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Sick for you (Problematico)

El Susurro del Vapor en el Campo de Batalla

El hangar de la base de Overwatch en Gibraltar estaba sumergido en una actividad frenética, pero para Wuyang, el mundo parecía haberse reducido al espacio de tres metros que lo separaba de su hermana. Anran estaba revisando sus abanicos Zhuque con una precisión quirúrgica, sus movimientos eran secos, eficientes, casi mecánicos. Sin embargo, Wuyang conocía cada uno de sus gestos. Notó cómo sus ojos se desviaban hacia él cada vez que él ajustaba las correas de su equipo de sanación, una vigilancia silenciosa que quemaba más que el sol del desierto.

—¿Has comprobado los niveles de presión del bastón, Wuyang? —La voz de Anran cortó el aire, cargada de esa autoridad que usaba para ocultar lo que realmente sentía—. No quiero que te quedes sin carga en mitad de un despliegue.

Wuyang levantó la vista y le dedicó una de sus sonrisas optimistas, aunque por dentro sus nervios estaban a flor de piel.

—Tres veces, hermana mayor. Está todo listo. Además, el agua siempre encuentra su camino, ¿no es eso lo que dicen los maestros?

—Los maestros dicen muchas cosas, pero pocos han tenido que enfrentarse a una emboscada de Talon en las ruinas de una ciudad —replicó ella, acercándose un paso más. Al hacerlo, el calor que emanaba de su cuerpo pareció envolverlo, un recordatorio físico de la noche en el Pabellón de la Claridad.

—Relájate, Anran —intervino una voz ruda y profunda. Reinhardt Wilhelm entró en el campo de visión de los hermanos, su armadura brillando bajo las luces halógenas—. El chico tiene talento. ¡Y con mi escudo frente a ustedes, nada les tocará! ¡La justicia será nuestra protección!

—Y mi precisión será su apoyo —añadió Ana Amari, que caminaba junto al gigante alemán, ajustando la mira de su rifle biótico—. Es una misión de reconocimiento y recuperación, no una guerra total. Mantengan la cabeza fría. Especialmente tú, Anran. El fuego es útil, pero la ira es un mal consejero.

Anran solo asintió, aunque Wuyang vio cómo apretaba los puños. Ana, con su ojo clínico, pareció notar algo en la atmósfera entre los hermanos, una electricidad que no debería estar allí, pero no dijo nada.

La misión los llevó a las afueras de El Cairo, a un complejo de laboratorios abandonados que, según los informes, contenía tecnología de estabilización molecular que Talon codiciaba. El paisaje era una mezcla de dunas infinitas y esqueletos de metal retorcido.

Durante la infiltración, la química entre los hermanos Ye era casi tangible. Se movían como si estuvieran conectados por un hilo invisible. Cuando Anran se lanzaba hacia adelante, Wuyang ya estaba proyectando una corriente de agua para cubrir su flanco. Cuando Wuyang se movía para sanar a Reinhardt tras un impacto, Anran desplegaba un muro de llamas que impedía que los enemigos se acercaran a él.

—¡Están flanqueando por el sector norte! —gritó Ana desde una posición elevada—. ¡Cuidado, hay francotiradores de élite!

—¡Yo me encargo! —exclamó Anran, impulsándose con una explosión de calor.

—¡Anran, espera! —Wuyang intentó detenerla, pero ella ya era un torbellino de fuego.

El problema de Anran era su ferocidad; cuando se trataba de proteger a su equipo —y especialmente a su hermano—, a veces olvidaba su propia seguridad. Se lanzó hacia un grupo de soldados de Talon, sus abanicos cortando el aire con un siseo mortal. Pero no vio la trampa: una mina de pulso magnético oculta bajo la arena.

—¡Cuidado! —Wuyang no lo pensó. Usó su bastón para impulsarse, recorriendo la distancia en un parpadeo.

Justo cuando la mina detectó el calor de Anran y se activó, Wuyang se interpuso, creando una cúpula de agua a alta presión. La explosión fue contenida, pero la fuerza de choque rompió la barrera y lanzó a Wuyang contra una pared de hormigón. El sonido del impacto fue seco, aterrador.

—¡Wuyang! —El grito de Anran no fue el de una líder de escuadrón; fue un alarido de puro terror personal.

Reinhardt cargó hacia la posición de los soldados, barriéndolos con su martillo, mientras Ana cubría la retaguardia, eliminando a los francotiradores restantes con disparos precisos. Pero Anran no miró a los enemigos. Corrió hacia el montón de escombros donde su hermano yacía inmóvil.

—No, no, no... —susurró ella, cayendo de rodillas a su lado.

Wuyang estaba consciente, pero su respiración era errática. Tenía el brazo izquierdo en un ángulo antinatural y una herida profunda en el costado donde un trozo de metralla había atravesado su armadura azul. El agua de su propio equipo se filtraba, mezclándose con la sangre, creando un charco púrpura sobre la arena.

—Estoy... estoy bien —tosió Wuyang, intentando sonreír, aunque el dolor le nublaba la vista—. Solo... me dio un poco de calor.

—Cállate, idiota —dijo Anran. Sus manos, que usualmente solo conocían la destrucción, ahora temblaban mientras intentaban presionar la herida—. ¿Por qué lo hiciste? Podría haberlo manejado.

—No... no podía dejar que te tocara —susurró él, cerrando los ojos por un momento.

Ana llegó a su lado segundos después, evaluando la situación con rapidez.

—La herida es limpia, pero necesita estabilización inmediata —dijo Ana, sacando una granada biótica y rompiéndola sobre el costado de Wuyang. El vapor amarillento comenzó a cerrar los tejidos—. Reinhardt, necesitamos un perímetro. Talon enviará refuerzos.

—¡Nadie pasará por encima de mí! —rugió el cruzado, plantando su escudo de energía como una muralla infranqueable.

—Anran, llévalo al interior del búnker —ordenó Ana—. Yo vigilaré desde la entrada. Necesita que le limpies la herida y le apliques el gel regenerador de su propio kit. Tú sabes cómo funciona su tecnología mejor que nadie.

Anran asintió, sus ojos fijos en Wuyang. Con una fuerza nacida de la desesperación, lo levantó y lo llevó hacia la penumbra del laboratorio abandonado.

Dentro, el aire era frío y olía a polvo y metal viejo. Anran recostó a Wuyang sobre una mesa de metal y comenzó a retirar las placas dañadas de su armadura. Sus dedos se movían con una urgencia febril.

—Te dije que no te sacrificaras por mí —gruñó ella, aunque su voz estaba rota—. Te lo pedí, Wuyang.

—Y yo te dije que el agua siempre encuentra su camino —respondió él, siseando de dolor cuando ella comenzó a limpiar la sangre—. Mi camino es estar donde tú no puedes ver el peligro.

Anran se detuvo. Sus ojos se encontraron con los de él en la penumbra. El roce de sus manos sobre la piel desnuda de su torso era eléctrico, una mezcla de cuidado médico y una intimidad que no podían ocultar más. Ella tomó el aplicador de gel regenerador del cinturón de Wuyang y comenzó a extenderlo sobre la herida. El contacto era suave, casi una caricia.

—Casi te pierdo —susurró ella, bajando la cabeza para que su cabello ocultara su rostro—. Por un momento, cuando vi la explosión... sentí que el fuego se apagaba dentro de mí. Si mueres, Wuyang, no quedará nada de Anran Ye. Solo cenizas.

Wuyang extendió su mano sana y buscó el mentón de su hermana, obligándola a mirarlo. En la oscuridad, el brillo de las llamas de Anran parecía haberse suavizado, convirtiéndose en un resplandor cálido y reconfortante.

—No voy a irme a ninguna parte —prometió él—. Todavía tenemos que volver a Chengdu y demostrarles a todos que el agua y el fuego pueden hacer mucho más que vapor.

Anran se inclinó, buscando el consuelo de su presencia. Sus labios rozaron la frente sudorosa de Wuyang, un gesto que en cualquier otro contexto habría sido puramente fraternal, pero que aquí, rodeados de muerte y secretos, se sentía como una confesión.

—Eres un tonto —dijo ella, apoyando su frente contra la suya—. Un tonto valiente.

—Soy tu tonto —replicó él, logrando una risa débil—. Y tú eres la mujer más aterradora que conozco, pero también la única que hace que mi corazón lata así.

Anran no respondió con palabras. En su lugar, tomó la mano de Wuyang y la presionó contra su propio pecho, justo encima del corazón, que latía con una fuerza salvaje. Por un instante, el dolor de la batalla desapareció. No había Overwatch, ni Talon, ni la presión asfixiante de su apellido. Solo estaban ellos dos, el vapor que surgía del choque entre sus naturalezas opuestas.

—Escúchame —dijo Anran, su voz volviéndose firme de nuevo, aunque no soltó su mano—. Cuando salgamos de aquí, las cosas van a cambiar. Ya no voy a dejar que te quedes atrás en las misiones. Si vamos a hacer esto, lo haremos juntos. No como mentora y aprendiz, sino como iguales.

Wuyang sonrió, sintiendo cómo el gel biótico empezaba a adormecer el dolor.

—Eso es lo que siempre he querido, Anran. Estar a tu lado.

De repente, una explosión resonó fuera, seguida por el grito de batalla de Reinhardt. La tregua había terminado.

—Parece que nuestros amigos necesitan ayuda —dijo Wuyang, intentando incorporarse.

—Quieto —ordenó Anran, poniéndole una mano en el pecho—. Tú te quedas aquí y te recuperas. Yo voy a salir ahí fuera y voy a recordarles a esos agentes de Talon por qué no deben tocar lo que me pertenece.

Se puso de pie y desplegó sus abanicos. En ese momento, la luz que emanaba de ella no era destructiva; era protectora, una llama que ardía para mantener a salvo el agua que la equilibraba. Antes de salir, se giró una última vez.

—No te muevas, Wuyang. Si te levantas de esa mesa antes de que yo vuelva, te quemaré yo misma.

Wuyang la vio marchar, su silueta recortada contra la luz de la entrada. Sabía que ella no estaba bromeando, pero también sabía que, por primera vez, no sentía la necesidad de correr tras ella para demostrar su valor. Ella lo había aceptado, lo había visto, y en ese pequeño laboratorio en ruinas, habían forjado un pacto que iba más allá de la sangre.

Afuera, el estruendo de la batalla continuaba, pero Wuyang se recostó, cerrando los ojos con una extraña sensación de paz. El vapor de su conexión seguía flotando en el aire, un recordatorio de que, incluso en el desierto más árido, el agua y el fuego podían crear vida si se encontraban de la manera adecuada.

—Anrán Wúyàng —susurró para sí mismo, mientras el sonido de las llamas de su hermana rugía en la distancia—. Sano y salvo. Siempre.

Cuando la misión terminó y Talon se retiró, Reinhardt y Ana los encontraron en el búnker. Reinhardt llevaba a Wuyang al hombro como si fuera un trofeo, mientras Anran caminaba a su lado, sin apartar la vista de su hermano ni un segundo.

—¡Una victoria gloriosa! —exclamó el alemán—. ¡Aunque el joven Ye necesita un buen descanso y quizás un poco de cerveza para recuperar la sangre!

Ana miró a Anran, notando la forma en que su mano rozaba la pierna de Wuyang cada vez que el gigante daba un paso brusco. La capitana sonrió para sí misma, guardando su rifle.

—Hicieron un buen trabajo hoy —dijo Ana—. Se protegieron mutuamente. Eso es lo que hace a un equipo de Overwatch de verdad.

Anran no dijo nada, pero sus ojos se encontraron con los de Wuyang. No necesitaban palabras. En el viaje de regreso a la base, mientras el transporte sobrevolaba el Mediterráneo, Wuyang se quedó dormido con la cabeza apoyada en el hombro de Anran. Ella no se movió, ni siquiera cuando Reinhardt empezó a roncar ruidosamente. Simplemente entrelazó sus dedos con los de él, dejando que el calor de su fuego mantuviera a raya el frío de la noche.

Sabían que el regreso a la universidad y a la mirada de su padre sería difícil. Sabían que su secreto era una carga pesada. Pero mientras el vapor de su unión los envolviera, no había nada en el mundo —ni ómnicos, ni generales, ni leyes— que pudiera separarlos. Eran el equilibrio perfecto, el ciclo eterno del fuego que busca el agua y el agua que anhela el calor. Y en ese silencio compartido, finalmente estaban en casa.