Siempre te he amado
Cicatrices de Tinta y Besos de Canela
El olor a pintura fresca y desinfectante de grado médico era, para Judy Hopps, el aroma del éxito. El local de la antigua mercería había sido transformado por completo. Donde antes había estanterías de madera carcomida, ahora brillaban gabinetes de polímero blanco, suelos de linóleo impecable y una unidad dental de última generación que Nick había ayudado a instalar con una precisión casi obsesiva.
Era la noche previa a la gran inauguración. Las luces principales estaban apagadas, y solo la suave iluminación de emergencia bañaba el lugar con un tono azulado y tranquilo. Judy estaba sentada en uno de los taburetes giratorios, contemplando su nombre grabado en la puerta de cristal: *Dra. Judy Hopps – Odontología Integral*.
Nick apareció desde la parte trasera, cargando un par de refrescos fríos. Se había quitado la chaqueta de arquitecto y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos firmes que Judy no podía evitar mirar más de lo necesario.
—Es un buen diseño, Zanahorias —dijo Nick, entregándole una bebida—. Incluso para los estándares de un genio como yo.
—Es perfecto, Nick —respondió ella, tomando el refresco pero dejando su mirada fija en él—. Todo esto... no habría sido posible sin tus planos, ni tus peleas con los electricistas.
Nick se apoyó contra la encimera de mármol, observándola con una intensidad que siempre lograba desarmarla. El silencio se prolongó, volviéndose denso y cargado de palabras que no se habían dicho en cinco años de cartas y llamadas telefónicas a medias.
—Nick —comenzó Judy, jugando con la anilla de su lata—, tengo que preguntarte algo. Sé que ha pasado mucho tiempo y que estuviste en la gran ciudad, rodeado de gente increíble, arquitectas sofisticadas, artistas... ¿Alguna vez... te interesaste en alguien más?
Nick soltó una risa seca, pero no era de burla. Era la risa de alguien que encuentra la pregunta casi absurda. Dejó su bebida a un lado y dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que sus rodillas rozaron el taburete de Judy.
—¿En serio me lo preguntas, Judy? —Nick suspiró, pasando una mano por su rostro—. Sí, conocí gente. Muchas personas. Pero cada vez que cerraba los ojos para imaginar un proyecto, o cuando buscaba a alguien con quien compartir un chiste sarcástico a las tres de la mañana, solo aparecía una cara. Una cara con orejas largas y una nariz que no para de moverse.
Judy sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—A pesar de los años, de la distancia y de todos los planos que dibujé —continuó Nick, su voz volviéndose un susurro ronco—, mi corazón solo latía con fuerza al pensar en ti. Siempre lo ha hecho. Siempre estuve enamorado de ti, Judy. Desde que éramos unos cachorros molestos en el arroyo, hasta ahora.
Judy no esperó. Se impulsó desde el taburete y rodeó el cuello de Nick con sus brazos, uniendo sus labios en un beso que no sabía a reencuentro, sino a pertenencia. Fue un beso profundo, una confesión física de todo el tiempo perdido. Nick la estrechó contra su pecho con una fuerza que delataba su miedo a que ella volviera a desaparecer.
Minutos después, algo más tranquilos pero con las mejillas encendidas, salieron a sentarse en el escalón de la entrada del local para tomar un poco de aire fresco. La calle principal estaba desierta, salvo por un grupo de antiguos compañeros de la preparatoria que regresaban de un bar cercano.
—¡Vaya! ¡Miren a quiénes tenemos aquí! —exclamó Sharla, una oveja que había ido a clase con ellos—. ¡Nick y Judy! Sabíamos que tarde o temprano terminarían juntos. ¡Felicidades por el noviazgo!
Judy, sintiendo una repentina chispa de travesura al ver la cara de suficiencia de Nick, soltó una risita y sacudió la cabeza.
—Oh, no, Sharla, te equivocas —dijo Judy con un tono inocente que hizo que Nick frunciera el ceño—. Nick y yo solo somos amigos. Grandes amigos de la infancia que trabajan juntos. Nada más.
Los antiguos compañeros intercambiaron miradas de incredulidad pero se encogieron de hombros y siguieron su camino, despidiéndose con la mano. Nick se quedó petrificado por un segundo, mordiéndose el labio inferior mientras veía a Judy reírse por lo bajo.
—¿Grandes amigos, eh? —murmuró Nick, con una luz peligrosa y juguetona bailando en sus ojos verdes—. Así que eso es lo que somos.
—Bueno, técnicamente no hemos formalizado nada, arquitecto —respondió ella, levantándose para entrar de nuevo al local—. Y me gusta verte sufrir un poquito.
Nick no dijo nada. Simplemente la siguió al interior y cerró la puerta con llave. Antes de que Judy pudiera reaccionar, él la tomó de la mano y la dirigió hacia la parte trasera, entrando en el cuarto de insumos, un espacio pequeño y oscuro que olía a látex y algodón.
—Nick, ¿qué haces? Aquí no hay luz... —empezó a decir ella, pero sus palabras murieron cuando Nick la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre sus brazos.
—Entonces soy tu amigo, ¿verdad? —susurró él contra su oído, enviando oleadas de calor por todo su cuerpo—. Me pregunto si un "amigo" puede hacerte sentir esto.
Nick la besó con una pasión incontrolable, una que no habían mostrado frente a sus madres o en el jardín. Sus manos, expertas en medir estructuras, comenzaron a explorar las curvas de Judy con una urgencia que le arrancó a ella suspiros involuntarios. Judy se aferró a sus hombros, sintiendo cómo la temperatura de la habitación subía drásticamente.
Nick bajó sus besos hacia su cuello, succionando la piel sensible justo debajo de la oreja, mientras sus dedos buscaban la satisfacción de ella a través de la tela de su ropa. Judy echó la cabeza hacia atrás, perdida en la sensación de las manos de Nick, en su aroma a canela y madera, y en la forma en que él pronunciaba su nombre entre jadeos. Fue un momento de entrega total, una explosión de deseo contenido durante años que finalmente encontraba una salida en la oscuridad de aquel cuarto.
Cuando finalmente salieron del local, ya muy tarde, Judy caminaba con paso vacilante y una sonrisa soñadora. Sin embargo, al llegar a la luz de una farola, Nick soltó una risita burlona.
—Bonito accesorio, Dra. Hopps.
Judy sacó un pequeño espejo de su bolso y ahogó un grito. En el lado izquierdo de su cuello, una marca rojiza y evidente destacaba sobre su piel grisácea.
—¡Nick! ¡Es la inauguración mañana! —exclamó ella, intentando cubrirse con el cuello del vestido—. ¡Todos van a verlo!
—Es mi firma, Zanahorias —dijo él con un guiño—. Para que no se te olvide qué clase de "amigos" somos.
Al día siguiente, la inauguración fue un éxito rotundo. Medio pueblo se reunió frente a la clínica. Judy, vestida con una blusa de cuello alto que ocultaba a duras penas el "regalo" de Nick, recibía felicitaciones de todos los vecinos.
Nick llegó un poco tarde, luciendo impecable con un traje oscuro. Se acercó a ella con un ramo de violetas y lirios, sus flores favoritas.
—Para la mejor dentista de las Madrigueras —dijo él, entregándole el ramo frente a todos.
La forma en que se miraron, la mano de Nick que descansó un segundo de más en la cintura de Judy y el brillo de complicidad en sus rostros no pasaron desapercibidos para Bonnie Hopps y Martha Wilde, que los observaban desde unos metros de distancia con los brazos cruzados y sonrisas triunfantes.
—Muy bien, ustedes dos —dijo Bonnie, acercándose una vez que la multitud se dispersó un poco—. Dejen de fingir. Esa marca en el cuello de Judy no es una reacción alérgica al polen.
Judy se puso roja como un tomate, mientras Nick simplemente soltó una carcajada y pasó un brazo sobre los hombros de su madre.
—Está bien, nos atraparon —admitió Nick, mirando luego al padre de Judy, Stu, que se había acercado con curiosidad—. Stu, Bonnie... quiero que sepan que mis sentimientos por Judy son los más sinceros que he tenido en mi vida. No planeo irme a ninguna parte si ella no está conmigo. La amo.
Stu, que siempre había sido un poco sobreprotector, se aclaró la garganta y puso una mano en el hombro de Nick.
—Hijo... —dijo con voz conmovida— siempre supimos que esto terminaría así. Solo nos preguntábamos cuánto tiempo más les tomaría a ustedes dos darse cuenta de lo que todo el pueblo ya sabía.
Las madres se abrazaron, celebrando lo que consideraban su mayor éxito logístico, mientras Nick y Judy compartían una mirada de alivio. Por fin, las cartas estaban sobre la mesa.
Los días siguientes se convirtieron en la nueva rutina de sus vidas. Judy abrió su agenda y, para su sorpresa, estaba llena desde la primera semana.
Una tarde de martes, Judy estaba terminando de organizar unos expedientes. Llevaba su uniforme quirúrgico azul claro, el cabello recogido en una cofia y un cubrebocas que solo dejaba ver sus expresivos ojos amatista.
La campana de la puerta sonó y un paciente entró. Judy no levantó la vista de su tableta.
—Buenas tardes, tome asiento, en un momento lo atiendo —dijo ella con su tono más profesional.
—Dra. Hopps, me temo que tengo un dolor terrible —dijo una voz familiar, cargada de un sarcasmo que ella reconocería en el fin del mundo—. Creo que necesito una revisión muy... profunda.
Judy bajó el cubrebocas y se encontró con Nick sentado en el sillón dental, con las manos tras la cabeza y una sonrisa de suficiencia.
—Señor Wilde —dijo ella, acercándose con una fresa dental en la mano, fingiendo seriedad—, no recuerdo haberle dado una cita. Y dudo mucho que le duela algo, considerando que se comió media tarta de moras anoche.
—Es un dolor emocional, doctora —insistió Nick, señalando su corazón—. Y he oído que la dentista local tiene unas manos milagrosas. Aunque preferiría que me atendiera en el cuarto de insumos, si no es mucha molestia.
Judy le dio un golpe juguetón en el hombro con su guante de látex.
—Eres imposible, Nick. Estoy trabajando.
—Y yo estoy siendo un ciudadano responsable cuidando mi salud —replicó él, tomándole la mano y dándole un beso en la palma—. Además, tengo que asegurarme de que mi "gran amiga" no me esté reemplazando por algún paciente con mejor dentadura que la mía.
—Nadie tiene una dentadura tan difícil de arreglar como la tuya, zorro torpe —rio ella, inclinándose para darle un beso rápido sobre el cubrebocas—. Ahora muévete, que tengo un paciente real en diez minutos.
Nick se levantó, pero antes de salir, se detuvo en la puerta y la miró con una devoción que siempre le quitaba el aliento.
—Te veo en la cena, Dra. Hopps. No llegues tarde, o tendré que venir a buscarte y "analizar" los cimientos de este lugar otra vez.
Judy lo vio irse, con el corazón rebosante de una felicidad que nunca creyó posible. Su vida en las Madrigueras no era el final de una historia, sino el comienzo de un plano perfecto que ella y Nick estaban construyendo, un ladrillo a la vez, con amor, sarcasmo y una cimentación que nada en el mundo podría derribar.