liones, que empezaba a iluminarse con las primeras luces de la tarde.

—Nos quedaremos unos días más —decidió—. No puedo irme ahora que la conversación se ha puesto interesante. Además, le debo un anzuelo a ese tipo.

Esa noche, en lo más alto de la torre del castillo, Zella probó el sake. El líquido era fuerte, ardiente, pero dejaba un trasfondo dulce en el paladar. Era exactamente como la presencia de aquel hombre pelirrojo.

—Shanks... —susurró ella al viento nocturno.

Se tocó los labios, recordando la mirada audaz de aquel pirata. En un mundo de sombras y deberes ancestrales, él se sentía como un fuego incontrolable. Y por primera vez en su vida, Zella se preguntó qué habría más allá de la bruma que protegía su hogar, y si aquel hombre sería capaz de mostrarle el mundo que ella solo conocía por los libros de su madre.

Lejos de allí, en su camarote, Shanks sacó un trozo de papel nuevo. Esta vez no intentó dibujar. Solo escribió un nombre en el centro: *Zella*.

—El Nuevo Mundo va a ponerse muy interesante —rio para sí mismo, mientras el Red Force se mecía suavemente, esperando el amanecer de un nuevo desafío.