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Lágrimas de Tinta y el Reflejo en la Pantalla

La semana de exámenes finales siempre transformaba la universidad en un campo de batalla silencioso, donde las ojeras eran medallas de guerra y el café el único combustible aceptable. Para Sohee, sin embargo, la presión no venía de los libros de texto, sino de un sentimiento que no lograba depurar de su sistema. A pesar de las palabras de Chofi, el encuentro con Kangjun había dejado un rastro de estática en su mente, como un error de código que se repetía en un bucle infinito.

Se encontraba en el taller de arte, solo, frente al lienzo que ahora descansaba en un rincón. Chofi había tenido que ir a una reunión del consejo estudiantil, y los chicos de Riize estaban desperdigados por el campus lidiando con sus propios proyectos. El silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido de su tableta gráfica.

—¿Sohee? —Una voz suave y familiar lo sacó de su ensimismamiento.

Era Anton. El más joven de sus amigos entró con dos cajas de leche de plátano y una expresión de preocupación que no lograba ocultar tras su flequillo.

—Te vi entrar aquí hace tres horas y no has salido ni para respirar —dijo Anton, extendiéndole una de las bebidas—. ¿Estás bien?

—Solo... estoy retocando algunas sombras —mintió Sohee, aunque en su pantalla solo había un lienzo en blanco con un círculo trazado mil veces.

—Mentira —sentenció Anton, sentándose en un taburete cercano—. Estás pensando en ese tipo, ¿verdad? Eunseok nos contó lo que pasó en el pasillo.

Sohee suspiró, dejando caer el lápiz digital sobre la mesa.

—Es ridículo, ¿verdad? —Sohee se pasó una mano por el cabello, frustrado—. Tengo a la chica más increíble del mundo a mi lado, tengo a los mejores amigos que alguien podría pedir, y aun así... veo a alguien como Kangjun y siento que soy un fraude. Siento que en cualquier momento alguien va a gritar "¡Game Over!" y todo esto desaparecerá porque no pertenezco aquí.

Anton guardó silencio un momento, bebiendo de su leche.

—¿Sabes por qué nos acercamos a ti al principio, Sohee? —preguntó Anton de repente—. No fue porque nos dieras lástima o porque necesitáramos a alguien a quien proteger. Fue porque eras el único en esta universidad que no intentaba ser otra persona.

—Yo solo intentaba no ser notado —corrigió Sohee en voz baja.

—Pero lo eras —insistió Anton—. Te veíamos en la biblioteca, tan concentrado en tus mundos que parecías brillar. Sungchan decía que tenías una "energía de protagonista" que tú mismo ignorabas. Kangjun es como un personaje predeterminado en un juego, Sohee. Es el modelo base. Tú eres el personaje que alguien se tomó el tiempo de personalizar con cuidado. Chofi no quiere un modelo base. Ella quiere la historia que tú tienes para contar.

Sohee sintió un nudo en la garganta. Antes de que pudiera responder, la puerta del taller se abrió de nuevo. Esta vez era Chofi. Parecía cansada, con algunos mechones de cabello escapando de su coleta, pero sus ojos se iluminaron al ver a Sohee.

—¡Hola! —exclamó ella, ignorando por completo a Anton por un segundo para ir directo hacia Sohee—. La reunión fue un desastre, pero traje galletas de la cafetería nueva.

Anton se puso de pie con una sonrisa cómplice.

—Bueno, mi trabajo aquí ha terminado. Los dejo con sus galletas y su romance de película. Sohee, recuerda lo que te dije: los gráficos no sirven de nada si la trama es vacía.

Cuando Anton salió, Chofi se sentó en el regazo de Sohee, rodeando su cuello con los brazos. El aroma a vainilla y pintura que siempre la acompañaba inundó los sentidos del chico, calmando el ruido en su cabeza.

—¿De qué hablaban? —preguntó ella, rozando su nariz con la de él.

—De... tramas y personajes —respondió Sohee, rodeando la cintura de ella con timidez—. Chofi, ¿alguna vez te arrepientes de no haber ido a esa fiesta con los de tu clase?

Chofi se separó un poco, mirándolo con fingida indignación.

—Sohee, si me vuelves a preguntar algo así, voy a tener que confiscar tu consola por una semana —dijo ella, aunque luego su expresión se volvió dulce—. Escúchame bien. Prefiero mil veces estar aquí, manchada de pintura y comiendo galletas baratas contigo, que estar en cualquier fiesta fingiendo que me interesa la vida de gente que solo habla de sí misma. Tú me haces sentir que no tengo que actuar. ¿Entiendes eso?

—Lo intento —admitió él—. Es solo que a veces el mundo exterior grita muy fuerte.

—Entonces bajémosle el volumen —sugirió ella con una chispa de travesura en los ojos—. Tengo una idea. El festival de invierno es en dos semanas. Hay un concurso de cortometrajes y arte digital. ¿Y si presentamos algo juntos? Pero no algo académico. Algo nuestro.

Sohee sintió un destello de emoción.

—¿Como una novela visual? —preguntó, empezando a imaginar las posibilidades.

—Exactamente —asintió ella—. Yo pinto los fondos a mano, tú diseñas los personajes y haces la programación. Contaremos nuestra historia. Sin filtros, sin pretensiones. Que todos vean lo que yo veo cuando te miro.

Durante las siguientes dos semanas, el grupo de Riize se convirtió en un equipo de producción improvisado. Se reunían en el dormitorio de Sohee, que ahora estaba lleno de bocetos de Chofi mezclados con cables y manuales de programación.

—Yo puedo hacer la música —se ofreció Wonbin, afinando su guitarra—. Algo melancólico al principio, pero que suba de ritmo cuando los protagonistas se encuentren.

—¡Y yo puedo ser el actor de voz del villano! —gritó Seunghan, haciendo una risa malvada exagerada que hizo que todos soltaran una carcajada.

—Tú serás el alivio cómico, Seunghan, no te engañes —bromeó Eunseok, mientras ayudaba a Sohee a organizar las líneas de código.

Ver a sus amigos y a la chica que amaba trabajando juntos por algo que él había empezado fue la medicina definitiva para la inseguridad de Sohee. Ya no se sentía como un satélite perdido; se sentía como el núcleo de algo vibrante y real.

Sin embargo, el destino decidió poner una última prueba en su camino. El día antes de la entrega, mientras Sohee caminaba hacia el laboratorio de computación para renderizar el archivo final, se encontró con Kangjun en el pasillo principal. El deportista estaba rodeado de sus amigos, riendo ruidosamente. Al ver a Sohee solo, Kangjun decidió que era el momento perfecto para un último ataque.

—Vaya, el pequeño artista —dijo Kangjun, bloqueándole el paso—. He oído que estás preparando algo para el festival. ¿No te da vergüenza exponer tus dibujitos de anime al lado de obras reales?

Sohee sintió el impulso de retroceder, de buscar una ruta de escape. Pero entonces recordó los ojos de Chofi, el apoyo de Anton y la música de Wonbin. Miró el disco duro que llevaba en la mano, donde residían horas de esfuerzo, amor y verdad.

—No son solo dibujos —dijo Sohee, manteniendo el contacto visual—. Es algo que tú nunca podrías entender, Kangjun. Porque para crear algo así, necesitas tener algo dentro más allá de un ego inflado.

Los amigos de Kangjun soltaron un "¡Uh!" colectivo, sorprendidos por la respuesta. La cara de Kangjun se puso roja de rabia.

—¿Te crees muy valiente porque Chofi te tiene lástima? —escupió Kangjun, acercándose peligrosamente—. Disfrútalo mientras dure, porque cuando se aburra de jugar a las casitas con el "loser" del campus, volverá a buscar a alguien de su nivel.

—Ella ya encontró a alguien de su nivel —dijo una voz profunda desde atrás.

Sungchan y Shotaro aparecieron como salidos de la nada, colocándose a ambos lados de Sohee. Sungchan, con su altura imponente, miró a Kangjun con una calma que daba miedo.

—Y te sugiero que dejes de molestar a nuestro amigo —añadió Shotaro con una sonrisa que no prometía nada bueno—. A menos que quieras que todo el campus se entere de cómo intentas intimidar a la gente porque no soportas haber sido superado.

Kangjun, viéndose superado en número y en actitud, murmuró un insulto y se alejó con su grupo. Sohee soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.

—Gracias, chicos —dijo Sohee, sintiendo que le temblaban un poco las manos.

—No nos agradezcas —dijo Sungchan, dándole un apretón en el hombro—. Solo dijiste lo que todos pensábamos. Ahora ve a terminar esa obra maestra. Chofi nos está esperando en la cafetería para celebrar el cierre del proyecto.

El día del festival de invierno, la gran pantalla del auditorio se encendió. El cortometraje de Sohee y Chofi, titulado "El Código de los Colores", comenzó a reproducirse. No era una historia de héroes perfectos. Era la historia de un chico que veía el mundo en píxeles grises hasta que una chica con un pincel de luz le enseñó que los errores y las sombras eran lo que hacían que la imagen fuera hermosa.

La música de Wonbin envolvía el ambiente, creando una atmósfera mágica. Los dibujos de Chofi cobraban vida gracias a la animación de Sohee, mostrando una vulnerabilidad y una ternura que dejaron al auditorio en un silencio absoluto.

Al final, cuando los créditos rodaron y aparecieron los nombres de Sohee y Chofi como directores, el aplauso fue ensordecedor. No era un aplauso de cortesía; era un aplauso de admiración genuina.

Sohee, sentado en la primera fila, sintió que Chofi tomaba su mano y la apretaba con fuerza.

—¿Lo oyes? —susurró ella al oído de él—. Esa es la respuesta a todas tus dudas.

—Lo oigo —respondió él, con lágrimas de felicidad empañando sus gafas.

Al salir del auditorio, el grupo de Riize los rodeó, saltando y gritando de alegría. Eran un caos de abrazos y felicitaciones.

—¡Ganamos! —gritó Anton, señalando el tablero de votaciones del público donde su obra ocupaba el primer lugar—. ¡El "loser" acaba de hacer un speedrun hacia la cima!

—¡Fiesta en mi casa! —anunció Sungchan—. Y esta vez, Sohee elige el juego.

Mientras sus amigos caminaban delante de ellos, haciendo planes ruidosos, Sohee y Chofi se quedaron un poco rezagados. La nieve empezaba a caer suavemente sobre el campus, cubriéndolo todo de un manto blanco y pacífico.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Sohee, deteniéndose bajo una farola.

—¿El premio? ¿La fama? —bromeó Chofi.

—No —dijo él, mirándola con una intensidad que la hizo sonrojar—. Lo mejor es que ya no necesito que nadie me defienda. Porque me di cuenta de que mi mayor fortaleza no es mi talento, ni mis amigos... eres tú. Tú me diste el valor para ser yo mismo.

Chofi sonrió y lo tomó de las solapas de su sudadera, atrayéndolo hacia ella.

—Tú siempre tuviste ese valor, Sohee. Yo solo te presté un espejo para que pudieras verlo.

Se besaron bajo la nieve, un beso que sabía a victoria y a un nuevo comienzo. Ya no importaban los Kangjun del mundo, ni las etiquetas de "loser" o "popular". En ese momento, en ese rincón del universo, solo existían un chico y una chica que habían aprendido que el amor no se trata de encajar en un molde, sino de crear uno nuevo juntos.

—Oye, Sohee —dijo ella cuando se separaron, con los ojos brillando de picardía—. ¿Es verdad que hay un nivel secreto en ese juego que me enseñaste ayer?

Sohee se rio, sintiendo que su corazón estaba finalmente en paz.

—Hay muchos niveles secretos, Chofi. Y estoy deseando explorarlos todos contigo.

Caminaron de la mano para alcanzar a sus amigos, dejando atrás las sombras del pasado. Sohee ya no era el fantasma de la biblioteca; era el arquitecto de su propio destino, el protagonista de una historia que apenas estaba empezando a escribirse, y esta vez, sabía que no habría ningún "Game Over" que pudiera detenerlo.