Shin
Entre pinceles, promesas y un poco de caos
La semana posterior al incidente con el profesor Kunikida fue, por decir lo menos, una prueba de fuego para la paciencia de Ryunosuke Akutagawa. Fiel a su palabra, había decidido cambiar su estrategia: ya no falsificaría la caligrafía de Atsushi para entregarle las tareas hechas, sino que se convertiría en su tutor personal. Sin embargo, Akutagawa descubrió muy pronto que enseñar a Atsushi Nakajima era una tarea mucho más ardua que redactar diez ensayos sobre la economía del periodo Edo.
Se encontraban en la sala de estudio de la residencia, un espacio compartido que, a esa hora de la noche, solía estar en silencio. Akutagawa tenía frente a él tres libros de gramática avanzada y un esquema de estudio codificado por colores. Atsushi, por su parte, tenía un lápiz mordisqueado y una expresión de absoluta derrota mientras miraba una hoja de ejercicios de literatura clásica.
—Jinko, te lo he explicado tres veces —dijo Akutagawa, su voz manteniendo esa calma gélida que bordeaba la exasperación—. El sujeto no puede desaparecer de la oración simplemente porque "te parece que suena más poético". Esto es análisis sintáctico, no un haiku mal estructurado.
Atsushi soltó un quejido dramático y dejó caer la cabeza sobre la mesa, haciendo que los libros vibraran.
—Es que no tiene sentido, Ryu. ¿Por qué los autores de hace trescientos años tenían que usar tantas metáforas para decir que tenían hambre o que estaban tristes? Yo solo quiero decir que el protagonista está solo. No necesito mencionar la luna reflejada en un charco de agua estancada que simboliza la transitoriedad de la vida.
Akutagawa cerró el libro de texto con un golpe seco, pero no se levantó. En su lugar, observó la nuca de Atsushi, donde los cabellos claros estaban revueltos por tanto frotarse las sienes. A pesar de su fachada de frialdad, ver a Atsushi tan frustrado le generaba una punzada de algo que se negaba a admitir como ternura.
—La literatura es el reflejo del alma, no un manual de instrucciones —sentenció Akutagawa, aunque esta vez su tono fue un poco más suave—. Si quieres aprobar el examen de reposición, debes entender que las palabras tienen peso. No puedes simplemente "olvidar" las reglas porque te resultan inconvenientes.
Atsushi levantó la cabeza un poco, con un ojo asomando entre sus brazos cruzados.
—¿Y tú por qué eres tan bueno en todo esto? A veces pienso que naciste con un diccionario bajo el brazo y una pluma en la mano. Eres tan... perfecto en clase. Educado, brillante, siempre con la respuesta correcta. Y luego estoy yo, que hoy olvidé mi almuerzo en el tren.
Akutagawa desvió la mirada hacia la ventana. La idea de que Atsushi lo viera como alguien "perfecto" le resultaba irónica. Él era alguien que vivía bajo una disciplina autoimpuesta casi militar para evitar que su propio caos interno lo consumiera. Atsushi, con todos sus descuidos, era mucho más honesto con el mundo de lo que él jamás se atrevería a ser.
—No soy perfecto —respondió Akutagawa en voz baja—. Solo soy meticuloso. El orden me permite controlar el entorno. Tú, en cambio, pareces estar en guerra constante con la realidad física de los objetos.
Atsushi soltó una risita suave y finalmente se incorporó.
—Eso es una forma muy elegante de decir que soy un desastre.
—Es una descripción precisa —concedió el pelinegro.
Se quedaron en silencio por un momento. El reloj de la pared marcaba las diez de la noche. Akutagawa sabía que, si seguían así, Atsushi no retendría nada más. Suspiró y empezó a recoger los bolígrafos, guardándolos en su estuche con una alineación milimétrica.
—Suficiente por hoy. Si seguimos, tu cerebro se derretirá y tendré que cargar contigo hasta tu habitación.
—¡Oye! No peso tanto —protestó Atsushi, aunque su sonrisa delataba que estaba agradecido por el descanso—. Gracias, Ryu. Sé que es difícil tratar de enseñarme. Prometo que mañana me esforzaré más.
—Más te vale. No permitiré que mi pareja sea el hazmerreír de la facultad de letras por no saber distinguir un adjetivo de un adverbio.
Atsushi se levantó y, tras asegurarse de que no había nadie más en la sala de estudio, rodeó la mesa para acercarse a Akutagawa. El pelinegro se quedó sentado, observándolo con esa mirada intensa y grisácea que solía intimidar a todo el mundo, pero que a Atsushi solo le transmitía seguridad.
—Sabes... —comenzó Atsushi, jugando con el borde de la bufanda de Akutagawa—, aunque me regañes y seas tan estricto, me gusta estudiar contigo. Es el único momento en el que dejas de ser el "estudiante modelo" y te conviertes solo en mi Ryu. Aunque ese Ryu me llame idiota cada cinco minutos.
Akutagawa sintió ese calor familiar subiendo por su cuello. Odiaba que Atsushi tuviera esa capacidad de desarmarlo con un par de palabras sinceras. Sin decir nada, extendió una mano y rodeó la muñeca de Atsushi, tirando suavemente de él hacia abajo.
Atsushi se inclinó y sus labios se encontraron en un beso breve pero cargado de una intimidad que nunca mostrarían en los pasillos de la academia. Era un contraste absoluto: el frío de la piel de Akutagawa contra la calidez radiante de Atsushi. Cuando se separaron, Akutagawa mantenía una expresión seria, pero sus ojos brillaban de una manera distinta.
—Vete a dormir, Jinko. Mañana tienes clase de historia a primera hora.
—¿Me vas a despertar si no me levanto? —preguntó Atsushi con una chispa de travesura en los ojos.
—Lanzaré un cubo de agua fría sobre tu cama si es necesario —amenazó Akutagawa, aunque ambos sabían que lo más probable era que simplemente tocara a su puerta con un café cargado y una mirada de reproche silencioso.
Al día siguiente, la rutina escolar comenzó con el habitual ajetreo. Atsushi logró llegar a tiempo a su clase, principalmente porque Akutagawa le había enviado un mensaje de texto a las seis de la mañana que simplemente decía: "Levántate. El conocimiento no espera a los perezosos".
Sin embargo, a mitad de la mañana, surgió un nuevo problema. En la clase de Arte, el profesor Tanizaki había asignado un proyecto en parejas para ilustrar un poema clásico. Por azares del destino (o quizás porque Tanizaki disfrutaba viendo la dinámica de esos dos), Atsushi y Akutagawa terminaron juntos.
—Esto será interesante —susurró Atsushi mientras se acercaba al caballete de Akutagawa—. Tú eres el experto en literatura y yo... bueno, yo sé usar colores.
Akutagawa miraba el lienzo en blanco con la misma intensidad con la que un general mira un mapa de batalla.
—El poema es "Canto a la mañana" de Nakahara Chuuya —dijo Akutagawa—. Requiere una técnica precisa. Sombras profundas, trazos que evoquen la melancolía del despertar.
—Yo pensaba en algo más brillante —comentó Atsushi, tomando un pincel—. Como el sol saliendo entre las nubes.
—El poema habla de la pesadez de la existencia, Nakajima. No es un anuncio de mermelada.
—¡Pero el arte es interpretación! —replicó Atsushi, ya manchándose la mejilla con un poco de pintura azul—. Si todo es oscuro, no se verá la esperanza que hay en el poema. Déjame intentar algo.
Akutagawa se cruzó de brazos, dispuesto a criticar cada movimiento, pero se detuvo. Atsushi no pintaba con la precisión técnica que él esperaba, pero lo hacía con una pasión desbordante. Sus trazos eran libres, casi caóticos, pero de alguna manera lograban capturar una luz que Akutagawa, con toda su técnica, a menudo ignoraba.
—Usa el ocre para las sombras, no el negro —sugirió Akutagawa después de un rato, acercándose más—. Si usas negro, matarás la profundidad del color.
Atsushi asintió, concentrado. Sin darse cuenta, Akutagawa terminó tomando un pincel también. Trabajaron en silencio durante casi una hora. Era una escena extraña para cualquiera que pasara por el aula: el impecable Ryunosuke Akutagawa, con las mangas de su camisa blanca cuidadosamente remangadas, corrigiendo con delicadeza los bordes de una nube que Atsushi había pintado con demasiado entusiasmo.
—Mira eso —dijo Atsushi, retrocediendo un paso para ver el resultado—. Es... es como nosotros.
Akutagawa observó el lienzo. Era una mezcla extraña de sombras góticas y luces vibrantes. El estilo ordenado y sombrío de Ryunosuke servía de ancla para la explosión de color de Atsushi. No debería haber funcionado, estéticamente hablando, pero lo hacía. Era una obra equilibrada, llena de una tensión que resultaba hermosa.
—Es aceptable —murmuró Akutagawa, aunque en su interior estaba impresionado—. Al menos no parece el trabajo de un niño de primaria.
—¡Eso es lo más amable que me has dicho hoy! —exclamó Atsushi, riendo.
De repente, la puerta del aula se abrió y entró un grupo de estudiantes, entre ellos algunos compañeros que siempre cuchicheaban sobre la extraña relación entre el "Príncipe de Hielo" y el "Chico Tigre". Inmediatamente, la postura de Akutagawa cambió. Se irguió, recuperó su expresión gélida y se alejó un paso de Atsushi, limpiándose las manos con un pañuelo de seda.
Atsushi sintió un pequeño pinchazo de tristeza, pero lo entendía. Sabía que Akutagawa valoraba su privacidad por encima de todo y que mostrar afecto en público era algo que simplemente no iba con su naturaleza.
—Nakajima, asegúrate de limpiar los pinceles correctamente —dijo Akutagawa en voz alta, para que todos lo oyeran—. No quiero que mi equipo se arruine por tu negligencia.
—Sí, Akutagawa-kun —respondió Atsushi, siguiendo el juego con una sonrisa resignada.
Sin embargo, mientras Akutagawa pasaba por su lado para retirarse, Atsushi sintió un roce rápido en su mano. Fue apenas un segundo, un apretón firme de dedos antes de que el pelinegro desapareciera por la puerta, pero fue suficiente para que el corazón de Atsushi recuperara su ritmo alegre.
Al final del día, después de que las clases terminaran y el sol comenzara a teñir el cielo de naranja, se encontraron de nuevo en su lugar bajo el cerezo. Esta vez, no había libros ni tareas pendientes. Solo el silencio de la tarde.
Atsushi estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco del árbol, mientras Akutagawa descansaba con la cabeza apoyada en el regazo del peliblanco, algo que solo hacía cuando estaba extremadamente agotado y sabía que no había nadie cerca para verlo.
—¿Crees que el profesor Kunikida sospeche que me ayudaste con el cuadro? —preguntó Atsushi, acariciando distraídamente los cabellos negros de su novio.
—Kunikida no es tonto —respondió Akutagawa con los ojos cerrados—. Sabe que tú no tienes la paciencia para mezclar los pigmentos de esa manera. Pero mientras el resultado sea excelente, no dirá nada. Él valora el orden, pero también valora la calidad.
—A veces me pregunto qué pensaría la gente si nos viera así —comentó Atsushi, mirando las nubes—. El gran Akutagawa, el estudiante más serio de la academia, dejando que un "desastre" como yo le acaricie el pelo.
Akutagawa abrió un ojo y lo miró con una mezcla de cansancio y afecto.
—Lo que la gente piense es irrelevante, Jinko. Mi reputación académica no se ve afectada por tus tendencias sentimentales. Además... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—, tu caos es... soportable.
Atsushi soltó una carcajada.
—¡"Soportable"! Eres tan romántico, Ryu. Realmente sabes cómo conquistar a alguien.
Akutagawa se incorporó ligeramente, quedando a pocos centímetros del rostro de Atsushi. Su mirada se volvió seria, casi solemne.
—No necesito palabras rebuscadas para decirte lo que ya sabes —dijo en voz baja—. Eres un olvidadizo, eres torpe y tus notas son una vergüenza para cualquiera que comparta tu mesa. Pero no cambiaría ni uno solo de tus errores si eso significara que dejaras de ser tú.
Atsushi sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo con una sonrisa radiante. Se inclinó y besó la punta de la nariz de Akutagawa.
—Y yo no cambiaría tu seriedad ni tu vocabulario de diccionario por nada del mundo. Gracias por hacerme las tareas, aunque me regañes después.
—No volveré a hacértelas —recordó Akutagawa, aunque su tono carecía de convicción—. Te supervisaré. Es muy diferente.
—Lo que tú digas, Ryu. Lo que tú digas.
Se quedaron allí mientras las sombras se alargaban, disfrutando de esa extraña armonía que solo ellos entendían. Eran el agua y el aceite, la luz y la sombra, el orden y el caos. Pero allí, en ese rincón olvidado de la academia, simplemente eran dos jóvenes que habían encontrado en el otro la pieza que les faltaba para que su propia historia tuviera sentido.
—Por cierto —dijo Akutagawa mientras se levantaba y se sacudía la ropa—, mañana tienes examen de matemáticas. He preparado una lista de fórmulas que debes memorizar antes de cenar.
Atsushi soltó un gemido de agonía.
—¿Matemáticas? ¡Pensé que hoy era un día libre de tortura!
—En mi mundo, Nakajima, la ignorancia es la única tortura —sentenció Akutagawa, extendiendo una mano para ayudarlo a levantarse—. Camina. Si memorizas cinco fórmulas ahora, te permitiré elegir el lugar para la cena.
Atsushi tomó su mano, entrelazando sus dedos con fuerza.
—¿Cualquier lugar? ¿Incluso el puesto de chazuke que tanto te disgusta porque hay mucha gente?
Akutagawa hizo una mueca de disgusto, pero no soltó su mano.
—Incluso ese lugar infame. Pero solo si no olvidas ninguna fórmula.
—¡Hecho!
Mientras caminaban de regreso hacia los edificios de la academia, compartiendo un silencio cómodo que valía más que mil palabras, Atsushi se dio cuenta de que, aunque Akutagawa nunca fuera el tipo de novio que gritara su amor a los cuatro vientos, sus acciones hablaban por él. En cada corrección en rojo, en cada hora de estudio compartida y en cada apretón de manos secreto, había una promesa de permanencia.
Y para Atsushi, eso era mucho más importante que cualquier calificación perfecta.