show me love
Entre Mandos de Consola y Pinceles Manchados
La mañana siguiente al incidente de la pizza en el taller de arte, Sohee se despertó con una sensación extraña en el pecho. No era la opresión habitual de la ansiedad por tener que enfrentar los pasillos llenos de gente de la universidad, sino una calidez ligera, casi eléctrica. Se quedó mirando el techo de su habitación durante varios minutos, repasando mentalmente el momento en que Chofi había entrelazado sus dedos con los suyos.
—¿Sohee? ¿Sigues vivo o te has convertido finalmente en un personaje de 8 bits? —La voz de Eunseok retumbó tras la puerta antes de que esta se abriera sin previo aviso.
Sohee se incorporó de golpe, ajustándose las gafas y tratando de peinar su cabello revuelto.
—Estoy despierto, estoy despierto —murmuró, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas al recordar que Eunseok lo había visto casi a punto de besar a la chica más popular del campus.
Eunseok se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa ladeada, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Los chicos están abajo preparando el desayuno. Bueno, Shotaro está intentando que Sungchan no queme las tostadas. Date prisa. Tenemos que escoltar al "conquistador" a su clase de las nueve.
—No necesito escolta, Eunseok —protestó Sohee, aunque ambos sabían que era mentira.
—Oh, claro que la necesitas. Ayer, después de que te fuiste con Chofi, el rumor corrió como la pólvora. Hay al menos tres capitanes de clubes deportivos que quieren saber quién es el "chico de las sudaderas" que se robó la atención de la estrella de artes plásticas.
Sohee tragó saliva. Eso era exactamente lo que temía. Él prefería la seguridad del anonimato, la comodidad de ser un extra en la película de la vida de los demás. Pero ahora, por alguna razón que aún le costaba procesar, Chofi lo había elegido a él.
Bajó a la cocina, donde el caos habitual de Riize lo recibió. Anton estaba sentado en la barra, absorto en su teléfono, mientras Wonbin cortaba fruta con una precisión casi artística.
—¡Ahí está el hombre del momento! —exclamó Shotaro, dejando un plato de huevos frente a Sohee—. Cuéntanos todo. ¿Qué se siente ser el protagonista de un shojo de la vida real?
—No es un shojo, Hyung —replicó Sohee, escondiendo el rostro tras su taza de leche—. Solo estamos trabajando en un proyecto.
—Sí, un proyecto de "química avanzada", por lo que vimos —bromeó Sungchan, dándole un empujón amistoso en el hombro—. Pero hablando en serio, Sohee, ella parece muy sincera. No dejes que los comentarios de la gente te afecten. Eres mucho más de lo que crees.
Sohee asintió, agradecido por tenerlos. Sus amigos eran como una armadura brillante que lo protegía del mundo, pero sabía que, tarde o temprano, tendría que aprender a luchar sus propias batallas si quería estar al nivel de alguien como Chofi.
Al llegar al campus, la atmósfera se sentía diferente. Sohee caminaba entre Sungchan y Wonbin, sintiéndose pequeño bajo las miradas curiosas de los estudiantes que llenaban la plaza central. Escuchaba los susurros: "¿Es él?", "¿El otaku que siempre está en la biblioteca?", "¿Qué le habrá visto Chofi?".
—Ignóralos —susurró Wonbin, manteniendo su expresión fría y protectora que solía intimidar a cualquiera que se acercara demasiado.
Cuando llegaron a la entrada del edificio de Artes, Sohee vio una melena castaña y una sonrisa que reconoció al instante. Chofi estaba rodeada, como de costumbre, por un grupo de personas. Un chico alto, probablemente del equipo de natación, le estaba ofreciendo un café con una insistencia algo molesta.
Sohee se detuvo en seco. Su primer instinto fue dar media vuelta y esconderse en la sala de computación.
—Ve —dijo Anton, dándole un suave empujoncito en la espalda—. Nosotros estaremos aquí si necesitas un rescate, pero no lo vas a necesitar.
Sohee tomó aire, apretó las correas de su mochila y caminó hacia el grupo. A medida que se acercaba, el chico del café lo miró de arriba abajo con desdén.
—¿Y este quién es? —preguntó el deportista, sin molestarse en bajar la voz.
Chofi, que hasta ese momento mantenía una sonrisa educada pero distante, iluminó su rostro por completo al ver a Sohee. Se apartó del grupo sin dudarlo un segundo.
—¡Sohee! ¡Llegas justo a tiempo! —dijo ella, acercándose y, para sorpresa de todos los presentes, pasando su brazo por el de él—. Estaba contándole a los chicos sobre la paleta de colores que diseñaste anoche. Es simplemente brillante.
El chico del café se quedó con la palabra en la boca, mientras los amigos de Chofi intercambiaban miradas de asombro. Sohee sintió que sus piernas temblaban, pero la seguridad con la que ella lo sostenía le dio fuerzas.
—Hola, Chofi —saludó él, logrando que su voz no sonara tan temblorosa como se sentía—. Traje los bocetos corregidos... si quieres verlos antes de la clase.
—Me encantaría. Vamos adentro, aquí hace demasiado ruido —dijo ella, lanzándole una última y rápida sonrisa de despedida a sus pretendientes antes de arrastrar a Sohee hacia el interior del edificio.
Una vez en el pasillo vacío, Chofi soltó un suspiro de alivio y se apoyó contra los casilleros, mirando a Sohee con ojos brillantes.
—Gracias por salvarme. Ese chico no deja de hablar de sus tiempos de natación y yo solo quería hablar de... bueno, de cualquier otra cosa.
—¿Te... te salvé yo? —Sohee parpadeó, incrédulo—. Pensé que yo era el que necesitaba ser salvado.
Chofi soltó una carcajada cristalina que resonó en el pasillo.
—Sohee, no tienes idea del efecto que tienes. Eres tan genuino que haces que toda esa gente parezca aburrida. Por cierto, ¿es verdad lo que me dijo una amiga? ¿Que eres un experto en juegos de lucha?
Sohee se rascó la nuca, un poco avergonzado.
—Bueno, no diría experto... pero gano la mayoría de las veces en el club de videojuegos.
—Entonces es una cita —declaró ella con una seguridad que dejó a Sohee sin aliento—. Esta tarde, después de terminar la base del lienzo, iremos a ese centro de juegos que está cerca de la estación. Quiero que me enseñes a ser una "heroína de pantalla".
El resto del día pasó como un suspiro. En la clase de Historia del Arte, se sentaron juntos de nuevo. Esta vez, Sohee no se escondió detrás de su cuaderno. Incluso se atrevió a levantar la mano para responder una pregunta sobre el simbolismo en el arte digital, ganándose un asentimiento de aprobación del profesor y una mirada de orgullo de Chofi.
Cuando las clases terminaron, se dirigieron al taller. El ambiente era tranquilo, impregnado del olor a trementina y óleo. Trabajaron en silencio durante un par de horas, una danza coordinada entre los trazos precisos de Sohee en su tableta gráfica y las pinceladas fluidas de Chofi sobre la tela.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este proyecto? —preguntó ella, rompiendo el silencio mientras limpiaba un pincel.
—¿Qué? —preguntó Sohee, sin apartar la vista de la pantalla.
—Que estamos creando algo que no existiría si no nos hubiéramos sentado juntos ese primer día. Es como... una mezcla de nuestros mundos.
Sohee dejó el lápiz digital y la miró. Ella tenía una pequeña mancha de pintura azul en la punta de la nariz y el cabello recogido en un moño desordenado. En ese momento, le pareció la persona más hermosa que había visto jamás, mucho más que cualquier personaje de anime de alta definición.
—Mi mundo era muy pequeño antes de conocerte, Chofi —admitió él en voz baja—. Estaba lleno de historias de otros, pero ninguna era mía.
Chofi se acercó a él y, con mucha delicadeza, le quitó las gafas para limpiar un poco de polvo inexistente, solo para tener una excusa para mirar sus ojos de cerca.
—Pues ahora eres el protagonista, Sohee. Y me gusta mucho el guion que estamos escribiendo.
El centro de juegos estaba lleno de luces de neón y el estruendo de las máquinas recreativas. Para Sohee, este era su elemento. Se movía con una confianza que rara vez mostraba en el exterior. Compró una tarjeta de juegos y llevó a Chofi hacia la máquina de *Street Fighter* más moderna del lugar.
—Bien, la clave está en el ritmo —explicó él, posicionando las manos de Chofi sobre los botones—. No golpees al azar. Tienes que esperar el momento justo.
Chofi lo intentaba con entusiasmo, soltando grititos de emoción cada vez que lograba conectar un golpe. Sohee la observaba, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. Ver a la "chica perfecta" de la universidad perdiendo la compostura por un videojuego era algo que atesoraría para siempre.
—¡Le gané! ¡Le gané a la computadora! —exclamó ella, saltando y abrazando a Sohee por el cuello.
Él se quedó rígido por un segundo, pero luego correspondió el abrazo, sintiendo su corazón latir contra el de ella. El mundo exterior, con sus etiquetas de "loser" y sus jerarquías sociales, parecía estar a galaxias de distancia.
—Eres una aprendiz rápida —dijo él cuando se separaron, aunque no se alejaron demasiado.
—Tengo al mejor maestro —respondió ella, todavía con las mejillas encendidas por la emoción del juego—. Oye, Sohee... ¿puedo preguntarte algo serio?
Sohee asintió, sintiendo que los nervios regresaban.
—Tus amigos... ellos te protegen mucho. ¿Es porque creen que no puedes defenderte o porque tienen miedo de que alguien te lastime?
Sohee lo pensó por un momento, mirando las luces parpadeantes de la máquina.
—Un poco de ambos, supongo. Siempre he sido el blanco fácil. El chico que prefiere no pelear, el que se queda callado. Ellos son como mis hermanos mayores. Creen que el mundo es demasiado rudo para alguien como yo.
Chofi tomó su mano y entrelazó sus dedos, llevándolo hacia una zona más tranquila del local, cerca de las máquinas de peluches.
—El mundo puede ser rudo, sí —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Pero ser amable y sensible no es una debilidad, Sohee. Es una forma de valentía. A mí no me atrajeron los chicos populares que intentan demostrar lo fuertes que son. Me atrajiste tú, porque eres real. Porque cuando dibujas, parece que pones tu alma en el papel.
Sohee sintió un nudo en la garganta. Nadie, fuera de su círculo de amigos, le había dicho algo así.
—A veces tengo miedo de que te canses de esto —confesó él—. De que un día te des cuenta de que solo soy un chico que sabe mucho de anime y que se pone nervioso cuando hay mucha gente.
Chofi dio un paso hacia él, acortando la distancia mínima que quedaba entre ambos. El olor a vainilla de su perfume se mezcló con el aroma metálico del centro de juegos.
—Entonces no me conoces tan bien como crees —susurró ella—. Porque yo también tengo miedo a veces. Miedo de que la gente solo quiera estar conmigo por mi apariencia o por lo popular que soy. Contigo, siento que puedo ser yo misma. Puedo mancharme de pintura, puedo perder en los videojuegos y puedo ser simplemente Chofi.
Sohee no lo pensó más. Por primera vez en su vida, dejó que su instinto tomara el control, como si fuera el héroe de una de esas misiones finales donde no hay margen para el error. Se inclinó y presionó sus labios contra los de ella.
Fue un beso suave, torpe al principio, pero cargado de una sinceridad que las palabras no podían expresar. Chofi respondió de inmediato, rodeando su cintura con sus brazos y acercándolo más. En ese rincón oscuro de un centro de juegos, rodeados de sonidos electrónicos y luces de colores, Sohee dejó de ser el "loser" de la universidad. Era simplemente un chico enamorado, y por primera vez, se sentía invencible.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco sin aliento. Chofi apoyó su frente contra la de él, sonriendo de esa manera que hacía que el mundo de Sohee tuviera sentido.
—Vaya —dijo ella con una risita—. Eso fue... un combo crítico.
Sohee se rio, sintiéndose más ligero que nunca.
—Creo que acabo de subir de nivel.
—Definitivamente lo hiciste.
Caminaron de regreso a los dormitorios bajo la luz de la luna. Al llegar a la entrada del edificio de Sohee, vieron a seis figuras familiares sentadas en los escalones, compartiendo unos helados.
—¡Oh, miren quién volvió! —gritó Seunghan, agitando su mano—. Y parece que todavía tiene todos sus puntos de vida.
—Déjenlo en paz —dijo Eunseok, aunque sus ojos brillaban con diversión—. ¿Cómo fue la cita, Sohee?
Sohee miró a Chofi, quien le apretó la mano con fuerza antes de soltarla.
—Fue la mejor misión de mi vida —respondió Sohee con una seguridad que dejó a sus amigos boquiabiertos.
Chofi se despidió de todos con su amabilidad habitual, pero antes de irse, se acercó a Sohee y le dio un rápido beso en la mejilla.
—Mañana en el taller, ¿vale? Tenemos un cuadro que terminar.
—Allí estaré —prometió él.
Mientras ella se alejaba, Riize rodeó a Sohee en un abrazo grupal caótico y ruidoso.
—Nuestro pequeño ha crecido —fingió llorar Shotaro, mientras Sungchan lo despeinaba.
—¿Vieron eso? —preguntó Anton, señalando hacia donde se había ido Chofi—. Ella lo mira como si fuera lo más increíble del mundo.
—Es porque lo es —dijo Wonbin, poniendo un brazo sobre los hombros de Sohee—. Solo necesitaba que alguien más se diera cuenta.
Sohee miró hacia el cielo estrellado, sintiendo que su vida ya no era una serie de píxeles estáticos, sino un lienzo lleno de colores vibrantes que apenas comenzaba a pintarse. Ya no le importaba si lo llamaban "loser" o "otaku". Tenía a sus amigos, tenía su pasión y, sobre todo, tenía a Chofi.
Esa noche, antes de dormir, Sohee abrió su cuaderno de bocetos. En la última página, donde antes solo había monstruos y guerreros solitarios, dibujó a dos personajes: un chico con gafas y una chica con un pincel, caminando de la mano hacia un horizonte lleno de posibilidades.
Porque en el juego de la vida, Sohee finalmente había encontrado el tesoro más valioso de todos: el valor de ser él mismo y ser amado por ello.