Siempre te he amado
Cimientos de Celos y Dulces de Mora
El aire de la noche en las Madrigueras era mucho más fresco que el de la ciudad, pero dentro de la habitación de Judy, la atmósfera se sentía cargada de un calor inusual. Tras el beso en el jardín, ambos habían subido con la excusa de que Judy quería mostrarle a Nick sus nuevos libros de patología oral, aunque ninguno de los dos había abierto una sola página todavía.
Nick estaba sentado en la silla del escritorio, balanceándose perezosamente, mientras Judy se encontraba desparramada sobre su cama, con los pies colgando y una sonrisa que no podía borrar de su rostro.
—Así que... —comenzó Nick, recorriendo con la mirada los posters de anatomía dental que adornaban las paredes—. ¿De verdad pasaste cinco años estudiando cómo sacar muelas y no te volviste loca en el proceso?
—No fue fácil, Wilde —rio Judy, lanzándole un pequeño cojín que él atrapó con reflejos felinos—. Hubo noches en las que dormía tres horas y soñaba con encías inflamadas. Pero valió la pena. Ver la cara de alivio de alguien cuando deja de sentir dolor... es increíble. Además, no todo fue estudio. En la facultad de odontología saben cómo organizar buenas fiestas.
Nick enarcó una ceja, ocultando su curiosidad tras una máscara de indiferencia.
—¿Fiestas? No te imagino bailando entre fórceps y anestésicos.
—Pues deberías —replicó ella, apoyando la barbilla en sus manos y mirándolo con picardía—. Los años me han cambiado, Nick. Ya no soy la conejita que se asustaba si llegaba cinco minutos tarde a clase.
Nick la observó en silencio por un momento. Tenía razón. El tiempo había esculpido sus facciones, dándole una madurez que la hacía lucir, a sus ojos, peligrosamente atractiva. Sus hombros eran más firmes, su mirada más profunda, y la forma en que el vestido lavanda se ceñía a sus curvas le recordaba que ya no eran los niños que jugaban a los piratas en el arroyo.
—Recuerdo cuando tenías diez años —dijo Nick, intentando desviar sus propios pensamientos pecaminosos—. Te caíste de aquel árbol intentando "rescatar" un nido vacío y terminaste con la cara llena de lodo. Lloraste porque pensabas que tus dientes nuevos se habían roto.
—¡Oye! —protestó Judy, fingiendo indignación—. Tenía derecho a preocuparme, ¡mi carrera dependía de mi sonrisa! Y tú no fuiste de mucha ayuda, te reíste tanto que casi te ahogas con tu paleta de mora.
—Era una escena cómica, Zanahorias. Admítelo.
—Bueno, quizás —concedió ella, rodando sobre su espalda para mirar el techo—. Pero luego crecimos. ¿Te acuerdas de la fiesta de fin de curso en la preparatoria? Cuando intentaste impresionarme con ese truco de cartas y terminaste quemando accidentalmente el mantel de la mesa de ponche.
Nick se encogió de hombros, aunque sus orejas se tiñeron de un rojo sutil.
—La arquitectura requiere fuego, Judy. Literal y metafóricamente.
—Claro, claro —ella se sentó, cruzando las piernas—. El punto es que... en la universidad las cosas fueron distintas. Ya no estaba mi mejor amigo para quemar manteles o burlarse de mis caídas.
Judy hizo una pausa deliberada, notando cómo Nick se tensaba ligeramente. Ella sabía exactamente qué botones presionar.
—De hecho —continuó ella con tono casual, examinándose las uñas—, hubo un par de chicos en la facultad que intentaron llenar ese vacío. Un lobo llamado Marcus, que estaba en cirugía maxilofacial... muy atento, por cierto. Siempre me traía café a la biblioteca y decía que mis ojos eran el tono exacto de la amatista pura.
Nick dejó de balancear la silla de golpe. El brillo burlón de sus ojos verdes se enfrió instantáneamente.
—¿Marcus? Qué nombre tan... genérico —comentó Nick, cruzando los brazos sobre el pecho—. Seguro que su técnica de sutura era mediocre. Los lobos suelen tener manos demasiado grandes para la odontología de precisión.
—Oh, no lo sé, Nick. Tenía unas manos muy hábiles —añadió Judy, reprimiendo una carcajada al ver cómo la mandíbula de Nick se apretaba—. Y luego estaba aquel guepardo, un atleta del equipo de atletismo. Era muy persistente. Me invitó a salir al menos diez veces.
—¿Y bien? —preguntó Nick, su voz bajando una octava—. ¿Saliste con el corredor de manchas?
—Bueno, era muy divertido. Y admito que el uniforme le quedaba bastante bien —Judy se levantó de la cama con movimientos lentos y gráciles, acercándose a Nick—. Supongo que, después de tanto tiempo sin saber de cierto zorro sarcástico, necesitaba un poco de atención, ¿no crees?
Nick se puso de pie, acortando la distancia entre ambos. La diferencia de estatura seguía ahí, pero ahora la tensión que los rodeaba era eléctrica, casi tangible.
—Si ese tal Marcus o el tipo de las manchas creyeron que tenían una oportunidad, es que eran más tontos de lo que pensaba —gruñó Nick, dando un paso hacia ella, obligándola a retroceder hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama.
—¿Ah, sí? —desafió Judy, con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas—. ¿Y por qué estarías tan seguro de eso, arquitecto?
—Porque ninguno de ellos te conoce como yo —respondió él, su voz era ahora un susurro ronco—. Ninguno de ellos sabe que odias el café demasiado dulce, o que mueves la nariz cuando estás tratando de ocultar que algo te hace gracia. Y definitivamente ninguno de ellos tiene el derecho de mirarte así.
Judy sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La mirada de Nick era posesiva, intensa, cargada de un deseo que la dejó sin aliento.
—Parece que alguien está celoso —provocó ella, colocando sus manos sobre el pecho de Nick, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa de lino.
—No son celos, Zanahorias. Es control de calidad —replicó él.
En un movimiento rápido, Nick la tomó por la cintura y, aprovechando el desequilibrio, la dejó caer suavemente sobre el colchón, posicionándose sobre ella sin dejar caer todo su peso. Judy soltó un pequeño jadeo, atrapada entre las sábanas y el cuerpo de Nick.
Sus ojos se encontraron. El verde esmeralda y el violeta amatista chocaron en una danza silenciosa de promesas y anhelos acumulados. Nick acarició la mejilla de Judy con el pulgar, bajando lentamente hacia su cuello.
—No vuelvas a mencionar a Marcus —susurró él, acercando sus labios a la oreja de ella.
—¿Y al guepardo? —preguntó ella en un hilo de voz, aunque sus manos ya se habían enredado en el pelaje de la nuca de Nick, atrayéndolo más hacia ella.
—Especialmente a él no —sentenció Nick antes de buscar sus labios con una urgencia que hizo que Judy arqueara la espalda.
El beso fue profundo, hambriento, una colisión de años de distancia condensados en un solo instante. Nick recorrió con sus manos los costados de Judy, sintiendo la suavidad de su piel, mientras ella se perdía en la calidez de su abrazo. Estaban a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, un territorio nuevo y fascinante que ambos deseaban explorar...
*¡Toc, toc, toc!*
—¡Chicos! ¡El pastel de moras ya está listo! —La voz de Bonnie Hopps resonó desde el otro lado de la puerta, acompañada de un golpe rítmico—. ¡Bajen antes de que se enfríe! ¡Y Nick, tu madre dice que no quiere que te quedes ahí arriba distrayendo a Judy de sus estudios!
Ambos se separaron de un salto, como si hubieran sido electrocutados. Nick terminó sentado en el suelo, con el corazón intentando salirse de su pecho, mientras Judy se sentaba en el borde de la cama, tratando desesperadamente de alisarse el vestido y acomodarse el cabello revuelto.
—¡Ya vamos, mamá! —gritó Judy, su voz sonando un octava más alta de lo normal—. ¡Solo estábamos... revisando unos planos de la nueva clínica!
—¡Exacto! —añadió Nick desde el suelo, frotándose la nuca—. ¡Estructuras muy complejas, Bonnie! ¡Cuestiones de... cimentación profunda!
Se miraron el uno al otro. Nick tenía la camisa arrugada y una mancha de labial casi imperceptible en la comisura de la boca. Judy parecía haber corrido un maratón.
—Cimentación profunda, ¿en serio? —susurró Judy, soltando una risita nerviosa.
—Fue lo primero que se me ocurrió —respondió él, ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse—. Vamos, antes de que tu madre decida entrar a ver qué tipo de "planos" estamos analizando.
Bajaron las escaleras tratando de recuperar la compostura. En el comedor, la mesa estaba puesta con el mejor mantel de los Hopps. El aroma del pastel de moras recién horneado llenaba la estancia. Bonnie y la señora Wilde estaban sentadas juntas, compartiendo una tetera y sonriendo con complicidad.
—Vaya, por fin aparecen —dijo la madre de Nick, observándolos con ojos analíticos mientras ellos se colocaban detrás de la mesa para el postre—. Se ven muy... animados. El aire del campo les está sentando de maravilla.
Nick se aclaró la garganta, metiendo las manos en los bolsillos.
—Es el oxígeno, mamá. En la ciudad el aire está demasiado procesado.
Bonnie se levantó para empezar a servir las porciones. Al ver a Nick y Judy parados uno al lado del otro, no pudo evitar que un suspiro de satisfacción escapara de sus labios.
—Míralos, Martha —le dijo a la madre de Nick—. ¿No se ven preciosos juntos? Parece que el tiempo no ha pasado. Hacen una pareja tan bonita, igual que cuando eran pequeños.
Judy sintió que sus mejillas ardían. Rápidamente, tomó un plato y empezó a repartir los cubiertos para evitar el contacto visual.
—¡Oh, mamá, no digas tonterías! —rio Judy con una naturalidad un tanto forzada—. Nick es mi mejor amigo, ya lo sabes. Solo estamos felices de estar de vuelta y trabajar juntos en el pueblo. Es como tener a un hermano mayor molesto de nuevo cerca.
Nick, que estaba a punto de dar un bocado al pastel, se detuvo en seco al oír la palabra "hermano". Miró a Judy con una mezcla de diversión y picardía, arqueando una ceja de esa manera que siempre la ponía nerviosa.
—¿Hermano mayor? —repitió Nick, saboreando las palabras tanto como el pastel—. Vaya, Zanahorias, no sabía que me tenías en tan alta estima. Aunque no recuerdo que los hermanos se analicen los "planos" de la forma en que lo hacíamos nosotros hace diez minutos.
Judy le propinó un codazo discreto en las costillas, lo que solo provocó que Nick soltara una carcajada baja. Las madres, afortunadamente, estaban demasiado ocupadas discutiendo sobre la receta del glaseado como para notar el doble sentido en sus palabras.
—Mañana empezamos con la clínica, ¿verdad? —preguntó Bonnie, mirando a su hija con orgullo.
—Sí —asintió Judy, recuperando su tono profesional—. Nick va a ayudarme con la remodelación del antiguo local de la calle principal. El que solía ser la mercería de los señores Nutriales.
—Es un buen edificio —comentó Nick, ahora más serio—. Tiene buena estructura, pero necesita alma. Y una instalación eléctrica que no sea un peligro de incendio. Mañana haremos el primer levantamiento de planos.
Los días siguientes fueron una vorágine de actividad. El local de la antigua mercería era un espacio amplio, con techos altos y grandes ventanales que dejaban entrar la luz dorada del atardecer de las Madrigueras. Sin embargo, estaba lleno de polvo, estanterías viejas y un papel tapiz que Judy juraba que era un crimen contra la estética.
Nick se tomó su papel de arquitecto muy en serio. Pasaba las horas midiendo paredes, dibujando bocetos en su tableta digital y discutiendo con los contratistas locales. Pero siempre encontraba el momento para distraer a Judy.
—Sabes —dijo Nick una tarde, mientras Judy limpiaba uno de los ventanales frontales—, he estado pensando que este espacio de aquí sería perfecto para tu consultorio principal. Tiene la mejor luz para que puedas ver todas esas caries que tanto te emocionan.
Judy se giró, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—¿Tú crees? Me preocupa que sea demasiado grande.
Nick se acercó a ella, quitándole suavemente el paño de la mano.
—Nada es demasiado grande para ti, Judy. Tienes una ambición que llenaría este edificio tres veces. Además —añadió, bajando la voz y rodeándole la cintura con un brazo mientras señalaba el espacio vacío—, he diseñado un rincón especial en la sala de espera. Un área de juegos para los niños, para que no tengan miedo de la "terrible dentista".
Judy se ablandó, apoyando la cabeza en el hombro de Nick.
—Gracias, Nick. No sé qué habría hecho sin ti estos días.
—Probablemente habrías pintado las paredes de un color lavanda espantoso y habrías puesto flores de plástico en todas partes —bromeó él, aunque sus ojos brillaban con una ternura genuina—. Te ves hermosa cuando estás concentrada, ¿lo sabías? Incluso con esa mancha de pintura en la nariz.
Judy sonrió, sintiéndose la coneja más afortunada del mundo.
—Y tú eres un adulador, Wilde. Pero sigue, me gusta.
—Soy un arquitecto, Zanahorias —corrigió él, dándole un beso fugaz en la frente—. Mi trabajo es construir cosas que duren. Y lo que estamos construyendo aquí... —hizo una pausa, mirando el local que pronto sería la clínica de los sueños de Judy—, creo que es el proyecto más importante de mi vida.
Judy lo miró, dándose cuenta de que Nick no solo hablaba de paredes y techos. Hablaba de ellos. El amor que sentían de niños no se había desvanecido; se había transformado en algo sólido, en los cimientos de una vida que apenas comenzaba a diseñarse.
—Mañana llegan los sillones dentales —dijo ella, tratando de contener la emoción.
—Y mañana yo traeré el café —respondió Nick con un guiño—. Pero esta vez, me aseguraré de que no tenga demasiada azúcar. No quiero que mi dentista favorita me regañe por mi salud bucal.
Caminaron juntos hacia la salida, cerrando la puerta del local mientras el sol se ocultaba tras las colinas de las Madrigueras. Sus caminos, una vez entrelazados por la casualidad de sus madres, ahora estaban unidos por una elección propia. Y mientras caminaban de la mano por la calle principal, Nick no pudo evitar pensar que, de todos los edificios que diseñaría en su carrera, ninguno sería tan perfecto como el hogar que estaba empezando a construir junto a su pequeña y testaruda coneja.