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Shin

Ecos de una biblioteca vacía y el aroma del té negro

El invierno había comenzado a teñir los cristales de la Academia Yokohama con una fina capa de escarcha, obligando a los estudiantes a refugiarse tras los muros de piedra y a envolverse en bufandas de lana gruesa. Para Atsushi, el frío era una excusa perfecta para buscar el calor de la calefacción de la biblioteca; para Akutagawa, era simplemente la estación que mejor combinaba con su temperamento.

Esa tarde, el silencio de la biblioteca era casi absoluto, roto únicamente por el rítmico pasar de las páginas y el sonido metálico de una pluma estilográfica contra el papel. Akutagawa estaba sentado en su lugar habitual, con la espalda tan recta que parecía formar parte de la arquitectura del edificio. Frente a él, Atsushi luchaba contra el sueño y contra un mapa de geografía política que parecía haber sido diseñado por alguien que odiaba a los estudiantes.

—Jinko, deja de suspirar. El dióxido de carbono que exhalas no va a rellenar los nombres de las capitales europeas por ti —sentenció Akutagawa sin levantar la vista de su propio libro de poemas franceses.

—Es que es imposible, Ryu —se quejó Atsushi, dejando caer el mentón sobre la palma de su mano—. Todas las ciudades me suenan igual. ¿Por qué no podemos simplemente usar un GPS y ya está? Además, hace frío y mi cerebro se siente como un bloque de hielo.

Akutagawa cerró su libro con una elegancia que siempre lograba que Atsushi se sintiera un poco más torpe de lo habitual. Sus ojos grises se posaron en el peliblanco, analizando las ojeras bajo sus ojos bicolores. Atsushi se olvidaba de dormir tanto como se olvidaba de las tareas, y eso era algo que Ryunosuke no podía tolerar.

—Toma esto —dijo Akutagawa, deslizando un termo de metal negro hacia él—. Es té negro con jengibre. Ayudará a que tu circulación llegue a esa zona que llamas cerebro.

Atsushi abrió los ojos de par en par, sorprendido. Tomó el termo y sintió el calor reconfortante a través del metal.

—¿Lo preparaste para mí? —preguntó con una sonrisa pequeña y esperanzada.

—Lo preparé para mí —mintió Akutagawa con una rapidez ensayada—, pero el exceso de infusión me resultaba molesto. No te hagas ilusiones.

Atsushi bebió un sorbo, ignorando la frialdad de las palabras de su novio porque el sabor dulce de la miel en el té contaba una historia muy diferente. Akutagawa sabía perfectamente que a Atsushi no le gustaba el té amargo.

—Ryu, sobre el trabajo de mañana... —comenzó Atsushi, mirando de reojo el cuaderno de notas de Akutagawa—. Sé que dijimos que no me harías más las tareas, pero el profesor Dazai dijo que si no entrego el análisis de "Indigno de ser humano", me pondrá a limpiar los pasillos durante una semana.

Akutagawa arqueó una ceja. La mención de Dazai siempre generaba una chispa de competitividad en él. Dazai era un profesor errático y brillante que parecía disfrutar poniendo a prueba los límites de sus alumnos, especialmente los de ellos dos.

—Dazai-sensei es un hombre que aprecia la profundidad —dijo Akutagawa, extendiendo la mano hacia el cuaderno de Atsushi—. Tu análisis actual probablemente sea una colección de frases vacías sobre la tristeza. Dame eso.

—¡Dijimos que no! —protestó Atsushi, aunque sus manos no hicieron nada por retener el cuaderno—. Dijiste que me supervisarías, no que lo escribirías tú.

—Y lo haré —respondió Akutagawa, abriendo una página en blanco—. Dictaré los puntos clave y tú los escribirás. Pero si veo que tu caligrafía empieza a parecerse a las patas de una araña moribunda, tomaré el control. Es una cuestión de estética y honor.

Durante la siguiente hora, la biblioteca fue testigo de una de sus dinámicas más extrañas. Akutagawa hablaba en susurros bajos y profundos, diseccionando la psique humana con una frialdad analítica que ponía los pelos de punta a Atsushi. El peliblanco escribía a toda prisa, tratando de seguir el ritmo de las palabras complejas que Ryunosuke lanzaba como si fueran dardos.

—"La alienación del individuo frente a una sociedad que exige máscaras de normalidad es el eje sobre el cual bascula la tragedia del protagonista" —dictó Akutagawa.

Atsushi se detuvo, con la pluma suspendida en el aire.

—¿"Bascula"? Ryu, ¿puedo poner "gira"? Es que "bascula" suena a que estoy intentando impresionar a alguien y Dazai-sensei se va a reír de mí.

—Escribe "bascula", Jinko. No rebajaré mi léxico por tu miedo al ridículo —replicó el pelinegro, aunque una pequeña sombra de diversión cruzó sus ojos.

Cuando terminaron, Atsushi leyó el resultado. Era, sin duda, el mejor análisis que jamás se hubiera filtrado a través de su propia caligrafía. Pero seguía siendo obvio. Nadie en la academia, aparte de Akutagawa, usaba términos como "ontológico" o "inefable" en una tarea de literatura de nivel preparatoria.

—Me van a regañar otra vez —suspiró Atsushi, cerrando el cuaderno—. Kunikida-sensei ya nos tiene en la mira. Si Dazai-sensei lee esto, se lo llevará a la sala de profesores para burlarse de cómo intentas "educarme".

—Que se burlen —dijo Akutagawa, poniéndose de pie y recogiendo sus cosas—. Mientras tu nota sea la más alta, sus risas no tienen peso. Vámonos, la biblioteca va a cerrar.

Caminaron por los pasillos en penumbra, manteniendo esa distancia respetuosa que dictaba el decoro de la escuela. Akutagawa caminaba con las manos tras la espalda, su abrigo negro ondeando ligeramente con cada paso. Atsushi caminaba a su lado, balanceando su mochila y mirando de vez en cuando de reojo a la figura seria y distante que tenía por novio.

A veces, a Atsushi le dolía esa distancia. Sabía que Ryunosuke no era dado a las demostraciones públicas, que su forma de amar era a través de la exigencia, del té caliente y de las tareas corregidas. Pero a veces, solo a veces, Atsushi deseaba poder tomar su mano frente a todo el mundo.

Al llegar al cruce que separaba los dormitorios masculinos de los edificios principales, se aseguraron de que no hubiera guardias ni profesores rezagados. Akutagawa hizo una seña con la cabeza hacia un pequeño rincón oculto por unas glicinias secas por el invierno.

Una vez allí, entre las sombras, la máscara de frialdad de Akutagawa se desmoronó apenas un centímetro. No era mucho, pero para Atsushi era todo un mundo.

—Tienes pintura en la mejilla —dijo Akutagawa en voz baja.

—¿Eh? Ah, debe ser de la clase de arte de hoy —Atsushi intentó limpiarse con la manga, pero solo logró esparcirla más.

Akutagawa soltó un suspiro de resignación, sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y se acercó. Con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera de sus compañeros, sostuvo el rostro de Atsushi con una mano y, con la otra, limpió la mancha de color. Sus dedos rozaron la piel cálida del peliblanco, y por un momento, el tiempo pareció detenerse.

—Eres tan descuidado —susurró Akutagawa, pero su voz ya no tenía ese filo cortante. Era suave, casi una caricia.

—Y tú eres demasiado perfeccionista —respondió Atsushi, atreviéndose a rodear la cintura de Akutagawa con sus brazos—. Pero supongo que por eso funcionamos, ¿no? Como el agua y el aceite.

—El aceite flota sobre el agua, Jinko. No se mezclan.

—Pero pueden estar en la misma botella —replicó Atsushi con una sonrisa traviesa antes de acortar la distancia y besarlo.

El beso sabía a té negro y a la menta que Akutagawa siempre usaba para refrescar su aliento. Fue un contacto casto pero profundo, una reafirmación silenciosa de que, a pesar de las notas, de los regaños de los profesores y de sus personalidades opuestas, estaban en el mismo bando.

Akutagawa se separó primero, aclarando su garganta y ajustándose el cuello de la camisa.

—Mañana —dijo, recuperando su tono autoritario—, repasaremos las ecuaciones de segundo grado. No quiero oír ni una sola queja sobre lo "aburridos" que son los números.

—¡Ryu! ¡Dame un respiro! —exclamó Atsushi, aunque su risa resonó suavemente en el aire frío—. Está bien, está bien. Pero si aprendo todas las ecuaciones, ¿me dejarás elegir la película el viernes?

Akutagawa lo miró con sospecha.

—Si eliges otra vez esa película de dibujos animados sobre perros que hablan, juro que quemaré tus apuntes de álgebra.

—¡Son clásicos! —protestó Atsushi mientras empezaba a alejarse hacia su dormitorio—. ¡Nos vemos mañana, Ryu! ¡No olvides soñar con algo que no sea gramática!

Akutagawa se quedó allí un momento, observando cómo la figura de Atsushi se perdía en la oscuridad. Solo cuando estuvo seguro de que nadie lo veía, permitió que una sonrisa minúscula, casi invisible, apareciera en su rostro.

—Idiota —murmuró para sí mismo.

Al día siguiente, la predicción de Atsushi se cumplió con una exactitud alarmante.

Durante la clase de literatura, el profesor Dazai, con sus vendas asomando bajo las mangas y una sonrisa que siempre parecía ocultar un secreto, caminó entre los pupitres con los trabajos corregidos. Cuando llegó al asiento de Atsushi, dejó caer el cuaderno con un golpe seco.

—Nakajima-kun, qué análisis tan... fascinante —dijo Dazai, apoyándose en el pupitre del chico—. Me ha sorprendido gratamente tu uso de la palabra "existencialismo fenomenológico". No sabía que pasabas tus noches leyendo a Heidegger.

Atsushi se puso rojo como un tomate, sintiendo la mirada de toda la clase sobre él.

—Bueno, yo... encontré un libro muy interesante en la biblioteca, sensei —balbuceó.

Dazai soltó una carcajada melodiosa y luego miró hacia el fondo del salón, donde Akutagawa escribía imperturbable en su propio cuaderno.

—Es curioso, porque Akutagawa-kun usó exactamente la misma cita en su ensayo, aunque él la aplicó a la dialéctica del dolor. Qué coincidencia tan maravillosa, ¿verdad? Es casi como si sus mentes estuvieran conectadas por un hilo invisible... o por un tintero compartido.

Akutagawa ni siquiera levantó la vista, aunque la presión de su pluma contra el papel delató su tensión.

—El conocimiento es universal, profesor —respondió Akutagawa con voz plana—. Es natural que dos estudiantes aplicados lleguen a las mismas conclusiones académicas.

Dazai sonrió aún más, divirtiéndose con la situación.

—Por supuesto. Aunque la próxima vez, Nakajima-kun, intenta que tu "conocimiento universal" no tenga la misma estructura gramatical que el de tu compañero de al lado. Por esta vez te pondré una nota excelente, porque el contenido es sublime, pero recuerda: en el examen final no habrá "hilos invisibles" que te ayuden a escribir.

Cuando Dazai se alejó, Atsushi soltó un suspiro de alivio que se escuchó en todo el salón. Miró hacia atrás y se encontró con los ojos de Akutagawa. El pelinegro no dijo nada, pero el ligero movimiento de sus cejas fue suficiente para que Atsushi entendiera el mensaje: "Te lo dije".

Al terminar las clases, mientras recogían sus pertenencias, Atsushi se acercó al pupitre de Akutagawa.

—Ves, te dije que se daría cuenta —susurró Atsushi—. Dazai-sensei no es como Kunikida. Él disfruta exponiéndonos.

—Dazai-sensei solo está aburrido —respondió Akutagawa, cerrando su maletín—. Pero has obtenido una nota máxima. Eso es lo único que importa.

—No, Ryu, lo que importa es que casi me da un ataque al corazón —Atsushi hizo un puchero—. A partir de ahora, nada de palabras de más de tres sílabas en mis tareas. Si quiero poner "triste", pondré "triste", no "melancolía intrínseca".

Akutagawa se detuvo y lo miró fijamente.

—¿Incluso si eso significa que tu vocabulario se estanque en el nivel de un niño de diez años?

—Prefiero ser un niño de diez años con un corazón sano que un erudito con un infarto —sentenció Atsushi.

Caminaron juntos hacia la salida, y esta vez, el aire no se sentía tan frío. A pesar de los regaños ocultos tras bromas de Dazai, había algo reconfortante en su rutina. Eran el comentario de la sala de profesores, el misterio de sus compañeros y el equilibrio perfecto entre la disciplina y el descuido.

—Ryu —dijo Atsushi cuando estaban por salir al patio—. ¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto?

—¿Qué, Jinko?

—Que aunque me hagas las tareas con tu vocabulario difícil, al final del día soy yo quien tiene que explicarte cómo funcionan los sentimientos de la gente en el mundo real. Así que supongo que yo también te estoy haciendo la tarea a ti, ¿no?

Akutagawa se detuvo en seco, procesando la audacia de esas palabras. Miró a Atsushi, quien le devolvía una mirada brillante y llena de pura honestidad.

—No necesito lecciones de sentimentalismo de alguien que olvida su paraguas cada vez que llueve —replicó Akutagawa, aunque su paso se volvió un poco menos rígido.

—Puede que olvide el paraguas —dijo Atsushi, alcanzándolo y rozando su hombro con el suyo—, pero nunca olvido que me quieres, aunque lo escribas en palabras que tengo que buscar en el diccionario.

Akutagawa no respondió, pero por primera vez en todo el día, permitió que sus dedos rozaran los de Atsushi a la vista de cualquiera que quisiera mirar. No fue un gran gesto, no fue una declaración a gritos, pero en el lenguaje silencioso y complejo de Ryunosuke Akutagawa, fue el equivalente a un poema de mil versos.

Y Atsushi, que estaba aprendiendo a leer entre líneas, supo exactamente lo que significaba. Significaba que, sin importar cuántas tareas tuvieran que corregir o cuántos regaños tuvieran que soportar, siempre habría un termo de té caliente y un rincón bajo las glicinias esperándolos. Porque al final del día, el amor no necesitaba una caligrafía perfecta, solo necesitaba a alguien que estuviera dispuesto a leerlo, incluso en los descuidos.