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Sick for you (Problematico)

Lazos de Vapor y Bambú

El silencio nocturno de la Universidad Wuxing era una entidad viva, solo interrumpida por el zumbido casi imperceptible de las farolas de levitación magnética que flanqueaban los senderos. El aire, tras la escaramuza de la tarde, se sentía cargado de una humedad eléctrica. Wuyang caminaba con cautela, evitando las cámaras de seguridad que patrullaban los perímetros de la Facultad de Agua. No era la primera vez que se escabullía después del toque de queda, pero esta noche la urgencia en su pecho era distinta.

Había recibido un mensaje cifrado en su brazalete, una sola coordenada que apuntaba al Pabellón de la Claridad, un rincón olvidado en lo alto de los jardines de bambú, donde la vigilancia de sus padres era, por diseño, más laxa. La Facultad de Fuego, liderada por el estricto régimen de su familia, rara vez miraba hacia los terrenos donde el agua y el viento dictaban el ritmo.

Al llegar, la vio. Anran estaba de espaldas, observando la ciudad de Chengdu extendiéndose como un tapiz de luces de neón a los pies de la montaña. No vestía su uniforme de combate, sino una túnica de seda ligera que el viento agitaba con suavidad. La ferocidad que mostraba ante el General Ye se había evaporado, dejando tras de sí una vulnerabilidad que solo él conocía.

—Has tardado —dijo ella, sin girarse. Su voz no tenía el filo habitual, sino una suavidad aterciopelada que hizo que el pulso de Wuyang se acelerara.

—Los drones de patrulla del sector Metal están en alerta máxima después de lo de hoy —respondió Wuyang, acercándose hasta quedar a un paso de ella—. Tuve que usar los túneles de drenaje. No es el camino más glamuroso para un Ye, pero es efectivo.

Anran se giró finalmente. La luz de la luna se reflejaba en sus ojos, dándoles un brillo plateado que competía con el fuego que siempre parecía arder en su interior. Se acercó a él, acortando la distancia de una manera que desafiaba todas las normas de decoro y jerarquía que les habían impuesto desde la cuna.

—¿Estás herido? —preguntó ella, extendiendo una mano para rozar el hombro de su hermano, donde una pequeña mancha de hollín ensuciaba su chaqueta azul—. Vi cómo te lanzaste para proteger a esos guardias. Fuiste imprudente.

Wuyang soltó una risa nerviosa, intentando disimular el escalofrío que recorrió su espalda ante su contacto.

—Es mi trabajo, Anran. Tú quemas las amenazas, yo mantengo a todos a salvo. "Anrán Wúyàng", ¿recuerdas?

—No bromees con eso ahora —susurró ella, y por primera vez, Wuyang notó que su mano temblaba ligeramente sobre su hombro—. Hoy, cuando vi ese pilar ceder sobre ti... por un segundo, el fuego en mis venas se congeló. No era miedo a fallar la misión, Wuyang. Era miedo a un mundo donde tú no estuvieras para equilibrarme.

Wuyang guardó silencio. El peso de esas palabras era inmenso. En la dinámica de su familia, el afecto era una debilidad, y la interdependencia, un fallo de carácter. Se esperaba que fueran pilares individuales de fuerza, no dos mitades que se necesitaban para respirar.

—Anran... —comenzó él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto—. Sabes que lo que sentimos, esta... esta necesidad de estar cerca, va más allá de lo que nuestros padres permitirían. No somos solo compañeros de equipo. Ni siquiera somos solo hermanos ante sus ojos. Somos activos de la familia.

—Sé lo que somos para ellos —dijo Anran, dando un paso más, eliminando cualquier rastro de espacio personal—. Somos herramientas. El heredero de fuego y el apoyo de agua. Pero aquí, en la oscuridad, lejos de sus mapas tácticos y sus expectativas de linaje... ¿quiénes somos, Wuyang?

Wuyang sintió que el mundo exterior desaparecía. El aroma a sándalo de Anran, mezclado con el olor a ozono que siempre la rodeaba, lo envolvía. Sus dedos buscaron los de ella, entrelazándose con una naturalidad que lo asustaba. El contraste era absoluto: la piel de Anran siempre estaba caliente, casi febril, mientras que la de él conservaba la frescura de los manantiales que estudiaba.

—Somos un desastre —admitió él con una sonrisa triste—. Un fuego que no quiere destruir y un agua que se niega a ser sometida.

Anran soltó un suspiro que pareció un sollozo contenido. Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de él. Era un gesto de una intimidad prohibida, una transgresión silenciosa contra el honor de los Ye.

—A veces desearía que no hubieras nacido en esta familia —susurró ella contra sus labios—. Desearía que fueras un extraño que conocí en las calles de Chengdu. Así no tendría que luchar contra mi propia sangre cada vez que quiero protegerte... o cada vez que quiero perderme en ti.

—Pero entonces no seríamos "Sano y Salvo" —replicó Wuyang, acariciando su mejilla con el pulgar—. No nos entenderíamos sin palabras. El agua necesita el calor para no congelarse, Anran. Y tú... tú necesitas que yo te recuerde que no tienes que quemarlo todo para ser valiosa.

En ese momento, la tensión que habían acumulado durante años de entrenamientos compartidos, de secretos guardados y de miradas robadas en los campos de batalla, estalló. Fue Anran quien rompió la última barrera, uniendo sus labios a los de él en un beso que sabía a desesperación y a una verdad largamente negada.

No era un beso suave. Era un incendio forestal encontrándose con una marea. Había una urgencia en la forma en que ella lo aferraba, como si temiera que, al soltarlo, Overwatch o su padre aparecieran para reclamar sus piezas de ajedrez. Wuyang respondió con la misma intensidad, rodeando su cintura con los brazos, atrayéndola hacia sí con una fuerza que no sabía que poseía.

—Esto es una locura —jadeó Wuyang cuando se separaron apenas unos milímetros, sus respiraciones mezclándose en una nube de vapor en el aire frío de la montaña.

—Es lo único real que tenemos —respondió Anran, sus ojos fijos en los de él—. El apellido, la universidad, la guerra ómnica... todo eso es ruido. Esto es lo que nos mantiene vivos.

Wuyang la miró, dándose cuenta de que la armadura de "estudiante estrella" de su hermana se había desmoronado por completo. Debajo de la guerrera feroz, solo quedaba una mujer que amaba con una intensidad aterradora.

—Si nos descubren... —comenzó él, pensando en la mirada gélida del General Ye.

—No lo harán —lo interrumpió ella, recuperando un ápice de su autoridad—. Soy la mejor estratega de esta facultad, ¿recuerdas? Sé cómo ocultar nuestras huellas. Y pronto, Overwatch nos sacará de aquí. Lejos de esta montaña, lejos de sus ojos. En el campo de batalla, solo somos nosotros.

Wuyang asintió, aunque el miedo seguía allí, agazapado en el fondo de su mente. Sabía que su relación era una bomba de relojería, una anomalía en el orden perfecto que sus padres habían construido. Pero mientras sentía el calor de Anran contra su pecho, supo que no podía volver atrás. El agua se había convertido en vapor, y el fuego había encontrado su combustible.

—Prométeme una cosa —dijo Wuyang, tomando su rostro entre sus manos—. Prométeme que, pase lo que pase en las misiones que vienen, no te sacrificarás por mí. No quiero ser el motivo por el que tu fuego se apague.

Anran sonrió, una sonrisa pequeña y genuina que rara vez mostraba al mundo.

—No puedo prometerte eso, Wuyang. Es mi naturaleza protegerte. Pero prometo que, si caigo, te llevaré conmigo a un lugar donde nadie pueda decirnos cómo debemos amarnos.

Se quedaron allí, abrazados bajo la sombra de los bambúes, mientras el viento siseaba entre las hojas como un testigo silencioso. En la Universidad Wuxing, ellos eran el ejemplo de la perfección elemental, pero en la oscuridad del Pabellón de la Claridad, eran simplemente dos almas rotas que habían encontrado la forma de encajar.

—¿Sabes? —dijo Wuyang después de un rato, intentando recuperar un poco de su ligereza habitual—. Si papá nos viera ahora, probablemente sufriría un síncope.

Anran soltó una risita, apoyando la cabeza en su hombro.

—Si papá nos viera ahora, quemaría todo el jardín solo para purificar el "deshonor". Pero no nos verá. Porque para el mundo, yo sigo siendo la hermana perfecta y tú el hermano que intenta alcanzarla.

—Algún día —susurró Wuyang, besando la coronilla de su cabeza—, no tendré que alcanzarte. Estaremos en el mismo lugar, sin sombras y sin mentiras.

—Ya estamos ahí, Wuyang —dijo ella, cerrando los ojos—. Al menos, mientras dure la noche.

El tiempo parecía haberse detenido en ese rincón de Chengdu. Las luces de la ciudad seguían brillando, ajenas al drama silencioso que se desarrollaba en las alturas. Los hermanos Ye, los prodigios de la Facultad de Fuego y Agua, habían cruzado una línea de la que no había retorno. Pero mientras se mantenían unidos, el concepto de "Anrán Wúyàng" adquiría un significado nuevo y peligroso. Ya no se trataba de sobrevivir a la guerra, sino de sobrevivir el uno al otro, de proteger ese lazo prohibido que era, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y su perdición más segura.

—Vuelve a la residencia —dijo Anran finalmente, rompiendo el abrazo con renuencia—. Si la patrulla de las tres de la mañana no te encuentra en tu cama, empezarán a hacer preguntas.

—¿Y tú? —preguntó él, soltando su mano con lentitud.

—Me quedaré un poco más. Necesito que el aire frío baje mi temperatura —dijo ella con una chispa de picardía en los ojos—. Me has dejado más encendida de lo habitual, hermanito.

Wuyang se sonrojó, ajustándose el cuello de su chaqueta azul.

—Mañana en el entrenamiento de combate... intenta no ser demasiado dura conmigo.

Anran recuperó su máscara de frialdad, aunque sus ojos seguían sonriendo.

—Al contrario. Seré implacable. Si queremos que nadie sospeche, debemos ser exactamente lo que esperan que seamos: el fuego que castiga y el agua que resiste.

Wuyang asintió, comprendiendo el juego. Se dio la vuelta y comenzó a descender por el sendero de piedra, sintiendo todavía el calor de Anran en su piel. Antes de desaparecer entre la maleza, miró hacia atrás una última vez. Ella seguía allí, una silueta solitaria contra el cielo estrellado, la guardiana de su secreto más oscuro y su tesoro más preciado.

El camino de regreso fue un borrón de sombras y adrenalina. Al entrar en su habitación en el Colegio de Agua, Wuyang se dejó caer en la cama, mirando el techo tecnológico donde se proyectaban constelaciones artificiales. Sabía que cada día que pasaba, el riesgo aumentaba. Overwatch los llevaría a misiones por todo el mundo, los pondría bajo el microscopio de agentes veteranos y cámaras de alta resolución. Pero no tenía miedo.

Porque ahora sabía que, bajo la superficie de la disciplina y el honor, había algo que ni siquiera el General Ye podía controlar. Había un vínculo forjado en el vapor de sus encuentros clandestinos, una fuerza que no pertenecía ni al fuego ni al agua, sino a algo mucho más antiguo y poderoso.

—Sano y salvo —susurró Wuyang a la oscuridad, cerrando los ojos.

Y por primera vez en su vida, no se sintió como el hermano menor a la sombra de un prodigio. Se sintió como el hombre que sostenía el corazón de la mujer más peligrosa de China en la palma de su mano. El equilibrio era precario, la caída sería devastadora, pero mientras Anran estuviera a su lado, Wuyang estaba dispuesto a quemar el mundo entero o a ahogarlo en sus propias lágrimas.

La noche en la Universidad Wuxing continuó su curso, imperturbable, mientras dos corazones latían al unísono en diferentes rincones del campus, esperando el momento en que el deber les permitiera volver a ser, simplemente, ellos mismos.